lunes, abril 06, 2009

Esas Locuras (II)



La muerte retratada

Costumbre muy extendida en la Inglaterra victoriana y replicada en la sociedad paceña de fines del siglo XIX y principios del XX fue la de retratar el cuerpo del difunto en sus mejores galas antes de dejarlo partir. Cobraba especial interés y cuidado capturar “el ajayu” —sobre todo— de los niños.

Socialmente válida, como el bautismo, el ritual de velatorio u otros ritos católicos, era aquella costumbre de vestir a los niños muertos con sus mejores galas antes de dejarlos en un ataúd igualmente blanco, como el polvo en el rostro, el vestido de seda de la niña y el pantaloncito corto del niño.

La fotografía se la tomaba en el dormitorio, con el niño mostrando la placidez de un sueño eterno en una cómoda cama. También en la sala donde el cuerpo, bien sentado, con ayuda de artefactos de madera o una efectiva mano que no se ve, mostraba el cuello erguido, simulando una rígida siesta sin retorno.

Me contaba un amigo pintor que el nieto de los Cordero guarda, en el estudio fotográfico de su abuelo, una colección de fotografías de niños muertos y que encontrarse con aquellas fotografías conmueve y deja escuchar las voces de un pasado, la profanación de duelos ajenos que se ofenden. Ayer fue una costumbre cariñosa de preservar la última imagen de los que se fueron antes de tiempo; hoy para algunos sería una patológica forma de duelo no resuelto y de preservación de la muerte.

Formas de preservar al ser querido, psicóticas y depresivas, existieron y existirán siempre, como maneras de no cerrar el duelo, rituales familiares, personales. No importa; tenemos derecho a querer preservar la muerte de los nuestros en la foto de la niña con vestido largo, en el cuarto intacto del hijo accidentado, en las comilonas de dulces con las que en Todos Santos recibimos a nuestras almitas. Al final, ¿acaso no hay locura más necesaria que velar la muerte?

La muerte justa

La sociedad más civilizada y la más tribal ejercen rituales de justicia colectiva. En Achacachi y en Texas se cursan invitaciones para ejecuciones públicas. En el primer caso el acto se da de forma violenta y a palazos, en una plaza llena de tierra y con gritos agónicos del condenado.

El acto es validado por la legitimidad de la comunidad y auspiciado por cantidades nada despreciables de alcohol. En el segundo, bajo el amparo de las leyes, el ritual se da en un lugar estéril y moderno y los palazos se reemplazan por una inyección letal. Quien va a morir no sufre mucho, pero todos pueden verlo por un ventanal en una pequeña salita con butacas de cine, la cual incluso tiene parlantes para escuchar lo que el condenado quiere decir.

El público a veces se muere de ganas de llevar unas pipocas o una Coca-Cola para ver la función, pero se contiene porque podrían creerlos locos; las más de las veces se quedan en silencio analizando cada detalle del ritual y esperando ansiosos si por los parlantitos de la pared se escuchará la voz del sentenciado pidiendo perdón o dictando tal vez la frase que quedará en su epitafio.

En Texas el juez dicta la ejecución, el condenado duerme y luego muere plácidamente. En Achacachi el pueblo entero apalea al condenado sin juicio previo y mientras grita clemencia, los comunarios, todos, comen pasankallas. En ambos lugares, luego del ritual, los invitados abandonan el lugar en silencio. No han escrito mucho los poetas, no han hablado mucho los cineastas sobre estas formas de locura, aunque es probable que en Texas, en la celda del que ya no está, el guardia de turno encuentre una colección de brillantes poemas que permitieron al asesino purgar demonios antes de la muerte. En Achacachi tal vez verán a la viuda y los hijos llorando al ladrón del pueblo y dejando en su tumba una foto de familia.

La muerte enamorada

Él salió del psiquiátrico hace unos meses, y hace tres días que está muerto. Hacía música rock, pintaba furibundos autorretratos y escribía cuentos que quedaron colgados de internet. Más de una vez fingió su muerte cibernética en un blog para ver cuántos comentarios de condolencia recibía.

Anoche decidió dormir por última vez con su novia y entregar el corazón a químicos cristales; él también solía jugar con pantalón corto, también tuvo un bisabuelo que vio la foto del pequeño niño del vecino muerto antes de enterrarlo, así con la cara blanquita, con la ropa blanquita.

Él no tuvo tiempo de planear una buena foto; tenía que irse. La bondad del psiquiatra lo llenó de Clonazepam y Prozac, pero las mordazas químicas le planchaban las ganas de crear. Él quería que lo dejaran escribir un largo soneto en las aceras del Puente de las Américas; quería protestar con poesía por llamarlo transgresor, por no ser policía como el padre, por estar enamorado del primo de su novia.

Llevó a su novia a un cuarto de motel, contempló su blancura en silencio, brillante y pura como el polvo que acariciaba los rostros de los niños muertos. La miró, la tocó y aspiró la locura de sus besos; respiró la amargura en su garganta. Decían que era buena, socialmente buena para operar ojos y muelas. Freud se enamoró de una igual que lo ayudó a quitarse el cansancio y poder escribir la interpretación de los sueños. La locura lo dejó tieso con el corazón detenido en esta muerte blanca.

¿Qué locura es mayor: escribir un soneto en el Puente de las Américas o encerrarse en un motel con 10 "bretes" de coca y jalar hasta la muerte?

No hay comentarios.: