jueves, julio 16, 2015

Alex despúes del 9 de julio

             
                                                                                  


 La Paz, 16 de julio 2015

Pinche escritorcito, tu obsesión por la ficción aún te impide ver la realidad que evades con tus manos. Si al menos hubieses entendido, de una maldita vez, que nunca será buena idea construir puentes entre los personajes de papel y de la vida real, quizás no estarías ahí todo hecho al “book star” celebrando el nacimiento de tu libro. O lo que es lo mismo, tal vez  no estaría viva en las páginas de este tu Acto de Agua, que en tu caso, conociéndote, sería algo así como la ducha que te das cada quince días. Debes saberlo, ninguna de las personas que fueron a la presentación del libro tendrán el valor de decírtelo. Jamás, escucha bien, jamás  estarás a la altura de  la ofrenda húmeda de Ofelia, de la caminata acuática de Virginia, del poema hecho olas de Alfonsina o del digno silencio de Manuela con el rostro aplastado en la escarcha de agua en el lecho de un rio.

No mi narrador, yo te hablo, desde estas páginas que hoy volaron, para decirte que escuches más y escribas menos, que grites, aunque sea mudo, pero que lo hagas por mí, por todas, que por tener la mandíbula rota a palos, no pueden ser grito ni denuncia.
Después de show debo recordarte una vez más lo que le dije a Nikki. La gente de carne y hueso siempre será más cruda, imperfecta, impredecible, indomable. Más dura que cualquiera de los personajes que matan dentro de tus párrafos. Si pinche bolañito, por más que trates, que sangres, que llores, que escribas, que vomites, que sacudas el pecho de palabras heridas en la palabra, jamás, llegarás a conocernos.

Cuando todo esto acabe, sabrás que, más allá de la ficción en la que te engolosinaste por casi cinco años, en los  que me besaste y maltraste a palabrazos,  los huesos de Cesárea Tinajero  nunca existieron, pero sí los de las cientos de mujeres asesinadas en México, el mundo y en Bolivia: Niñas indefensas, jóvenes trabajadoras, abuelas, colegialas: violadas, mutiladas, degolladas, acuchilladas, estranguladas, descuartizadas; son y seguirán siendo las dueñas de los huesos que se secan en el desierto al que hiciste referencia en estas páginas, sin siquiera conocerlo, las que se pudren en el altiplano que tanto te molesta.

Sí, mi escritorcito, recuerda que siempre será mejor mirar de frente, hablar de frente. Eso debiste hacer el día que decidiste conocerme y no insistir en la absurda táctica de conquista intertextual con nuestros autores favoritos, muy onda Doccera, muy del Edmundo ¿no?

Recuerda lo que tantas veces te dije, cuando miraba de reojo tu escritura. Las palabras tarde o temprano se pierden en un colchón lleno de ombligos y yo, estoy más allá del tuyo. Si al menos hubieras sido más coherente, un poquito más sincero, no hubiera estado tan mal, hasta me hubiera gustado eso de hacerme someter con un látigo lleno de azúcar, pero no fuiste capaz. Ahora vuelvo a la página 23 donde habito. Recibe un buen puñetazo en el centro de tu ego y acepta que a partir de hoy deberás pagar el precio por lo que dejaste en estas páginas, por mí, por ellas y en caso que te olvides, la noche que menos pienses me encargaré de recordártelo.

Suerte en la farándula

Nunca tuya

Alex.

Palabritas sobre El Acto de Agua (extracto modificado)



Escribir es una terrible penitencia, un tortuoso placer que no se los aconsejo. Como en todo juego humano, donde uno busca eso que no existe, que nunca estará presente, es a su vez un placer inenarrable. Don y látigo decía Truman capote, don y látigo pero solo para la autoflagelación. Por eso decidió salir de un rincón de la memoria y dejar de disfrutar en medio de un desierto de aburrimiento un oasis de horror, parafraseando la deconstrucción del poema de Baudelaire hecha por Roberto Bolaño.

Cuando algo nace se celebra, por más que, cómo en este caso el grito de vida convoque muchas muertes, pero al final ¿acaso de eso no se trata todo? ¿Acaso la muerte no es el otro lado de la moneda del estar, del devenir en este mundo? Es necesario entonces tenerla presente aunque incomode.

Una obra empieza como un esbozo, una idea sobre algo que aquel que habita más allá de lo que se dice, te va susurrando al oído y te taladra el cerebro hasta que es insoportable, entonces empiezas a narrar y lo escrito cobra vida. Caprichosamente la mayoría de las veces ella elige su camino y solo eres un medio para lo que quiere decir. Guía tu mano, por lugares y recorridos que nunca pensaste al escribir el primer párrafo, tal vez a eso se refería Javier Cercas cuando decía “Un escritor no escribe nunca acerca de lo que conoce, sino precisamente de lo que ignora” y fue aquello, ignorado por la sistemática desensibilización hacia la violencia que me enfrentó con el espejismo de creer que uno sabe de lo que escribe, cuando en realidad no tiene idea de nada.

El Acto de Agua  incluye trece relatos, cuentos, historias como quieran llamarlos. Cierra el mismo 2306 el cual narra el Feminicidio de Manuela Mamani y cuyo nombre lleva el primer y único observatorio de violencia de género en Bolivia. No es un ensayo o una tesis es literatura fría, cruda, desalmada, subida de tono, literatura sin tapujos, llena de amor, temor, pasión y dolor como la vida misma y punto.
Estas historias hablan del amor, de la revancha, de la vida, de la muerte, de la impunidad y la cobardía. Tal vez sus palabras llevan en sus líneas una inevitable disputa, una encarnizada pelea mental en la cual como autor y hombre educado para ser macho formé parte. Es un devenir, desde la ficción, desde la memoria, desde lo autobiográfico, desde la denuncia y la indignación, un intento de transcurrir por la vida, la muerte, el infierno y el purgatorio.

El Acto de Agua, es a su vez el  nombre de uno de sus  textos más ambiciosos, un homenaje o un memorial al acto desesperado de muerte, a la necesidad de lavarse el cuerpo, un despojarse de lo no deseado que permanece en la piel, en el alma. Un guiño al poder curativo del agua, al efecto simbólico que aporta en todo bautismo o exorcismo. Un homenaje a la Ofelia de Hamlet o de Müller, a  la muerte de Virginia Wolf o la de Alfonsina Storni. Al rostro lleno de escarcha de hielo de Manuela Mamani encontrada en el lecho de un rio. Es también un lavarse las heridas. Pero si acaso todo fuera tan fácil como hacer un acto de agua y purificarnos, las heridas de la violencia sanarían solas con solo sumergirnos en un rio, en una tina caliente colmada de agua bendita y listo. Si así fueran no estaríamos acá.

Este libro no es apología, no es denuncia, no es morbo amarillista, no es una visión maniquea de la violencia, tampoco una investigación psicológica o periodística. No es un libro costumbrista,  no es realismo social. Tampoco  una suma de fabulas a lo televisa así con héroes, villanos y víctimas que tanto nos gusta. Es una forma más de hablar de  la violencia, como se habla de la vida, como se habla del amor. Mirarla, aceptarla y reconocerla como parte de nuestra naturaleza humana, como ese “tanatos” que da la razón al “eros” que añoramos.

Estas páginas hablan de nosotros mismos de lo que desconocemos o escondemos y que coexiste y habita en cada uno “La Muerte es la compañera del Amor, juntos gobiernan el mundo” decía el viejo Freud. Este libro es un decir que debió ser dicho, por un acto personal, un encuentro con la violencia que habita nuestra historia, la producida, la que entregamos y recibimos y sobre cuyos efectos es necesario hacernos cargo, no corregirla, simplemente hacernos cargo, como diría  Roberto Bolaño en aquella lucida sentencia “la violencia es como la poesía, no puedes cambiar el viaje de una navaja. Ni la imagen del atardecer imperfecto para siempre”

Hay desesperanza en esta obra alguien me lo dijo, no todo puede ser tan malo, tan oscuro como lo cuentas. Yo creo que la realidad cotidiana supera con creces a la ficción de estas páginas en ellas se narran tres feminicidios en cinco años. En los últimos seis meses se cometieron casi cincuenta en el país “la realidad supera a la ficción”. La violencia es cruda, como esa frase hiriente en nuestro discurso cotidiano que habla de clavos sacando otros clavos. Cruda pero ¿qué hacemos con las marcas dejadas por las puntas? Por los clavos entregados, por aquellos recibidos, acaso deberíamos parafraseando a Lacan, ¿aceptar en silencio ser yunque por que no tuvimos compasión cuando nos tocó ser martillo?

A las ocho de la mañana del 23 de junio de 2005, en la zona Huayna Potosí de El Alto Norte, encontraron el cadáver de Manuela Mamani. Yacía a tres cuadras de su casa, en el lecho de un rio y con el rostro hundido en un charco. Sus trenzas tenían la misma escarcha de hielo que al amanecer produce el invierno en la hierba.
Cuando Manuela visitó por primera vez El Centro, lo hizo después de varios años de aguantar en silencio los malos tratos y golpes por parte de su marido. Por temor y culpa calló, la violencia de palabra, las patadas en la cara. El detonante que incrementó las reacciones violentas en su marido, fue la libertad “de producir y liderar”. Manuela empezó a ser productiva y ganar dinero, vendiendo canastas tejidas y asumió un activo rol de liderazgo en el taller de mujeres de “El Centro” que le permitió, tiempo después, ser elegida como dirigente de la junta de vecinos de la zona.

Manuela era reservada, de pocas palabras, sin embargo proyectaba la firmeza y convicción de saber lo que quería para su vida. De tez morena y alegre simpatía en el rostro, tenía una catarata en el ojo izquierdo que nublaba su vista, pero no le importaba y, menos aún, le quitaba la profundidad y optimismo en la forma de enfrentar el mundo. Sus labios eran finos y alargados, con la comisura un poco inclinada hacia abajo, lo cual le daba a su expresión una mezcla de dureza y “alegría por venir al centro”. Cuando hablaba, dejaba ver los dientes, bien cuidados, develando un carisma no explotado y capaz, pese a su limitado manejo del lenguaje, de persuadir con facilidad a la gente que la rodeaba.

 El sargento Quispe, dos horas después de la llamada de los vecinos, llegó al lugar en una patrulla-ambulancia de la PTJ. Con los años había aumentado de peso y, por su baja estatura, se veía más rechoncho. Llegó estrenando una chamarra negra, con tres grandes letras amarillas en la espalda que formaban la sigla PTJ. El asesinato de  Manuela era el 210, número treinta que le había tocado atender desde el caso de M.C. hace tres años. Con el tiempo se había vuelto más lento y el volumen de su abdomen le producía mayor cansancio al caminar.


Calladita miro a las señoras que salen y se van, después de entrar a hablar con la señorita, ¿qué cosa siempre les dirá no? ¿Sabrá lo que se siente? He venido porque me han dicho que ella sabe ayudarse, decir cosas buenas, cuando tienes problemas con tu marido. La verdad, cansada siempre estoy, años he tenido que aguantar calladita sus palabras y golpes. Años me ha dominado con sus insultos, pero ya no quiero. ¿Qué de mal he hecho yo siempre por venderme cosas y querer darles a mis hijas algo mejor? ¿Acaso mueble soy? Si la plata no alcanzaba, él todo siempre sabía tomárselo, seguro con sus cholas, he pensado. ¿Qué de malo es pues querer salir adelante y mejorar? He decidido que ya no quiero tener miedo, quiero mirarle sin llorar.

El día que el Sargento Quispe, convocado por la denuncia de los vecinos, recogió el cadáver de Manuela, ella llevaba un gorro de lana tapándole la cara, una chompa amarilla y dos polleras (una roja y una azul). El investigador refirió que en el mundo del hampa existe la creencia de que si se tapa la cara del cadáver, este no podrá ver al asesino y será más difícil atraparlo. Al examen físico externo no se detectaron marcas de ninguna clase en el cuerpo, pero sí se vio la cara hinchada y los ojos saltones, señales que ya Quispe conocía como las de muerte por asfixia. Cerca del cuerpo encontraron una manta y una bolsa de manualidades. El dinero que llevaba permanecía intacto.

Hasta la llegada de la policía, el cuerpo de Manuela permaneció inerte en el suelo, velaron su partida solo un par de perros callejeros. Perder la vida fue cosa de menos de cinco minutos. Su verdugo le tapó la boca, luego la estranguló y le quitó el aire de libertad que empezaba a gozar.

La muerte de Manuela estremece hoy a las voces que la nombran: la del que narra, la del verdugo y a las mujeres que estarán luego de su partida para decirles “permaneceré en el aire, aunque me hayan quitado hasta el último respiro a la fuerza”

Disculpen por haber convocado sin permiso a Manuela Mamani, ella ha estado presente en la narración de estas páginas. Tal vez eso era lo que quería, que sea un hombre el que escriba su historia, no lo sé. Quizás valga la pena creer, desde una mirada muy mágica, que esta noche ella nos convoca. Al final lo mágico está, en la medida que uno crea en algo intangible llámese dios o la nada estará. Si acaso entonces la magia existe y es verdad que el ajayu de quien fue privada de la vida a la fuerza permanece en el aire, hasta encontrar quien narre su historia, entonces tal vez, pueda ser acaso cierto que el que habla haya sido un medio para otra voz.
Pese a todo lo dicho hasta aquí, me cuesta explicar que es o intentó ser el Acto de Agua, ustedes lo dirán, al final he ahí lo fascinante de la literatura un libro es irrepetible y a la vez se transforma en varios libros al emprender su vuelo, porque cada lector al penetrar en sus páginas las respira, las vive en suma, las hace parte de un auto erótico melange entre lo que uno es y recuerda haber sido y lo que el autor fue y quiso evocar al escribir.

Cuando lo lean, háganlo sin clemencia, júzguenlo sin delicadeza y sobre todo al caminar la obra recuerden que ella habla de la muerte de quienes no pudieron defenderse y reposen en el verso de Cesar Pavese que desde su lucidez extrema acaso sintetice mejor lo antes dicho:


Ni la muerte, ni los grandes dolores desalientan. Pero la fatiga interminable, el esfuerzo por estar vivos de hora en hora, la noticia del mal de los otros, del mal mezquino, fastidioso como moscas de estío, ese es el vivir que descorazona. (Cesar Pavese)

miércoles, mayo 20, 2015

Carver y Chejov


Cuando leo a Carver me pasa lo mismo que al hablar de Allan Poe, celebrar a Borges y Cortazar o cuando me deslumbro con Kafka y Chejov, me siento un insecto, con las manos amputadas y que todo lo que tratpo de decir ya fue dicho, que los relatos que narro ya fueron narrados por los grandes con una maestría insuperable. Eso y más me pasa cuando leo Tres Rosas Amarillas de Raymond Carver y me conmuevo ante la posibilidad que permite la ficción de juntar a dos grandes  en un relato simplemente maravilloso, en el cual,  a temporalmente, el primero nos transporta a la muerte del segundo.  Carver es capaz de apropiarse, manteniendo distancia, de la técnica narrativa de Chejov, para sumergirnos en los momentos previos a la partida del gran escritor ruso, del médico, del hombre, del humano, del Anton, como fueron o debieron haber sido.

Compartirlo es celebrar el encuentro que solo la literatura permite, desde la eternidad en el campo de la palabra y saber que hay que seguir y seguir narrando para lograr algo que sea al menos la sombra de Tres Rosas Amarillas.


Tres Rosas Amarillas
Por Raymond Carver

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin. Suvorin, editor y magnate de la prensa, era un reaccionario, un hombre hecho a sí mismo cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.
Naturalmente, fueron al mejor restaurante de la ciudad, un antiguo palacete llamado L'Ermitage (establecimiento en el que los comensales podían tardar horas -la mitad de la noche incluso- en dar cuenta de una cena de diez platos en la que, como es de rigor, no faltaban los vinos, los licores y el café). Chejov iba, como de costumbre, impecablemente vestido: traje oscuro con chaleco. Llevaba, cómo no, sus eternos quevedos. Aquella noche tenía un aspecto muy similar al de sus fotografías de ese tiempo. Estaba relajado, jovial. Estrechó la mano del maitre, y echó una ojeada al vasto comedor. Las recargadas arañas anegaban la sala de un vivo fulgor. Elegantes hombres y mujeres ocupaban las mesas. Los camareros iban y venían sin cesar. Acababa de sentarse a la mesa, frente a Suvorin, cuando repentinamente, sin el menor aviso previo, empezó a brotarle sangre de la boca. Suvorin y dos camareros lo acompañaron al cuarto de baño y trataron de detener la hemorragia con bolsas de hielo. Suvorin lo llevó luego a su hotel, e hizo que le prepararan una cama en uno de los cuartos de su suite. Más tarde, después de una segunda hemorragia, Chejov se avino a ser trasladado a una clínica especializada en el tratamiento de la tuberculosis y afecciones respiratorias afines. Cuando Suvorin fue a visitarlo días después, Chejov se disculpó por el "escándalo" del restaurante tres noches atrás, pero siguió insistiendo en que su estado no era grave. "Reía y bromeaba como de costumbre -escribe Suvorin en su diario-, mientras escupía sangre en un aguamanil."
Maria Chejov, su hermana menor, fue a visitarlo a la clínica los últimos días de marzo. Hacía un tiempo de perros; una tormenta de aguanieve se abatía sobre Moscú, y las calles estaban llenas de montículos de nieve apelmazada. Maria consiguió a duras penas parar un coche de punto que la llevase al hospital. Y llegó llena de temor y de inquietud.
"Anton Pavlovich yacía boca arriba -escribe Maria en sus Memorias-. No le permitían hablar. Después de saludarle, fui hasta la mesa a fin de ocultar mis emociones." Sobre ella, entre botellas de champaña, tarros de caviar y ramos de flores enviados por amigos deseosos de su restablecimiento, Maria vio algo que la aterrorizó: un dibujo hecho a mano -obra de un especialista, era evidente- de los pulmones de Chejov (era de este tipo de bosquejos que los médicos suelen trazar para que los pacientes puedan ver en qué consiste su dolencia). El contorno de los pulmones era azul, pero sus mitades superiores estaban coloreadas de rojo. "Me di cuenta de que eran ésas las zonas enfermas", escribe Maria.
También Leon Tolstoi fue una vez a visitarlo. El personal del hospital mostró un temor reverente al verse en presencia del más eximio escritor del país (¿el hombre más famoso de Rusia?) Pese a estar prohibidas las visitas de toda persona ajena al "núcleo de los allegados", ¿cómo no permitir que viera a Chejov? Las enfermeras y médicos internos, en extremo obsequiosos, hicieron pasar al barbudo anciano de aire fiero al cuarto de Chejov. Tolstoi, pese al bajo concepto que tenía del Chejov autor de teatro ("¿Adónde le llevan sus personajes? -le preguntó a Chejov en cierta ocasión-. Del diván al trastero, y del trastero al diván"), apreciaba sus narraciones cortas. Además -y tan sencillo como eso-, lo amaba como persona. Había dicho a Gorki: "Qué bello, qué espléndido ser humano. Humilde y apacible como una jovencita. Incluso anda como una jovencita. Es sencillamente maravilloso." Y escribió en su diario (todo el mundo llevaba un diario o dietario en aquel tiempo): "Estoy contento de amar... a Chejov."
Tolstoi se quitó la bufanda de lana y el abrigo de piel de oso y se dejó caer en una silla junto a la cama de Chejov. Poco importaba que el enfermo estuviera bajo medicación y tuviera prohibido hablar, y más aún mantener una conversación. Chejov hubo de escuchar, lleno de asombro, cómo el conde disertaba acerca de sus teorías sobre la inmortalidad del alma. Recordando aquella visita, Chejov escribiría más tarde: "Tolstoi piensa que todos los seres (tanto humanos como animales) seguiremos viviendo en un principio (razón, amor...) cuya esencia y fines son algo arcano para nosotros... De nada me sirve tal inmortalidad. No la entiendo, y Lev Nikolaievich se asombraba de que no pudiera entenderla."
A Chejov, no obstante, le produjo una honda impresión el solícito gesto de aquella visita. Pero, a diferencia de Tolstoi, Chejov no creía, jamás había creído, en una vida futura. No creía en nada que no pudiera percibirse a través de cuando menos uno de los cinco sentidos. En consonancia con su concepción de la vida y la escritura, carecía -según confesó en cierta ocasión- de "una visión del mundo filosófica, religiosa o política. Cambia todos los meses, así que tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan".
Unos años atrás, antes de que le diagnosticaran la tuberculosis, Chejov había observado: "Cuando un campesino es víctima de la consunción, se dice a sí mismo: "No puedo hacer nada. Me iré en la primavera, con el deshielo."" (El propio Chejov moriría en verano, durante una ola de calor.) Pero, una vez diagnosticada su afección, Chejov trató siempre de minimizar la gravedad de su estado. Al parecer estuvo persuadido hasta el final de que lograría superar su enfermedad del mismo modo que se supera un catarro persistente. Incluso en sus últimos días parecía poseer la firme convicción de que seguía existiendo una posibilidad de mejoría. De hecho, en una carta escrita poco antes de su muerte, llegó a decirle a su hermana que estaba "engordando", y que se sentía mucho mejor desde que estaba en Badenweiler.
Badenweiler era un pequeño balneario y centro de recreo situado en la zona occidental de la Selva Negra, no lejos de Basilea. Se divisaban los Vosgos casi desde cualquier punto de la ciudad, y en aquellos días el aire era puro y tonificador. Los rusos eran asiduos de sus baños termales y de sus apacibles bulevares. En el mes de junio de 1904 Chejov llegaría a Badenweiler para morir.
A principios de aquel mismo mes había soportado un penoso viaje en tren de Moscú a Berlín. Viajó con su mujer, la actriz Olga Knipper, a quien había conocido en 1898 durante los ensayos de La gaviota. Sus contemporáneos la describen como una excelente actriz. Era una mujer de talento, físicamente agraciada y casi diez años más joven que el dramaturgo. Chejov se había sentido atraído por ella de inmediato, pero era lento de acción en materia amorosa. Prefirió, como era habitual en él, el flirteo al matrimonio. Al cabo, sin embargo, de tres años de un idilio lleno de separaciones, cartas e inevitables malentendidos, contrajeron matrimonio en Moscú, el 25 de mayo de 1901, en la más estricta intimidad. Chejov se sentía enormemente feliz. La llamaba "mi poney", y a veces "mi perrito" o "mi cachorro". También le gustaba llamarla "mi pavita" o sencillamente "mi alegría".
En Berlín Chejov había consultado a un reputado especialista en afecciones pulmonares, el doctor Karl Ewald. Pero, según un testigo presente en la entrevista, el doctor Ewald, tras examinar a su paciente, alzó las manos al cielo y salió de la sala sin pronunciar una palabra. Chejov se hallaba más allá de toda posibilidad de tratamiento, y el doctor Ewald se sentía furioso consigo mismo por no poder obrar milagros y con Chejov por haber llegado a aquel estado.
Un periodista ruso, tras visitar a los Chejov en su hotel, envió a su redactor jefe el siguiente despacho: "Los días de Chejov están contados. Parece mortalmente enfermo, está terriblemente delgado, tose continuamente, le falta el resuello al más leve movimiento, su fiebre es alta." El mismo periodista había visto al matrimonio Chejov en la estación de Potsdam, cuando se disponían a tomar el tren para Badenweiler. "Chejov -escribe- subía a duras penas la pequeña escalera de la estación. Hubo de sentarse durante varios minutos para recobrar el aliento." De hecho, a Chejov le resultaba doloroso incluso moverse: le dolían constantemente las piernas, y tenía también dolores en el vientre. La enfermedad le había invadido los intestinos y la médula espinal. En aquel instante le quedaba menos de un mes de vida. Cuando hablaba de su estado, sin embargo -según Olga-, lo hacía con "una casi irreflexiva indiferencia".
El doctor Schwohrer era uno de los muchos médicos de Badenweiler que se ganaba cómodamente la vida tratando a una clientela acaudalada que acudía al balneario en busca de alivio a sus dolencias. Algunos de sus pacientes eran enfermos y gente de salud precaria, otros simplemente viejos o hipocondríacos. Pero Chejov era un caso muy especial: un enfermo desahuciado en fase terminal. Y un personaje muy famoso. El doctor Schwohrer conocía su nombre: había leído algunas de sus narraciones cortas en una revista alemana. Durante el primer examen médico, a primeros de junio, el doctor Schwohrer le expresó la admiración que sentía por su obra, pero se reservó para sí mismo el juicio clínico. Se limitó a prescribirle una dieta de cacao, harina de avena con mantequilla fundida y té de fresa. El té de fresa ayudaría al paciente a conciliar el sueño.
El 13 de junio, menos de tres semanas antes de su muerte, Chejov escribió a su madre diciéndole que su salud mejoraba: "Es probable que esté completamente curado dentro de una semana." ¿Qué podía empujarle a decir eso? ¿Qué es lo que pensaba realmente en su fuero interno? También él era médico, y no podía ignorar la gravedad de su estado. Se estaba muriendo: algo tan simple e inevitable como eso. Sin embargo, se sentaba en el balcón de su habitación y leía guías de ferrocarril. Pedía información sobre las fechas de partida de barcos que zarpaban de Marsella rumbo a Odessa. Pero sabía. Era la fase terminal: no podía no saberlo. En una de las últimas cartas que habría de escribir, sin embargo, decía a su hermana que cada día se encontraba más fuerte.
Hacía mucho tiempo que había perdido todo afán de trabajo literario. De hecho, el año anterior había estado casi a punto de dejar inconclusa El jardín de los cerezos. Esa obra teatral le había supuesto el mayor esfuerzo de su vida. Cuando la estaba terminando apenas lograba escribir seis o siete líneas diarias. "Empiezo a desanimarme -escribió a Olga-. Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo." Pero siguió escribiendo. Terminó la obra en octubre de 1903. Fue lo último que escribiría en su vida, si se exceptúan las cartas y unas cuantas anotaciones en su libreta.
El 2 de julio de 1904, poco después de medianoche, Olga mandó llamar al doctor Schwohrer. Se trataba de una emergencia: Chejov deliraba. El azar quiso que en la habitación contigua se alojaran dos jóvenes rusos que estaban de vacaciones. Olga corrió hasta su puerta a explicar lo que pasaba. Uno de ellos dormía, pero el otro, que aún seguía despierto fumando y leyendo, salió precipitadamente del hotel en busca del doctor Schwohrer . "Aún puedo oír el sonido de la grava bajo sus zapatos en el silencio de aquella sofocante noche de julio", escribiría Olga en sus memorias. Chejov tenía alucinaciones: hablaba de marinos, e intercalaba retazos inconexos de algo relacionado con los japoneses. "No debe ponerse hielo en un estómago vacío", dijo cuando su mujer trató de ponerle una bolsa de hielo sobre el pecho.
El doctor Schwohrer llegó y abrió su maletín sin quitar la mirada de Chejov, que jadeaba en la cama. Las pupilas del enfermo estaban dilatadas, y le brillaban las sienes a causa del sudor. El semblante del doctor Schwohrer se mantenía inexpresivo, pues no era un hombre emotivo, pero sabía que el fin del escritor estaba próximo. Sin embargo, era médico, debía hacer -lo obligaba a ello un juramento- todo lo humanamente posible, y Chejov, si bien muy débilmente, todavía se aferraba a la vida. El doctor Schwohrer preparó una jeringuilla y una aguja y le puso una inyección de alcanfor destinada a estimular su corazón. Pero la inyección no surtió ningún efecto (nada, obviamente, habría surtido efecto alguno). El doctor Schwohrer, sin embargo, hizo saber a Olga su intención de que trajeran oxígeno. Chejov, de pronto, pareció reanimarse. Recobró la lucidez y dijo quedamente: "¿Para qué? Antes de que llegue seré un cadáver."
El doctor Schwohrer se atusó el gran mostacho y se quedó mirando a Chejov, que tenía las mejillas hundidas y grisáceas, y la tez cérea. Su respiración era áspera y ronca. El doctor Schwohrer supo que apenas le quedaban unos minutos de vida. Sin pronunciar una palabra, sin consultar siquiera con Olga, fue hasta el pequeño hueco donde estaba el teléfono mural. Leyó las instrucciones de uso. Si mantenía apretado un botón y daba vueltas a la manivela contigua al aparato, se pondría en comunicación con los bajos del hotel, donde se hallaban las cocinas. Cogió el auricular, se lo llevó al oído y siguió una a una las instrucciones. Cuando por fin le contestaron, pidió que subieran una botella del mejor champaña que hubiera en la casa. "¿Cuántas copas?", preguntó el empleado. "¡Tres copas!", gritó el médico en el micrófono. "Y dése prisa, ¿me oye?" Fue uno de esos excepcionales momentos de inspiración que luego tienden a olvidarse fácilmente, pues la acción es tan apropiada al instante que parece inevitable.
Trajo el champaña un joven rubio, con aspecto de cansado y el pelo desordenado y en punta. Llevaba el pantalón del uniforme lleno de arrugas, sin el menor asomo de raya, y en su precipitación se había atado un botón de la casaca en una presilla equivocada. Su apariencia era la de alguien que se estaba tomando un descanso (hundido en un sillón, pongamos, dormitando) cuando de pronto, a primeras horas de la madrugada, ha oído sonar al aire, a lo lejos -santo cielo-, el sonido estridente del teléfono, e instantes después se ha visto sacudido por un superior y enviado con una botella de Moét a la habitación 211. "¡Y date prisa! ¿Me oyes?"
El joven entró en la habitación con una bandeja de plata con el champaña dentro de un cubo de plata lleno de hielo y tres copas de cristal tallado. Habilitó un espacio en la mesa y dejó el cubo y las tres copas. Mientras lo hacía estiraba el cuello para tratar de atisbar la otra pieza, donde alguien jadeaba con violencia. Era un sonido desgarrador, pavoroso, y el joven se volvió y bajó la cabeza hasta hundir la barbilla en el cuello. Los jadeos se hicieron más desaforados y roncos. El joven, sin percatarse de que se estaba demorando, se quedó unos instantes mirando la ciudad anochecida a través de la ventana. Entonces advirtió que el imponente caballero del tupido mostacho le estaba metiendo unas monedas en la mano (una gran propina, a juzgar por el tacto), y al instante siguiente vio ante sí la puerta abierta del cuarto. Dio unos pasos hacia el exterior y se encontró en el descansillo, donde abrió la mano y miró las monedas con asombro.
De forma metódica, como solía hacerlo todo, el doctor Schwohrer se aprestó a la tarea de descorchar la botella de champaña. Lo hizo cuidando de atenuar al máximo la explosión festiva. Sirvió luego las tres copas y, con gesto maquinal debido a la costumbre, metió el corcho a presión en el cuello de la botella. Luego llevó las tres copas hasta la cabecera del moribundo. Olga soltó momentáneamente la mano de Chejov (una mano, escribiría más tarde, que le quemaba los dedos). Colocó otra almohada bajo su nuca. Luego le puso la fría copa de champaña contra la palma, y se aseguró de que sus dedos se cerraran en torno al pie de la copa. Los tres intercambiaron miradas: Chejov, Olga, el doctor Schwohrer . No hicieron chocar las copas. No hubo brindis. ¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte? Chejov hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y dijo: "Hacía tanto tiempo que no bebía champaña... " Se llevó la copa a los labios y bebió. Uno o dos minutos después Olga le retiró la copa vacía de la mano y la dejó encima de la mesilla de noche. Chejov se dio la vuelta en la cama y se quedó tendido de lado. Cerró los ojos y suspiró. Un minuto después dejó de respirar.
El doctor Schwohrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwohrer soltó la muñeca de Chejov. "Ha muerto", dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
Olga, al instante, se secó las lágrimas y comenzó a sosegarse. Dio las gracias al médico por haber acudido a su llamada. El le preguntó si deseaba algún sedante, láudano, quizá, o unas gotas de valeriana. Olga negó con la cabeza. Pero quería pedirle algo: antes de que las autoridades fueran informadas y los periódicos conocieran el luctuoso desenlace, antes de que Chejov dejara para siempre de estar a su cuidado, quería quedarse a solas con él un largo rato. ¿Podía el doctor Schwohrer ayudarla? ¿Mantendría en secreto, durante apenas unas horas, la noticia de aquel óbito?
El doctor Schwohrer se acarició el mostacho con un dedo. ¿Por qué no? ¿Qué podía importar, después de todo, que el suceso se hiciera público unas horas más tarde? Lo único que quedaba por hacer era extender la partida de defunción, y podría hacerlo por la mañana en su consulta, después de dormir unas cuantas horas. El doctor Schwohrer movió la cabeza en señal de asentimiento y recogió sus cosas. Antes de salir, pronunció unas palabras de condolencia. Olga inclinó la cabeza. "Ha sido un honor", dijo el doctor Schwohrer . Cogió el maletín y salió de la habitación. Y de la historia.
Fue entonces cuando el corcho saltó de la botella. Se derramó sobre la mesa un poco de espuma de champaña. Olga volvió junto a Chejov. Se sentó en un taburete, y cogió su mano. De cuando en cuando le acariciaba la cara. "No se oían voces humanas, ni sonidos cotidianos -escribiría más tarde-. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte."
Se quedó junto a Chejov hasta el alba, cuando el canto de los tordos empezó a oírse en los jardines de abajo. Luego oyó ruidos de mesas y sillas: alguien las trasladaba de un sitio a otro en alguno de los pisos de abajo. Pronto le llegaron voces. Y entonces llamaron a la puerta. Olga sin duda pensó que se trataba de algún funcionario, el médico forense, por ejemplo, o alguien de la policía que formularía preguntas y le haría rellenar formularios, o incluso (aunque no era muy probable) el propio doctor Schwohrer acompañado del dueño de alguna funeraria que se encargaría de embalsamar a Chejov y repatriar a Rusia sus restos mortales.
Pero era el joven rubio que había traído el champaña unas horas antes. Ahora, sin embargo, llevaba los pantalones del uniforme impecablemente planchados, la raya nítidamente marcada y los botones de la ceñida casaca verde perfectamente abrochados. Parecía otra persona. No sólo estaba despierto, sino que sus llenas mejillas estaban bien afeitadas y su pelo domado y peinado. Parecía deseoso de agradar. Sostenía entre las manos un jarrón de porcelana con tres rosas amarillas de largo tallo. Le ofreció las flores a Olga con un airoso y marcial taconazo. Ella se apartó de la puerta para dejarle entrar. Estaba allí -dijo el joven- para retirar las copas, el cubo del hielo y la bandeja. Pero también quería informarle de que, debido al extremo calor de la mañana, el desayuno se serviría en el jardín. Confiaba asimismo en que aquel bochorno no les resultara en exceso fastidioso. Y lamentaba que hiciera un tiempo tan agobiante.
La mujer parecía distraída. Mientras el joven hablaba apartó la mirada y la fijó en algo que había sobre la alfombra. Cruzó los brazos y se cogió los codos con las manos. El joven, entretanto, con el jarrón entre las suyas a la espera de una señal, se puso a contemplar detenidamente la habitación. La viva luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas. La habitación estaba ordenada; parecía poco utilizada aún, casi intocada. No había prendas tiradas encima de las sillas; no se veían zapatos ni medias ni tirantes ni corsés. Ni maletas abiertas. Ningún desorden ni embrollo, en suma; nada sino el cotidiano y pesado mobiliario. Entonces, viendo que la mujer seguía mirando al suelo, el joven bajó también la mirada, y descubrió al punto el corcho cerca de la punta de su zapato. La mujer no lo había visto: miraba hacia otra parte. El joven pensó en inclinarse para recogerlo, pero seguía con el jarrón en las manos y temía parecer aún más inoportuno si ahora atraía la atención hacia su persona. Dejó de mala gana el corcho donde estaba y levantó la mirada. Todo estaba en orden, pues, sal vo la botella de champaña descorchada y semivacía que descansaba sobre la mesa junto a dos copas de cristal. Miró en torno una vez más. A través de una puerta abierta vio que la tercera copa estaba en el dormitorio, sobre la mesilla de noche. Pero ¡había alguien aún acostado en la cama! No pudo ver ninguna cara, pero la figura acostada bajo las mantas permanecía absolutamente inmóvil. Una vez percatado de su presencia, miró hacia otra parte. Entonces, por alguna razón que no alcanzaba a entender, lo embargó una sensación de desasosiego. Se aclaró la garganta y desplazó su peso de una pierna a otra. La mujer seguía sin levantar la mirada, seguía encerrada en su mutismo. El joven sintió que la sangre afluía a sus mejillas. Se le ocurrió de pronto, sin reflexión previa alguna, que tal vez debía sugerir una alternativa al desayuno en el jardín. Tosió, confiando en atraer la atención de la mujer, pero ella ni lo miró siquiera. Los distinguidos huéspedes extranjeros -dijo- podían desayunar en sus habitaciones si ése era su deseo. El joven (su nombre no ha llegado hasta nosotros, y es harto probable que perdiera la vida en la primera gran guerra) se ofreció gustoso a subir él mismo una bandeja. Dos bandejas, dijo luego, volviendo a mirar -ahora con mirada indecisa- en dirección al dormitorio.
Guardó silencio y se pasó un dedo por el borde interior del cuello. No comprendía nada. Ni siquiera estaba seguro de que la mujer le hubiera escuchado. No sabía qué hacer a continuación; seguía con el jarrón entre las manos. La dulce fragancia de las rosas le anegó las ventanillas de la nariz, e inexplicablemente sintió una punzada de pesar. La mujer, desde que había entrado él en el cuarto y se había puesto a esperar, parecía absorta en sus pensamientos. Era como si durante todo el tiempo que él había permanecido allí de pie, hablando, desplazando su peso de una pierna a otra, con el jarrón en las manos, ella hubiera estado en otra parte, lejos de Badenweiler. Pero ahora la mujer volvía en sí, y su semblante perdía aquella expresión ausente. Alzó los ojos, miró al joven y sacudió la cabeza. Parecía esforzarse por entender qué diablos hacía aquel joven en su habitación con tres rosas amarillas. ¿Flores? Ella no había encargado ningunas flores.
Pero el momento pasó. La mujer fue a buscar su bolso y sacó un puñado de monedas. Sacó también unos billetes. El joven se pasó la lengua por los labios fugazmente: otra propina elevada, pero ¿por qué? ¿Qué esperaba de él aquella mujer? Nunca había servido a ningún huésped parecido. Volvió a aclararse la garganta.
No quería el desayuno, dijo la mujer. Todavía no, en todo caso. El desayuno no era lo más importante aquella mañana. Pero necesitaba que le prestara cierto servicio. Necesitaba que fuera a buscar al dueño de una funeraria. ¿Entendía lo que le decía? El señor Chejov había muerto, ¿lo entendía? Comprenez-vous? ¿Eh, joven? Anton Chejov estaba muerto. Ahora atiéndeme bien, dijo la mujer. Quería que bajara a recepción y preguntara dónde podía encontrar al empresario de pompas fúnebres más prestigioso de la ciudad. Alguien de confianza, escrupuloso con su trabajo y de temperamento reservado. Un artesano, en suma, digno de un gran artista. Aquí tienes, dijo luego, y le encajó en la mano los billetes. Diles ahí abajo que quiero que seas tú quien me preste este servicio. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
El joven se esforzó por comprender el sentido del encargo. Prefirió no mirar de nuevo en dirección al otro cuarto. Ya había presentido antes que algo no marchaba bien. Ahora advirtió que el corazón le latía con fuerza bajo la casaca, y que empezaba a aflorarle el sudor en la frente. No sabía hacia dónde dirigir la mirada. Deseaba dejar el jarrón en alguna parte.
Por favor, haz esto por mí, dijo la mujer. Te recordaré con gratitud. Diles ahí abajo que he insistido. Di eso. Pero no llames la atención innecesariamente. No atraigas la atención ni sobre tu persona ni sobre la situación. Diles únicamente que tienes que hacerlo, que yo te lo he pedido... y nada más. ¿Me oyes? Si me entiendes, asiente con la cabeza. Pero sobre todo que no cunda la noticia. Lo demás, todo lo demás, la conmoción y todo eso... llegará muy pronto. Lo peor ha pasado. ¿Nos estamos entendiendo?
El joven se había puesto pálido. Estaba rígido, aferrado al jarrón. Acertó a asentir con la cabeza. Después de obtener la venia para salir del hotel, debía dirigirse discreta y decididamente, aunque sin precipitaciones impropias, hacia la funeraria. Debía comportarse exactamente como si estuviera llevando a cabo un encargo muy importante, y nada más. De hecho estaba llevando a cabo un encargo muy importante, dijo la mujer. Y, por si podía ayudarle a mantener el buen temple de su paso, debía imaginar que caminaba por una acera atestada llevando en los brazos un jarrón de porcelana -un jarrón lleno de rosas- destinado a un hombre importante. (La mujer hablaba con calma, casi en un tono de confidencia, como si le hablara a un amigo o a un pariente.) Podía decirse a sí mismo incluso que el hombre a quien debía entregar las rosas le estaba esperando, que quizá esperaba con impaciencia su llegada con las flores. No debía, sin embargo, exaltarse y echar a correr, ni quebrar la cadencia de su paso. ¡Que no olvidara el jarrón que llevaba en las manos! Debía caminar con brío, comportándose en todo momento de la manera más digna posible. Debía seguir caminando hasta llegar a la funeraria, y detenerse ante la puerta. Levantaría luego la aldaba, y la dejaría caer una, dos, tres veces. Al cabo de unos instantes, el propio patrono de la funeraria bajaría a abrirle.
Sería un hombre sin duda cuarentón, o incluso cincuentón, calvo, de complexión fuerte, con gafas de montura de acero montadas casi sobre la punta de la nariz. Sería un hombre recatado, modesto, que formularía tan sólo las preguntas más directas y esenciales. Un mandil. Sí, probablemente llevaría un mandil. Puede que se secara las manos con una toalla oscura mientras escuchaba lo que se le decía. Sus ropas despedirían un olor a formaldehído, pero perfectamente soportable, y al joven no le importaría en absoluto. El joven era ya casi un adulto, y no debía sentir miedo ni repulsión ante esas cosas. El hombre de la funeraria le escucharía hasta el final. Era sin duda un hombre comedido y de buen temple, alguien capaz de ahuyentar en lugar de agravar los miedos de la gente en este tipo de situaciones. Mucho tiempo atrás llegó a familiarizarse con la muerte, en todas sus formas y apariencias posibles. La muerte, para él, no encerraba ya sorpresas, ni soterrados secretos. Este era el hombre cuyos servicios se requerían aquella mañana.
El maestro de pompas fúnebres coge el jarrón de las rosas. Sólo en una ocasión durante el parlamento del joven se despierta en él un destello de interés, de que ha oído algo fuera de lo ordinario. Pero cuando el joven menciona el nombre del muerto, las cejas del maestro se alzan ligeramente. ¿Chejov, dices? Un momento, en seguida estoy contigo.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?, le dijo Olga al joven. Deja las copas. No te preocupes por ellas. Olvida las copas de cristal y demás, olvida todo eso. Deja la habitación como está. Ahora ya todo está listo. Estamos ya listos. ¿Vas a ir?
Pero en aquel momento el joven pensaba en el corcho que seguía en el suelo, muy cerca de la punta de su zapato. Para recogerlo tendría que agacharse sin soltar el jarrón de las rosas. Eso es lo que iba a hacer. Se agachó. Sin mirar hacia abajo. Tomó el corcho, lo encajó en el hueco de la palma y cerró la mano.

viernes, febrero 13, 2015

Alex y su Hikikomori


Es una farsa, una impostura escribir un relato coherente sin conocer la noche. La única manera de hablar de lo negro que nos cubre el alma, es caminar por la oscuridad y perderte. Quién nunca haya sido capaz de inhalar sangre ajena no podrá escribir un párrafo aceptable que permita el vómito social como reconocimiento.

--Sentencia escrita, párrafo genial de apertura concluido. Repite en voz alta antes de caminar del cuarto a la cocina en calzoncillos. Se prepara un sandwich de queso, abre la nevera y saca una cerveza. Ha empezado a narrar por encargo una vez más, aunque ella lo ignore, aunque no sepa dónde está.

Tiene un pentágono al que le falta el quinto lado, el cual siente que debe construir para que todo esté cerrado, al menos eso le enseñaron las viejas lecturas de numerología. "El cinco es el signo de la acción y la inquietud. Es el símbolo de la libertad, la adaptabilidad, el espíritu viajero y aventurero, pero también de la inconsistencia y del abuso de los sentidos", repite lo escrito en el viejo manual y corta cinco rodajas de tomate.

Temeroso, como rata en desván ajeno, está preso de sus inconsistencias. En los últimos cuatro años sus únicos viajes fueron dentro la casa, construyó un espacio predecible y controlado para narrar sin contaminarse Se convirtió en una especie de Hikikomori sudamericano, un Salinger de apellido Sánchez, un zombie canibal que se come el cerebro y trata de morderse el miembro pensando que es su cola. Pinche narcisista, onanista amante de la vida ajena, aún no entendiste nada. 

Pobre escriba armando con retazos la vida de una mujer que habitó la suya dos días con sus noches y le contó, en cuarenta horas de lucidez y arañazos, en lo que se había convertido luego de Nikki. Alex se llama,  él no la recuerda, la convoca que no es lo mismo, ya que convocar es intentar ser en la presencia ajena, volviendo a taladrar con palabras la evocación de un nombre, por tanto es un acto complejo y a la vez cobarde

--- No pararé de escribir hasta una aproximación más o menos verosímil a su vida, luego tal vez vuelva a salir de casa, cuando buscarla sea el punto final o en su defecto cuando se me acaben los ahorros. Por ahora templanza y paciencia, mucha paciencia que hay que seguir escribiendo. Escribir rápido y corregir lento  ¿O pensabas que esto iba a ser placentero, pedazo de impostor?

sábado, octubre 18, 2014

Del Hombre Simple a la mujer de Algodón y Nicotina



El hombre simple vuelve a escribir, acaba de perder el texto a Blanca Wiethüchter, porque su dedo torpe ya no sabe ser tacto, ni sobre un panel de computador. Pulsó el lado derecho del panel y borró las palabras, como se borra el amor, la espera, la vigilia, el homenaje.

El hombre simple está molesto y vuelve a escribir, hecho un amasijo de palabras atadas en la palabra,  y recuerda que un texto nace y otro muere en cuestión de un instante ya sea por el suicido o porque se desvanece, fruto de un accidente táctil y ya.

El hombre simple sabe que lo que se dice muere en el viento y escribir es el acto de vaciar la palabra habitada de palabras. Recuerda al poeta que le produjo pesadillas a los diez años e hizo que se escondiera en el ropero con una libreta, firme en la decisión de ser él también poeta. Evoca la voz del narrador que le partió el hígado en la adolescencia y le llevó a concluir que quería escribir muriendo o morir escribiendo.

El hombre simple hace una pausa, en la simpleza de su palabra, para saber que el homenaje a la mujer simple debe ser escribir, escribir y escribir. Ella, Blanca, al igual que “Roberto” escribió hasta que le reventó el hígado. Fumando, tejiendo, hilando, encontró su voz lejos de la voz del poeta relojero y a la vez construyó su obra en el colchón verbal del maestro.

Ella simple, desde la lejanía de Ithaca, ha llegado y sigue aun esperando la llegada, para buscar “el orbe de sus sentimientos” como diría Cé Mendizabal, tejiendo y destejiendo cual Penélope, que espera “en el poético sentido del verbo”.

El hombre simple se acongoja de tanta lucidez en el desasosiego y sabe que la simpleza en la escritura, el decir más con menos, llega con el tiempo con cientos de horas de tejer palabra sobre palabra, hilar verso sobre verso, sin gritar mucho, sino hablando el grito desde el silencio.

Hoy el hombre simple imagina a Blanca, como una bolita de algodón perfumada, y recuerda algún recuerdo que habita el olvido de una memoria que no olvida. Sabe que la voz de la mujer que ha escrito, ha empezado a palpitar todo lo dicho, al arribar a Ithaca y entender, sin Ulises, que no se busca, sino se calla para encontrar escribiendo.

El hombre simple, agradece por la obra que dejo Blanca y se permite una cita “…y si algo se admira más en un libro admirable de suyo, es el descubrimiento de que el motivo del extravío de Ulises, es también efecto del destejer de noche lo que se teje en el día” (Cé Mendizábal, extracto comentario Ithaca de Blanca  Wiethüchter, Plural 2004) y luego  vuelve en la memoria al territorio que hábito su tacto torpe y conmemora el olvido de Penélope desde el recuerdo que aún no ha dejado de ser pulso, escuchando, celebrando el susurro del viento en el tejido poético de Blanca.

I (Territorial)

“ Fluyes por tu boca, sin hablar ávida de nombres,
Recorro mi cuerpo, mi esplendor, mi angustia
Intermitente, como la marea, vas y vienes despacio y sensible
Girando en el aíre, tu cuerpo en el aire que gira
Este andar entre palabras, entre tinta y papel blanco, simple relámpago entre lo porvenir y pasado
Esta por fía en el papel,es decir de una vez las cosas dos veces

II (Desasosiego)

Sería después de conocer el mar que la niña que fui cogió una piedra del agua,
Esa piedra desconocida y verbal me poseyó como un sol cautivo,
con un fulgor de país largamente buscado.

Esa piedra como un carbón por lo negro
Como un carbón por lo quemante
Como un carbón por la ceniza

Esa piedra tosca arde en la memoria
se hizo fuego al tacto y fue sin saberlo
un resplandor lejano del cristal de la muerte
el don de la vida el árbol del camino

 ¿Existe acaso el fuego para mí? pregunté entonces,
miré alrededor un silencio mudo
buscándome observando con ojos de viva luz
 y me dio miedo porque soy mujer creo,
porque no sabía quién era yo ni quién sería
 ni sabía reír ni sabía decir, ni cansarme
 solo percibir el rigor de la llama,

Anunciando el desierto esperé una señal, un signo, un sueño
Un cometa para echar a andar me dije
sin quitar el ojo a la locura
Era el fuego esa piedra entre mis manos
 y era alumbrar con un relámpago un abismo
 y era bajar y forjar y subir,
tan sólo para poder morir junto al fulgor de esa luz en cautiverio.

III Primer día (Fragmento)

Hoy, Penélope me estoy en tu nombre

Anoche, más anhelante que dichosa, soñé con Ulises regresando a la isla.
Y, tú lo sabes,
No hay sueño que no tenga destinos y deseos desatados.

Muy temprano por la mañana subí a la torre más alta para convocar a todos limpiar la patria de Ulises de toda huella de melancolía.

Yo misma dejé colgados mis hábitos en la percha del ensueño.
Entonando una antigua canción, sin tardanza me puse a trabajar, pues, no lo dudes, yo no rehúyo las labores que demanda una casa íntima y perfumada.


Empecé naturalmente, por el dormitorio,
Busqué en el armario
--En el que guardo reliquias amorosas, cartas, joyas y otras cosas---
Edredones de finísima pluma y sábanas blancas de la antigua Holanda


Blanca Wiethüchter (La Paz, 1947 – Cochabamba, 16 de octubre de 2004)

jueves, septiembre 25, 2014

Onicofágica


 Ella es onicofágica, suena a canibal, sin embargo es algo más simple, es sólo una etiqueta de esas de origen griego que les gusta usar a los psiquiatras. La relación con sus uñas es íntimo acto de amor e ira. En esa medida, odia y teme a los corta uñas, pero ama sus labios y dientes. Descarga en sus uñas el amor no dicho, la bronca acumulada, el miedo a otras manos, tocando sus manos.

Está consciente y no le importa, de su imposibilidad de abrir una lata de Mentisan con el dedo índice, de usar el pulgar para raspar una tarjeta telefónica, de rascarse la cabeza o la espalda con eficiencia, o lo menos inquietante, sacar dulces arpegios a una guitarra. Ha renunciado voluntariamente a esos placeres, por un bien mayor, la calma que llega en sus pensamientos, luego de la batalla de morder y besar. Tampoco tiene mucho interés, en la estética, porque la mano entera pesa más que esa pequeña e insulsa porción al final de cada dedo. "Si fuera insecto amaría sus antenas" se dice parafraseando a Matilde Casazola. No es que esté incómoda con ella misma, es más adora sus labios, sus ojos, sus cejas,sus tatuajes, sus dientes roedores (color marfil nicotina).

Volviendo a las manos, se concentra fundamentalmente en las venas que dan vida a cada dedo, aquellas que son fetiche de tantos pulcros amantes del corta uñas. Como buena onicofágica ama la sensación en el labio inferior de su boca, acariciando la parte anterior de sus dedos, besando sus huellas digitales. Siente éxtasis en el acto de morder con deseo cada uña y luego encender un porro y reír de cómo sus dedos tienen pequeñas cabezas de enanos o parecen colillas aplastadas.

El encuentro con sus uñas es íntimo, primero las mira, luego les habla. Comienza con cuidado, por el meñique, dejando el pulgar para el final. Otras veces juega al azar, tiene diez amantes y todas esperan con ansias el encuentro con sus dientes. En algunas ocasiones se concentra en una sola, en ella descarga lo más íntimo, el dolor, el miedo, la pena y le cuenta lo que no entiende, tratando de explicar lo que no sabe.

Añora la deliciosa fase oral en la que se hacía bolita en la cama y se chupaba el meñique antes de dormir, pero dado que esos tiempos están lejos, no le queda otra que canibalizar miedos, impotencia y ansiedad en podar sus uñas. Sin embargo, al final ellas siempre crecen; rebeldes, y desafiantes crecen y el acto obsesión-compulsión es un romance eterno.

Para ser honestos, cosa que nunca ha confesado a sus dedos, odia las uñas de sus manos, más que a las de sus pies. No soporta la posibilidad que puedan llenarse de la mugre que va recogiendo por la vida, por eso se anticipa y las libra de tanta bacteria, sacrificando sus papilas.

A ella le tiene sin cuidado la opinión de la manicurista, del vecino banquero que usa esmalte; se ama así, con ese apodo psiquiátrico que suena más a ornitorrinco que a otra cosa, a ella la gusta "onicosexual". Prefiere mil veces, las yemas de sus dedos libres de uñas, con ellas golpea con más firmeza el teclado, sin el riesgo de rasgar las letras y acaricia con áspera suavidad otras bocas sin uñas.

Ama sus dedos, tal cual son, o como diría su psicoanalista, acepta la duda neurótica que la tiene muy anclada a la realidad; quien sabe, quizás sería más interesante volar por el cielo siendo uña de otras manos, pero eso no existe, solo está la duda que le repite a diario "ser o no morder”. En esa medida ella es capaz de ser una con la uña, tanto para morderla, lamerla, besarla, arrancarla suave, torpemente, de cuajo como uno debe despojarse de las memorias que acumulan.

Cuando termina de escribir estas líneas, pone un pijama de cinta 3M a cada uña, saca la cabeza por la ventana, respira el aire de la ciudad, enciende un cigarro y escupe al mundo los restos podados de su ser, para ser "parte del aire...". Entonces, en la brisa nocturna, siente alivio, aceptando que su neurosis ha sido, en la medida que su compulsión ha amado....

viernes, septiembre 19, 2014

Pimpollo


El hombre que odia a las mujeres ama a los perros. Camina todas las mañanas por el mismo sendero con su pequeño schnauzer de nombre “Pimpollo” a quien le da lecciones de supervivencia canina. Ayer en su ruta habitual por la zona de San Jorge, se encontró con una mujer de alrededor de treinta años. Tenía cabello largo y ojos negros como los de “Pimpollo”.  El hombre la miró de pies a cabeza y luego la imaginó en una pelea de colchón, luego se puso de lado, para esconder lo que despertaba debajo el buzo. Ella lo miró con dulzura, al igual que la pequeña bulldog con chompa rosa que llevaba de paseo y luego se dio la siguiente charla:

--¿ Es macho?

-- Si

-- Entonces no hay problema, ella es mansa no le hará nada.

Pimpollo, se acercó a la bulldog y esta se puso agresiva e intento morderle el cuello. La mujer se disculpó y él la miró de pies a cabeza con ganas de besarla y escupirla. Ella sonrió y pensó  "un hombre que pasea un schnauzer es noble y tierno, lo escuche en Animal Planet, podría ser algo más".

El hombre, antes de despedirse, la vio partir, sacó el celular y tomó una foto al trasero de la mujer y antes de que ella marchara le gritó:

 --- !Podríamos salir una noche a pasear juntos, para que se lleven bien y no se muerdan!

 --- Me parece buena idea, crucemos los Trilizos charlando ¿Qué te parece? Respondió

--- ¿El domingo a las siete, replicó él? “Es buena hora, mamá estará en la misa” piensa.

El hombre que odia a las mujeres, disfruta mucho la vista del Illimani desde los Puentes Trilizos y se encuentra ilusionado por la cita que tendrá al día siguiente. Se alegra al admirar los progresos de la ciudad, los nuevos buses, los edificios, sin embargo odia las cabinas amarillas del teleférico desde donde ahora todos lo espían "tengo que cambiar de ruta piensa".

 Luego rumbo a casa le dice firmemente a “Pimpollo”, todas son así, te ganan la confianza y luego te muerden ¿Viste lo que pasó con esa perra de rosado?, la madre debe ser igual ¿Entiendes ahora porque ella ya no nos acompaña? antes de que me muerda preferí poner orden yo.

No te preocupes, yo estaré acá a tu lado siempre y recuerda: Mujeres o hembras son igual, tarde o temprano te atacan, por eso es mejor evitarlas y si no hay otra bueno ya sabes lo que hay que hacer.

El hombre que odia a las mujeres no entiende, su obtusa visión no le permite tener claro que la violencia entre animales es instintiva, es un mecanismo de defensa, ya que no pueden usar la palabra para transformar la necesidad en deseo. Es incapaz de establecer la diferencia entre el sujeto que agrede y la víctima que también es sujeto y no objeto. En esa medida, cosifica y desvaloriza al otro, llevándolo al límite para que surja el instinto, eso le causa placer. Para lograrlo sabe que primero hay que usar la miel y someter, antes de sacar lo peor de la otra persona. Aprendió sus trucos de los mejores: El abuelo y su padre, grandes domadores de perros policías. En el fondo es víctima de su historia y no tiene conciencia de sus actos, diría un defensor de oficio si quisiera salvarlo en un juicio.  Víctima de quién sabe qué, un victimario consciente de lo que busca y lo que genera, en último caso un prisionero del goce que lo tiene esclavizado. Sabe usar la palabra y, desde la perversión, la hace efectiva, antes de ser solo instinto y repetirse en el ataque.

Es un psicopata y es una mentira aquello que dicen los libros, él llora con lágrimas bien saladas cuando su Pimpollo está estreñido o las garrapatas le muerden las orejas. También cuando mamá tiene fiebre y no puede ver la novela. Ama más que a nadie a su pequeño schnauzer y es un buen amo. Lo ha educado bien “papá estaría contento” piensa. Habla en voz alta con “Pimpollo” y le recuerda “las hembras te ganan la confianza y tarde o temprano te muerden, debes cuidarte de ellas y recuerda, la única que no muerde es mamá”

Cuando no está en casa, le gusta conocer chicas que pasean perros, por lo habitual temprano en la mañana y al atardecer.  A la tercera ronda, cuando la amistad canina es fuerte, las lleva a su casa, las presenta a mamá, para que pase lo de siempre. Ella les revisa el paladar, les mira la cola y tose con desprecio cuando la mujer no vale la pena, lo cual ocurre siempre.

Entonces, basta una mirada de mamá y él sabe lo que debe hacer, llevarlas lejos de casa, atarlas primero con correas verbales, luego plásticas. Después someterlas, ofenderlas, ponerlas en cuatro y lograr que tarde o temprano ocurra lo obvio: “se defiendan y lo muerdan", momento en el que actúa y las libera del instinto, luego "Pimpollo” les lamerá las heridas y lo acompañará mientras, las arrastra al coche y las pone en la maletera, para luego pasadas las dos de la madrugada, lanzarlas al río desde el Puente Libertador.

El hombre que odiaba a las mujeres se llamaba Carlos; el miércoles lo encontraron, luego de tres días, en un barranco de Llojeta, podrido y mordido por perros carroñeros, nunca se supo cómo acabó ahí. Mamá fue a la morgue, cuando reconoció en las noticias, aquel tatuaje de un pitbull, que siempre detestó, en el hombro izquierdo de su hijo.

 Al llegar a casa, mamá  lloró (muy poco) y después, de una patada, mandó al patio a “Pimpollo”. Mamá volvió a odiar a los perros y, se siente liberada. Antes de irse a dormir, palpa la cicatriz, en forma de S en su rostro y se acuerda del Pastor Alemán que a un solo grito atacaba mordiendo en la cara y vuelve a sentir, en la boca, la textura a caucho de la oreja de su marido.

Mamá se siente liberada, tenía miedo a su hijo, lloró mucho en la morgue (eso es lo que hace toda madre ante la televisión), pero ahora está en paz, no le gustaba lavar la ropa ensangrentada de su hijo y le irritaba los ladridos de Pimpollo.

Mamá odia a los hombres y a los perros, porque tarde o temprano te destrozan la cara de un mordisco, en cuanto a su hijo, lo dejó en una bolsa negra en la morgue “que los perros entierren a los perros” se dijo. (*)

(*) El schnauzer de la foto es Piropo, apareció en el texto con autorización de su amo Oscar Martínez  Ningún animal fue herido mientras se narró esta historia.

viernes, septiembre 12, 2014

Carta del falso cronopio jodiendo a Monterroso


Cuando el poeta despertó del último delirio se dio cuenta que la cerveza aún estaba ahí y jodiendo deliberadamente el famoso cuento corto de Monterroso y creyéndose un cronopio, se mandó esta cartita:

Buenas salemas Cronopia:

Desperté y ya no estabas. Antes que nada déjame darte las gracias por el abre latas que me regalaste anoche, es justo lo que andaba buscando; considero que será de gran utilidad para destaparme el cráneo cuando las palabras se nieguen a salir. También valoro ampliamente el juego de bolígrafos negros y rojos (en igual proporción, para la creación y la edición asumo) tu siempre tan perspicaz y sutil en insinuar que debo seguir mejorando mi escritura.

En relación a la libretita con tapa ecológica que acompañó el obsequio, déjame decirte que lo que más me gustó fue la calidad del papel, sin duda hecha de pulpa de basura, pero se huele que grita por recibir mis palabras (aunque no sé si lo de la basura fue indirecta o no). Sin duda tu impulso, después de todos estos años, me anima seriamente a volver escribir poesía a pulso en una libreta, aunque como sabes es probable que solo acabe llenando el papel de escarabajos y garrapatas.
También debo referirme al detalle curioso de que, olvidadiza como siempre, dejaste en mi velador tu llavero con un USB del hombre araña (siempre te gustó su forma de columpiarse) y tu anillo de plata, ese onda “cinta de Moebius. Disfruté mucho tratando de separarlos (encajan de forma misteriosa ambos objetos). ¿Nosotros aún encajamos?

De igual manera permíteme agradecerte por llevarte mi disco favorito de Billie Holiday, por bailar anoche Just in time de Nina Simone y desteñir mis sábanas con el mar de tu sal. Bueno para no pecar de exceso de bombones, déjame decirte gracias por las seiscientas horas de almohada, los seis años que permaneciste colgada del techo. Por volver, por haberte ido, por estar sin haber estado y recordarme que escribiendo se vive y entre tanta palabra uno va muriendo.

Muchas salemas y sépame presente

Un fuerte apretón de manos en forma de beso


El falso cronopio

lunes, septiembre 01, 2014

Cotidiane II

Las sábanas escupen mis huesos, no soportan su adormecida vida enfriándolas y me gritan, ¡Vete y escribe que a mí no me importas!

Me levanto y escribo por un mandato, una maldición que ya no busco entender. Bien o mal, no interesa: mis palabras son una serie de brochazos desesperados, una policromía caótica al viento. El don musical no me ha sido dado, canto mal y mejoro levemente cuando estoy borracho, mi falsete desafinado ofende a Matilde.

 Para la danza, siempre fui una verguenza, mis huesos más duros que el mármol ofendieron a más de una salsera. Yo bailo con la palabra, le dije alguna vez a aquella que no entendió y que quería que aprenda tango y luego a ritmo de merengue la penetre. No entendió, o tal vez era más lúcida que yo que sabía que en esta vida es un absoluto desperdicio preguntarse lo que había detrás de tanta barroca metáfora, tanta analogía inservible para sobrevivir en lo cotidiano, para llenar de versos su espalda curvada.


Si, escribo como purga y castigo, lo haré hasta el último suspiro, aunque nadie lea, aunque todos me escupan, escribiré porque de esta boca ya no brota espuma, si no sangre coagulada en versos.

martes, agosto 26, 2014

Be Bop Literario (Re visitado a los 100 años del Nacimiento del Cronopio Mayor)



Como cada 26 de Agosto Julio Cortazar me exige escuchar a Charly Parker, re  leer Rayuela (entre los capítulos  10 al 18) y disfrutar las sesiones "discadas" Jazzeras en compañía de La Maga, Oliveira, Ettiene, Horacio, Gregorovius y Ronald. (Al respecto va este regalito de la Quinta Disminuida, sin permiso de Nico Peña)

A los cien años del nacimiento del Cronopio mayor, desempolvo (retocando un poco) este texto que publiqué hace algunos años, el cual sin duda fue un pequeño homenaje, una forma de alcanzar esos quince minutos, esos cien años que, inalcanzables, irán siempre por delante de este aprendiz. Esta vez comparto el texto, con un agregado especial,  la inclusión del mismo por parte del gran Nicolás Peña, en el programa la Quinta Disminuida del 4 de septiembre de 2013. (Un poco de paciencia para descargar el programa)

Escuchar Be Bop literario en la voz del gran Nico y  el cierre con Lover Man, sin que yo se lo dijera (el cual siempre asocié con Amorous de Johnny Carter), sin duda fue un gran regalo para este pequeño homenaje a Cortazar. Ahí va, a cien años de su nacimiento Be Bop Literario:

Las palabras saltan libremente en una alfombra llena de manchas, de sollozos del pasado. Aquella de la sala que acoge a mis libros y discos y, de tiempo en tiempo, a mis amigos poetas. Hoy Charlie Parker y Julio Cortázar se mezclan frenéticamente mientras vuelvo la biografía “en ficción” de Bird en “El perseguidor”; como tratando de alcanzar esos 15 minutos musicales que van por delante del Julio o del agónico Carter.
Como cada 26 de agosto, la relectura de la vida de Johnny (Charlie Parker), atormentado por sus fantasmas y adicciones, lleva a cuestionarse en relación al afán de perseguir y andar jugando a ser lobo, tratando de cazar al arte que emana de uno mismo y de los otros.

Todo perseguidor es cazador y víctima de la violencia, el éxtasis y el vacío que el mismo persigue. En esa medida, en el campo de la palabra, la persecución podría verse como una sentencia, una sublimación en la que el teclado reemplaza al cuchillo del carnicero y construye la imagen de un cuerpo seco al cual acaba descuartizando a “palabrazos” o aniquilando con contundentes ráfagas de poemas. Ya lo decía alguien por ahí, Julio Cortazar no sólo escribía al ritmo de Jazz “Jazzeaba escribiendo” y El Perseguidor, es sin duda un estremecedor “be bop literario”.

La persecución puede ser caótica y desesperada. Se da, creo yo, como pulsión y forma de nombrar, desde la música o la palabra, el vacío al que todo perseguidor se acerca. En esa medida, como en el Jazz, el que escribe hace que surjan palabras disgregadas y catárticas, en libretas y servilletas de bares, como pobres intentos de atrapar lo perseguido.

Musicalmente, el acto de perseguir nos regalará melodías brillantes, como destellos nocturnos, que luego se esfumarán sin dejar rastro. Al respecto habría que recordar la cantidad de brillantes y opiáceos solos de saxo de Bird que nunca fueron grabados y que se quedaron en eso, en aletazos desesperados en la persecución y nada más.

¿Será acaso el tema del deseo lo que nos mueve, como decía Cortázar en “El perseguidor”?, deseo que se antepone al placer y la disciplina y acaba necesariamente frustrando, porque exige avanzar, buscar, perseguir. El párrafo redundante y mal labrado, la digresión, el desafine, la falta de armonía, la sincopada suma de palabras o notas que fácil se olvidan, son el riesgo de sólo perseguir por el deseo.

Perseguir, ser perseguido o girar en espiral, qué más da. Lo único que está claro es que somos tanto presas como cazadores y, en la música como en la literatura, ambas posturas hablan, de ahí a que dejen obra es otra, ya que perseguir sólo por el deseo, llevará a publicar antes de tiempo la obra, a fallar en el momento exacto, a cometer el error preciso en el cuento, a poner la nota equivocada en el solo de saxo.

Está claro, la persecución, desde la perspectiva de “El Perseguidor”, era una manera de tratar de atrapar a un “sí mismo” siempre quince minutos adelantado en la búsqueda, una forma de hacer uso de un talento irreverente, displicente y poco organizado, una persecución que en esencia sólo buscaba alcanzar la sombra proyectada que hace tiempo lo había dejado agotado en mitad del camino.

Sin duda desde esa postura perseguir no es oficio, es simplemente un castigo auto impuesto, a ser purgado por el arte, por la trompeta, por la pluma rasgando de forma sincopada el corazón. Esto permite a la melodía y/o la palabra presionar nuevamente el corazón, lo que dará inicio nuevamente, al llanto del saxo, del papel y se volverá una carrera en círculos, una persecución tautológica que nace ya de por sí de una derrota.

Para ser honesto, a medida que transcurre la escritura y  re lectura de “El perseguidor” la lucidez y entendimiento se agotan, es como sí las notas o las palabras crecieran en un cerebro mudo de ritmos y golpearan con dolor punzante los versos o el saxo imaginario que habita en la memoria y que no sé cómo tocar.

“...un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto músico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra”...

Tal vez algo de eso debe haber en lanzar palabras como ajos, como cebollas al sartén, esperando que el azar produzca obra. Algo de eso debe haber en creer que los pensamientos tan caóticos, por puro arte de asociación libre pueden dar al lector un sentido que ni el autor esperaba crear.

Sin duda algo de eso, tercamente mediocre, nos pasa a algunos perseguidores paceños, que con “la persecuta” a cuestas empezamos a creer que es posible construir obra lanzando palabras como si fueran serpentinas al aire. Sí, los perseguidores criollos, esos pobres diablos, andamos, parafraseando a Cortázar... corriendo como liebres tras un tigre que duerme...

Al respecto aun no entiendo la necesidad de  perseguir sin método, embriagado de sustancias, obnubilado de ansiedades, en vez de evocar en la paz del escritorio, con la calma y el bisturí preciso en la palabra.
Habrá que haber perseguido compulsivamente para aceptar  que cuando pasa el frenesí y la agresión de melodías y palabras al mundo, volverán en la cabeza cosas menos caóticas, que traerán el cansancio del alma por la persecución.  En esa medida, no se sumará nada persiguiendo la estela del vacío, sin dormir hasta las tres de la tarde.

Que no agregará nada a la persecución, insistir en la vigilia, releyendo Rayuela con libromancia o jugando tuncuña con la tapa de una botella sobre un caos de versos, que uno de los perseguidores bautizara como cadáver exquisito.
Cuando uno cuestiona la búsqueda, para de perseguir y decide ser presa, mirando y aceptando de frente el barranco. Es ahí cuando viene un cosquilleo que confiesa que ya no es posible seguir, si sólo se insiste en que la poca lucidez y el desespero guíen la pluma.

¿Cuál entonces la manera de encontrar y aceptar formas menos agónicas de perseguir? ¿Será que hay que pasar más de una noche en la irreverencia de buscar la sombra que suele llevar al barranco, antes de parar, de ser errático y sentarse a construir obra, anclado, sin correr?

Pareciera que no, ya que cuando cesa el caos, surge otra persecución, tal vez más perversa, la de querer encontrar la nota perfecta, buscar la melodía que “abroche” el deseo con la esperanza, la angustia con el arte. La persecución del soneto perfecto, del giro verbal en el cuento, sorprendiendo con maniobras literarias nunca vistas.

Esta forma de perseguir puede llevar a algunos a encerrarse compulsivamente, a llenar las paredes de versos, para un poema inconcluso que nunca acaba, o a llenar la cama, el techo y hasta la espalda de la mujer amada de fichas literarias y complejos mapas mentales sobre personajes, aquellos que en la vigilia desordenarán las sabanas y obligarán al autor a levantarse para escribir un nuevo párrafo de la novela inconclusa, o peor aún, dar un giro total a la obra y empezar de cero cuatro veces en un año el mismo capítulo.
¿Es acaso esa persecución la que retrató Cortázar al hablar de la obra inconclusa de Johnny,Amorous?

“...la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan. Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz”.

Sí, algo de eso pasa cuando la persecución improvisada cansa y el talento quiere toparse con esa mala palabra llamada obra perfecta. Perseguir, esa compulsión que lleva a perseguir sin reflexionar en busca de quién sabe qué, escapando de quién sabe quién.

Sí, parecería ser que la persecución trae escondida una necesidad de cerrar algo, paradójicamente antes de ser alcanzados. Al final ¿qué pasaría si dejamos de perseguir, si lográramos el cuento perfecto, la melodía exacta, el poema redondo y de métrica impecable? ¿Qué pasaría si al alcanzar el Illimani cambiara nuestra perspectiva? Tal vez volveríamos a escalar, volveríamos a perseguir hasta que en la perversa cacería cayéramos agotados y entendiéramos que es mejor una melodía inconclusa, una novela que rehaga varías veces el último párrafo, un ejercicio cíclico y eterno de buscar y ser encontrado como en las páginas de Rayuela. ¿Será que estamos acá sólo para perseguir como vía de cura y liberación y no para encontrar?
Sí, Cortázar a estas alturas se ha vuelto un pretexto al igual que Charlie Parker, para enfrentar la búsqueda en el campo de la palabra. Tal vez la respuesta esté en que la persecución es una purga cíclica, en la que se alternan el caos y la disciplina. En esa medida acabará siendo un fin, no un medio para alcanzar algo.

Podría seguir ampliando la catarsis o jugar a que esto es un ensayo literario, de esos que se jactan de extrema pulcritud y limpieza gramatical. Sí, ya sé, ya me perdí en esta persecución circular. Me suele pasar con bastante frecuencia cuando tiendo a vomitar palabras sin orden aparente y entonces salen, de la mano de una idea, salen, así…”jazzeando la palabra” y se empiezan a dibujar luego de un recuerdo, de una imagen retenida en la memoria, de un texto que da vueltas en la cabeza y el cual anda siempre quince minutos por delante de mi boca.