viernes, enero 26, 2007

Evocaciones Parte I Ciudad, poema VII



Aquella inmensidad blanca de espuma
levanta las manos en palidez alucinada,
resguarda lo híbrido en geografías de arcilla.

Retumba en silabas eclécticas y heladas
el canto peregrino que revive tu encierro,
a la diestra la silueta que late en sangre
alcohol y cebada han hablado a su memoria.

Presencia poética y furiosa cortando el pulso
la siniestra de frente en cúpulas de espina,
seco de frío, seco de viento, seco sin tiempo
arcilla que resguarda su noche en tinieblas.

Detrás la letanía de Krupp lo esconde
los cuerpos de la noche, de espaldas al sueño
el nombre del poeta, en la savia de sus versos.

Detrás se alza, en abetos y pinos
la mirada de sus letras, el pañuelo de sus rimas,
detrás sus tripas secas, la espina muda
orbitas huecas velando la ciudad de altura.

miércoles, enero 24, 2007

La Fortuna

La vida en la calle sigue, la lluvia como cada enero me humedece los callos y el barro seca mis uñas. Jode, hermano jode, que querés que te diga es la vida, así es esto de girar y girar la ruleta de calles, de laderas y plazas. Desde que vivo acá, me pasa lo mismo cada 24, es como sí de pronto te golpeará la lluvia y algo de ganas de continuar volviera.

Me voy a las “Alasas”. A las 12 se abre el portal dicen, esa que comunica la realidad terrena olor a meo de perro con la fortuna de los andes. Luego, cuando sea de noche, volverá a empezar este gran circo, donde amuletos y fetiches harán realidad cualquier tipo de deseo, si lo creés, si le ponés huevos al asunto.

Todo está noche gira viejo, en vueltas y vueltas, en calesitas tímidas, en puestos de churros sangrando aceite guardado. La vida, mil deseos, mil faltas, todos juntos acá en estas calles. Así es como cada veinticuatro empieza la vida hermano, cuando te acordás que tiene sentido lo criollo, lo mestizo, la tradición que escondés en el armario, pero sacás a relucir con desespero este día. Que payaso este ritual, los presos producen en serie esfinges y camioncitos todo el año, empeñando los papeles de su celda, su negro futuro para recuperar la plata que llene la panza luego de febrero y con suerte comprar un catre más decente y 20 gramos de base. Otros, los de pinta fina, se matan por comprar euros, autos, pasajes para emigrar de este "país de indios", como dicen. Gallos y gallinas para su harem. Todo a las doce, familias enteras venderán en la Alasita el mismo producto, ejemplo de consumismo criollo y de poca creatividad dirán algunos. Fuerza viva de la tradición que nos alimenta dirán otros.

En fin, en todo caso esta Alasitas, yo sólo camino como tantas noches paceñas, con la rabia en los zapatos huecos como debe ser, buscando tabaco con historia, no el limpio cigarro de paquete importado, aquel pisado, besado por mas de una boca. Enciendo un L& M, de esos viejos a la mitad, olvidado o arrojado por alguna mina antes de subir al taxi, que se yo y camino hacia el mercado místico de miniaturas.

La Paz, esta ciudad tiene historias en cada centímetro, sólo hay que escucharla en su noche. Es así que es inevitable no acordarme de aquel amigo de mis epocas de bancario, aquel que hoy tiene la panza hinchada de tanto bicho que se mete por hurgar en la basura. El tipo era contador en el pasado y como son las cosas, era bajito, pequeño y regordete igualito al Ekheko, por eso cada enero lo cargaban con eso de Dios de la Fortuna. Cuando el pobre tenía 4 hijos y andaba acogotado de deudas. Era pobre de caricias, estaba jodido de plata, pero que rico era, en su mundo de bromas. Vivía esperando el primer seco de chela fría del viernes, el cacho con los amigos de contabilidad. Luego la misma rutina en la oficina, se lamentaba de lunes a jueves no poder dejar la cerveza. Como amaba el vaso el loco este, más que a sus hijos, lo amaba como a su propia muerte.

El Juan, así se llamaba, se fue hundiendo, regalandose al tibio veneno, empeñando pega e hijos, para de un trancazo acabar en la lona. Ahora vive bajo la luna, como tantos de nosotros, buscando algo de fortuna en la basura, peleando con los kiltros un pan duro. No se quitó nunca el bigote y cada 24 de Enero se lo iguala con una lata afilada y se fabrica una panza de papel. Le encanta regalar billetitos de periódico, gritando que viva la fortuna.


La Paz esta llena de historias a cada centímetro, sólo salí a buscarlas en los basureros, espiando las manos bailando en la oscuridad de un bus a las diez de la noche, en las discusiones y llantos en la Pérez. Sí ponés atención escucharás el ritmo de la mierda coqueteando las piedras en el Choqueyapu, jugando con el agua pura que va perdiendo la virginidad en una orgía de cajas, latas y pañales. Esa que luego acabará regando una lechuga en Río Abajo. La misma que te alimentará mientras comes una Burguer King o una hamburguesa de a luca en la esquina.

Es así viejo, esta ciudad tiene un aire tan duro, tan caótico como el orden de sus calles, así tiene que ser. Te lo digo yo que me acuerdo como era cuando estaba al otro lado, cuando vivía el orden de libros y de horarios, con la pilcha bien planchada y el coche lleno de nafta. Vivía el ruido, el estrés, los balances, las reuniones importantes, para temas importantes.

Hoy tu me mirás de reojo en esta esquina, desde el vidrio y gritás que no joda cuando te digo “Soy un titiritero, quijote de las laderas, ¿te lo hago un poemita para tu mina?, ¡te enseño unos pasos de tango?, sí querés también te lo canto uno de Gardel. Por cinco lucas te lo escribo lo que sentís debajo la corbata y del calzoncillo". Te veo y me acuerdo de la bronca que antes yo tenía a los mendigos, luego me cago de risa al ver como tee cabrea que te diga, regálame para un trago. Se nota, todavía vivís esa tu tensión de oficina, eso de tengo que sacarle el jugo a la minita antes de llegar a casa a bancarte a la gorda. Si, lo sé, te da arcadas mi presencia, cuando te muestro mis barbas ralas y blancas guiñandote mi ojo amarillo y mi bilis te dice somos lo mismo.

Estas atrasado y ni me reconocés, por que es viernes, por que la mina espera en el telo ese de Sopocachi, por que sólo hay dos horas y la vieja te hace laburando en el banco, el mismo que hace diez años me cansé de bancar y lo mande al culo. Te revienta mi cara sucia y mi hablar pausado, por que te suena a político, te suena a ti mismo, te sueno a tu espejo a la mirada de futuro. Pinche burguesito, Dorian Grey de a luca, dale viví tu fiesta privada y garpa el burdo sueño de tu “secre”. Al final sabés que en casa está ella, la real, la que te hará un asado con huevo y te escupirá un beso oliendo a grasa y luego, mientras roncás como vaca, se masturbará mentalmente pensando en los huevos que tuvo la esposa del Coronel ese para meterle tres tiros mientras dormia.

Sigo subiendo, me encanta la mixtura caótica que se forma en esta feria. El café con leche de pis y mierda que baja por su espalda de cemento me arrulla y el olor a anticucho me mueve la tripa. Me divierten los hijitos de papá de andar seguro que de un empujón me hacen a un lado, las minas de gambas todavía firmes jugando al futbolín sin tener ni puta idea de cómo se hace. Esos más jóvenes a su lado que viven un clásico paceño, “¡muera el Tigre Carajo”! ¡callá choli de mierda!, “cómo es sí te gano la manga, pagas 5 más?”.

Me encuentro un choclo y media chela tibia, luego una vieja de esas evangélicas me habla de Marcos 15:10 y me regala plata. Me siento a respirar la fortuna, para ver si llega algo de suerte en los gritos de júbilo de los niños que ganan peinetas y llaveros. La puta esos rifles de pueblo con el caño en espiral ,son la mejor mamada a la esperanza pienso, mientras miro dos caderas de manzana bamboleantes tratando de acertar a una argolla.


Los rifles de espiral, el gordo de la tómbola, las paredes con graffitis urbanos. ”Goní Asesíno vas a volver, El Gas es nuestro Carajo!!. Tanta esperanza rifada en esta tómbola y basura. Patrioteros, pedos falsos, como cuernos se come esto del cambio. ”La Paz necesitas un buen trago”, estoy reventado de que nos mamen tanto.

De pronto aparece ella, la dama de porcelana y me deja en silencio. La miro como cada año, se para, compra una rifa y dos plantas de hoja de Eva. Camina, cabello seco, rubor de seda y anemia rota a golpes, vestido lizo, pantaletas de escarcha. Se para y grita a la lluvia que venga, que moje su vida, zafada, pidiendo que el cielo le moje la memoria. Para que, si seca igual no se mueve, pienso. Fue bella y de carne firme, bella como la hija de sus sueños y ahora compra la misma pavada cada año. Marchitada pero siempre acá en la Alasita orando a la abundancia, con la piel escupiéndote la vida en tus solapas.

Subo, ya falta poco para el morfe en las velas, cuando de golpe lo veo, ¡Juanito, el gordo del Banco! ahí gritando, “panza hueca de la banca de la esquina”. ¡Gordo forro! le grito y me mira de reojo, con su pinta de Ekheko deshauciado, mientras regala fortuna a la gente como cuando era viernes de soltero en los 80. Entrega billetitos, hechos con papel del Loro de Oro, que aguante viejo, bancarte horas al sol y con el pulso sin trago durante tres semanas, recolectando periódicos y haciendo cientos de billetitos. Agarro uno, es una serpentina de presagios….”La Mansión, anal 2 x 150 bs.”, “todo lo que aguantes por 100 bs, foto real” “Angela Travestí Educada” “Se necesita electricista”, “Yong Fung Acupuntura china” “Yolanda Yung Terapeuta de Familia”. Todo mezclado en su bolsa de yute, labio con labio, teta contra teta, fibra con fibra. La vida juega en su bolsa a la fortuna.

Ocho de la noche, mitad de la Alasita loco, viejas vinagre, niñitas bien, oficinistas con ganas de chupar luego de un Api, changos prestos a rifar la vida en las canchas. Todos pasmados viejo y luego cagando de risa, mirando como el Juanito regala papelitos. Ekheko de bigote ralo y mirada seca....!Buena Fortuna…Buena Fortuna, Jallala a los achachis, que viva el MAS Carajo y el paro cívico!

Me mirá desde lejos y lo abrazó. Dale Juanito, estás cansado viejo, vení comamos un anticuchos con unas chelitas frías, una vieja me regaló diez lucas, dale viejo. Me mira y se alegra, luego me dice, vez cojudo, gaucho ridículo, bien sonso y terco eres no me quieres creer, el Ekheko no falla, ya te dije, la fortuna siempre llega viejo. Si Juanito, tenés razón, tenés razón, vamos a comer que la panza jode.

Oye gaucho ¿vas a venir mañana otra vez,?. Si viejo, mañana vuelvo. ¿Te animas a gritar fortuna por todos?, seguro que sí, mañana volvemos hermano. Ya de la puta entonces, gaucho incrédulo ya vas a ver como la fortuna nos regala algo, apurá que es 24 y todavía falta conseguir unas pichochas, pero primero buscaremos un trago que esto de gritar cansa.

martes, enero 23, 2007

Crónicas de a pie (Poncho Negro)

El encuentro no buscado, casualmente cósmico dirías luego. La mateada en su poro con stevia y el acullico ritual en su sombrero, abrieron este portal a su purgatorio chamánico. Hoja blanca de La Pacha, hoja negra del Tío dijo y empezó esta charla.

El lugar, departamento sopocachense, habitado por ingleses con un aire supuestamente etno, para mi aymaramente Kitch. La cena un escabeche de pollo con beterragas, combinación agridulce mata pasiones para mi gusto; salame, pan alemán en la mesa y las risas con acento escocés perforándome la oreja, el postre. El vino dulce para matizar la charla en spanglish y mis bostezos, en la falda a flores de la gringa desgarbada, son el prólogo de la noche.

En ese lugar lo veo, con su sonrisa de medio lado, Pedro navajas de Yacuiba pienso, engatusando con fábulas quechuas a la inglesa “masista” de falda marroquí, la que cruza las piernas desenfadadamente y hace un guiño al publico, con esa entrepierna de vellos rojizos.

Me alejo al balcón de la casa y se acerca, Yacuibeño de diente amarillo y caballera de “Cherokee” me habla de Rimbaud, Breton, Borda, Saenz, Tamayo y aterriza solemnemente en Urzagasti, haciéndome un guiño con su ojo de canica. Se ríe diciendo que sus amantes "kaimas" no entienden esto del ajayu y porqué el pasado camina por delante en la cosmovisión andina. Se define como un tras disciplinario, un comunitario, caminante de las ciencias y las chacanchanas. He tenido que entrar en la universidad para validar esta cosa de ser investigador social, aunque lo mío es caminar dice.

Pito de kañawa, charque y acullico, son lo único que se necesita cuando se camina las comunidades. La bebida está en los secretos del camino, en la gente me dice. Responde a mi clásico que bonito, por decir algo sobre un aguayo de Tarabuco colgado de la pared, con una cátedra sobre aguayología quechua y mesas rituales andinas. Me habla de los dibujos y líneas, de la combinación de colores para la fertilidad y el cuerpo, todo en el tejido.

La coca y el mate son antioxidantes dice, me cuenta que en febrero cumplirá cuarenta, parezco de veinticinco ¿no ve? dice orgulloso. Como mi presidente duermo tres horas al día, pijcho cuatro libras por semana y solo mateo dice. Tengo la energía que me da La Pacha, la de la coca blanca, aunque también tengo la del Tío. Es que son complementarios, necesarios uno para el otro, afirma convencido. El Tío me ha bañado a veces con su fuerza, ese nunca te da poder o lujuria sin cobrarte luego la factura con creces, me dice. Como al padre del Goni que se reía en la mina, de mi padre y nuestras challas y "mesas", ahora está pagando, en su hijo se la está cobrando, dice.

Caminamos la noche y llegamos a un boliche de Sopocachi, reservado por la gringa de falda verde, bajos instintos. Entre tanto biólogo acabo sentándome junto a ella, la flaca de bruma. Recorro con los ojos su espalda, su cuello delgado y me devuelve una sonrisa embriagante preámbulo de sus besos tibios, pero eso es parte de otra historia, parte de otras intensidades, más allá de estas líneas.

En la puerta del boliche, el guardia nos decomisa la lata de mate y la bolsa de hojas de coca. Más tarde, en mitad del lugar dizque VIP, de su abrigo saca otra bolsita llena de hojas y sobre su sombrero de ala ancha despliega, como en aguayo, sus hojas. Chaman de mirada saltarina, flautista de los caminos, sólo ríe.

Personaje del exilio y de sombras, sin siquiera preguntarle, me empieza a hablar de los rituales del abandono; del amor carnal, de la renuncia y aceptación; del amor real que no se encuentra en una piel firme y jugosa dice, sino en esa gordita que te lo cocina con paciencia y va sudando sus jugos de embrujo en la masa de pan. Esa que con paciencia te da calorcito de panza incondicional cada mañana y cada noche. Lo escucho y cada cinco segundos la silueta de ella me hace guiños. Su cadera de manzana me manda mordiscos, pero ya lo dije eso es parte de otra historia, sus pecas, sus labios, son otro viaje.

Le pregunto por cómo metió las hojas de coca, que pensé que se las habían decomisado. Me dice que es caminante y conoce los secretos de la mirada y el escondite. Te voy a confesar algo dice, alguna vez fui poncho negro. Devuelvo mi ignorancia en un silencio y entonces me cuenta la historia del cerco a Cochabamba en 2003, de su periplo por caminos de herradura para llegar a la ciudad. Los ponchos negros me llevaron dice, ellos conocen los caminos de los incas como la palma se su mano, los sendero ocultos, esos de la montaña y de la tierra. Son pocos y muchos, todos y ninguno a la vez, mimetizados como camaleón entre las rutas, entre las calles se están.

Los poncho negro, se han compenetrado en uno con La Pacha, cuenta. Se nutren de la tierra en su camino, respetando el balance del cielo con el viento, como debe ser. Son espectros sí lo quieren, sí lo desean, aire en la cordillera y roca en la espera. Saben de la paciencia de mil años, de estar, dejando que su cuerpo se haga viento en cada paso. No añoran, no desesperan, no gritan, viven en la certeza del regreso.

Un poncho negro, camina en silencio y logra sus conquistas en la perseverancia, con la paz de la puna, la constancia de la espera y el ayuno. No pude ser uno de ellos dice, lamentándose de su incoherencia sus ojos se apagan, su locuacidad aparente de chaman cesa y calla. Fracasé por la carne me cuenta, el Tío me envió mujeres, cerveza y fiesta. No pude con la contemplación del viento, con la templanza de la lluvia en la montaña.

En febrero cumplo cuarenta repite. Al escuchar su historia, mi cerebro empieza a dudar de su caminar comunitario y dibuja un perfil ezquizoide para este personaje. Al final, sea cual sea la verdad, en su delirio tiene la coherencia de esa razón que nos negamos a escuchar. El Tío te manda buenas y malas cosas lo sabemos y te cobra, me dice. La Pacha nunca cobra da abundancia sin factura.

Se levanta entonces y empieza a bailar una canción de Depeche Mode con aires de Diablada, con aquella que mientras lo acompaña en silueta, me busca con los ojos, luego ella me dirá eres un celoso, pero eso es parte de otra historia, ya lo dije.

Luego de bailar, le regala a ella un palo santo tallado que más parece una pipa de esas rituales, ella ríe con esa blancura de espejo y me guiña el ojo. El chaman habla, anota teléfono y dirección y la invita a cebar mate con leña. Luego él se sienta a mi lado, y mientras acullica, me dice que escribe al caminar, en esta tierra. Conozco la piel y el embrujo del Tio afirma. Te recuerdo, me dice, como si intuyera el juego de pieles que se ha iniciado, hay mujeres que el te manda el Tio y otras La Pacha. A veces es mejor quedarse con la gordita nomás sentencia, otras es mejor correr el riesgo y encontrar tu destino, nunca se sabe cual camino es el adecuado, habría que subir a las montañas y escuchar lo que dicen los achachilas en el viento pero no siempre se puede, dice.

Antes de irse me da un abrazo, lanzando las hojas de coca a mis pies. Coca negra dice, lo miro, bebo cerveza y muerdo el tallo de la hoja, irreverente ante sus profecías. El se ha ido, poncho gris pienso, poncho paranoide y me río.

Al final como decía aquel de sombrero de ala ancha, Pedro Navajas de Tupiza, sólo en el camino sabes que clase de embrujo te manda la vida, si fue una broma del Tío o un regalo de La Pacha.
El se aleja, luego de un guiño y yo me voy con la mujer de bruma. Tiempo después, luego de aquel encuentro, en este café escribo, con mis palabras sudándola y me pregunto si algún día me llegará la factura por aquella madrugada en su piel.

lunes, enero 22, 2007

Su noche


La geografía de su noche me ha llamado en silencio, convocando mi bruma al rencor de sus palabras. Vaciado de gritos en caminos de destierro, mis pupilas negras han caído en el pozo rojo de su sangre.

¿Lo sabías verdad? intuías que el encuentro era sólo eso, un arañazo fino en mi piel de
tambor. Por eso he vuelto a caminarte peregrina, así con caricias quedas, mis suelas te han contado este destierro y los tropezones ciertos han dado el anuncio.
Por eso hoy su imagen acompaña el destierro, en esta noche larga que retumba en la huida, las trampas del asfalto me han contado el secreto del vacío, en que se engolosinan los gusanos en sus órbitas huecas.

Lo sabías, en el tacto de su noche he dejado mis letras, un puñado añejo de palabras transformando el vomito de mis yemas y entonces, sin apenas pensarlo, mis labios han pronunciado su nombre.

(De Evocaciones, Parte I, poema 6)

viernes, enero 19, 2007

A tu viaje


Conocía poco de tu noche, eso que intuye tu palabra escrita en piedra y sin embargo me ha cubierto el manto de tus gritos.

El ruin repique de penumbra ha convocado a mi piel y a mis huesos, al camino que esconde tu mirada.

Conocía poco reconozco y sin embargo has inundado cada poro con tu eco casquibano. Fiel a la estrategia de la huida sólo un canto mudo en ti ha cesado.

Bienvenida

Esta es una pared negra, escondida detrás de una pantalla, en la que me expongo, me develo. Tu me hablas de los riesgos que entraña este asunto de mostrarse a pecho abierto, yo de la soltura que me produce desnudarme en palabras ante tus ojos.

Vuelves y me robas las palabras, miras el entorno y concluyes que el Deja Vu también fue un sueño. Hoy en la realidad del atardecer te acercas, te gusta jugar con la oreja izquierda, mientras estos dedos saltarines despiertan tu hombro y juegan a encontrar el mapa de Australia en algún lugar bajo el pantalón negro que te cubre.

Vuelves a las paredes, a mi cuerpo, a mi encierro a mis palabras, vuelves y eres bienvenida.

lunes, enero 15, 2007

El encuentro

Pidiéndome que la escriba, me llamó al amanecer, con ansiedad, para contarme la historia y del insomnio que lo tenía vomitando ese cuerpo hace días. Quedamos en tomar algo y charlar, él creía que con mis aires de cronista podía servir de un buen escriba para recoger su historia; nuestra amistad hacía imposible rechazar el pedido.

Él era un personaje mágico, no por el aura que proyectaba a la gente o los sentimientos que despertaba en otros, sino más bien por la cantidad de supercherías con las que llenaba su vida y, a la vez, es justo también reconocerlo, por ese afán de vivir en su propia historia, la de personajes literarios, los propios y los prestados. Se consideraba un espectador de sus días, un ser que miraba de palco lo que le pasaba, tal vez por eso la angustiante necesidad de narrar una y otra vez sus experiencias a alguien que les pusiera nombre, armara la puesta en escena.

Por azares de la vida, me encontraba clavado hace años en este rol de escriba, ofreciendo mi servicio en la prensa local como transcriptor de historias de todo tipo. Debo confesar que no me podía quejar, el oficio me permitía costear el alquiler y mis cervezas. Él había leído muy bien mi morbosidad en esto de recoger historias ajenas, y luego, contra el compromiso de confidencialidad asumido con el cliente, desnudarlas en el papel, en internet y en panfletos literarios de poca monta; por eso, tal vez, el nexo entre nosotros dos, aunque es necesario aclarar que esta iba a ser la primera vez que sería mi cliente.

Ese día llegué al departamento que él alquilaba en un getto paceño, me senté, abrí la libreta y, entre copa y copa de vino, lo escuché. En palabras teñidas de reflejo de nube, con la llorona de la Chavela taladrando el parlante, empezó a dibujarme la historia. Mientras hablaba, su mente se vaciaba de falsas memorias, de estertores corporales y, sobre todo, de la cursilería que durante aquella noche había bañado la ventana en el amanecer a su lado. Ella ya no importa, en tanto cuerpo, en cuanto piel, me dijo, es simplemente una palabra trémula, su nombre, y son mis dedos los que gritan por construir su propia historia para, despojándola de piel, de todo fluido corpóreo, hacerla inmortal; es por eso que te convoco, sentenció.

Panza vacía, cuerpo limpio, mente supuestamente llana y clara. No hay tóxicos en sus venas, mucho menos los fluidos acuosos de esa mujer; la gelatinosa miel de sus caderas profanando sus poros se ha marchado. En esa medida, consideró que era fácil relatar el encuentro así, con lo que llamaba bisturí objetivo, y jugar en la memoria con el eco cada vez menos intenso de esa presencia ácida.

Lo miro mientras narra esta historia y trato de dibujar en palabras los restos del encuentro. Como siempre en cada encargo, debo asegurarme de que mi pluma recoja todos los detalles del juego; es así que fui dibujando los restos de su memoria, mientras él inflamaba los ojos de humo, convencido de que sin duda aquel espectro, como la llama, era una mujer de espuma, un dejavu con plumas livianas y caderas filudas que le regaló el diablo en una noche teñida de cromo y mercurio, nada más. Era típico en él construir argumentos mágicos, invocando a demonios, cuando se topaba con algo o alguien sobre lo cual no tenía control.

Me habló de esa extraña fuerza que recorrió sus piernas cuando, en el viejo colchón, el reflejo del poste de la esquina barnizó su espalda de arpa en la madrugada, y entendió que era más que eso. Recordemos que, en su superstición, tiende a creer bastante en lo que llama causalidad cósmica, por lo que convierte cualquier encuentro casual en un baile con musas, y luego, con la facilidad con que se encandila, pasa a adorar la oscuridad.

Me contó en detalle cómo congeló el instante en que ella saltó de la cama y, en una caminata acelerada, fue hasta la sala para atender el repique gritón de su celular. Escuchó cómo su voz se fue quebrando y debilitando al responder a quien, del otro lado, le reprochaba, y no le importó. Recuerda bien cómo fue desparramando plumas por el piso, tiñendo su espalda y muslos, en el aura púrpura, mientras su mirada adormilada reía furiosa.

Me contó que el encuentro fue abrupto, como ese juego de memorias que invoca aquel amante de la kabala, de la numerología y de personajes mitológicos. Un haz de luz se trenzó con un temblor de vela, dijo, y se mató de risa. Empecé pidiéndole un cigarro, dijo, y luego, como certero balazo, le lancé la clásica cursilería de que “yo siento que te conozco de algún lado”, ella, con un guiño de ojo, le replicó: “dejavu se llama, yo también lo siento”.

Así empezó la historia. Mientras hablaba, su rostro recuperaba esa rigidez del día que lo conocí, tiempo atrás, en la cárcel de San Pedro; tensó el puño y, elevando la voz, dijo: “Era un silencio en silueta larga, silente línea tesada de cervicales al cóccix, pidiendo que me vuelva flecha, que me entregue a volar desde su arco y esparza mis sesos por el techo, para que ella beba mi razón y mis memorias”.

Me habló de cómo le robó cada palabra antes de que él pudiera decirla; me quitó el guión y, luego de desarmarme, dijo: “Me gustan las historias que terminan con sangre, esas tienen sal”. Es en ese momento que jugué a contarle la historia de Nancy, la changa de la novela de Capote, aunque luego entendí que la diferencia en nuestra historia sería que, en este caso, mis sesos acabarían en la almohada, en vez que los suyos. Es aquí donde, ni bien empezada la historia, él la sentencia y escribe el prólogo de su profecía autoanunciada.

Con esa su falta de orden, volvió de nuevo al encuentro en el boliche y dijo: “El lugar era absolutamente absurdo para juegos metafísicos, la cerveza dormía mis sienes y el tabaco egoísta perforaba sus ojos sin dioptrías”. Esos que gracias al azar auscultaron su alma de perro y poeta roto, pensé. Recordó que el ambiente del lugar donde la conoció era un vacío encuentro de paseantes. Estaban: la gringa, aquella con sexo como el de Sharon Stone, haciendo guiños debajo de la falda a flores en cada cruce de piernas, croando sus ansias al de camisa roja; el anfitrión, cabeza de zanahoria, new yorquino, bailando en desafinadas convulsiones ese himno gay de la Gloria Gaynor, que le daba el aire metro sexual a la noche.

Me habló también de cómo al otro lado permanecía sentado, en pose de chamán destronado, aquel otrora vicepresidente, hoy consultor, acullicando en pausado ritual, tomándose el tiempo para sacar los tallos y colocar las hojas, simétricamente alineadas, en su paladar. A su lado, el de cabello largo y grasiento, con botas de caminante y abrigo negro, sostenía que iba a cumplir cuarenta y que su rostro era de veinte gracias a la hoja de coca y la hierba mate, “seudo poncho negro”, como descubriría más tarde; pero eso es parte de otra historia. Al frente, estaba aquel amante de la cocaína, caspa de Satán, como diría el Velásquez, y quien, en ese entonces, alababa a Dios con gritos y severas alabanzas, mientras se preparaba para ser pastor evangélico, aunque era sabido que tenía el miembro inflamado de lujuria y no iba dejar tan fácil sus antiguos hábitos.

Según lo que él pensaba, fue un juego de azares y angustia, y para ella, “sólo el lugar y la hora donde se encontraron deseo y oportunidad”, replicó, “razón por la cual, entre cerveza y cerveza, fue depositando las agujas de sus ojos en mi pecho”. Con su recurrente forma de adjetivar, me contó que ella aleteó sedienta, sumergiéndose primero en los cabellos del caminante grasiento; luego, en el baile pintorésco del gringo, para terminar bailando salsa con el pastor evangélico. Mientras él, como avestruz, buceaba en su cerveza, ella iba trazando el mapa del lugar y las miradas, sondeando, buscando, el cuello exacto. Sí, estaba definiendo la presa, estoy absolutamente convencido, dijo, mientras lo intangible, aquello que algunos aseguran que es espíritu y pesa 25 gramos, seguía envolviendo el tacto y el verso del poeta, sin que ella acaso lo intuyese.

Le lancé eso de “me importa un pito…”, del Girondo, lo de “tanta casualidad junta da bronca”, y sus parpados respondían con flash de cámara trucha sin pilas. Me causaba gracia su relato, la forma de imposibilitarse, de invalidarse a sí mismo. Recordemos su historia, era, en pocas, un seudo nieto de Pedro Infante que renegaba de su machismo. Pese a ver como inflaba el pecho de seductor con cada palabra, no podía evitar sentir lástima. Sin embargo, era mi deber escucharlo. Era mi oficio.

Luego me contó que hablaron de varías cosas, entre ellas, las muestras de amor, del Epitafio de la Ramona Escalera en Felipe Delgado, el cual repetía de memoria, como mantra, de su atracción por Van Gogh... Yo me mostré racional en ese momento y, como psiquiatra barato, reduje el romanticismo del pintor a un acto impulsivo fruto de la psicosis. Me miró y afirmó que para ella era una muestra real y verdadera de amor eso de regalar partes del cuerpo a alguien.

A esta altura de la conversación, era importante no dejar caer detalle, ya que caso contrario, mi relato no sería el alimento esperado para quien lo compraba, por eso le pedí que detallara más el encuentro. Teñí la madera del piso con mis versos añejos, bebí el vino prestado y emprendí la huida, dijo. Reconozco que mi retorno no pudo ser más cómico, añadió, esperé menos de dos sorbos de cerveza y volví con la chamarra puesta a dar un abrazo al agasajado, y a ella, un beso. ¿El resto?, le pregunté. ¿Qué resto? ¿Lo insoportablemente no leve?, pues seguía ahí, construyendo un camino sin ruta aparente.

Ella se quedó mirando los ojos de canica del “seudo poncho negro”, mientras bailaba fingiendo no percatarse de mi machismo herido, del juego de “me llevo mi pelota”. Después, me lanzó una mirada y el típico “aún no te vayas”; el resto fue historia predecible, al menos para mí, al menos para ella, que ya había barajado las cartas en una correcta proporción de costo-beneficio.

Personalmente, creo que el tema fue, otra vez, su absurda necesidad de aferrarse a la ficción, y que hasta ahora se niega a entender lo que significa un baile de pieles y ya. Sería redundante contar lo que pasó luego, se fueron juntos a su casa. Ella disfrutó unas cuantas palabras, bebió otros versos y se aseguró de dejar marcas suyas por el lugar. Hizo que le enseñara la casa en detalle, criticó las lámparas, las paredes, se arrancó tres cabellos, los dejó por la alfombra y rechazó el piropo a su perfume con toda una cátedra sobre los aromas y Suskind.

Me confesó que, ya en la intimidad, se negó, como lo había hecho desde el principio, a recibir cualquier tipo de orden, desde las más simples, hasta las más lúdicas, como “date la vuelta, quiero ver tu espalda arqueada en mi embestida”. Aclaremos que, según me contó, ella fue la que pidió ver su refugio, la que fue tomando detalles del lugar, como la rosca navideña en la puerta, el orden de los libros y discos, para luego restregarle en su cara, como piedra pomes, sus manías, rituales y la presencia etérea de sus ex mujeres en la casa.

El resto fue sacarse el gustito, dirían por ahí, dejar que el tacto haga lo suyo, beberse piel a piel, y nada más. La noche se dio con ese aire de canción de Sabina y con la Chavela Vargas rompiendo las ventanas en el viejo monitor, mientras las pieles cantaban eso de “ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano aquí”.Luego, el enredo, el encuentro de la savia y su vientre de pitón succionando hasta el alba sus versos. Demás está decir que su afán de no recibir ningún tipo de orden o expresión machista se manifestó en una furiosa cabalgata encima suyo, a lo rodeo, que acabó exprimiendo el calcetín de látex y haciéndolo girar en su interior como un lazo. Obviamente, la consecuencia fue predecible: el látex desapareció y el cuerpo del poeta soportó los embates agresivos y las serruchadas de su cadera tibia y agridulce, pero nada más. La explosión de mi cuerpo en el momento cumbre, barniz que ella anhelante pedía para sus poros, jamás llegó; tal vez es lo único de lo que me arrepiento ahora, dijo. Dado que ella disfrutó múltiples descargas eléctricas en su vientre, durmió plácidamente, dándome la espalda, mientras mis ojos dibujaban algún tipo de conjuro poético en el techo; pero nada de eso sirvió, poesía y sexo no encajan, lo volví a comprobar.

La despedida fue simple, recogió su ropa desparramada por la casa y se vistió. Él no pudo evitar el momento para lanzarle una ráfaga de zalamerías, empezando por la clásica imagen de postal, mostrándole, en un abrazo, cómo la niebla daba brochazos en los cerros, cómo las luces de la ciudad morían en un naranja tibio, dando paso al azul oscuro de la madrugada. Luego, la cagué con mi insistencia, confesó; la estocada machista de ponerme la ropa apresuradamente y ofrecer llevarla en coche las tres cuadras entre mi departamento y el suyo fue el colmo, lo acepto. Ella, obviamente, respondió con insistencia que se iría a pie, pero salieron nuevamente mis genes de Pedro Infante y, con voz firme, dije que era peligroso y de un empujón la subí al coche.

En este punto, es importante añadir que por menos cortó el cuello de su ex mujer, cosa que, sin duda, ella ignoraba. En la despedida, más que predecible, le dijo eso de que ahora se enamorará; ella respondió con un racional “es absurdo, fue intenso, sólo eso y déjalo así”. En la puerta de su casa, un beso tibio de ventosa y un gracias, no sin antes ponerle un dedo en los labios y decir “shhh, yo te llamo”. La verdad, a este punto sentí que perdía el tiempo y entendí cada paso de ella.

Apuré el vino y respiré para escuchar lo último. Me habló del silencio que ahora disfruta, similar al que vivió en la celda; me explicó que había extrañado una patada de yegua en su pecho, ahora tenía tinta para sus versos, dijo. Me contó también de su profecía auto anunciada de ser abandonado, esa que tanto le gusta, por esa necesidad de construir la amante de bruma, liviana y espesa en la mente, que inyecta sangre y melancolía a su noche, pero nada más. Los días han pasado, cuenta velando disciplinadamente su recuerdo, recorriendo sus pasos y, en la memoria, cada rincón de la casa en busca de alguna pista, cada espacio de su cuerpo en busca de antiguas sensaciones. Luego de tanta obsesión taladrando mis días, sólo conseguí un orzuelo, mira, me dio mal de ojo, dijo, tanto pensar en Lilith. Suele dar ese nombre a todas las mujeres que lo acuchillan, luego las pone en un altar, en homenaje a la primera esposa de Adán, aquella primera en escupir al macho, dice.

Me mira, con ese lagrimeo constante en el ojo izquierdo, con el párpado hinchado como bolsa de canguro, y convencido, dice, que fue lo único que logró luego de evocarla. Luego vuelve a contarme de los fluidos secándose en las sabanas, de las paredes que guardan el eco de sus humedades y demás pajas.

Antes de salir, con ese aire de macho desahuciado, me cuenta que le mandó una flor hace unos días, una blanca, me dice, con una nota deseándole buen año. Asegura que no fue su objetivo acosarla, simplemente hacerle saber que la piensa y seguirá esperando, aunque ya tengo preparado el siguiente paso si no funciona, dijo, jugando con el vidrio.

Cansado, me fui, con tres hojas en mi libreta resumiendo su angustiosa espera. La verdad es que no sé cómo ordenar tanta añoranza y obsesión para entregársela; estoy convencido de que ella, esta vez, se equivocó, eligió mal la víctima.

Viernes siguiente, en el clásico café, ella llega tarde como siempre. Empiezo hablándole de cómo me dijo que la añoró en su macurca de vientre. Ella escucha atentamente, le doy el texto y lee “...en la evocación de las paredes he decidido nombrarte...”, lanza una carcajada; me confiesa que luego de que él la dejó en casa, durmió toda la tarde; me dolían los ojos, tenía chaqui y no paré de soñar con Samiel, mi novia de Israel, dijo. Lloré sí, el lunes toda la noche, mientras mis dedos ansiosos jugaron con mi cuerpo, recordándola. Después de media hora de charla, ella pagó el café, recogió su pañoleta de seda y se levantó. Pese a conocerla de años, recién aquel día entendí esa metáfora de espalda de arco, de mujer de espuma, que me había dicho el poeta. Al despedirse, me dijo “gracias por el texto, lo guardaré en mi cajón. Te llamo si la historia tiene otro capítulo, uno de esos con sangre, talvez, o cuando conozca a otro tipo”. Me dio mis cincuenta lucas y se fue sin voltear atrás, como siempre.

Luego de esta historia, decidí dejar la pega de cronista y buscar otra fuente de ingreso. Llamé a mi amigo poeta y decidí confesarle todo. Tomamos unas cervezas toda la tarde y cerramos el capítulo; al menos eso pensé. A la semana de nuestro encuentro, ella recibió en una caja un dedo índice con una nota: “Para que te ayude en tus viajes a Israel”; y yo, otra, con un pendiente de plata en los restos de una oreja.

miércoles, enero 03, 2007

El perfume

El eco de tus gritos refugiándose en mis poros. Piel de ventosa envuelve heridas,
¿dónde pongo lo hallado; tus miradas, cabellos, lunares rodando por la alfombra, caderas serruchando el alma?

¿Dónde, tus huesos tibios, labios agridulces y vientre de pitón?.
¿Dónde?, ahora que el silencio es sentencia de piedra.

¿Qué hago con tu perfume en mi cuerpo, en las sábanas, paredes y alfombra?
Ponlo en una cajita y espera..dijiste

viernes, diciembre 22, 2006

Cerrado por vacaciones


Este bloguerito se toma vacaciones, se refugia por un mes en las montañas para reflexionar sobre las sonseras cometidas en el 2006; supuestamente año del perro, supuestamente mi año, el que al final acabo resultando un año mas perro que del perro.
Me recluyo, también para agradecer por las cosas buenas del año, por el amor incondicional y puro de mi niña que contra viento y marea Dios permitió que esté a mi lado. Agradezco también por las personas que la vida me puso en el camino, las amistades increibles que hice por el Blog, no nombro a ninguna en particular por no cometer un error de omisión.
Agradezco de corazón tu presencia encandilante y de fuego los primeros meses del año. Te agradezco también a tí, mujer de cuarzos y piel tibia, por tu llegada clara, firme y paciente al cerrar el año.

Bueno, por último gracias a todas y todos aquellos que leyeron, opinaron, criticaron, dieron palo y demas vainas en este blogg.


FELIZ NAVIDAD Y UN MEJOR 2007, año cabalístico, tomando en cuenta que nací un 27 de un año con 7.

¡SALUD!

miércoles, diciembre 20, 2006

Casita Verde

Aquí encerrado en mi casita verde, con el kepi en los pechos de mi ñatita good year. Había pensado tanto en estos tubos, en el viento mueve faldas, escuchando la ciudad en tibias manos, noche tras noche.
La había visto, arrodillada, peregrinando del Club de Cleopatras a la esquina miraflorina; pintando en la acera viñetas de la Biblia. Lloraba en tinta azul eso de ...Yo soy el camino, la verdad y....
Me había dicho que cruzar El Puente era un ritual para las virgenes y lanzarse volar para las violadas. No había entendido, borracha estás señorita, recogete le había dicho.
Frío me hacía, recuerdo clarito, los gritos, el llanto congelado. Después, un, dos, tres, chapuzón de asfalto. Ella pintaba viñetas, mis manos sintonizaban La Chacaltaya, así en mi casita verde, con temblores fríos y Veneno sonando.

lunes, diciembre 18, 2006

Seco

Él, viento negro, manos de arcilla taladrando el eco muerto de sus ojos.
Ella, brisa ámbar en poros seda, perfora el aire oscuro en su lengua.
Muerto el tiempo, el viento y los jazmines.
¡Mierda!…aún es de noche.

Adios Equinoccio (1992-2006)

"Mientras miro las nuevas olas tu eres ya parte del mar" (Seru Giran)

viernes, diciembre 15, 2006

¡ENAY PUEJ!


Por gentilieza de Rondeldía, esta canción del Papirri, que muestra lo que ocurre en mayor parte de Santa Cruz. Copió textualmente el texto de Ronald:

La canción ilustra lo que ocurre en la mayor parte de Santa Cruz, allá donde la gente
vive la vida honradamente y trabajando duro para mejorar dia a dia, donde
los apodos se basan en el carácter cómico de cada persona y no en temas racistas, donde los cambas se mueren por bailar tinku y los collas se esfuerzan en bailar prendido, donde se amanece desayunando horneaos y se duerme cantando morenada...

Por que Bolivia es una sola, con ustedes ...

Enay Puej

El nació en Tembladerani,
ama el llimani, le dicen Coné
tiene la fuerza del aymará
cinco é la mañana tomando café

Trabajando desde niño
vende en el puestito de mamá Inés
abre sucursal en el oriente
el calor no miente puede más la fé

Ella es nacida en Porongo
cintura é guitarra ojitos de miel
tiene la gracia chiquitana
ya por la mañana con el jasayé

Trabajando desde niña
vendiendo masaco, charque y cuñapé
lleva achachairú al mercado
en canasta grande puede más la fé

y de pronto en la plaza
se encontraron las miradas
ella con sus pupilas
incendió el día de amor total
él lustró las pasiones
cortó unas flores,
es la fuerza del amar

Enay puej,
enay puej,
dice el colla camba
abrazando a su mujer
enay puej,
enay puej,
es la camba colla preparando el jasayé

Vamonos al campo almorzando
ya viene cantando el atardecer
tráete a los dos peladingos
que los bautizamos
como a chairo y cuñapé.

miércoles, diciembre 13, 2006

En la ciudad oscura

Al Peter y su cometa

Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto de la ciudad oscura con el ruido a lo lejos es seguro que suspirará, yo suspiraré. (extractos del Poema, Al pasar un cometa, Jaime Sáenz.)

El había caminado mucho los últimos años, buscado demasiado por las calles de esta ciudad. Aquella noche, con los tobillos hinchados como pepa de palta y contra toda indicación del amigo médico, decidió trepar la serpiente de cemento hacía el bosquecillo. Abriéndose paso entre muros de ladrillo y perros lame muerto iba llegar al lugar. Mientras trepaba, a cada paso volvía el recuerdo de sus gritos negros en la madrugada, despertando al cuerpecito adormilado y frágil que empezaba a latir sobre su polera de "Los Ramones".
Esquivando flashbacks, arañazos y maldiciones trepa. Alentado por los aplausos de la brisa en el bosquecillo, sube. El pecho a mil, esa costilla charladora y el queloide, hijo de una punta oxidada en el hombro izquierdo, no lo dejan toser en paz. En el último escalón da la vuelta, mira la mancha de luces temblorosas a sus pies, estira los brazos, saluda a la bruma y bebe los gritos de la ollada.
Al otro lado de la ciudad, ella esperaba en mitad de la avenida. Iba vestida con una bermuda acaricia muslos, corsé de encaje y un abrigo negro que a cada paso besaba las venas azules de sus tobillos. Todo el atuendo negro y unas botas hasta las rodillas con cierre largo. Mirada violeta en pálidos ojos delineados con lápiz negro, puerta abierta a su profundidad de hechicera. El cuello envuelto en un collar con puntas de metal, esconde aquel de perlas que juega con su pecho. En el bolsillo izquierdo del abrigo, un peluchito al que llama "mi hijo". Su dulzura dark, hipnótica, envuelve el viento con sus ojos. Eclipsadora de sombras, Lilith reencarnada en Chuquigago, espera en el bullicio del centro. Su mirada busca en los cerros y no encuentra el suspiro. No escucha el crujir de costillas rotas, el corazón entregando sus días como decía el poema. Suspira, bebe bocinazos y piensa en la mentira de sus versos. Lo añora sin rostro y camina.
Ya en el bosquecillo, él mira la ciudad de pie. Lleva un impermeable negro que juega con el pantalón igualmente negro, mientras el viento patea sus canillas. Las botas de soldado de caballería del Chaco, punta de metal y cordones hasta la rodilla, recuerdan la anestesia en los pies que llegaba luego de entregarse al metanol en el antro dark y los empujones en el concierto punk. Los gritos de ella, ojos rojos en delineado negro, pidiendo besos, gritando que se vaya que iba a doler.
Ya no nieva, como en la canción que el Felipe bebía (...nevando está...), en la melodía turbia del licor. Sólo la brisa de la altura mece las tarjetas navideñas en el Cementerio. En el eco de Villancicos a pilas arrulla muertos, espera el último sorbo. Las risas de los cuates muertos, Juantwotree, el Polcos lo llaman desde la vieja riel. Cuenta los escalones, no escucha sus pequeños suspiros como decía el poeta. Se corta una mano, se araña un brazo, espera el vuelo de su risa en la cola del cometa y no llega.
Estira las piernas, saca del bolsillo derecho el recuerdo. Mira el dibujo en la parte de atrás, es un círculo abollado en el parietal derecho con dos ojos y una boca en mueca. Es su propio rostro, lo sabe por que le cuenta el viento y la imagen de su manito tibia de niña dibujándolo, que vuelve, que lo toca, que grita.
Ella se sienta, se quita las botas besando la punta de flecha con los pezones fríos y arropa a "su hijo" antes de leer a Kafka. Suspira y tose tabaco ya no dibuja círculos abollados. La noche tiembla más que de costumbre, la puerta negra no devuelve su risa, el nombre del padre. Patea la vieja foto de su madre, apaga la lámpara y duerme.
El moja la garganta, termina el vaso. Diecinueve años sin ver a su hija son muchos piensa, si sólo nevara se dice. Da la vuelta el recuerdo, en el anverso una foto. Mira y besa el pecho iluminado con un tibio haz de luz. El cometa no llega, entonces se lanza y vuela. Su impermeable acartonado detiene el impulso, no el impacto certero que hunde el parietal derecho y dibuja en su boca una mueca. La tierra de esponja bebe su sangre. Suspira adormecido y mira su cuerpo, el retrato en su mano le muestra a la mujer de corsé negro, collar de perlas y ojos de hechicera. Con el pecho adormecido respira y al pie de la foto lee. "te aman, tus princesas".La luz se vuelve negra, el suspiro llega y cesa. No existe en la muerte, su preciosa compañía.

lunes, diciembre 11, 2006

Pinocho, Pinocho, el pueblo baila chocho....

Dicen que no hay que alegrarse de la muerte, pero en este caso es inevitable. El Pinocho, se fué, murió impune lo único lamentable. Habrá que esperar que en algún lugar, más allá de este sea juzgado. De momento seguro que Banzer, Stroessner, Hitler, Mussolini, le dieron un cálido recibimiento y un trago de azufre.
Los 3,000 asesinados, los más de 1, 000 desaparecidos se encargaran de él. En todo caso, el ojo por ojo en este caso debería aplicarse y la gente robarse el cadaver, llevarselo de noche y hacerlo desaparecer, haber si sienten un poquito del dolor de todas las familias que perdieron a los suyos.

De momento yo abra una buena botella de espumante y brindo...¡Salud!



jueves, diciembre 07, 2006

...I Chose something else


¿Te acuerdas?, juntos, en el sillon verde aquel que te gustaba tanto, con mi codo derecho olfateando el hueco que dejó tu perro en el apoya brazo, o cómo se llame. Tu cantando con pantuflas azules eso de ..."Just a perfect day".., la camarita de lente Zenit, última sovíetica, joya de tu tío cuentista, fotografiando el rancio cadaver exquisíto desparramado por la pared.

Los cristales acelerados trepando por las fosas, golpeando neuronas y luego el baile, en círculos del dormitorio a la cocina, del sillón a la corniza. Con el corazón vomitando sangre química en venas asfaltadas, cannabilica ruta al sol, dirías, recordando al Julio.

Me acuerdo de tus púpilas de gata, encandilando mis ideas, así todo grandes. De tu lengua aspera remojada en ron caminando mi espaldao, oliendo mis bolsillos vacíos, jugando a la amante del Ewan Mc Gregor y yo repitiendote eso de:

Choose life
Choose a job
Choose a career
Choose a family
Choose a fucking big television
Choose washing machines, cars, compact disc players, and electrical tin openers
Choose good health, low cholesterol and dental insurance
Choose fixed-interest mortgage repayments
Choose a starter home
Choose your friends
Choose leisure wear and matching luggage
Choose a three piece suite on hire purchase in a range of fucking fabrics Choose DIY and wondering who you are on a Saturday morning
Choose sitting on that couch watching mind-numbing sprit-crushing game shows stuffing fucking junk food into your mouth
Choose rotting away at the end of it all, pissing you last in a miserable home no more than an embarrassment to the selfish, fucked-up brats you have spawned to replace yourself
Choose your future
Choose life
I chose not to choose life
I chose something else


Absurdo manifiesto post moderno, absurda declaración anti consumo en una suciedad como esta. ahora huele mal, a incoherencia a falta de huevos, a vacío existencial londinense, tan vacío en Sopocachi.

Al final ambos escogimos algo más, con otro color, otro nombre y lejos de nuestras manos infectadas de polvo, ¿era mejor lanzarse esa noche de la cornisa del 7C y caer al suelo no?.

martes, diciembre 05, 2006

Crónicas de a Pie (Café Complot 2)

Catorce horas de bus, dos de taxi transformer y estoy en la Monseñor Rivero, Bulevard Cruceño lleno de Cafés, Miami falsa, con calor más húmedo, sin Cubanos y sin Art Deco. Entro a un Café, de la franquicia del gringo paceño, para evitar nostalgias.

Vellosidades oxigenadas, cabello rubio, tan desteñido como sus ambiciones, descansa en sus hombros. Entra al Café en dos muletas platinadas y bien lustradas, con ademánes mezcla de risa y llanto forzado. Su amiga de Jean, desgastado intencionalmente, muestra las rodillas color cama solar y las sandalias marroqui kitsch, mientras va abriendo espacio para su ingreso en escena.

Se sienta a mi lado y mira con soberbia mis ojos rojos, mi cabello enredado en la humedad del ambiente. Mi barba de tres días engorda la sal que sale de mis poros y se congela con el aíre acondicionado. Pido un expreso, un agua y el periódico del día, empiezo la lectura y de pronto el estruendo de sus risas traen reminiscencias al boliche de focos rojos y faldas cortas.

De rato en rato me mira, como intuyendo mis eses bien puestas y mi lectura zumbándole como mosca. Se cambia de mesa, respira hondo y deja su perfume Jennifer López en poros de achachairu en el aire.

Nuevamente su carcajada sacude a mi pluma y mata en una línea un intento de verso. Escucho como le cuenta a la de cabellos rojos las luchas cruceñas de antaño, de su abuela, le habla del orgullo de ser bien camba y apellidar Müller. La abuela fuerte con ocho hermanos esquivaba indios del monte para llevar a mamá a la escuela recuerda y luego ríe orgullosa de como sus primos de peladingos correteaban cunumies y hacían bastarditos.

Luego calla, mira dos hombres de camisa blanca que entran y saludan a un gordo de sombrero tejido y barba. Los envuelve con los ojos y lanza una bocanada de humo cómplice al rostro de su amiga. Después, lee el titular de El Nuevo Día "El MAS cambia la ley INRA con votos de tres opositores". Dice que como camba defenderá lo suyo, luego reniega, con una mezcla de orgullo y bronca al hablar de su marido, macho de estos pagos, que no pelea nada. Sólo sirve para pagarle la ropa dice. Habla del amante Ganadero con dos hijas de veinte, que se la lleva al “Cuore” los viernes por la tarde” y que tampoco tiene huevos para dejar a su gorda, por una cruceña bien puesta como ella. Al final no le interesa, es rápido como el gallo dice, pero no importa los orgasmos le llegan en ropa.

La escucho, mientras saca pecho y grita con fuerza que el hombre que la pega no tiene lo huevos para defender lo suyo. Dice que protegerá la tierra de sus hijos, por eso entrará en huelga dice, para demostrarle al Evo que no es por dieta como dice, es por sus hijos. Mientras habla me mira de reojo y grita con más fuerza. Promete machete, aceite caliente y polvo de escopeta al que invada sus tierras.

Sus pecas de cama solar esparcidas por su pecho agrietado, sus senos separados que cuelgan como paltas de gel de silicona, coquetean con guiños en cada respiro a mi libreta. Sus uñas cuidadosamente tratadas de pies y manos no conocen de labrar la tierras, su pecho se secó por el sol, no por amantar críos hambrientos.

Nos miramos, la humedad derrite mi café, me fumé dos L&M escuchando su conversación dizque política, dizque cívica. Tengo la cara húmeda y con ojeras. Mis ojos mojan sus lentes de contacto, me saluda y pregunta ¿de donde soj? y luego me pide prestado el periódico, la miro sonriente y le digo seguí nomás reinita, con erre arrastrada. Soj colla dice, con un estúpido aire de sorpresa. Boliviano le respondo. Vellosidades oxigenadas rozan mi antebrazo, su perfume envenena mi libreta y su bronca cae por el piso.

Camino, sus gritos de lucha estética retumban en el aire y dos tipos de camisa a rayas se acercan a su mesa y felicitan sus encarnizados argumentos, no sin antes mirar mi mochila empolvada en el piso "Duralit". Me voy y dejo dos bolivianos sobre las siliconas de Martita Vaca modelo de Montero, reina del Azucar, portada de El Deber.

29 de Noviembre, Café Alexander, Santa Cruz de la Sierra....¡enai puej!

lunes, noviembre 27, 2006

Noctambulario


Nocturna la ciudad te invoca
Serena y luminosa se expande
Caldo de mil astros,
hervor de mil sangres
Carne profunda que grita,
Congoja de la noche que mira

Savia de cal y vientos mudos
Escupe en la humedad del intestino
Cantos de hollín, duros y continuos
Bebe de mis manos rotas.

Nocturna,
adormecida en frágil descuento
Estaño que pone verde al tacto
Serenidad oscura, que rompe y corrompe

Ciudad aletargada,
Ciudad de pálida altura
Ciudad acostumbrada
Ciudad hecha espera

viernes, noviembre 24, 2006

Reunión en Bocaisapo


El bloguero urbandino RONDELDIA llega hoy a la ínclita ciudad; la ocasión es oportuna para reunirnos y conocernos de una manera menos virtual.La cita es hoy viernes, a las 22:00, en el Bocaisapo.En la pared, detrás de nuestra mesa, colocaremos un cartel que dirá: “URBANDINOS SIN TECLADO”, para que sea fácil ubicarnos.Vengan todos los que quieran y puedan.Basta de imaginarnos con caras supervegea; no tengamos vergüenza por ser más lindos que los demás y presentémonos en el Boca esta noche.PD: Los demás blogueros residentes en LA PAZ, por favor copien este post y publíquenlo en sus blogs para que la reunión se difunda.

El boliche para quienes no lo conocen es el de la foto, puerta de la derecha debajo del foco, detrás de la cruz verde en la Jáen.

Felipe On Line

Estimados, empiezo hoy la idea de crear una edición virtual del Felipe Delgado, la misma busca ser un proyecto colectivo fruto de todos los colaboradores que quieran sumarse a esta bizarra idea de rescatar una gran novela paceña por este medio democrático y gratuito.

Lo único que necesitan es tener una edición del Felipe y empezar a typear. Calculé que para terminar en un año se necesitaría transcribir algo así de 2 páginas por día. Con sólo diez transcriptores, a cada uno le tocaría como un parrafo diario, cosa que en la práctica llevaría sólo 10 minutos con más gente.
Alguién se preguntará, ¿porqué no El Loco de Borda?, ¿porqué no La Biblia?, ¿porqué no Cuentos Completos de Poe?. Simplemente puedo responder que es el Felipe, por que es nomás el Felipe el que siento que debe ser transcrito en este momento.

Un abrazo a la espera de sus colaboraciones en mi email cronopiotellant@yahoo.com.ar les dejo el Link:

http://el-felipe-delgado.blogspot.com/

martes, noviembre 21, 2006

tac, tac, tac,



Hoy presionan tus yemas la fila de cubitos alienados, con suaves masajes, esos que esperan nacer en palabras y antes eran tatuajes sin retorno cayendo por mi piel. Tus dedos no saben de escribir contratos o pagarés, menos memoriales o informes, son unos palitos saltarines que dibujan alegría, bailotean con el Jazz y dan un juego perfecto de percusión al blues que eleva por el techo en cada soplido.

Antes había que tener puntería, golpear la vieja Rémington y patear con fuerza esa telita teñida de tinta, a veces negra a veces bi color como pañoleta de guerrillera del ELN, para que tus gritos se graben en la espalda. Hoy la sandinista está muerta, como la ruidosa maquina del amigo de barba y Gitane negro, esa que lo acompañaba en sus vueltas al día en tantos mundos.

Tus uñas bien pintadas hoy regalan perfume a esos cuadraditos de plástico ocho horas diarias, a los cubitos muy rígidos, muy snob que producen algo digital, en una piel virtual. No sabes de cartas de despido y de memorandums con carbónico, aunque de mes en mes te gusta bailar en las teclas y jugar a la Remington, es ahí cuando me preparo y respiro la nicotina en tus uñas y la cerveza tibia en tus labios. Tú, sólo miras por la ventana, las gotas panzonas de lluvia reventando el Choqueyapu, pretendiendo que es Paris en esa nostalgia tan bleu que pinta tus palabras.

Juegas, no con el golpe seco que le gustaba al Chinasky, o el Borbon tiñendo el papel grueso. Te gusta sentir este tímido tartamudeo que producen tus articulaciones de seda, te gusta por que sabes que mis poros buscan el dolor detrás de cada anuncio. Saltas, golpeteas y te ríes de sus uñas onicofagicas y chatas que responden un cursi yo también del otro lado.

Te confieso, aún prefiero; por ese andar melancólico que me caracteriza, los redonditos fríos que activan martillos tipográficos, tatuando a fuerza en blanco y negro. El volar, con estampilla en la derecha y agua de Jazmín tapando una lagrima en la cuarta f de la fila 6. Extraño: la resolana por la ventana hueca de Sopocachi, tu bambolear pausado de la alfombra al cuarto, tu vientito en mi espalda, cuando corres de la chimenea a la mesa, que desvistas mi piel y teñirme del humo que rebota en lámpara, mientras un seco tac tac, tac, me patea y escribe un te odio en mi espalda blanca.

domingo, noviembre 19, 2006

Los años pasan el sabor no...

Quieto, con las manos firmes en la mesa, sus ojos contando las manchas en la pared, se levanta, da tres vueltas a la silla y se sienta. Oruga de espalda recta, cae encorvado entre papeles amarillos, tiembla, grita y escupe nuevamente esa tinta roja. Mañana le toca recoger su análisis,piensa mientras el vino amarillo escurre por el pantalón.

Se acomoda agazapado en el asiento derecho, la gorra Mike esconde los ojos de viscacha, los cachetes cobre y esa boca tan gastada. Te mira y solo ríe, tiene overol plomo y dice que no está cansado, recibe un grito y una coca cola de a luca, se la toma y escoge la gata correcta, tiene que sacar dos llantas y el sol le quema la espuma que nada en las venas.

Se mece con el viento, perforando la espalda en aquel arbol, se abre paso entre niños y mujeres apresuradas por ir a misa. La polera ploma con numero 35 tiene tres manchas de mani y anticucho. Mira al cielo, estornuda y esquiva el carterazo de aquella de perfume dulzón. Su amigo se va, el taxista se acerca, jala su oreja izquierda y la lata rueda por el piso.

jueves, noviembre 16, 2006

Vaya a saber por qué

Vaya saber por que, me acordé hoy del Cronopio mayor y también de aquella con bailes de Fama en la lluvia. La vì en aquellas noches humedas, con sus pies fríos en mis empanadas calientes, con sus labios tomando té de manzana.

Me acordé de aquella Rayuela compañera de encierros, de besos, entierros y soledades. Vaya a saber por qué pensé en Julio en sus palabras que son las células que flotan en mi tinta, la inevitable savia que regó mis versos y me entregó su inconfundible forma de mirar la realidad, de jugar con el humor, el box, el jazz, el amor y la ironía. Vaya a saber por que, hoy me dió ganas de reencontrarme con La Maga.

....La Maga se peinaba, se despeinaba, se volvía a peinar. Pensaba en Rocamadour, cantaba algo de Hugo Wolf (mal), me besaba, me preguntaba por el peinado, se ponía a dibujar en un papelito amarillo, y todo eso era ella indisolublemente mientras yo ahí, en una cama deliberadamente sucia, bebiendo una cerveza deliberadamente tibia, era siempre yo y mi vida, yo con mi vida frente a la vida de los otros. Pero lo mismo estaba bastante orgulloso de ser un vago consciente y por debajo de lunas y lunas, de incontables peripecias donde la Maga y Ronald y Rocamadour, y el Club y las calles y mis enfermedades morales y otras piorreas, y Berthe Trépat y el hambre a veces y el viejo Trouille que me sacaba de apuros, por debajo de noches vomitadas de música y tabaco y vilezas menudas y trueques de todo género, bien por debajo o por encima de todo eso no había querido fingir como los bohemios al uso que ese caos de bolsillo era un orden superior del espíritu o cualquier otra etiqueta igualmente podrida, y tampoco había querido aceptar que bastaba un mínimo de decencia (¡decencia joven!) para salir de tanto algodón manchado. Y así me había encontrado con la Maga, que era mi testigo y mi espía sin saberlo, y la irritación de estar pensando en todo eso y sabiendo que como siempre me costaba mucho menos pensar que ser, que en mi caso el ergo de la frasecita no era tan ergo ni cosa parecida, con lo cual así íbamos por la orilla izquierda, la Maga sin saber que era mi espía y mi testigo, admirando enormemente mis conocimientos diversos y mi dominio de la literatura y hasta del jazz cool, misterios enormísimos para ella. Y por todas esas cosas yo me sentía antagónicamente cerca de la Maga, nos queríamos en una dialéctica del imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared. Supongo que la Maga se hacía ilusiones sobre mí, debía creer que estaba curado de prejuicios o que me estaba pasando a los suyos, siempre más livianos y poéticos.... (Rayuela Capitulo II, extracto)

miércoles, noviembre 15, 2006

Ganas


Qué ganas de ser mosca, de hacer círculos en tu espalda, de jugar a la ventosa en tu última vertebra y beber las gotas sedientas que se deslizan por tu ombligo.
Ganas de ser culebra, enredarme por tus piernas y dormir recostado en ese rincón tibio que él torpemente muerde.
Ganas de ser boca, morder el descontrol de tus huesos, romper con mi lengua el nudo y entonces con palabras mirarte, tocarte, darte.

miércoles, noviembre 08, 2006

Venas Negras

Un ensayo compartido, un tejido de tus palabras y las mías, un poema a dos manos un cadaver exquisito, tu miel y mi hiel:
Venas negras, manto sepia,
ojos que en viaje negro muerden la espera.

El tiempo, cruz
tu cuerpo, ausencia,
una voz apenas
en medio del pecho.

El eco rojo de tus yemas,
huesos de arpa tallando venas.
Tu canto que duerme,
el hilo tibio de versos en lengua,
jugando con las sábanas,
jugando en esta ausencia.

En medio de la madrugada,
despiertas, con sed de un muerto.
Se congelan las lágrimas y continúas
tu danza, ritual de espera.

La noche no acaba,
vuela en espiral por este encierro
y te nombro:
Seco,
rojo,
húmedo..

martes, noviembre 07, 2006

Crónicas de a Pie (Por la Carretera II)

El retorno, con sus ojitos tibios mirando sin razones, con ese su abrazo mudo y silencioso que dice tanto, que grita un te quiero, un te extraño, con ese juego de “¿digamos que eras el rey y yo la princesa y me das un beso y despierto?”, no necesito mayor amuleto para soportar la partida que su risa.

Empieza el viaje, el calor en el aire, la humedad en los poros y en el pecho, en la mochila su beso tibio y su silencio. El retorno que tiene el sabor a vacío y también a nuevas esperanzas es ahora inminente. Irse con la realidad en la espalda, esa que el egoísmo construyó y que es parte de su pequeña vida, irse con la lluvia en los ojos, presagiando estas gotas que me derriten entero, mientras hoy bajo el viejo cerro, solo sin su manita aferrándose a la mía, como su todo, como su héroe, su payaso, su vida.

El regreso empieza en la boletería del bus, el azar del destino me hace cambiar de línea “El Dorado” se embarrancó anteayer justo a las 5:30 AM en la misma ruta, hora en que uno confía su sueño en un conductor suicida. Mi asiento de siempre el 35, última fila lado derecho, quedó hecho añicos,. El vende pasajes me mira y no saluda, le repito que quiero un pasaje y recibo el grito de” ¡ejpere puej”! , respiro, hondo mientras su piercing de lata me encandila desde su oreja de Chiman. Al final el no tiene la culpa, te atiende como sabe, como le enseñaron sus días en el campo, en la sobre vivencia del oriente, donde el que es más fuerte se impone. El pasaje vale treinta pesos más, el precio de la seguridad será, pienso. Fiel a la cabala, escojo último asiento fila derecha, las probabilidades de morir son cincuenta, cincuenta, te sientes donde te sientes y como decía el abuelo, “nadie se muere en la víspera”.

Confiado con el ticket en la mano, salgo a este sauna poblado de gente y me quedo mirando un campamento gitano, y me llama la atención la disposición de las carpas en dos triángulos. Los niños corriendo sin ropa, y la mirada de ella, de tatuaje en el hombro, cabellos castaños, piel canela, me mira con fuerza con esas cejas tupidas, como diría Sabina con los ojos color verde marihuana. Antes de ceder a sus encantos y a enfrentarme al puñal de un gitano que me grita algo que no entiendo, prefiero no dar lugar al embrujo e irme.

La partida es inminente lo sabías al subir a ese taxi destartalado, al conversar con el moreno bien “enay puej” como diría el papirri. Hablamos quien sabe por que, tal vez por el eco de todos santos en el aire, de la muerte, de los accidentes, de quienes se fueron antes, del bus que se embarranco tres días antes, de su colega que murió cuando un micrero borracho estampilló su taxi, de cogoteros y taxistas violadores, de viudas llenas de deudas y de la muerte, otra vez presente en el trayecto.

Más tarde la humedad aún perforando mis ojos y la espera, silenciosa, antes de abordar. Es ahí donde lo veo, en silla de ruedas con camiseta del Bolivar, subiendo al Bus ayudado por la familia, mientras una cámara bizarramente va filmando la escena y otra le saca fotos, tal vez para el recuerdo. El en silencio tímido se deja torcer las piernas de un lado a otro para entrar, no siente nada pensarán así que no hay lío.

La gorda de blanco me pide el pasaje y me pide que suba, detrás de mí dos gringos, una chica de cabellos negros y ombligo bailarín y dos niños, abrigados como oso en una Santa Cruz con 33 grados. Dentro el bus, fiel a la cabala, me ubicó en el último asiento del lado derecho y preparo mi espacio, los discos listos, pronto compro una I Pod, mi novela Piercing de la Viviana Lysij que por cierto la recomiendo, el agua, las galletas Frac, la frazada robada del LAB y me recuesto a pensar y disfrutar la noche. De pronto llega una familia de tres reclamando entre gritos que estoy en el asiento de su hija. Yo completamente convencido, argumento que ese es mi lugar que pedí al boletero el último asiento, ella muestra su ticket y yo el mío, cuando me sorprendo que el asiento 26 no existe, que tengo un ticket sin asiento, que por tanto soy un fantasma en este bus. Cosa sería ante la probabilidad de un accidente, no estaré en la planilla del bus y peor aún no tengo donde sentarme.

Entra en escena nuevamente la gorda de blanco y me indica que el boletero usó otra planilla y se equivocó y que este bus no cuenta con el asiento 26 y que me vaya adelante a uno vacío, inútil hablarle de la magia, de la cabala y del por que mi neurosis hace que tenga que estar en el último asiento de la fila derecha para viajar en paz. Entonces negocio con el padre de la niña, el ceder mi asiento a su hija e irme al suyo, todo para que la familia conejin viaje junta. En fin, no me quedaba otra, haciendo un juego de probabilidades sobre los accidente, decido no más con un sabio “clarito será si me parte la cresta la flota El dorado”, aceptar el asiento 22, penultima fila lado izquierdo y acabo en frente a la tele que me pasa una copia pirata con un volumen insoportable de Bad Boy II.

Cuando empiezo a dormir y logro aislar con el volumen de una canción de Atajo los gritos del Will Smith, llegan el ayudante y el chofer a decirme que no estoy en mi asiento y le dice lo mismo a la señora de atrás, de la niña a la que le cedí amablemente mi último asiento. Entonces exploto y lanzo mi discurso sobre el servicio al cliente, a lo cual el chofer me mira confundido y me dice que no es su culpa, es culpa del boletero que el tiene que responder por ese asiento; a punto de plantarle un zapatazo, interviene la señora de atrás indicando al tipo que me dio su asiento.

Trato de explicarle que la responsabilidad es de la empresa y tanto el boletero como él representan a la empresa, dice que no entiendo y sigue sosteniendo que no es su culpa. Al final se rinden y me quedo en el asiento 22 del lado izquierdo, mordiéndome la bronca y con el sueño cortado, escuchando los balazos del Will Smith. En todo caso, tengo la ventana de escape a mi lado y ante un accidente no saldré disparado por el vidrio de adelante

Duermo con ese estado de semi vigilia, esperando la madrugada en que la FELCN entra al bus a pedir carnet y revisar, me sorprendo que esta vez el bus siguió recto el control y despierto vivo y enterito, luego de varios barquinazos y frenadas, camino a Caracollo. ¿Será que el control de la FELCN es para que la gente no meta drogas al trópico y no importa que saques y lleves a La Paz?. En todo caso, una cosa es cierta para mí es un blef. Si a la ida pude salir del bus con mi mochila al hombro, a fumar un pucho en Bulo Bulo, mientras perros y agentes camuflados registraban el bus y a la vuelta ni me registraron, la de kilos que podría haber llevado en la mochila verde che.

Más tarde, el hambre se confunde con un dolor de estomago colectivo y por tanto en un silencioso aroma que va creciendo del piso al techo del bus y uno sólo suplica llegar a Caracollo, de una vez al tan ansiado desayuno de cafecito con pan y queso.

8:30 llegamos a la parada y lo primero es lo primero, obedecer al cuerpo. Pago mis 50 centavos para el baño y luego de entrar decido no más recurrir al autocontrol y recordar mis tiempos de Budismo Zen, hasta La Paz. El sagrado trono no tiene asiento y muestra una imagen dantesca, donde el baño de la escena de Trainspotting es un poroto a su lado y no pienso bucear en busca de nada en ese inodoro.

Me quedo leyendo los mensajes de pared y le doy la razón a ese que puso, ¡cabrones cobrar el baño es un robo, ladrones!. Vuelvo a la filosofada del servicio al cliente, concepto imposible de entender en un pueblito del Altiplano, donde la suciedad es aparentemente normal y encontrar un baño limpio es un milagro.

Espero el bus, viendo como sus llantas sudan pis. De pronto lo veo en mitad de la carretera, acompañado de un perro café de costilla de cuerda de charango, pantalón de bayeta a rayas, saco gris, probablemente de algún ex empleado de banco, orbitas blancas de cachina y la bolsita de mercado a rayas, en una mano y el bastón en la otra. Se balancea al ruido de los buses que paran, de los autos que pasan esperando recibir una migaja. Es un Achachí rescatando pan duro para seguir en pie, para sobrevivir en este seco camino.

Detrás de él veo a un gringo con piercing en la nariz, con lóbulos agrandados por aros redondos, dándole besos a una cunumisita de metro y medio. Cerca de ellos, una mujer con pinta de holandesa, con lentes de intelectual y pantalón hippie, abraza a su peruano más chato que ella, mientras habla de sus planes de vida con un cruceño que no entiende por que no se va a la casa de ella y listo, por que tiene que comprar una si ya tienen, por último por que no le manguea el cuarto a la gringa nomás.

Vuelvo al bus y suben dos niños de ocho años, cantan con el corazón desafinado un huayno sobre una cholita conquistadora que juega con su pollera al viento, coqueta en Achacachi, entre risas mueve las trenzas. El entusiasmo de ambos niños no es el mismo, el primero espera en silencio cantar rápidamente su estrofa y pasar la gorra, el otro aún pone el entusiasmo y el discurso de “podríamos estar robando, pero estamos acá ganándonos unas monedas honestamente” y demás argumentos comerciales. La gente los ignora, son parte del paisaje, reciben poca atención, algunas monedas y se bajan al vuelo en otra parada y caminan de vuelta al punto de partida y así flota tras flota..

Llegó, La Paz, me recibe con su ruido, con El Prado en caos de medio día y luego el inminente silencio, las paredes huecas de la casa, el vacío de este sitio, las imágenes de este auto exilio y ordeno una a una las cosas del viaje, pongo en fila las memorias buenas para beberlas de a poquito, para calmar las ansias y lograr algo de paz antes de dormir, tienen que durar treinta días, hasta que sea hora de volver nuevamente a la carretera.

Sobre el concepto de lo urbano en La Paz

Un ensayito, para quien no le dé flojera leerlo

La ciudad tan desnuda
en el fondo de su propia imagen,
la ciudad reducida a mostrar sus huesos
(Guillermo Bedregal G.)

Vivo en una ciudad de montañas y vientos de espada que va labrando la forma y el color de tus poros desde tu nacimiento. Me acoge esta “muela careada” a la que visitantes del sur le cantaron con ritmos del Missipi, permanezco en La Paz donde el blues tiene nombre de marchas y bocinazos.

Desde esta altura donde mis luces serpentean como estrellas de pirita, escribo a la madrugada paceña, despejando esto del imaginario urbano. La ciudad como producto nace geográficamente y se construye en hechos simbólicos, en sus representaciones por y en aquellos que deciden aprehender sus recovecos y beberla, aunque no siempre su vino sea agradable al tacto.

Escribo este ensayo que inevitablemente no puede dejar de ser prosa y me pregunto por el ritmo que les daré a mis palabras. Me responde entonces la forma de sus caprichosas laderas de ladrillo, los versos que la seducen y los cantos que músicos le ofrendan.

La ciudad como imaginario urbano, desde las ciencias sociales, podría entenderse bajo la noción de representación social, tomando como referencia la definición planteada por Moscovici (1981). Desde esa noción implica no sólo productos mentales sino que construcciones simbólicas que se crean y recrean en el curso de las interacciones sociales. El propio Moscovici (1981) las define como un "conjunto de conceptos, declaraciones y explicaciones originadas en la vida cotidiana, en el curso de las comunicaciones interindividuales.

En esa medida cabría decir que el Imaginario Urbano, como representación social,es fruto de una construcción simbólica tanto individual como colectiva que se expresa en las interacciones sociales y lo más importante que se expresa de manera dinámica.

Este marco me permitirá hablar de la noción de lo urbano como una construcción, una representación, aunque se que luego de lo teórico de una u otra forma acabaré volviendo a narrar lo que siento en las calles, es que es inevitable que la palabra no caiga del pedestal teórico para rodar por sus laderas.

Al respecto, recojo la frase de un amigo músico quien con humildad reconocía la arrogancia de sus últimos años, al dar la espalda a la ciudad. Es que tarde o temprano uno vuelve el rostro al Illimani y acaba regresando, luego de periplos por puertos lejanos, por ritmos anglos, acaba volviendo y mirando con humildad el sol desde la Ceja, es cuando nuevamente escucha los delirios de Borda y los Relojes de Sáenz.

Llega un punto, en este proceso de construcción de la noción de ciudad, que uno hace un corte y sus pies, sin saber como, echan raíces en su pasto seco. Es ahí tal vez ,como dice la canción que uno decide mirar los rieles del tranvía “…pasan debajo tus pies ríos contando secretos el pavimento no ve las rieles del tranvía…” (Villegas y Portillo, Canción Nace la Ciudad, 2006) y uno decide ir a buscar adoquines, escuchar las historias del puente en San Francisco, antes del 52, subir al tranvía en el botánico y “… beber su largo y blanco letargo, en la roca que mueve sus ríos, en tus cantos de ninfas de subsuelo …”(Evocaciones, Poema XII, Paul Telleria).

El Imaginario urbano de la ciudad, en la medida de lo anteriormente dicho, hace realidad en el cuerpo de quien lo narra, cuando uno decide dejar de ser observador y empieza a teñir sus poros en sus calles. La cantidad de tinta que hay que recoger del asfalto roto, es probablemente tema de otro debate.

No es mi posición hacer juicios de valor sobre la obra de tal o cual, o sobre como se debe retratar la ciudad y si es mejor morir en la calle como el Viscarra o escribir sobre la marginalidad de la ciudad pero siempre a distancia, sin revolcarse en ella, como el Saénz (Arancibia, Paulina. La Nación Chile. 2006). Esta es solamente una aproximación, a ratos prosada, a ratos teórica a esto del imaginario urbano y sus representaciones, la conclusión más merecida a estas palabras deberá ser colectiva.

Volviendo al tema, me había propuesto hablar de lo urbano, de eso que como dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua “…es todo aquello perteneciente o referido a la ciudad…” En esa medida podríamos decir que urbano es lo produce una ciudad, desde desechos sólidos, burdas imitaciones, edificios anti estéticos, música y palabras.

La ciudad, en cuanto a su propia subjetividad, aquella que nace y habla en lo que produce, puede entenderse como una mancha urbana de historias, una hilera de luces que van naciendo al amanecer, cada una con una lectura de su complejidad. Fruto de su experiencia y su historia social e individual, cada luz, como las que veo morir al amanecer ,parpadea como una expresión propia y subjetiva de la ciudad.

Resultaría reduccionista aproximarse a lo urbano como lo concreto, habrá que mirar más allá de la geografía concreta de tierra y montaña y pensar en lo que evoca y permite, en lo que en última instancia construye en un papel, en un pentagrama.

Sin embargo no es mi objetivo perderme en alguna bifurcación del jardín, parafraseando a Borges, sino más bien tratar de plasmar algo de lo urbano de la construcción cultural a la ciudad “real” como un todo “incapturable en su esencia” y del cual solo recibimos y devolvemos un reflejo.

Es esto, en última instancia, lo que constituye el imaginario urbano, el reflejo que va mutando en destellos de tiempo en tiempo, de momento en momento, la luz de quienes pasaron, de quienes hoy de paso estamos en sus calles. El reflejo es, en síntesis, un acorde, un grito, un garabato, la forma en que el corazón paceño devuelve a esta ciudad parte de su imagen y su viento lento.

Al hablar de lo imaginario, me remitiré, para no cometer el descuido de darles muchas flores a algunos y olvido a otros, a concentrarme en las palabras y la música como expresiones y representaciones de lo urbano.

Desde la perspectiva de cronista de mi ciudad, hace un tiempo trato de recoger lo que voy percibiendo en sus construcciones culturales como hecho urbano y sé sin duda que mi caminar morirá antes que sus calles, pero sé también que mientras las circule, su sangre latirá con más fuerza en mis venas…”piedra tras piedra caminare y secretamente llegaré al suelo que me ha visto crecer y en el que un día moriré”… (Villegas, Portillo, Canción Venas del Pasado, 2006) y trataré de recoger algunas formas de expresión cultural en música y literatura que retratan la ciudad.

Es importante entender que toda construcción se elabora a partir de la historia personal y colectiva de un actor social. La individual y lo social hacen entonces a la Inter subjetividad de quien mora, habita y respira en la ciudad. La construcción de lo urbano en expresiones como la música y la literatura, debe entenderse siempre desde el contexto histórico que funda la noción de ciudad, en quien decide “aprehenderla”, caminarla y tocarla.

A un primer nivel, a riesgo de lo que pueda provocar el uso de esta expresión “lo marginal” en la literatura me remitiré, no con el sentido peyorativo, sino más bien desde la metáfora a aproximarme a aquellos que escriben desde los márgenes, los bordes de este caótico conglomerado de edificios, ya sea por que deciden un autoexilio o no son parte de esa noción reduccionista y mal entendida de ciudad.

Más allá de la literatura purgante, esa para leer en el baño, que pulula en los suplementos dominicales, fuera de las burdas postales de suburbio gringo de tercera que puedes encontrar en algunos barrios o de los ritmos puertorriqueños en rapaz violación con quenas y zampoñas, bailados en discotecas, me remitiré a otras expresiones.

En esa búsqueda, mi primera parada será en Los Nadies, un colectivo de poetas jóvenes alteños, los nietos del patio trasero de los círculos Krupp, bien se podría decir. Ellos con puño de betún y lápiz de punta chueca , retratan en poesía descarnada su visión de ciudad desde El Alto, en Aykus como los de Rodni Montoya que te dicen con minimalista contundencia:

Flor de cementerio
duerme para siempre,
yo que te perdí, no lo haré
esperando.

O en la denuncia fruto de antiguas violencias que grita en el poema de Alem Quisbert

Paso mi niñez, pensando en venganza
Venganza de tanta muerte de mi clase
e imagine ser terrorista
paso mi adolescencia
pensando en venganza
e imagine ser guerrillero

Este recorrido por lo urbano, sin afán de ser un homenaje póstumo, debe necesariamente remitirse al “príncipe valiente de putas y maracos”, como se llamaba a sí mismo, Víctor Hugo Viscarra, quien con un lenguaje sabor a ají con pis, te estrella en la cara el tufo de sus palabras, Lo real en sus personajes hoy por hoy, así borrachos te hace recuerdo a lo que no quieres ver. A él se aproximan, los que buscan engolosinar su morbo en historia marginales, los amigos de la calle que son capaces de decirle al oído que no ha mentido y también los literatos de tijeras corta prosa.

El Viscarra ha muerto en la víspera, ha retratado en su lenguaje su noche y nos ha enseñado que para construir la imagen de la ciudad hay que vivirla al decirnos: “…no se puede separar la literatura de la propia vivencia, si no se reconocen los avatares y viscitudes que ha vivido y bebido…”…”la noche de La Paz es un laberinto que al no tener principio tampoco tiene fin y uno puede perderse para siempre”…(Víctor Hugo Viscarra, Borracho Estaba Pero me Acuerdo, 2003).

Al respecto más allá de su muerte ahora suena el eco del homenaje musical en “una moneda bailaba en su olla en su afán, mientras su tarka gritaba con furia haya en octubre, borracho estaba y me recuerdo, alcoholatum y otros drink” (Maldonado P., Borracho Estaba, 2005)

La oportunidad para remitirse a otros como Humberto Quino y Jorge Campero, Chapaco autoexiliado en La Paz el segundo, permite llegar a quienes son capaces de recoger y devolver la imagen de la ciudad jugando a poetas malditos. Uno encerrado en la biblioteca con la bufanda y los bifocales, maldiciendo a cuanto nuevo Guillermito o Jaimito pulula por ahí. El otro, vate de odas a los jeans descoloridos de paceñas, iluminando su vista con aire de Sandro trasnochado. De este segundo me permito escoger más por azar los siguientes versos:

Estoy escondido detrás de unos lentes de vidrios oscuros,
Los miro pasar, repasar, comerse mi pan, bostezar, aburrirse
Decir mentiras
Los miro crecer, descrecer, cortarse las uñas, oxigenarse el cabello

(Jorge Campero, Citado en Fosa Común, Antología Literaria Boliviana, Humberto Quino, 2000)

En esta ciudad que necesita que le hagan el amor, sus tribus diversas de trasheros, punks, villeros, hip hops, roqueros, han construido formas distintas de cantar su grito a las paredes y las calles de esta gran muela.

En la música, la ciudad nos regala formas de representar lo urbano que van desde aquellas que se apropian del “lunfardo” marginal argentino o más bien el “coba” de las villas. Donde la mezcla de ritmos como la murga y la cumbia colombiana seducen a huaynos y producen expresiones que cantan a esta ciudad, retratando y pintando una ciudad de cuentos del tío, de robos avezados y bailantas.

Muy lejos al otro lado del puente Topáter, La Paz ha adoptado con personalidad y esencia propia. El Hip Hop, el cual ha mutado desde el Bronx y se ha pintado de colores vivos y whipalas. La rima negra aprendió a cantar en Aymara.

Más abajito aparece la mancha sopocacheña que se cree el centro de lo urbano y lo bohemio y culto. De mes en mes, por esos lados, aparecen aquellos grupos mal llamados de Rock Urbano, redunda ese apellido en su esencia. Por esos barrios resuena la música de Atajo, cuya fusión con aires de flamenco, gaitas escocesas (aunque no se crea), cumbia, vallenato, kullawa, reaggue y morenada, ha logrado aglutinar en sus conciertos a cholitas, japoneses, izquierdistas, europeos y chicos del sur. Han logrado aglutinar en un boliche la mixtura de esta ciudad, la simbiosis poco sinérgica de clases, al menos de la media para arriba.
Otras expresiones, que representan una mezcla urbana peculiar, son aquellas folclóricas de la calle Illampu, donde la diferencia no se marca por el costo de la entrada, sino por la forma en que se vivencia los rituales y códigos urbanos. El acullico como hecho exótico en chicos del Sur y franceses, se mezcla con las escalas penta tónicas de Sicuris que van jugando al show para gringos.

Probablemente se puede dar la lectura de que el hecho de la palabra esa que significa la ciudad, en poesía, en graffiti, en rima de rap, aparentemente desplaza el significado del hecho urbano a las experiencias. Trasciende los márgenes de la mesa donde se escriben, las plazas donde se gritan y vuelve luego disfrazada y validada en otro lado, en aquel donde Punto Blanco hace moda la chompa del presidente, donde las trenzas son cool en San Miguel.

La ciudad sintetiza lo urbano como apellido, no como un todo, es así que uno podrá escuchar las expresiones rock urbano, arte urbano, teatro urbano. El rotulo como medalla para diferenciarse, como la muestra aparentemente minoritaria de una clase seudo intelectual, cuando va más allá de eso.

Lo urbano, vuelvo a insistir, debe leerse como aquello que late individual y colectivamente en los que habitan esta ciudad, cual hecho intangible y permite generar en todo caso formas de significación diversas, expresiones culturales dinámicas, que mutan y que por lo mismo no están ajenas tampoco a la influencia de otros imaginarios del globo.

Lo urbano entonces, va creando una identidad plural, habrá que escuchar sino la denuncia en rock duro en Aymara, impensable hace 20 años en eventos como el recién llevado a cabo Ayni Rock. Ahí se mueve sin duda otra noción de ciudad que muestra que la construcción social se transforma en menos de 30 kilómetros cuadrados y adopta aires propios, capaces de hacer temblar a la ciudad y gritar con poesía de pared y rap.

Luego de esta reflexión, de este paseo más de crónica que de análisis teórico, vuelvo entonces a preguntarme, ¿cuál la significación entonces de la palabra urbana, a la vez tan grande y tan corta para la metrópoli de alasita que me acoge?

Parecería ser que el imaginario urbano es esto que nos funda y otorga una identidad inconsistente, incongruente pero claramente paceña. Para apropiarse de ella habrá como diría Sáenz “no solo escribir poemas , uno en última instancia debe escribir de lo que conoce y lo que ha vivido” (Extracto de Entrevista a Jaime Saénz, CD La Bodega, Fundación Patiño, 2005)

¿Será acaso necesario dormir con quiltros en el barro y en una chingana para conocer lo real de la ciudad? O acaso ¿habrá que emular al Felipe Delgado, construyendo falsos trajes de aparapita para ser paceño, para conocer lo que yace en el otro lado de la noche?. Tal vez la respuesta debe estar sin duda en otro lado, tal vez habrá que releer a Tamayo para llegar a ella.

Considero en todo caso absurdo, plantear la pertenencia a esta mancha urbana en un continuo entre lo burgués y lo totalmente marginal, la ciudad “se está” y uno la toma y la bebe, o simplemente la ignora. El imaginario, pasa por la subjetividad de cada habitante que decide ser permeable a determinadas experiencias, como un proceso propio de construir la creencia y la significación del hecho urbano.

Cada quien podrá sumergirse en carne y pluma en la ciudad, ya que su llamado estará siempre presente, cada quien decidirá cuanto escuchar la furia del viento de la cordillera en su rostro y si algo le deja.

Mañana me iré y será inevitable, en estas blancas calles de Sucre, no recurrir a esos versos de la Matilde “desde lejos yo regreso ya te tengo en mi mirada ya contemplo en tu infinito tus montaña recordadas” para retratar el regreso a mi ciudad, a bañar mi rostro en el blanco del Illimaní, de aquel centinela urbano, que parafraseando al poeta se está.

El Illimani sintetiza en su permanencia la ciudad, porque es roca y es su inmensidad geográfica a la vez inmortal y por tanto, su certeza real. Es su existencia más allá del significante que queramos otorgarle a la ciudad, porque en última instancia nosotros vivimos en el imaginario de esta ciudad y él nos acoge como huéspedes de distintos tiempos y momentos, ésta acaso será la única certeza, él permanecerá luego de que nuestro último respiro seco muera.

Serán las lágrimas de río que reptan,
el largo camino de piedra que te acoja,
el que penetre tus talones desde el frío
Serán los adoquines en mordaza,
los que broten en tu caminar frío
serán el fluir y la furia que taladren tu columna
(Paul Tellería Evocaciones, poema XII, extracto)

Referencias:

· Bedregal, Guillermo (2002) , Ciudad desde la Altura, Editorial Plural
· Moscovici Sergei (1982) Representaciones Sociales Edit.: Fondo Cultura económica
· Quino Humberto (2000) , Fosa Común, 2000
· Sáenz Jaime (1980) Felipe Delgado, Editorial Visor
· La Bodega, Fundación Patiño, 2005, Entrevista Jaíme Sáenz
· Revista electrónica Palabras Más (www.palabrasmas.org, Volumen 5)
· Archivo Revista Palabras Más.
· Paulina Arancibia, La Nación de Chile, 2006
· Atajo (2005) Disco Sobre y Encima
· Casazola Matilde, Cueca el regreso
· Llegas (2006) Disco Hidrometeoros

miércoles, noviembre 01, 2006

Crónicas de A Pie (Por la carretera I)

Hay un cierto escozor en los pies en el correteo previo, este ritual en la terminal de buses trae consigo expectativa, ansiedad, paranoia y aromas raros. LLego, el taxista me dice va a alcanzar, esquivando dos inglesas de pantalon de aguayo y nariz en escarcha, por el sol paceño, el cristal blanco en las fosas, quien sabe.
En la ventanilla, pido el pasaje, con torpeza me mira y me muestra un tablero con asientos ocupados. Aquella mujer de nariz también roja, entre soplidos de resfrío me dice que no insista. La resignación me lleva al bus de siempre, ese que pasa Rambo y Capulina a las once de la noche y matiza la soledad de viaje con exitos de José José. Me mira la cara un gordito come empanada y pone el precio, en función a las reglas del mercado y a mi ansiedad, 120 me dice y muerde el queso que chorrea.
Camino por el lugar, amplio pasillo lleno de bancas de madera, en fila la gente viendo jugar al Real Madrid, en diferido en la tele local. Decido hacer tiempo, tengo dos horas antes de abordar el bus, 18 antes de llegar a destino. Todo está en la preparación psicológica le decía a la amiga de la oficina antes de salir, todo está en el viaje.
Asumir la carretera como una forma de mirarse de fuera sentado en la fila 35 lado derecho, delante del baño, es una cabala. Entender el silencio entre una novela leida a tropezones en el asfalto mordido y de rato en rato escribir unas líneas al tiempo, así debe ser la purga.
Puse a Fito en el Discman con eso de Rollinga o Miranda Girl y me acordé de aquella cambita, a la que le gritabamos collinga como un título honorario que le daba el Illimani, la que vino a La Paz con la plata del viejo motoquero que murió de infarto. Ella decidió vivir sus veinte años en un cuarto en la Plaza Avaroa y jugar a ser modelo en una ciudad aburrida y de piense como dice.
Detrás de la cortina que da a la esquina del baño espera ella, cartera de oso panda, made in china y recibe en silencio el empujón de aquella pelo amarillo y tacos aguja que grita en la cabina su charla para que todos aplaudan.
Insisto, esta espera purga la ira, la incoherencia y te pone frente al viaje, al camino, al encuentro con lo que reclama el corazón. No hay poesía en este juego, sólo silencio compartido con miles de viajeros apresurados, así es como debe ser este silencio, así es como debe ser.
Esta noche es propicia para la lectura, mirar las estrellas del altiplano escupiendo en la ventana su pureza, mientras ella al otro lado durmiendo, en su espera, reclamando el encuentro.
Por ahora tengo sed de beber este lugar, estas miradas de llegadas, de retorno, de separación, estos llantos de carretera.
Más tarde llegará él de ojos rojos y respiración de pegamento a contarnos algún chiste, una canción desafinada de los Kjarkas, a vendernos maté de ruda, té de tilo, uña de gato para el colon y la prostata.
Por ahora, me llega el reflejo de aquella de gorra roja y lenguaje a señas que tiembla unas letras a la Asociación de Sordos. Sus yemas no sienten la ansiedad del golpeteo en el teclado, ni los rumores de olas negras de este lugar. Da besos a su niño que en respetuoso silencio espera y de rato en rato un guiño le lanza.
En una hora hay que abordar, se me acabo el agua, el sol tiembla y La Paz me da su manto de atardecer como amuleto de despedida.