lunes, junio 07, 2010

Virgenes Mundo

Vírgenes mundos

(Fernando Rielo, de su libro “Dios y Arbol”)

I

Tarde. La luz declina. Las cosas se opacan. Las moscas, taciturnas.
Mi Padre que eterno en el cielo vive
me anima a salir a la calle.
A ella
me tiro.

Calle de ciudad. Avenida por anchura de sus lados,
nobles esquinas y edificios altos.
El cielo, un rectángulo largo
que no se acaba nunca.
La sombra, pródiga en calles.
Las fachadas, su cintura.
Una plaza... de vez en cuando.

Las calles sin golondrinas ni encinares pardos.
Sólo vecindades que caminan de prisa y miran escaparates
de cristales anchos. Unos miran; otros compran zapatos o golosinas.
Como es sábado, gentes en fila, largas filas, para cines o teatros.
El campo está lejos sin otro paisaje
que tarjetas postales y muchas revistas.
Revistas con desnudos velados. Extraño pudor.
Eso dicen con sentido distinto:

Quiénes, en púlpitos;
quiénes, en bares.

Unos las visten con algodones: son los puros.
Otros las desnudan del todo.
¡Gran creación de los ojos que miran!

Año 40 ha muerto o ha pasado. Es lo mismo.
El púlpito ha callado... por si acaso. Un concilio cumplido.
Hay ya más sotanas colgadas que bragas en las terrazas.
Chicos y chicas con trapos ceñidos en multitud hermosa.
Todo parece muy pequeño. Todo abstracto, la ciencia, el arte,
el sandwich y hasta el sexo.
La poetisa brisa ya tiene empleo. Su tarea, limpiar el cielo
de tubos de escape con su jabón de espuma.
Sí. La brisa ya no susurra ósculos celestes;
la brisa es marca barata
que en horas laborables trabaja.
El sol es un vecino más. El más distinguido, sin duda.
Lo dicen los vecinos cuando tanto le citan el día que falta.
Luna lunita la llamó el poeta. Hoy es la sabuesa de los trapos sucios
que la noche oculta y a nadie cuenta.
Las estrellas parecen gatos a la caza de terrazas o tejados.
Hay un poema de gastos que la ciudad exige
al cabo del rato de caminar por ella.
_________________

Año 40. A él vuelvo. Un viento fuerte lame como perro
cementos grises, ladrillos rojos y lámparas de cuarzo.
Los cristales vibran con pasión de astillas.
Música de fondo... el polvo que respiro y que mi labio escupe
con hojas secas y papeles rotos. La Casa de la Villa como puede recoge.
La Casa de la Villa, preciosa, por cierto, con concejales y todo.
De la ciudad hablan. Luego se marchan. Y los vecinos...
mueren entre asfaltos rotos.
Yo les perdono.

II

Me tiré a la calle. Eso he dicho.
Sí. Bajé escaleras. ¿Tú en mí? ¿Yo en Ti?...
Sé que tu sonrisa, ardiente, alante, pupiló mi mente
con muchas lágrimas que mis besos secaban
en brisas de abierto labio que, en haz de viento, se hacían...

ensueños cielos
de cristal.

Si el cielo azul se gana alejando nubes,
el amor se gana sin romperlo.
¡Cuánto quise en esos instantes de mi sueño despierto
la vida que en mi vida pusiste: una vida de mil universos
con nuevas calles, con nuevas plazas, con nuevos cielos
que yo recorrí con todas mis alas!
Oh mundos, mundos inmensos de inmensas aguas
en inmensos cielos que inmortales formas, ingrávidas, me acogieron
sin dejarme. Cielos con inmortales perros, inmortales peces,
inmortales aves, cenitales aires sin carne, tan puros, tan bellos,
tan brillantes que ni decir ni hacer yo puedo.
Sí pude, no sé cómo, cubrir distancias veloces
con escolta de luceros nuevos; y lo que eran faroles
de forjado hierro, ángeles ahora, paralelos a mí, a mi paso cierto.
Sus alas rosa y sus famas de plata me sombreaban como arcos.
A las moradas llegué, las moradas vi...
También la mía, de brillos hecha. No la vi por dentro.
Sí sus puertas... de luceros detenidos en éxtasis perpetuo.
La besé tan fuera de mí que ni llorarme pude.
Oh Padre, no pude entre tantos seres amantes.

Oh universos nuevos, nunca vistos; de hojas revestidos,
denudas hojas, libertas, de la carne que les murió en la tierra
que nacieron... De las aves vi sus almas en vuelo.
Oí sus trinos callados. Mi perro... cumplida
la esperanza libertadora de los hombres, feliz, esperándome;
reconociéndome con su ladrido de violines hecho.
Aquel mi perro muerto, por mí, entre lloros, camino de Granada,
rumbo a mi nuevo destino, en ruta de un cielo revelado,
nacido entre los besos míos, circundado entre viñedos.
Las formas puras entonces vi. No silentes, como si nada fueran.
Sí, susurrantes, como el agua de la fuente que al brocal se alza
y el hombre bebe mientras vive y mientras muere.
Todavía sus frescas auras a mí llegan
y bañan mi mente con su presencia. Y libres de su carne...
vencido el ultraje de la muerte, cesante el suspiro,
hablándome de su nuevo paraíso,
mi nombre invocan... inmortales ellas
como ventanas abiertas a jardines vivos.

Oh Padre, eran las 7 de la tarde, cuando la luz
en retirada, cobijándose tras luceros viejos,
más antiguos que la historia del hombre,
para descansar sin duda del fatigoso día,
como yo y mi pobre cuerpo,
como siempre lo hacemos,
me dijiste: Hijo, ya me retiro.

Padre,

te marchaste de mí no sin el beso de cada día,
no sin darme aquel célebre consejo
que hoy, más viejo y más enfermo,
todavía recuerdo: Hijo, tener limpias las razones de la vida
de toda escoria es el arte de ser conmigo...
una
misma
cosa

1 comentario:

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