lunes, septiembre 05, 2005

El Juancho

Luego de una bizarra despedida de soltero con harta tequila–raspapecho ocurrió esta historia. Me encontré primero con Lía, la “Paragua”, ahora rubia, y en la puerta de su boliche vi a unos chinos, reventados a golpes, gritando quién sabe qué en mandarín a dos paquitos; luego, más tarde, unos “trabas” perseguían a un borrachito y la anticuchera peleaba por su cambio.

Mucho para mí, por lo que me dirigí a la lata de sardinas para zombies a tomar la jarra del estribo.En ese lugar uno se pierde entre melodías de Sabina en miradas turbias y cantos de magdalas, esperando inventar una historia con una de ésas que te dicen al oído “qué adelantas sabiendo mi nombre, cada día tengo uno distinto” y casi siempre acaba dormido sobre la mesa.

Luego de una jarra, mientras peleaba por tener la visión clara y conversar con aquella de graciosas medias de mariposas, dizque de Ibiza, me reencontré con el destinatario de esta nota. Lo volví a ver después de años, con los mismos treinta kilos, sólo que ahora a la mitad del camino. Aquel que dibujaba a Peter Cris en el banco del cole y soñaba con ser ginecólogo, ahora me saludaba como mesero.Perfil de pavo, cada vez más pronunciado y pupilas en flor, hígado seco reventando, uñas azules; con esa voz de locutor de pueblo y su chompa de tenista, me habló de cine, como en la premier de la peli por la que se jugó hasta el último peso, se define como cineasta, mientras con un aire de Tim Burton criollo va limpiando las cuatro mesas del lugar.

Ahí está, pese a sus achaques y su aroma a papel amarillo, el Juancho, cineasta paceño, haciendo un paneo de rostros en busca de monedas y deteniendo su agudo lente en los ojos de aquella de piercing caza bobos en forma de lunar encima del labio.Charlamos mucho esa noche y su memoria me llevó al cole, a ese cura que en su tiempo libre era exorcista y que con acento italiano te pedía que estires la mano para partírtela a reglazos.

Me acordé de mucho mientras el metanol chamuscaba mi sien, recordé a la casera que nos esperaba con hostias y pito en bolsita, las piñas de góndola y los partidos en la canchas, veinte contra veinte.Mientras escuchaba a Charly partiéndome el cuerpo, vi cómo, lúcido al amanecer, recolectaba monedas y lanzaba piropos. Con el paño húmedo en la mano, se acercó y me dijo: Te leo cuate, cuando no me duele el hígado. Aquí me ves, con medio pulmón y tres úlceras, pero vas a ver, la próxima película va a hablar de esto, de nosotros, de la mugre que limpio cada noche. A ver si escribes sobre este lugar, te invito una jarra por el artículo, pero, che, de una vez lánzale un verso a esa mina que hace rato te anda echando humo y guiños.

2 comentarios:

gamez dijo...

El Juancho, el mismo hombre perfil de pavo que me desperto de mi ensoñación con cleopatra...todo encaja y con esa descripción no es dificil imaginarselo, es interesante conocerlo aunque a decir verdad algo pesado y clefa.

El Fabulador dijo...

Charly, lo único que compartimos en el colegio. En mi caso no había góndolas, pero sí un gran arbusto humeante en medio del patio. Ahí, los partidos no eran de fútbol, sino que el pasatiempo era sentarse a hacerle barra a las compañeras que jugaban boley... Debe ser por eso que huyo hasta hoy día de todo lo que dejé en el colegio...