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martes, octubre 28, 2008

Los Huevos de Warhol (divague farandulero del cronista)



“Todo persona será famosa alguna vez por quince minutos” (Andy Warhol)

Cuando empezó a escribir, el cronista tenía en sus manos el programa de VI Festival de Cine Latinoamericano. Fue a la inauguración del mismo y se encontró con el Cine 6 de agosto con una estética Art Deco, renovada y restaurada. El lugar lo recibió con un “tecno-coctail” donde, la reducida farándula paceña de cinéfilos decidió congregarse como sardinas alrededor de la escalera de caracol del cine.

El cronista no pudo evitar imaginar un viaje al pasado a “The Factory”, donde Andy Warhol deleitaba a su ego en la presencia de todos aquellos que lo inflaban con toda suerte de histriónicas puestas en escena y psicodélicos besos.

Al cronista este evento le permitió ver el desfile de la farándula paceña al ritmo del whisky, el cual combinaba con el olor de las pieles apretujadas en la entrada. Asumió la postura de intruso que absorbía sonidos eclécticos y tribales en los parlantes y se permitió inventariar: Las sonrisas de directores de cine calvos y de barba, las formas de espiar a universitarias del publicista de sombrero, los escritores que disfrutaban destripando guiones, las morenas con lentes que se camuflaban de tipos con lentes. También pudo ver a aquellas que se escondían en la sala de proyección, habilitada como living gigante. Al Cronista el pareció que buscaban blancos caminos a la anomia mirando el nuevo y arrugado lienzo del 6 de agosto.

El VI Festival de Cine Latinoamericano nació con el mensaje que para hacer cine en Latinoamérica hay que tener huevos. El arte de la tapa del programa, decía además que los huevos tenían que tener una estética neo Warholiana, esto al cronista le recordó lo fashion light de la farándula y la efímera fama que se junta en las miradas de actores, músicos y escritores.

Al cronista le invitaron frutillas con chocolate, cerca a una tarima redonda debajo de las gradas. Un reflector en forma de ojo de buho desde el segundo piso alumbraba la tarima y atraía las miradas de unas modelos con colas de repollo azul. Las señoritas disfrazadas de vegetal, estaban paradas al lado de un proyector de los años cincuenta y hacían el papel de ornamentales floreros junto a un tipo que ponía mantras musicales para la charla.

Una inauguración de festival era una buena excusa para que el cronista, libretita en mano, se sintiera parte del circo, de la charla de pasillo sobre mesas redondas y coloquios de cine. Aquel día el cronista no vio ninguna película sobre la cual escribir, más bien se encontró con el voyeurismo, exhibicionismo e histeria de la puesta en escena externa.
El cronista tomó cinco vasos de whisky frente a la boletería y se emborrachó con la mujer de piercing tornasol en la lengua que esperaba el estreno de La Mujer sin Cabeza, película Argentina dirigida por Lucrecia Martel.

Luego decidió escribir en relación a la impronta que le dejaron las primeras imágenes de este encuentro “con huevos”. Los quince minutos de fama, se desvanecieron luego de alumbrar rostros y recoger aplausos. El cronista recogió las imágenes y miradas de modelos piel de gallina, de lánguidos críticos, minimalistas composiciones de imágenes, cineastas come frutillas, prospectos de actrices mostrando sus asiliconadas credenciales al director calvo de moda.

La libreta del cronista se manchó de música tecno y whisky. No hizo crónica del “glamour” y pensó que tener huevos era una buena metáfora para disfrutar de la secuencia de colores a lo Warhol o para celebrar, embriagado de aplausos, la farándula que sonará a hueco olvidado, meses después de que algún cineasta presente su corto de bajo presupuesto.

La memoria tiene más huevos que hueveos, pensó el cronista, en la necesidad de capturar en su cabeza el Festival de cine latinoamericano del 6 de Agosto. Al llegar el Cronista tenía solamente la idea de ver cómo el fantasma de la chica que se lanzó del segundo piso y sobre la que escribió un poema Jorge Campero, evitaba la farándula. Sin embargo se dejó llevar por la tentación de pintar el collage de una noche reverberante y llena de humos dulzones en una inauguración pop.

Para hacer una torta había que romper algunos huevos y al cronista le encantaron los omelletes de imágenes en el Cine 6 de Agosto, aunque sin duda añoró ser un poco más pop y tener al menos cinco minutos de fama en TVO.

El cronista, cuatro días después, volvió al festival a ver “Microfilia” mala película chilena bajo el sugestivo titulo que colocaba un bus de transporte público como gran falo inclinado en el que toda suerte de encuentros ocurrían en sus asientos. Bizarra experiencia, sin “ácido” en “La Factory” de huevos de este festival, pensó.

Ese día el Cronista se encontró con la sonrisa de aquella mujer que cantaba acapela en Cochabamba, poniendo delirio al cuerpo que delira. Paradójica recurrencia saenziana que recordó al cronista que en la madrugada paceña puedes reír, luego de una mala película, con una mujer que pone besos al papel y tacto a la necesidad de aferrarse a un romanticismo naif.

El cronista concluyó que luego de una mala película, en La Paz era posible encontrar mujeres que lean a Barhtes a las 3 de la mañana, que se dejan seducir por la libromancia de su palabra y, que por cierto, dan vida con su cabello negro a un bar de mala muerte que funciona en domingo.

Luego de dos días de festival, el cronista reconoció que tenía los huevos aplastados y poco fotogénicos para un afiche a lo Warhol. Celebró la inauguración del festival aunque cuestionó la corta duración del mismo y la poco homogénea calidad de la muestra.

El cronista al terminar este texto, persiguió en su libreta la huella mnémica de las imágenes evocadas de la farándula, de las personas que estuvieron en el Cine 6 de Agosto, sólo para alargar sus quince minutos de fama y que también son asiduos asistentes a lecturas literarias, conciertos barroco mestizos y festivales de teatro.

En sus dos visitas al VI Festival de Cine Latinoamericano, el Cronista sólo quería divertirse, comprimir y amoldar la realidad como plastilina en su libreta, en el sentido de su crónica. Sabíamos que, después de todo, nunca se animaría a la ficción ya que adora los inventarios, la descripción de hechos coloreados de metáforas. El usualmente evade, roba instantes, lugares, eventos y personajes y no va más allá de aquello. Así como baila tecno, canta morenada, en cuanta farándula reclama su libreta.

El cronista, seguirá escribiendo, en festivales de todo tipo como una necesidad de escapar a la farándula o verse incluido en ella. Por último como ilustre visitante de cuanta preste exista, escapando, eso sí, del mandato light que le da ser un hombre pop.

lunes, octubre 20, 2008

Imaginarios Paceños

Sólo la certeza del viento calando tus mejillas,
Será el verbo que recuerde la ironía de estos pasos.
Será el Illimani quien contenga tu bruma
y sus picos escupirán el silencio de mil cantos.
No quiero y sin embargo, en el recuento de la noche,
tu memoria será canto en la montaña.

Retorno de la Feria del Libro de Cochabamba con la resaca de la farándula literaria en el cuerpo, en el bus divago sobre la idea de la ciudad y los imaginarios paceños, luego de re leer algunos textos de La Piedra Imán que compré, vaya a saber por que en Cochabamba para recuperar el ejemplar que una “warmi engreída” tomó prestado de mi biblioteca y que junto con algunos besos nunca más devolvió.

Escribo al amanecer paceño, mirando como las luces de la ciudad serpentean como estrellas de pirita y me surge la pregunta de ¿qué es esto de los imaginarios urbanos en la Ciudad de La Paz? La respuesta tal vez está en que la ciudad imaginada, como hecho individual y colectivo, más allá de lo geográfico se construye de hechos simbólicos, de las representaciones de quienes deciden aprehender sus recovecos y beberla, aunque no siempre su vino sea agradable al tacto.

La ciudad imaginada, construida, evocada en la palabra, en el arte, en la vivencia urbana, implica no sólo la concretidud del hecho urbanístico, arquitectónico que estéticamente la define, sino más bien “la ciudad que no se ve” la que se respira; síntesis de construcciones simbólicas que se crean y recrean en lo colectivo, en la vida cotidiana de quienes la habitan.

Al respecto, recojo la frase de un amigo músico, quien con humildad reconocía la arrogancia de sus últimos años, al dar la espalda a la ciudad –Uno tiene en sus narices las montañas, escribe y canta como gringo, olvidándose de que existen- decía. Es que tarde o temprano uno vuelve el rostro a La Paz y acaba regresando, acaba volviendo a mirar con humildad el sol desde la Ceja. ¿Será entonces ahí cuando uno pueda nuevamente escuchar los delirios de Borda y los relojes de Saenz?

Llega un punto, en este proceso de construcción de la noción de ciudad en el que uno hace un corte y los pies, sin saber bien como, echan raíces en el cemento rajado de La Pérez y no quieren irse. Es ahí cuando uno empieza a escuchar las verdaderas historias que cuenta el río bajo San Francisco, los gritos de sus rocas hoy removidas por tractores construye túneles, sus cantos de ninfas de subsuelo.


El Imaginario urbano en La Paz probablemente se hace realidad más de una vez, en más de un personaje, en el cuerpo de quien narra la ciudad. Toma forma sobre todo cuando el narrador, el músico el poeta, deciden dejar de ser observadores y empiezan a teñir los poros de sus calles. La cantidad de tinta que hay que recoger del asfalto roto, es probablemente tema de otro debate.

¿Será entonces que La Paz imaginada, en cuanto a su esencia, es aquella que nace y habla en lo que produce?, una mancha urbana de historias, una hilera de luces que van naciendo al amanecer, cada una con una lectura propia de su complejidad, cada una con el grito propio de su vivencia urbana. Es ahí que el destello de cada luz en la montaña, como las que veo morir en este amanecer, parpadea como una expresión propia y todas juntas hacen la ciudad que no se toca pero que se palpa.

¿Será esto, en última instancia, lo que constituye el imaginario paceño, el reflejo que va mutando en destellos de tiempo en tiempo, de momento en momento, la luz de quienes se fueron, de quienes hoy estamos de paso por sus calles? El reflejo de la ciudad acorde, grito, graffiti, garabato, una y mil formas en que el corazón paceño devuelve a sus habitantes parte de su imagen y su viento lento.

Creo que sin duda la experiencia individual y la influencia social hacen a la representación y subjetividad de quien mora, habita y respira en la ciudad y se traduce en el imaginario urbano propio de cada habitante. Lo urbano, en esa medida, podría ser leído como aquello que late individual y colectivamente en cada paceño. Hecho intangible que permite generar, en todo caso, formas de significaciones diversas, expresiones culturales dinámicas, que mutan y, que por lo mismo, no están ajenas tampoco a la influencia de otros imaginarios del país y del mundo.

Luego de estas palabras, cuando bajando la autopista despierta la ciudad en la bruma, vuelvo a preguntarme ¿cuál la significación entonces de la palabra urbana, a la vez tan grande y tan corta para la metrópoli de alasita que nos acoge? Parecería ser que es esto que nos funda y otorga una identidad inconsistente, incongruente pero claramente paceña.

¿Será acaso necesario dormir con quiltros en una chingana para conocer lo real de la ciudad? o acaso ¿habrá que emular a Jaime Saenz construyendo falsos trajes de aparadita para entenderla, para conocer lo que yace en el otro lado de la noche? La respuesta está sin duda en otro lado, tal vez en el trajinar y el hacer individual íntimo, cómplice, solitario en la ciudad.

Considero en todo caso absurdo, plantear la forma de retratar los imaginarios paceños en un continuo entre el narrador que ficciona la ciudad y el marginal que decide ser desecho de la misma. La Paz es más allá de cualquier postura, uno la toma, la bebe, o la ignora, pero no escapa a su influencia.


Parece ser entonces que el imaginario paceño pasaría por la subjetividad de cada habitante que decide ser permeable a determinadas experiencias que otorga la ciudad, como un proceso propio de construir la creencia y la significación del hecho urbano. Cada quien podrá sumergirse en carne y pluma en La Paz, ya que su llamado estará siempre presente, cada quien decidirá cuanto escuchar de sus calles y la furia del viento de la cordillera en su rostro.

Algún día el que escribe y el que lee dejaremos esta caótica hoyada y permanecerá el Illimani, como síntesis de roca. Será su presencia, más allá de cualquier significado que queramos otorgarle a la ciudad, la que permanezca. En última instancia nosotros vivimos en el imaginario de esta ciudad que hemos decidido construir, con sus iconos, sus personajes, sus influencias y sus modas. El Illimani nos acoge, como huéspedes de distintos tiempos y momentos, ésta acaso será la única certeza, él permanecerá luego de que nuestro último respiro seco muera.

martes, septiembre 23, 2008

Elefantes



Se muere tonto el elefante
Sin una punta en la trompita
Niño inocente, bruto errante
Se va pisando margaritas (Vadik Barrón)

Este texto es una “juntucha” sobre el hecho poético y lo que por estos días movió en las calles y plazas de La Paz. Me daré la concesión de hablar de los avatares que trae el cargar, por halago ajeno o ego propio, en la frente, en el sombrero de ala ancha, y en las tan de moda barbas de Avaroa , el rótulo de poeta.

Evoco la imagen del afiche del 4° encuentro de poesía. Volantín de bolsa nylon flotando al viento en un desierto, emulando algo del recurso fílmico de cámara en mano de aquella película que mostraba “la belleza americana”. Me pregunto en el objetivo de esta imagen, en quien sostiene el hilo del volantín forma figuras en las nubes, ¿será el Principito o la inocente figura de un Oliver Twist paceño en un cerro de Llojeta? En todo caso habrá que preguntarse si nuestra poesía es una veleta de polietileno flotando al viento, sostenida por el capricho infantil y frágil de alguno o algo más. También se podría leer que el volantín se mece por inercia en los espacios abiertos de esta urbe, acostumbrada a chorrear ríos de meo más que poesía por sus calles. Es acá donde surge la pregunta en cuanto al nacimiento del hecho poético y todo el hilo que cortar que atañe.

En este juego de preguntarse por la poesía jugaré tomando prestado un verso del poema National Geographic de Vadik Barron, epígrafe de esta nota. El mismo sentencia la idea, detrás de aquella verdad de perogrullo que años atrás sostenía un amigo si creía que algún reto era muy grande para tus capacidades. Él te afirmaba, contundente que todo está en empezar –no pienses en elefante- sentenciaba con una filosofía simplista, -si piensas elefante será jódido el asunto- replicaba, con la practicidad que le daba su formación positivista.

Desde la postura de “no pensar en elefante” me divierto imaginando a un mamífero grandote que junto a otros elefantes laboriosamente construye en un encuentro poético un poema colectivo, lleno de metáforas, metonimias, oximorones, sinécdoques y tanto otro recurso poético que sus trompas soplan ruidosa y sistemáticamente para inflar la bolsa nylon que luego sobrevolará nuestra ciudad. La poesía habla, construida por muchas y diferentes trompas prosadoras. La poesía grita, escuchada por muchas y grandes orejas; algunas respetuosos almacenes de otras voces, otras silpanchos sordos que sólo escuchan las rimas de maní que salen de su propia trompa e instruyen a sus patas pisar, con contundencia, cualquier osada simpleza de margarita ajena a su palabra.

Hacer poesía desde la perspectiva del amigo positivista sería entonces pensar en un gran elefante, en consecuencia la replica obvia sería reducir el poema a algo tan simple como un ratón. Personalmente ni uno ni otro, aunque sin duda es cierto que en esta ciudad podemos encontrar de todo.

¿Cuántos vates con elefantiasis andarán sacudiendo las trompas para el aplauso ajeno mientras escribo esta nota? ¿Cuántos desconocidos andarán construyendo un universo paralelo de silencio, lleno de una contundencia capaz de interpelar a la academia desde un cuarto que más parece nicho? ¿A cuántos prospectos de elefantito les temblará la pluma con pleitesía al escuchar el viento de las orejas sordas de aquellos “Poetas”? ¿ Los pequeños paquidermos aceptarán el juego “sádico” de seducción de algún poeta iluminado para luego recibir la patada en las nalgas de su prosa con tal de pertenecer a la manada?

La poesía va más allá del ruido de la manada, cobra sentido en el silencio posterior del encuentro del lector con el autor, cuando el primero recibe la palabra, sin tanta farándula de por medio, sin estridentes ruidos de trompa.

Podremos leer en “el show” con timidez, con petulancia, con lágrima viva o contundencia, lanzar nuestras voces como volantines al viento, en las plazas, en las calles. Encontrarnos bajo el rótulo de poetas topando trompa con trompa nuestra medallas, pero de nada habrá servido si nuestra palabra suena a elefante, a esa cosa grande difícil de lograr, a ese monstruo que sólo los elegidos son capaces de montar. El esfuerzo será pura masturbación si la palabra del poeta no es leída como hecho íntimo en el encuentro autor y lector.

Más allá de todo, es valido ir con la trompa al aire soplando grandes poemas paquidérmicos como antídoto a los intentos de verso de tanto iletrado sin lucidez que anda suelto y se dice tímidamente poeta. Es valido también ser un paquidermo de trompa metonímica y orejas soplando metáforas al viento o ser un lector adormilado por tanta imagen bien lograda, es valido al final también ser humano.

Algo más allá debe haber sin embargo en asumir el mandato de la palabra cuando está se encuentra con la simpleza que no pesa por la palabra misma, que no es una masa de versos que hacen elefante. En ese encargo de algún otro que, vaya a saber porqué, ha tomado prestada una pluma y en consecuencia ha generado una maldita sentencia que el poeta deberá saber cargar mientras viva. Discrepo aquí con algunos que dicen que la poesía no tiene obligación alguna más allá del puro hecho estético que la define por sí misma. Eso es alimentar elefantes que engordan de palabras por sus trompas aspira/vomita versos y nada más.

Es mejor como elefantes pisar menos margaritas y entender que el hecho poético no es sólo la estética del ego, es el acto de renuncia, al poner miradas e imágenes en el tapete, no sólo para el destripe del docto de academia, sino y lo más serio para decantar la técnica en la alquimia de hacer de lo iluminado por musas y “ñusas” algo que rompa fibras y genere lo que no es necesario ser nombrado: el poema más allá del verbo, capaz de morder las tripas del lector de aula con la misma contundencia que el hígado del adormilado y curioso intruso de pasamontañas en la ladera ¡Salud por la poesía!.

martes, noviembre 07, 2006

Sobre el concepto de lo urbano en La Paz

Un ensayito, para quien no le dé flojera leerlo

La ciudad tan desnuda
en el fondo de su propia imagen,
la ciudad reducida a mostrar sus huesos
(Guillermo Bedregal G.)

Vivo en una ciudad de montañas y vientos de espada que va labrando la forma y el color de tus poros desde tu nacimiento. Me acoge esta “muela careada” a la que visitantes del sur le cantaron con ritmos del Missipi, permanezco en La Paz donde el blues tiene nombre de marchas y bocinazos.

Desde esta altura donde mis luces serpentean como estrellas de pirita, escribo a la madrugada paceña, despejando esto del imaginario urbano. La ciudad como producto nace geográficamente y se construye en hechos simbólicos, en sus representaciones por y en aquellos que deciden aprehender sus recovecos y beberla, aunque no siempre su vino sea agradable al tacto.

Escribo este ensayo que inevitablemente no puede dejar de ser prosa y me pregunto por el ritmo que les daré a mis palabras. Me responde entonces la forma de sus caprichosas laderas de ladrillo, los versos que la seducen y los cantos que músicos le ofrendan.

La ciudad como imaginario urbano, desde las ciencias sociales, podría entenderse bajo la noción de representación social, tomando como referencia la definición planteada por Moscovici (1981). Desde esa noción implica no sólo productos mentales sino que construcciones simbólicas que se crean y recrean en el curso de las interacciones sociales. El propio Moscovici (1981) las define como un "conjunto de conceptos, declaraciones y explicaciones originadas en la vida cotidiana, en el curso de las comunicaciones interindividuales.

En esa medida cabría decir que el Imaginario Urbano, como representación social,es fruto de una construcción simbólica tanto individual como colectiva que se expresa en las interacciones sociales y lo más importante que se expresa de manera dinámica.

Este marco me permitirá hablar de la noción de lo urbano como una construcción, una representación, aunque se que luego de lo teórico de una u otra forma acabaré volviendo a narrar lo que siento en las calles, es que es inevitable que la palabra no caiga del pedestal teórico para rodar por sus laderas.

Al respecto, recojo la frase de un amigo músico quien con humildad reconocía la arrogancia de sus últimos años, al dar la espalda a la ciudad. Es que tarde o temprano uno vuelve el rostro al Illimani y acaba regresando, luego de periplos por puertos lejanos, por ritmos anglos, acaba volviendo y mirando con humildad el sol desde la Ceja, es cuando nuevamente escucha los delirios de Borda y los Relojes de Sáenz.

Llega un punto, en este proceso de construcción de la noción de ciudad, que uno hace un corte y sus pies, sin saber como, echan raíces en su pasto seco. Es ahí tal vez ,como dice la canción que uno decide mirar los rieles del tranvía “…pasan debajo tus pies ríos contando secretos el pavimento no ve las rieles del tranvía…” (Villegas y Portillo, Canción Nace la Ciudad, 2006) y uno decide ir a buscar adoquines, escuchar las historias del puente en San Francisco, antes del 52, subir al tranvía en el botánico y “… beber su largo y blanco letargo, en la roca que mueve sus ríos, en tus cantos de ninfas de subsuelo …”(Evocaciones, Poema XII, Paul Telleria).

El Imaginario urbano de la ciudad, en la medida de lo anteriormente dicho, hace realidad en el cuerpo de quien lo narra, cuando uno decide dejar de ser observador y empieza a teñir sus poros en sus calles. La cantidad de tinta que hay que recoger del asfalto roto, es probablemente tema de otro debate.

No es mi posición hacer juicios de valor sobre la obra de tal o cual, o sobre como se debe retratar la ciudad y si es mejor morir en la calle como el Viscarra o escribir sobre la marginalidad de la ciudad pero siempre a distancia, sin revolcarse en ella, como el Saénz (Arancibia, Paulina. La Nación Chile. 2006). Esta es solamente una aproximación, a ratos prosada, a ratos teórica a esto del imaginario urbano y sus representaciones, la conclusión más merecida a estas palabras deberá ser colectiva.

Volviendo al tema, me había propuesto hablar de lo urbano, de eso que como dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua “…es todo aquello perteneciente o referido a la ciudad…” En esa medida podríamos decir que urbano es lo produce una ciudad, desde desechos sólidos, burdas imitaciones, edificios anti estéticos, música y palabras.

La ciudad, en cuanto a su propia subjetividad, aquella que nace y habla en lo que produce, puede entenderse como una mancha urbana de historias, una hilera de luces que van naciendo al amanecer, cada una con una lectura de su complejidad. Fruto de su experiencia y su historia social e individual, cada luz, como las que veo morir al amanecer ,parpadea como una expresión propia y subjetiva de la ciudad.

Resultaría reduccionista aproximarse a lo urbano como lo concreto, habrá que mirar más allá de la geografía concreta de tierra y montaña y pensar en lo que evoca y permite, en lo que en última instancia construye en un papel, en un pentagrama.

Sin embargo no es mi objetivo perderme en alguna bifurcación del jardín, parafraseando a Borges, sino más bien tratar de plasmar algo de lo urbano de la construcción cultural a la ciudad “real” como un todo “incapturable en su esencia” y del cual solo recibimos y devolvemos un reflejo.

Es esto, en última instancia, lo que constituye el imaginario urbano, el reflejo que va mutando en destellos de tiempo en tiempo, de momento en momento, la luz de quienes pasaron, de quienes hoy de paso estamos en sus calles. El reflejo es, en síntesis, un acorde, un grito, un garabato, la forma en que el corazón paceño devuelve a esta ciudad parte de su imagen y su viento lento.

Al hablar de lo imaginario, me remitiré, para no cometer el descuido de darles muchas flores a algunos y olvido a otros, a concentrarme en las palabras y la música como expresiones y representaciones de lo urbano.

Desde la perspectiva de cronista de mi ciudad, hace un tiempo trato de recoger lo que voy percibiendo en sus construcciones culturales como hecho urbano y sé sin duda que mi caminar morirá antes que sus calles, pero sé también que mientras las circule, su sangre latirá con más fuerza en mis venas…”piedra tras piedra caminare y secretamente llegaré al suelo que me ha visto crecer y en el que un día moriré”… (Villegas, Portillo, Canción Venas del Pasado, 2006) y trataré de recoger algunas formas de expresión cultural en música y literatura que retratan la ciudad.

Es importante entender que toda construcción se elabora a partir de la historia personal y colectiva de un actor social. La individual y lo social hacen entonces a la Inter subjetividad de quien mora, habita y respira en la ciudad. La construcción de lo urbano en expresiones como la música y la literatura, debe entenderse siempre desde el contexto histórico que funda la noción de ciudad, en quien decide “aprehenderla”, caminarla y tocarla.

A un primer nivel, a riesgo de lo que pueda provocar el uso de esta expresión “lo marginal” en la literatura me remitiré, no con el sentido peyorativo, sino más bien desde la metáfora a aproximarme a aquellos que escriben desde los márgenes, los bordes de este caótico conglomerado de edificios, ya sea por que deciden un autoexilio o no son parte de esa noción reduccionista y mal entendida de ciudad.

Más allá de la literatura purgante, esa para leer en el baño, que pulula en los suplementos dominicales, fuera de las burdas postales de suburbio gringo de tercera que puedes encontrar en algunos barrios o de los ritmos puertorriqueños en rapaz violación con quenas y zampoñas, bailados en discotecas, me remitiré a otras expresiones.

En esa búsqueda, mi primera parada será en Los Nadies, un colectivo de poetas jóvenes alteños, los nietos del patio trasero de los círculos Krupp, bien se podría decir. Ellos con puño de betún y lápiz de punta chueca , retratan en poesía descarnada su visión de ciudad desde El Alto, en Aykus como los de Rodni Montoya que te dicen con minimalista contundencia:

Flor de cementerio
duerme para siempre,
yo que te perdí, no lo haré
esperando.

O en la denuncia fruto de antiguas violencias que grita en el poema de Alem Quisbert

Paso mi niñez, pensando en venganza
Venganza de tanta muerte de mi clase
e imagine ser terrorista
paso mi adolescencia
pensando en venganza
e imagine ser guerrillero

Este recorrido por lo urbano, sin afán de ser un homenaje póstumo, debe necesariamente remitirse al “príncipe valiente de putas y maracos”, como se llamaba a sí mismo, Víctor Hugo Viscarra, quien con un lenguaje sabor a ají con pis, te estrella en la cara el tufo de sus palabras, Lo real en sus personajes hoy por hoy, así borrachos te hace recuerdo a lo que no quieres ver. A él se aproximan, los que buscan engolosinar su morbo en historia marginales, los amigos de la calle que son capaces de decirle al oído que no ha mentido y también los literatos de tijeras corta prosa.

El Viscarra ha muerto en la víspera, ha retratado en su lenguaje su noche y nos ha enseñado que para construir la imagen de la ciudad hay que vivirla al decirnos: “…no se puede separar la literatura de la propia vivencia, si no se reconocen los avatares y viscitudes que ha vivido y bebido…”…”la noche de La Paz es un laberinto que al no tener principio tampoco tiene fin y uno puede perderse para siempre”…(Víctor Hugo Viscarra, Borracho Estaba Pero me Acuerdo, 2003).

Al respecto más allá de su muerte ahora suena el eco del homenaje musical en “una moneda bailaba en su olla en su afán, mientras su tarka gritaba con furia haya en octubre, borracho estaba y me recuerdo, alcoholatum y otros drink” (Maldonado P., Borracho Estaba, 2005)

La oportunidad para remitirse a otros como Humberto Quino y Jorge Campero, Chapaco autoexiliado en La Paz el segundo, permite llegar a quienes son capaces de recoger y devolver la imagen de la ciudad jugando a poetas malditos. Uno encerrado en la biblioteca con la bufanda y los bifocales, maldiciendo a cuanto nuevo Guillermito o Jaimito pulula por ahí. El otro, vate de odas a los jeans descoloridos de paceñas, iluminando su vista con aire de Sandro trasnochado. De este segundo me permito escoger más por azar los siguientes versos:

Estoy escondido detrás de unos lentes de vidrios oscuros,
Los miro pasar, repasar, comerse mi pan, bostezar, aburrirse
Decir mentiras
Los miro crecer, descrecer, cortarse las uñas, oxigenarse el cabello

(Jorge Campero, Citado en Fosa Común, Antología Literaria Boliviana, Humberto Quino, 2000)

En esta ciudad que necesita que le hagan el amor, sus tribus diversas de trasheros, punks, villeros, hip hops, roqueros, han construido formas distintas de cantar su grito a las paredes y las calles de esta gran muela.

En la música, la ciudad nos regala formas de representar lo urbano que van desde aquellas que se apropian del “lunfardo” marginal argentino o más bien el “coba” de las villas. Donde la mezcla de ritmos como la murga y la cumbia colombiana seducen a huaynos y producen expresiones que cantan a esta ciudad, retratando y pintando una ciudad de cuentos del tío, de robos avezados y bailantas.

Muy lejos al otro lado del puente Topáter, La Paz ha adoptado con personalidad y esencia propia. El Hip Hop, el cual ha mutado desde el Bronx y se ha pintado de colores vivos y whipalas. La rima negra aprendió a cantar en Aymara.

Más abajito aparece la mancha sopocacheña que se cree el centro de lo urbano y lo bohemio y culto. De mes en mes, por esos lados, aparecen aquellos grupos mal llamados de Rock Urbano, redunda ese apellido en su esencia. Por esos barrios resuena la música de Atajo, cuya fusión con aires de flamenco, gaitas escocesas (aunque no se crea), cumbia, vallenato, kullawa, reaggue y morenada, ha logrado aglutinar en sus conciertos a cholitas, japoneses, izquierdistas, europeos y chicos del sur. Han logrado aglutinar en un boliche la mixtura de esta ciudad, la simbiosis poco sinérgica de clases, al menos de la media para arriba.
Otras expresiones, que representan una mezcla urbana peculiar, son aquellas folclóricas de la calle Illampu, donde la diferencia no se marca por el costo de la entrada, sino por la forma en que se vivencia los rituales y códigos urbanos. El acullico como hecho exótico en chicos del Sur y franceses, se mezcla con las escalas penta tónicas de Sicuris que van jugando al show para gringos.

Probablemente se puede dar la lectura de que el hecho de la palabra esa que significa la ciudad, en poesía, en graffiti, en rima de rap, aparentemente desplaza el significado del hecho urbano a las experiencias. Trasciende los márgenes de la mesa donde se escriben, las plazas donde se gritan y vuelve luego disfrazada y validada en otro lado, en aquel donde Punto Blanco hace moda la chompa del presidente, donde las trenzas son cool en San Miguel.

La ciudad sintetiza lo urbano como apellido, no como un todo, es así que uno podrá escuchar las expresiones rock urbano, arte urbano, teatro urbano. El rotulo como medalla para diferenciarse, como la muestra aparentemente minoritaria de una clase seudo intelectual, cuando va más allá de eso.

Lo urbano, vuelvo a insistir, debe leerse como aquello que late individual y colectivamente en los que habitan esta ciudad, cual hecho intangible y permite generar en todo caso formas de significación diversas, expresiones culturales dinámicas, que mutan y que por lo mismo no están ajenas tampoco a la influencia de otros imaginarios del globo.

Lo urbano entonces, va creando una identidad plural, habrá que escuchar sino la denuncia en rock duro en Aymara, impensable hace 20 años en eventos como el recién llevado a cabo Ayni Rock. Ahí se mueve sin duda otra noción de ciudad que muestra que la construcción social se transforma en menos de 30 kilómetros cuadrados y adopta aires propios, capaces de hacer temblar a la ciudad y gritar con poesía de pared y rap.

Luego de esta reflexión, de este paseo más de crónica que de análisis teórico, vuelvo entonces a preguntarme, ¿cuál la significación entonces de la palabra urbana, a la vez tan grande y tan corta para la metrópoli de alasita que me acoge?

Parecería ser que el imaginario urbano es esto que nos funda y otorga una identidad inconsistente, incongruente pero claramente paceña. Para apropiarse de ella habrá como diría Sáenz “no solo escribir poemas , uno en última instancia debe escribir de lo que conoce y lo que ha vivido” (Extracto de Entrevista a Jaime Saénz, CD La Bodega, Fundación Patiño, 2005)

¿Será acaso necesario dormir con quiltros en el barro y en una chingana para conocer lo real de la ciudad? O acaso ¿habrá que emular al Felipe Delgado, construyendo falsos trajes de aparapita para ser paceño, para conocer lo que yace en el otro lado de la noche?. Tal vez la respuesta debe estar sin duda en otro lado, tal vez habrá que releer a Tamayo para llegar a ella.

Considero en todo caso absurdo, plantear la pertenencia a esta mancha urbana en un continuo entre lo burgués y lo totalmente marginal, la ciudad “se está” y uno la toma y la bebe, o simplemente la ignora. El imaginario, pasa por la subjetividad de cada habitante que decide ser permeable a determinadas experiencias, como un proceso propio de construir la creencia y la significación del hecho urbano.

Cada quien podrá sumergirse en carne y pluma en la ciudad, ya que su llamado estará siempre presente, cada quien decidirá cuanto escuchar la furia del viento de la cordillera en su rostro y si algo le deja.

Mañana me iré y será inevitable, en estas blancas calles de Sucre, no recurrir a esos versos de la Matilde “desde lejos yo regreso ya te tengo en mi mirada ya contemplo en tu infinito tus montaña recordadas” para retratar el regreso a mi ciudad, a bañar mi rostro en el blanco del Illimaní, de aquel centinela urbano, que parafraseando al poeta se está.

El Illimani sintetiza en su permanencia la ciudad, porque es roca y es su inmensidad geográfica a la vez inmortal y por tanto, su certeza real. Es su existencia más allá del significante que queramos otorgarle a la ciudad, porque en última instancia nosotros vivimos en el imaginario de esta ciudad y él nos acoge como huéspedes de distintos tiempos y momentos, ésta acaso será la única certeza, él permanecerá luego de que nuestro último respiro seco muera.

Serán las lágrimas de río que reptan,
el largo camino de piedra que te acoja,
el que penetre tus talones desde el frío
Serán los adoquines en mordaza,
los que broten en tu caminar frío
serán el fluir y la furia que taladren tu columna
(Paul Tellería Evocaciones, poema XII, extracto)

Referencias:

· Bedregal, Guillermo (2002) , Ciudad desde la Altura, Editorial Plural
· Moscovici Sergei (1982) Representaciones Sociales Edit.: Fondo Cultura económica
· Quino Humberto (2000) , Fosa Común, 2000
· Sáenz Jaime (1980) Felipe Delgado, Editorial Visor
· La Bodega, Fundación Patiño, 2005, Entrevista Jaíme Sáenz
· Revista electrónica Palabras Más (www.palabrasmas.org, Volumen 5)
· Archivo Revista Palabras Más.
· Paulina Arancibia, La Nación de Chile, 2006
· Atajo (2005) Disco Sobre y Encima
· Casazola Matilde, Cueca el regreso
· Llegas (2006) Disco Hidrometeoros

miércoles, julio 27, 2005

SADE Y UNO MISMO


Había escrito temprano en la mañana, una líneas sobre el juego de ser victima y verdugo y alguna fuerza rara las elimino. Estuve trabajando ya hace mucho este tema. Desde el discurso siempre fue absurda tal posición y reivindique cuando pude el relativismo y la corresponsabilidad en todos los actos de nuestra vida. Defendí a raja tabla esto de que sobre todo en pareja, la relación se trata de un tango en el que bailan dos por tanto la posición de Victima y Verdugo, suele ser relativa y cambiante.

Sin embargo, en la práctica, uno mismo contradice el discurso y la teoría brillantemente expuesta en tribunales y conferencias, negando lo anterior con sus actos. Es más fácil entonces decidir ponerse en una de estas posiciones para sacar partido a algún provecho inconsciente, el cual trato ahora de descubrir, en arduas y dolorosas sesiones de diván.

Sin duda es claro, por demás está decirlo, que produce un goce masoquista el ser victima. El anticipar probablemente el daño, produce más placer que cuando este llega, el jugar a la angustia de montarse la escena mental con lo que puede o no pasar y luego encontrar que no fue tan grave, mantiene este juego, esta posición y está dinámica victimizante.

A raíz de esto, estuve también pensando en la dinámica del diván, en esto de mirarse de afuera, de verse sentado ante un otro completamente ajeno a tí que sin embargo conoce más de tus días que tu almohada. En eso se da un juego también masoquista entre querer entrar a la consulta y salir corriendo, todo esto pasa por la memoria minutos previos a la sesión.

Recordé también el espacio físico de la consulta, mirando desde la ventana un atardecer paceño, ¿será que deliberadamente apunta a Miraflores y no al Illimani?. ¿Será que debo no mirar nada y solo el techo para que el proceso sea más liberador?

Empiezo entonces en el espacio de análisis, a soltar esto de la escena del títere del juego de exponerme a las patadas del caballo, esperando ansiosamente que el golpe no sea muy fuerte. Voy poniendo nombre a lo que el inconsciente va mostrando y en cada corte en el discurso, van cayendo nuevas capas de cebolla y se devela desnuda la palabra vedada, el decir de aquel otro que duerme mientras lloró, de aquel que habla mientras duermo.

Esto de exponerse a la pata de caballo, es entonces por tanto deliberado, es algo buscado por uno mismo. El ¿Por qué?, habrá que encontrarlo en el trabajo duro de escarbar en uno mismo, en el deshollinar de la chimenea en la consulta, que no solo cuesta plata si no también es sin anestesia.

De momento esta claro esto de jugar al gato y al ratón, permite no hacerse cargo y mucho menos responsable de tus actos y genera una ecuación deliciosa y perversa, entre espera de la agresión y culpa. De una u otra forma, deseamos creer que merecemos ser culpables y esperamos el castigo, como una forma de redención. En el medio de ambos polos, se encuentra el títere, la victima esperando las puñaladas de insultos, el látigo en la palabra.

Es en ese juego que por un lado surge la excusa perfecta para ir por el mundo, para justificar los errores del trabajo, los problemas de pareja, del país, en fin la vida misma. Este juego nos lleva al papel de expectador de palco que decide no hacerse cargo y deja a fuerzas extrañas y malditas la responsabilidad por lo que le pasa.

Por ahora sin embargo, mientras voy lidiando con la palabra y voy reconstruyendo lo que mi inconsciente me dijo sobre el tema anoche en sueños, decido tomarme un jugo de naranja, respirar y pensar claramente en que puedo vivir este presente.

Por hoy llegue a tomar conciencia por el corte de palabra y por la bendita transferencia que me produce mi analista, que este juego durará mientras yo quiera que así sea. Así que fuera la capa de súper héroe y a chuparselas que hay mucho por hacer, que por cierto ya son las 10:00 am y no trabajé un carajo.

Si alguien quiere aproximarse más al tema desde la clínica psicoanalítica puede leer

LA ESCENA INFANTIL MASOQUISTA DE JEAN-JACQUES ROUSSEAU (El contrato sexual)
Análisis del célebre texto autobiográfico donde el autor de El contrato social narró la escena en que, cuando tenía ocho años, sintió por primera vez unos “goces dulcísimos”, al ser castigado por una institutriz. en http://www.pagina12web.com.ar/diario/psicologia/9-52749-2005-06-23.html