lunes, febrero 02, 2009

Poesía Militante



…Caen sorprendentes Cristo en poses extrañas sobre las cruces del mar. Sorprendentes carnadas llueven del cielo: llueve un último rezo, una última pasión, un último día bajo las hosannas del cielo. Infinitos cielos caen en raras poses sobre el mar.
Infinitos cielos caen, infinitos cielos de piernas rotas, de brazos contra el cuello, de cabezas torcidas contra las espaldas. Lloran para abajo cielos cayendo en poses rotas, en nubes de espaldas y cielos rotos. Caen, cantan.
He allí tu madre, he alli tu hijo

Raúl Zurita

Soy las consignas ya no gritan en los medios como hace unos días, aunque todavía hacen eco en la cabeza de la gente y mientras tanto estas palabras nacen con aire postelectoral de victoria/derrota en últimas de cambio.

Es en estos tiempos en que la política jode con lo de tomar partido y las voces ajenas y no tan ajenas presionan para seguir escribiendo por consigna que surge en la memoria el encuentro que tuve con Raúl Zurita en la Feria del Libro de La Paz en 2006.

Recuerdo su barba de la cual se descolgaban sobre la mesa sus versos militantes, aquellos que con contundencia celebraban un homenaje a las piedras de la ciudad, a la arcilla de Llojeta. Mientras leía su poesía conjuraba los temblores del Parkinson en su mandíbula, los besos involuntarios de oreja al hombro, los pellizcos de clavícula al cuello.

Su cuerpo irreverente, involuntario, con baba al empezar a leer, nos entregaba una palabra firme, contundente y precisa, como forma de exorcizar el mal neuronal, como forma de evocar en carne propia la firmeza que tuvo ante la tortura, misma que nos regaló aquel día su palabra quebrada que se negaba a callar.

El poeta de la memoria, como lo llamaban en Chile, esa noche lanzaba con contundencia sus palabras a La Paz evocando, en un auditorio plagado de aullidos de gaviotas de altura, los temblores que le produjo la tortura en un barco de la Armada Chilena.

Es que a partir de su vivencia Zurita ha entendido, ha concebido la literatura como la forma de hablar, de crear desde el dolor, desde la tortura, desde ese espacio donde la palabra aparentemente no es posible, donde el verso es sólo grito sangrado en la pared del encierro.

Zurita aquel día también habló de cuerpos, de temblores, de rocas transandinas. Desde su poesía, ascendiendo por los muros de una sala improvisada, habló de su permanencia en silenciosa vigilia, del homenaje a la escenografía de la muerte, aquella violenta muerte de los cuerpos arrojados al mar, la que dejó el eco reclamando la presencia simbólica de la persona amada.

Habló también de la otra muerte, de esa que necesitaba tanto poder despedirse del cuerpo para irse, y de aquella que se fue sin dejarnos lugar al tacto, la de los desaparecidos en dictadura.

En estos tiempos en que unos y otros piden que la palabra tome partido por la hormona, por la visceral consigna, prefiero refugiarme en la palabra llena de memoria de Zurita, aquella que convoca a que la poesía milite en la memoria desde otro lugar, desde una mirada descarnada y de furia al pasado colectivo que nos forma.

Zurita plantea que el escritor, el poeta tiene una deuda con la memoria histórica. Ante la realidad, el poeta, el narrador debería ser un testigo socialmente comprometido con la historia y proponer algo más que hacer pública su angustia, sus romances, sus demonios personales.

Desde esa perspectiva, para Zurita, la palabra debe poner sufrimiento en la furia e ir más allá de la suma de desahogos. Aquella rabia debe hablar y ser bandera, tomar partido.

En esa medida es que vuelvo a las páginas de su libro INRI, poema largo, en tres partes, sobre la epopeya involuntaria de los miles de cuerpos arrojados al mar, a la cordillera, al desierto en la dictadura de Pinochet. Cuerpos que dejaron la estela violenta de la muerte no esperada, de amores destrozados sin posibilidad de aviso previo, sin mirada de despedida de la amada.

Ante la lectura de este libro, contundente memorial a los cuerpos violentamente asesinados, una disociación delirante surge como la tentación más deseable para desplegar un velo de ficción y proteger mi palabra del efecto de los tiempos presentes del país, esos que nuevamente piden que mi poesía tome partido.

Mi individualidad burguesa evita seguir a Zurita; sin embargo, la realidad que me habla de forma polarizada del cielo en el que unos creen, del infierno que unos atizan con fuego de intolerancia se filtra por la “burka literaria” que me impongo y me reclama militancia en la escritura.

En ese instante decido pensar en la palabra de Zurita, en el cuerpo que nace en la palabra que resucita al cuerpo, en la crucifixión del texto. Esto me lleva al Zurita que en plena dictadura realizaba poemas de acto con intentos de quemarse el rostro, de cegarse para expresar su impotencia frente a la realidad y la necesidad de decir sin palabras, de gritar ante la intolerancia, la desaparición y la tortura.

INRI recoge la metáfora de la pasión de Cristo y es capaz de hacer del mar, la cordillera y el desierto un inmenso memorial a los desaparecidos. Zurita ha tenido en este libro la capacidad de escribir más allá de la angustia intimista del poeta y militar con su palabra, como forma de duelo y reconciliación con la memoria de los cientos de cuerpos que fueron arrojados al mar.

Zurita plantea la posibilidad de una poesía militante como respuesta a lo que él mismo llama los poetas autistas, esos que escriben en la borrosa huella de la ficción de sus lecturas y se sumergen de manera fetichista en sus demonios, en las caricias que producen sus poemarios, en el onanismo del encierro muerde ego.

Para Zurita, es en la militancia que el poeta asume un papel social que va más allá de la consigna del escritor “del partido”. En esa medida es que el escritor será capaz de plantear no una denuncia de panfleto, sino más bien la posibilidad de escribir poesía como un ejercicio despiadado, una búsqueda de autenticidad, pero no desmarcada del mundo.

La poesía desde esta perspectiva es más que un ejercicio de sangrar las nostalgias y vivencias agónicas de un devenir cargado de congoja. Desde la lectura de Zurita, es un ejercicio despiadado, un llamado constante a la búsqueda de la autenticidad.

El poeta, así como debe ser capaz de la introspección más descarnada, debe ser capaz de mirar la oscuridad en el maquillaje que le muestra el entorno donde mora, donde come, donde habita. Porque en esencia es habitante, ciudadano, purga acongojada de palabras en un cotidiano a veces perverso, a veces pragmático.

Zurita afirma que sin una reserva de criminalidad no hay arte. Cuando el artista es tentado por demonios, no puede vencerlos dice, como el santo, ni deshacerlos, como el iluminado. El poeta entonces debe dar su palabra a sus demonios, dar cuenta de ellos al mundo que es en última esencia de donde nacen y a donde pertenecen.

¿Cuáles son entonces esos demonios, los más íntimos y los ajenos, aquellos que hablan desde el mar, desde la roca besando los cuerpos destrozados de los amantes en INRI? Tal vez son aquellos que provienen de lo que el uno causa al otro, y son furia y sufrimiento en el poeta. O tal vez esos que provienen de la agonía existencial de morder la propia náusea o reverberar con contundencia en la denuncia. En uno u otro caso, el poeta sucumbe a la tentación de ser espejo de la criminalidad de los demonios que desgarran su piel.

La palabra de Zurita convoca a labrar la piedra y también a cagarse de risa de los demonios que incapacitan, como aquel del Parkinson que le hace babear sus versos, pero no le quita la contundencia de hacer público su purgatorio e invitarnos a una poesía militante.

Zurita, por último, en su poesía, es la furia, la forma de hacer memorial de la injusticia, lo cual se ve reflejado en una obra como INRI. Algo habrá que aprender de su forma de militar con la historia, de escupir la palabra en el verso hecho escupitajo en las caras de los hijos de aquellos a los que no les tembló la mano para botar vidas al mar.

¿Serán acaso estos tiempos por venir, tiempos de poetas menos catatónicos, menos hebefrénicos y saltarines conjugadores de versos llenos de pedos intimistas? Habrá que ver, habrá que esperar que no caigan más cuerpos al mar o sobre la nieve que cubre la roca, sobre las flores blancas que crecen en los abismos de la cordillera, para que los autistas de oreja de elefante pongamos un poco más de furia a la palabra, a la poesía y exorcicemos a los demonios de fusil y poder político, sean cuales sean, habiten donde habiten.

2 comentarios:

Coyote Moreno dijo...

parece inevitable, llega un rato en q no te puedes quedar callado, y te vuelves militante
un abrazo paul, me gusta leer tus artículos en el Fondo Negro el domingo y comentarlos en tu blog!
(ahora escribí "deness"...?)

Félix Sánchez Durán dijo...

Simplemente sublime. Quien calla, es cómplice, ¡y de los peores! Gracias por las palabras esgrimidas. Voy a acercarme a la poesía de Zurita.