jueves, octubre 01, 2009

Sueños y taquicardia

Sus ronquidos rebotan en el vino de la pared mal pintada de su cuarto. Ella duerme, mientras aquel atrapa sueños comprado en la Sagarnaga conoce el perfíl de sus senos de fresa, por las noches estira sus plumas y hace cosquillas en los pezones de la que duerme, ella abre la boca, muestra la ya conocida curvatura en su canino derecho y exhala un aullido con sabor a mar salado.

Ella conoce Tailandia sólo por la ropa de algodón que nuevamente ha vestido su cuerpo para la foto. Mira a la cámara de forma desafiante y con esa sonrisa de medio lado, él la mira detrás del lente de la cámara, detrás del monitor de su computadora, desde el espacio que esconde su intromisión reverberante.

"Que los muertos entierren a los muertos", recuerda aquella frase de la Biblia y concluye que es necesario apretar la X en la esquina derecha del monitor y gritar con la boca pegada a la pantalla "botá ese atrapa sueños!!!", antes de ponerse el pulgar derecho en la carótida y sentir su pulso acelerado.

Hoy no tomó su pastilla para la hipertensión, hoy despertó después de una pesadilla, hoy tiene taquicardia y decidió que sería buena idea comprar un atrapasueños y volver a ver en la noche sus fotos de Tailandia.

Ella despierta, mira el techo, piensa que el color rojo quedó perfecto en su nueva casa, mira el atrapa sueños, agradece al gran brujo no haber tenidos pesadillas, se levanta, desayuna medio pan y con alivio recuerda la buena decisión de haber sacado de su vida al borracho taquicárdico.

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lunes, septiembre 28, 2009

Pavese y la Diosa Blanca




El suicida es un homicida tímido (Cesar Pavese)

El 9 de septiembre de este año se cumplieron 101 del nacimiento de Cesar Pavese y el 27 de agosto 59 años de su muerte. Hace un año habría cumplido 100 años, lo cual hubiera sido biológicamente poco probable aunque tal vez alcanzable, con una vida rigurosa y aburrida. Pavese, no quiso ese tipo de vida y decidió adelantar la cuenta de los años en una pequeña habitación de un hotel de Turín suicidándose a sus 42 años.

Como era de esperar hace un año Francia, Italia y España reeditaron con pompa y homenajes sus libros rescatados del olvido. Los centenarios siempre son un buen pretexto para la farándula, una excusa para llenar páginas con referencias al autor.
No es idea de esta nota realizar un ensayo literario sobre la obra poética de Pavese, tampoco tomar como pretexto su muerte para una apología o crítica al suicidio. Para lo primero están los literatos hábiles y lúcidos, quienes hablarán con mayor rigurosidad de su obra. De lo segundo y lo tercero que se encarguen los curas o los surrealistas.

Aquellos que no saben o no quieren vencer la soledad interior deciden irse antes, Pavese lo sabía; la nada, la muerte fuente de su vocación, eran también su condena. “Para todos tiene la muerte una mirada decía” pues él prefirió mirar sus ojos antes que, adormilado por la vejez, sea la parca quien se los muestre.
Pavese prefirió morir en completa lucidez y plena conciencia de sus actos, cuentan que el día de su muerte dejó de manera significativa, como una reliquia enigmática sobre la mesita de noche del hotel, un ejemplar de su obra “Diálogos con Léuco” (de la cual sólo tuve la suerte de leer unos pasajes citados), junto a su conocida nota final de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Va bien? No chismeen demasiado” Dicen que ese día también llevaba consigo su diario personal “El Oficio de Vivir”, un cuaderno con sus últimos poemas y 16 frascos con pastillas para dormir. Antes de irse hizo tres llamadas telefónicas, para invitar a comer a tres diferentes mujeres, ninguna quiso, ninguna pudo.

Pavese murió por que supo que tenía que irse, encerrado en un hotel luego de haber recibido un premio literario por su libro “El bello verano”. Una muestra más de que su muerte era el punto final a su obra, es que Pavese no encajaba en el perfil del suicida dependiente que se mata por el amor no correspondido hacia una musa. Encarnaba, en su melancolía a cuestas la angustia (esa Sartriana) hacia la nada y que se expresaba en frases como “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata por que un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”

El oficio de vivir, bajo la sombra de la muerte en Pavese, era el reflejo de una relación con la gente que lo agotaba, una forma de ver la vida que plasmó en toda su obra. La decisión de Pavese de marcharse fue absolutamente personal y meditada, en extremo coherente con su desesperanza. Al final el suicidio fue, en él, un acto de completa coherencia para poner punto final a su obra.

Pavese se fue por que quería, reconociendo, ya desde sus 40 que el suicidio estaba presente de forma insistente como única posible forma de enfrentar la muerte. “Todo esto da asco, basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.”, dijo Pavese en las páginas de su diario que concluyó 9 días antes de morir. “El suicida es un homicida tímido” también había dicho, para reivindicar magistralmente el acto de irse, por voluntad propia.

Pavese hasta el día de su muerte creyó en la fuerza del mito, en la medida de que este era un lenguaje, un medio expresivo, no algo arbitrario, sino un vivero de símbolos, al que pertenece como a todos los lenguajes una particular sustancia de significados (1)

Pavese se valió del mito como forma de expresar simbólicamente su realidad, el mito traspasó la ficción para instalarse en su vida, no fue por azar que el día de su muerte dejó el libro de sus coloquios míticos “Diálogos con Leucó” como bien dice García Gual, …” como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, como un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos, entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre…”

Pavese no sólo como poeta y novelista, sino como ensayista e intelectual se preocupó por leer varios tipos de mitologías, pero probablemente la griega, por la riqueza de esa mitología, con una larga literatura que la transmitió, era incomparable y de una gran “madurez mítica” para él ¿pero por qué Diálogos con Leuco?.
Leucó es un diminutivo de Leucótea “La diosa blanca”, cuando uno se entera quien era Leucótea, probablemente encuentra la verdadera razón que escogió Pavese, un apasionado por la Odisea, para el título del libro, obra que lo acompañó de manera simbólica hasta su muerte.

Leucótea “la Diosa blanca”, era una, divinidad menor, lejos de los grandes dioses del Olimpo. Tiene una sola una aparición importante en la en la Odisea para auxiliar a Ulises, zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por Poseidón. Aparece de pronto del mar como una gaviota, habla con Ulises y le dice que abandone su balsa y se lance al mar, embravecido por la tormenta, sólo usando su velo mágico como abrigo y nade. Ulises, algo desconfiado obedece a Leucó y dos días después llega a nado a Feacia.

En “Diálogos con Leuco”, Leucótea aparece dos veces, en los coloquios en que Pavese, inspirado en Ulises y la Odisea, trae el motivo recurrente de la inmortalidad divina enfrentada a la existencia mortal, ambas condiciones se revelan como insatisfactorias .

Leucótea, he aquí tal vez el nexo de el mito con la vida de Pavese, era una mujer mortal que, desesperada, se suicida lanzándose al mar, sin embargo los dioses le conceden el extraño privilegio, de salvarla de la muerte. Leucótea es redimida por capricho de los dioses y emerge luego del fondo del mar en condición de diosa para ayudar a Ulises.

Pavese recurrente en vida con el hecho suicida, pareciera que hubiera escogido el mito exacto, de aquella diosa para expresar sus propias inquietudes y angustias. Es este juego entre la inmortalidad divina y una existencia mortal, ambas insatisfactorias, que recoge Pavese en la historia de Leucótea, para plasmar su relación con la muerte. Una mujer, que insatisfecha con su vida, decide matarse lanzándose al mar; sin embargo no muere queda entrampada en una existencia eterna como diosa cuyo destino es salvar de la muerte a otros, existencia eterna que es a su vez, es un mandato y un castigo.

Pavese recurrió a los mitos griegos como si en esas imágenes y en sus destinos trágicos hallara un medio para dar curso a esos anhelos sin respuesta.
Sin duda los mitos pueden ser usados, como forma de simbolizar la realidad, pero no son la realidad en si misma, rescatando de ellos la historia, la simbología para significar una realidad que más de una vez perturba, que más de una vez no se entiende.

El velo mágico de Leucó, fue usado por Ulises como un salvavidas para evitar el naufragio. Pero sólo por un tiempo; al final cuando éste, a salvo, nuevamente se enfrenta a la inquietud cotidiana, es decir a la realidad, por último a vivir. Quedarse con el velo en el agua sería morir, uno debe usar el velo para lo que ha sido hecho y continuar, permanecer en el mito es a su vez no vivir. Al final vivir es real y no tiene nada de la lírica o épica del mito. La realidad se nutre de la ficción, pero desprovista de esta duele, como el hecho de vivir. Ante esta certeza más de uno prefiere quedarse flotando en el agua, aferrado al velo de Leucó o lanzarse al mar con la esperanza de que los dioses lo rediman mediante una inmortalidad.

Tal vez Pavese en su relación con la vida prefería el mito, tal vez por eso “diálogos con Leucó” era la obra que mejor lo definía, llegó a escribir poco antes de su suicidio– que era su “carta de presentación ante la posteridad” , tal vez por eso dejó junto a su cadáver el libro de aquellos coloquios míticos con la mitología griega, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta.

Algo sin duda buscó en el último instante de vida, en la última charla con Leuco, tal vez buscó una puerta al mar de Leucó, en el que esperaba ser recibido por sus aguas, quien sabe deseando la misma tortuosa inmortalidad de la Diosa Blanca. Tal vez Pavese decidió el día de su muerte fundirse con ella, como última esperanza de redención, acompañada del acto de pedir perdón. Dicen que hasta en el acto más agónico del suicida hay un soplo de esperanza, tal vez por eso, cuenta la superstición católica, que si el suicida un segundo antes de morir se arrepiente se salva.

Pavese probablemente buscó antes de morir que el mito sea testigo de su muerte y que sean los ojos de Leucó” los que miren como dejaba este mundo. El encuentro con el mito como forma de abrochar su vida, con la simbología que uso para soportarla, fue el juego, el símbolo último que nos dejó.

Pavese escogió el mito de una suicida que luego devino en diosa para entablar un diálogo en vida con la muerte y dejar que sea ella, desde “Diálogos con Leucó”, la única testigo de la verdadera razón de su partida.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo.
Tus ojos serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesar Pavese

(1) Extracto de Diálogos con Leuco (Ensayo sobre Cesar Pavese por Carlos García Gual)

jueves, septiembre 10, 2009

boomerang

....Vuelve lo que va, yendose retorna...

Tratame bien...¿te trato bien?

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martes, septiembre 08, 2009

A un anarquista


No era Rimbaud, sólo era un niño indio (Roberto Bolaño)

El poeta anoche volvió a reir con carcajada sorda, por que sólo escuchó el eco de su sorna.

El poeta puso el adjetivo encebollado en mi prosa y se jactó una vez más de ser anarquista y minimalista.

El poeta sabe dar palo con cicuta y con clase a la prosa banal, burlándose de los escritores y crónistas neobarrocos de La Paz. Ese poeta, sí, de ése hablo, el que dice que construyó su casita de 3 pisos gracias a la poesía y que anoche se dio el lujo de quitar algunos versos de un poema de Nicanor Parra, con marcador verde, antes de leerlos por considerarlos excremento.

Ese poeta, ese "cholo ilustrado" que escucha Bach más que morenada y al cual Jaime Saenz le dedicó un poema luego de que él mando a la mierda a los talleres Krupp, ese poeta con apellido que suena como el apodo de un caricaturista argentino, sabe como poner el acento en la palabra.

Ese poeta, sin duda sabrán de quien habló ayer me albergó en su biblioteca y me enseñó el truco para dormir poco o casí nada y leer más o casi nada. Ayer me invitó singani con agua de la pila, tabaco negro y marraquetas a la mañana y me contó de los sombreros que hacía su padre y de la muerte de su madre a sus seís años.

Ese poeta sonrió borracho ante mis incoherencias contaminadas de tanto tóxico. Aquel anarquista de palabra precisa y herética ayer dormitó, en mitad de su sillón, abrazado de un párrafo lleno de prosa banal, mirando de rato en rato entre bostezo y bostezo un cuadro que le ganó al Edgar Arandia en una apuesta.

Ese es el poeta, que conoció el valor de abrirse espacio a puñetazos en la constelación de escritores burgueses y aprendió de memoria el numero de peldaños que conducen a su biblioteca, los cuales descendió ayer en silencio reverrente ante un carajazo de su hija. Biblioteca donde está la cama de torneado y barroco respaldar, en la que duerme dos horas cada noche.

Lo conocí hace 15 años, lo reencontré hace dos meses y llenamos de ácido las palabras y de singani los pulmones. Ese poeta no es mi amigo, ni nada parecido, eso si es el único poeta por el que me sacó el sombrero en mitad de una cantina y el saca una sonrisa de su boca para pintar de barrocos y huecos halagos mi prosa. Ese poeta sabe pintar palabras y me regaló ayer un abrazo más antiguo que el que contenía al Felipe y Peña y Lillo o visceversa.

Ese poeta es un maestro lo cual es mucho, lo cual es nada.

Al final me pregunto ¿qué cosa me habrá querido enseñar a la madrugada con Bach y chalina de alpaca burlándose de mis divagues lacanianos y mi prosa banal?

Celebración de un infante
Mi infancia era un humo azul
Un punto ciego en el cuarto escarlata
El mago Tou Fou acariciaba mis cabellos
Mi padre cabalgaba sobre mi vieja cuna
Como si estuviera fuera el mundo y su pesadumbre
Mi madre medusa comía una naranja
Su pálida tristeza me hundía en la gracia
En esa espuma desconocida y áspera que sería mi destino

Mi infancia era una selva de sombreros y falacias
Querubín luciferino / Mí gloria era el infierno
El esqueleto de un caballo
Y ese hueco en la niebla donde una maldición tejía
Ya el telón había caído sobre mi razón
Y sólo tenía la certeza
De haber sido echado del paraíso
Entonces / Me desaté la lengua
Me rompí un brazo
Y me masturbé como un simio.

Humberto Quino Marquez

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viernes, septiembre 04, 2009

Tengo

Tengo en un archivo de la computadora mi nuevo, compuesto de quince cuentos inconclusos (1 casi terminado, los otros en maqueta) sobre violencia de género. Tengo ganas de tenerlo listo antes de agosto del 2011.

Tengo 60 libros pendientes que me propuse terminar de leer hasta fin de año.

Tengo un poema largo en cuatro partes del que ya escribi 5 versos que me salieron horribles y mediocres.

Tengo una ansiedad como de año nuevo, como dice Charly, y tengo un espacio listo esperando a su nuevo disco que llegará de Baires en unos días por encargo.

Tengo en mi vida una mujer que se llama igual que mi hija, muerde mis temores con sus risas y se vuelve una oruguita de cabellos largos entre mis sábanas.

Tengo amigos y amigas, escritores, músicos, burócratas, banqueros, actores, literatos, poetas, aburridos, chistosos, interesantes, sabios, vagos, ociosos, burgueses, masistas, podemistas, anarquistas, grafitteros, caricaturistas, motoqueros, cocanis, centralistas, tarkus, yungueños, cambas, chapacos, paceños, gringos, europeos, cristianos, budistas, ateos...y más pajas..

Tengo más de mil razones como dice Sabina para no cortarme de un tajo las venas, la primera mi hija, la segunda mis libros, la tercera las páginas en blanco que aún no he escrito.



Tengo ganas de creer nuevamente

lunes, julio 13, 2009

De Paredes y Pavese

A ti, cuando leas esto tal vez comprendas…

Ayer a las 7:30 am, un profesional lamparero extirpó las lámparas de la sala y una semilla rodó por el piso en la cirugía. Fue inevitable no recordar la noche que las colocaste. Fue agradable evocar el reflejo de la ciudad en aquel lunar -café con leche cerca de tu ombligo- que tanto me gustaba morder. Te vi parada sobre la mesa, con aquel mal humor de miel, estirando los brazos, prolongando tu estatura para sentar tu presencia transformada en la luz de mi sala. Hoy aquella luz ha cesado. Ese juego caprichoso que dibujaba sombras de la china, gaviotas del pacífico y murciélagos benianos en las paredes ya nos es más. Las nuevas lámparas tienen un reflejo más convencional, un estilo más a tono con la nueva vida que empiezo.

Hoy cambié de lugar el dormitorio, al cuarto aquel que no sabiamos bien si era escritorio, sala de video o living de segunda. El que solía ser tu refugio para la siesta de la tarde o tus mantras de kundalini solitarios es hoy mi nuevo cuarto. Creo que desde su ventana será más agradable mirar la ciudad en el insomnio y la vigilia. Estoy seguro que te gustaría quedarte colgada en el lado derecho de la cama, mirando las luces de la ciudad filtrandose por la ventana, o ayudar con algún gémido a que las rajaduras en la pared crezcan.

Hoy al cambiar de lugar la biblioteca me vino la resaca de una discusión con sabor a pasado en una plaza de Rurre, decidí conjurarte y con ese aíre de libromancia matinal, abrí La vida está en otra parte" de Kundera, en la pagina 215. Sorpresivamente en mitad de la página encontré una foto tuya que había dado por perdida hace tiempo. Tu sonrisa de Mona Liza me impidió leer el primer párrafo, di la vuelta la foto y a la altura de la primera vertebra cervical de tu espalda - esa que se contraías ante las discusiones no dichas, los traqueteos de ambulancia y las peleas de oficina- pude leer las cosas que solías decir cuando tu piel sudaba lo que solías sudar, pude ver la mirada que solías mostrar cuando por tus ojos se filtraba el aroma a mar que tu sexo solía regalar.

Comprenderás que nuevamente una broma tuya volvió para decirme que no sería tan fácil enterrar tu cuerpo y parece ser que de ves en cuando tu olor invadirá las paredes por más que estén bien pintadas.

Así es, las lámparas se fueron, la pintura de cantina en las paredes también y tu imágen en Rurre volvió como última despedida. Debo confesar que junto con tu foto, también la máscara dejó la columna hoy, junto con la pulsera aquella que dejó olvidado algún israelita en El Mosquito y decidiste regalarme. Hoy son fetiches (sabes que soy maniático) y ocuparán un lugar libre de humedad en el lado más izquierdo del ropero más lejano, del cuarto menos visitado de la casa.

Las paredes blancas y la cama en otro cuarto hoy esperan, mientras tanto es probable que esta noche vuelva a escuchar esa recurrente canción de Bebe y puede que espante a tu fantasma con este poema de Pavese

Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos
Cesar Pavese

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

lunes, julio 06, 2009

Pestes y Chanchos

Pestes y chanchos

Los otros dicen “es la peste, ha habido peste”. Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más. (Albert Camus)

Estornudo tres veces sobre el teclado luego de leer que el virus AH1N1 traspasa fácilmente el paño del barbijo que compré a un boliviano para protegerme. Escribo en la sala de espera de algún aeropuerto, mientras analizo las conductas de los viajeros y los que controlan la seguridad. Ni unos ni otros saben muy bien que hacer, de que escaparse y a que bicho pisar, para detener a al virus de la primera pandemia “mas-media” del siglo XXI.

Me lavo las manos con aquel invento de alcohol con aroma a sandias que se desliza por mi piel como lubricante. Con las uñas limpias, con la compulsión instaurada en las yemas de mis dedos soy parte del circo del absurdo.

Desde que la OMS declaró a la gripe AH1N1 una pandemia 25,000 personas se contagiaron en el mundo y murieron 227 (el 0.98%). Una terrible amenaza sin duda que no se compara con el hecho de 273,000 niños nacidos en Bolivia cada año 7,400 mueren durante el primer mes de vida.

Revisando en la historia veo que la influenza H1N1 no es nueva. La pandemia más letal y conocida de este tipo fue la denominada gripe española que duró desde 1918 a 1919 y mato a al menos cincuenta millones de personas. La llamaron así porque España era el único país de Europa que no censuró los datos de la misma.

“Del chancho su gripe” la influenza AH1N1 llegó a Bolivia y contagió a la fecha a más de 100 personas. Llegó para despertar la conciencia adormilada en relación a la falacia de control que se tiene de lo externo. Falacia que hoy se sostiene, en un saber científico que define epidemias, prioriza males, crea medicamentos y establece el precio de la cura.

La respuesta de alarma a momentos desproporcionada ante la influenza es aparentemente irracional frente a otras epidemias como el VIH o el hambre mundial. El pánico creado otorga una máscara de racionalidad al absurdo que se expresa en acciones como impedir que los mexicanos pisen China o los Chilenos viajen a Brasil ¿Si es una pandemia global, porqué no se producen medicamentos genéricos sin costo y se los distribuye en el mundo? Se preguntará de forma irreverente alguien que no usa barbijo.

Parece ser que esta pandemia es tal en la medida que es sostenida por el pánico y la alarma y surge ante lo que no se conoce y que en esencia, como bien diría Camus en La Peste, es parte de la vida misma y nada más.

¿Será que la realidad copia a la literatura, como decía Borges, o simplemente hay un juego de perversión en hacer uso de una real pandemia para generar lucro y para elaborar discursos políticos a favor o en contra?

En esa medida, el absurdo hará que surjan por ahí algunos que digan que el virus apareció como un error del Pentágono o de Irán al crear armas químicas, otros que es una mentira provocada por las trasnacionales farmacéuticas para salir de la crisis económica. Esta situación sirve de excusa para volver a la noción existencialista de “lo absurdo” planteada por Camus en La Peste.

Escribo y estornudo recordando aquel viejo hombre que en la novela La Peste permanecía esperando la muerte desde el balcón de una vieja casa de Oran. Él miraba las ratas salir de las cloacas a morir a la calle de forma repentina y cada vez en mayor cantidad. Miraba con indiferencia, con cierta certeza ante la inminencia de la muerte. Permanecía con la calma de la vejez ante el rigor de la bacteria y, con cierta aura de invulnerabilidad, contaba las personas contagiadas por La Peste, aquellas que morían de fiebres altísimas y con los ganglios del cuerpo reventados.

En la novela evitar el contagio o buscar la cura a la peste, provocaba en los habitantes de Oran una serie de comportamientos imaginarios y absurdos y a la vez cuestionaba la capacidad de la ciencia de enfrentar una peste invisible con toda clase de sueros. Peste que interpelaba la moral de un Dios que limpiaba las cloacas de ratas y que por alguna razón dejaba que murieran los niños y sobrevivieran los curas.

Enfrentarse a la vulnerabilidad que produce un virus cerrando las puertas, tapando las bocas es sin duda un absurdo como lo mostró Camus en La Peste. Absurdo que hoy se define por si mismo en los hechos y conductas que produce en el mundo y que parece sustentarse en la noción de un saber científico que se jacta de descubrir el origen de la vida en el genoma humano pero que no es capaz de controlar al virus de la influenza.

Absurdo que insiste en que ahora, gracias a la ciencia, la gente podrá seguir disfrutando del sexo y las caminatas a los 90 años. Se muestra en la noción de un hombre dominando a las enfermedades y que alimenta su poder ante un Dios al cual le gusta imaginar poco certero y que no ve, que no toca por que no es materia.

En La Peste Camus planteaba la irracionalidad de la existencia humana enfrentada con una noción de Dios y una moral humana débil. Algo similar ocurre hoy cuando el hombre defiende de manera irreverente una moral relativa ante la vida y la muerte. Moral que entiende que Levonorgestrel no es sinónimo de aborto y Tamiflu sinónimo de cura . Un hombre que crea vida de forma espontánea en un laboratorio y que frente a un virus que muta crea paliativos de dudosa eficacia pero que generan millones de dólares.

Aquello sobre lo que no tenemos control ha vuelto y asusta. Genera lucro en unos y pánico en otros. Aquel mal invisible, plaga del Siglo XXI que se filtra por el aíre de forma silenciosa, golpea repentinamente mostrando la vulnerabilidad del ser humano. Sigue teniendo la misma vigencia que en La Oran de Camus, al recordar que controlar la peste es pretender controlar la vida misma y por ende no existe nada más absurdo.

En La Peste Camus contaba la historia de un grupo de médicos lidiando con la muerte producida por algo desconocido mientras la ciudad argelina de Orán era barrida por una plaga. En la actualidad aparecen nuevos médicos enseñando nuevas formas de usar el jabón y el barbijo para atacar a un virus desconocido que más que muerte produce susto y descontrol.

Camus puso sobre la mesa una serie de preguntas relativas a la naturaleza y destino de la condición humana. La Peste planteó metáforas tanto de los dilemas interiores como la ética y política ante lo desconocido. A partir de personajes que iban desde médicos y curas, a mercaderes lucrando con la muerte nos planteó la reacción humana ante un otro invisible que en su simpleza es poderoso y lo doblega.

Aquel absurdo de La Peste se vuelve real en estos días y recuerda que vivir es enfrentarse a la irracionalidad de creer que la razón es capaz de conocer y controlar aquel mal inevitable que se expresa en un virus.

Para Camus la ausencia de sentido supremo es el "absurdo", y se mostraba como algo desconcertante y a la vez positivo. Planteaba que las nuevas razones de la existencia serían aquellas que vayan ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores a las personas (políticas, religiosas, ideológicas, etc.).
La novela nos mostró un sentido de la existencia manifestado principalmente en el apoyo mutuo de un pueblo ante la peste y en la libertad individual de optar por morir o por luchar. Planteamiento que hoy nos hace preguntarnos ¿qué tanto somos capaces de lidiar con el pánico? ¿Qué tanto somos capaces de hacer por el otro que muere de hambre y al que el barbijo no lo proteje?

Algo de lo que Camus planteó en La Peste ha vuelto por estos días. Igual que en la novela la influenza se irá un día de forma repentina, de la misma forma como apareció. La gripe “del chancho” se irá como hace tres años “la del pollo” y volverá mutando tal vez como “moquillo de perro” de acá a un tiempo.

Por ahora resta ver, como en La Peste, si el absurdo ayudará a valorar la vida humana por sí misma y su vulnerabilidad más allá de cualquier ideología, interés, credo o frontera. Mientras esto ocurre, mientras este texto acaba habrá que seguir lavándose las manos al menos doce veces al día y evitar besar a cualquier extraño que te sonría sin barbijo.