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martes, julio 08, 2008

Ejercicio Absurdo I

El hombre de abrigo gris llega temprano como siempre al departamento 202, toca el intercomunicador y espera. La mujer de pies largos y venas hirvientes no abre inmediatamente la puerta, camina serpenteando por el departamento once minutos antes de apretar el botón que abra la puerta. Escucha la respiración del hombre de abrigo gris que espera paciente la entrega matinal del amuleto guarda sentidos.

El hombre de abrigo gris espera, respira. Mira por la ventana al viejo con pantuflas negras y perro chapi que va a comprar marraquetas como todos los días. Tiene hambre, se cansa, estornuda, piensa en mandar a la mierda a la mujer de pies largos. Toca la puerta, no dice nada. La mujer de pies largos lo saluda, sonrie forzadamente y le entrega lo esperado. El hombre se va, camina y toma el Trufi. Tiene frío piensa, la mujer de pies largos tiene lindos huesos recuerda.
En la puerta de un edificio el Trufi se detiene. Una mujer de pies pequeños y rulos, vendedora de periódicos, sube con un paquete de periódicos La Razón no vendidos. Empuja al hombre del abrigo gris -¡su abrigo parece pollera, levante pues! le grita. El acata en silencio, recoge el abrigo y reflexiona a la mujer sobre la educación. Ella, con metralleta de palabras, se defiende y lo manda a la mierda.

El hombre de abrigo gris tiene hambre, recuerda las venas calientes y el pubis rasurado de la mujer de pies largos. Tiene que bajar en la Plaza del Centro, mira de reojo a la mujer de pies chicos y elabora que decirle para pedir paso, la montaña de periódicos no se moverá si no habla. Pide permiso, la mujer de pies chicos se hace la sorda, tiene el control y se hace esperar. La puerta izquierda no tiene seguro- no queda otra piensa. Pide y ruega, luego sale, mira su bolsillo- el amuleto valioso quedó a buen recaudo piensa.

El hombre de abrigo gris camina por El Prado, para en un kiosko y abre el periódico en la pagina del centro. La mujer de pies largos aparece en la pagina 12, lado inferior izquierdo. Con traje de baño y las venas mojadas anuncia "abre todas las puertas con tu tarjeta Visa" . El hombre de abrigo gris no tiene cuenta en el banco, cierra el periódico y se va.

El hombre llega a su oficina, se quita el abrigo, cierra la puerta. Mira el amuleto guarda sentidos en el bolsillo, respira, se sopla los mocos llorones. Recuerda el pubis rasurado de la mujer de pies largos y se lanza por la ventana.

jueves, febrero 28, 2008

Guatemala...guatepeor

Escribe poesía para el novio, lee a Blanca Wituchter, respira el exilio de montaña repitiendo...repite en mi balcón de costura, deshilo, desescribo, destejo sin comprender. Se levanta con sueños mojados, sabor a tamales, a tortilla de maiz a humo de volcán. Recuerda Centroamérica, los flashes de la cuna temblorosa por las balas silbadoras en el pueblo.

Ahora vive en La Paz, negro azabache baila en el cabello al caminar, le transpira la nariz, extraña otras humedadess, esas de vientre, esas de mar. Extraña y lee manuales, juega con ovillito de lana mientras escribe memos.

En la noche calla, salta en la cama de espuma, busca el pijama ese de osos cursis. Escribe, tierno que te añoro invierno, ven que te muerdo, ven que me escupes. Duerme y nada en mar de sabanas sola.

Ella escribe poesía, esta seca de llantos, recuerda las balas de la guerrilla, se arrulla, busca al padre, busca al novio. Añoro negro, añoro y muerdo, dice y el padre no vuelve, la selva es grande. El cemento de edificios es bosque oscuro y el novio se pierde, otras piernas muerde.

Escribe cartas, poesias en la cama, de día traje dos piezas, mandando mensajes, de noche piel de semáforo. Repite versos, negro azabache se cuela por el vidrio, ¿caballero unas monedas?

miércoles, agosto 29, 2007

Ficcionales II


.....You make me feel like......


Friday I´m in love, pupilas rojas en tu ser tan Black Mamba. Tan freak medusa, me dejabas en ese deslizar, convulsivo por tu calaverica imágen. Tu saltabas, acariciando en cada brinco, con tus medias de persiana (blanco, negro, blanco, negro, empeine, rodilla, muslo, pubis) muy beetlejuice para mi gusto.

Era agradable sentir como se filtraban tus aromas, post mortem, entre la humedad de áxila israelita y el alquitran en las paredes del antro ese. Mientras yo, catatónico, perdido en la vasija de barro en forma de balde con bombillas de fiesta infantil. Miraba la espuma de alcohol fermentando frutas de lata, con ese su ruidito de bliz, bliz, bliz, pincha pupilas.

El metanol, me llevaba otra vez al recuerdo de tu maquillaje gótico chorreando como el Choqueyapu por tus mejillas. Yo aprovechando las curvas de la Kantutani para cantarte eso de ...you´re so gorgeous, con mis gallos mal calibrados, mojando de coctail la peca negra en tu pecho.

My sweet Lullaby, era fácil quedarme clavado en esa esquina mientras tu lengua lamía el pilar y el flaco de rastas amasadas jugaba con tus medias de persiana, muy beetlejuice para mi gusto. ra fácil quedarme en tu juego, fácil como mirar las burbujitas de maracuya reventando y bliz, bliz intoxicando mi lógica.
Era más simple que mirarlas ahora saliendo por mis tripas con el seco sónido de la Taurus 38 perforando mi tatuaje. Orificio de salida en el torax posterior, cuadrante superior izquierdo. Carcajadas agudas...bang, bang you shot me down...the awful sound. El maracuya verduzco en los azulejos y tu persiana cerrándose, tu paso firme de ula ula perdiéndose al ritmo de mi caida.

Me gustaba eso de just like heaven en tus muslos tan narco sexys , ahora no se que hacer con tanto chorreando, no alcanzo la bombilla para embriagarme de mi sangre. Friday I´m in love, no cierres tus persianas.


martes, agosto 28, 2007

Ficcionales I

La verdad es que debo decirte que tengo las venas reventadas. Lo supe ayer cuando me patearon la cara en el partido de futbol y, mas que sangre, senti un agudo sonido de rebote en los cristales incrustados en mi tabique derecho. Debe ser cierto aquello que dicen que los cartilagos se necrosan con el uso.

Hoy me enteré que ya no me importan los consejos del cirujano plástico ni las recomendaciones del cuatecito de la Cruz Roja. Que no te saques los tapones, que no inclines la cabeza para atrás, dejá que la hemorragia salga de a poco que en diez minutos igual se pasa por último metete un algodon quemado a cada lado y listo. Todas esas pajas son irrelevantes cuando tu oreja gotea despacito sobre la almohada.

Para ser sincero es comodo estar así, vaciando mi sangre. Al final de cuentas solamente es un liquido viciado de hierro falso y, en mi caso, vale lo mismo dentro que fuera. La verdad debo confesar que me produce un gran alivio saber que no usaré más esta nariz para encender el corazon, para vaciar el humo en sus labios o bucear aspirando su entrepierna.

Mi tabique no tendrá mayor uso que el de ser polvo para ratas y eso me reconforta, así nomás debe ser. No me afecta saber que mi nariz de junkie será gris ceniza pronto. Polvo aspiras y en polvo te convertiras, final biblico para mi instrumento olfativo.

Lo que si no soporto es este estupido papelito con una liguita alrededor de mi dedo gordo, que mi nombre lo hayan escrito con R y no con P y que el flaco tose mierda que trabaja aqui, a cada rato me moje con esa manguera.

domingo, julio 29, 2007

Ciber saudades

Numero 1

Tiene los cabellos esponjosos gracias a Wella, está a la derecha del que escribe. Respira con las uñas de su mano izquierda, mientras se detiene el mentón con la mano derecha para dejarse seducir con el Spam que le ofrece salir de pobre. Tiene chompa azul, su piel huele a Dove, "esa crema para mujeres reales de la media como tu. Rie con dientes de espuma y se ubica de perfil antes de teclear un "te extraño" acerca su cuello al lente, llena los pechos de aire y le dice "mueve la cabeza". Repite ¿cómo estas? diez veces antes de reclamar un ¿y tú?.

Se levanta, luego del reproche, enciende un cigarro, se hace una cola en el cabello con un lápiz y vuelve a la pantalla, acerca los ojos al icono de send y dice "lo siento".

Numero 2:

Ella de azul habla con temblores camba collas por el microfonito aquel en el cachete izquierdo. Tiene la nariz con telarañas de delgadas venas color hilo rosa. Sus pómulos atomatados esconden el baile de glóbulos aletargados por la ausencia del hijo que teclea desde Praga. A su lado él padre juega con una llave como rosario y recuerda Checoslovaquia y el Muro, tiene camisa a cuadros y da consejos sobre la forma de moverse en tren en Europa. Le cuenta al hijo con esa Saudade de viejos romances en El Prado paceño de los setenta que anoche, en la entrada, las universitarias se congelaron la entrepierna al ritmo de morenada.

Ambos saludan al nieto con caras brillosas de cera y hacen muecas de lentos bpses a la distancia. Luego salen, desamarran al chapi del poste y caminan a comprar marraqueta.

Numero 3:

Gorra roja, zapatos rojos, silueta de piernas de alfiler envueltas en jean a la cadera con huesos de colgador de alambre, hace veinte muñequitos por segundo en la pantalla y del otro lado le responde con una carita feliz y unos "; *" el de nick en ingles con vasitos de cerveza y murcielagos. Sus ojos, saltarinas almendras anorexicas, celebran la correspondencia del romance a la distancia y responden al cortejo eléctrico con un copy paste de cien boquitas pintadas y rubor en la poca piel cubre huesos.

Se levanta de la maquina, con la piel latiendo, entra a la cabina dos y llama a la amiga de blusa rosa, que duerme el baile de sábado en el sillon floreado de la madre. Antes de colgar mira la foto de un hombre en su billetera, espejo de su rostro en masculino pero con bigotes blancos. Paga, compra un helado y camina reverberando ausencias.

viernes, junio 29, 2007

Noche de gatos

Atardecer paceño él espera la hora del encuentro en la oficina. La busca en el chat antes de salir a la calle, prende un cigarro, baja por El Centro, la busca en la noche, la llama al celular. Baja a la farmacia, busca una aspirina, lee una frase de la Madre Teresa, sobre el egoísmo y el miedo en el mostrador de una tienda.

El aire tibio rompe la noche y mientras la espera toca su espalda una brisa de estornudos, se da la vuelta y encuentra el rostro de ella. Caminan, en absurda seriedad silente. El agarra sus cabellos le da un beso tibio, con manto de luna sin mordiscos como testigo. La estrella amarilla de siempre, en noche pincha silencios, hace guiños en su espalda arqueada al caminar.

El mira el reloj son las 9:00 de la noche, caminan y callan “chaú me voy" dice ella…”¿qué fue"? Replica él "hace frío", responde. El decide calmar los animos y entra a una tienda a comprar un vino, la señora no lo escucha, absorta mira en la tele la noticia de un accidente. Otra vez hierros retorcidos en primer plano, la prensa amarillista es una mierda, las carretera a Oruro una cagada, piensa él.

Suben al taxi, el chofer neurótico de camisa a cuadros juega a las carreras e insulta a la gente. Ella en calma le pide respeto y menos velocidad “que mala suerte con los chóferes tengo hoy dice”. Me hace frío el silencio piensa él. Llama a la tienda, y ordena por fín el vino y un paquete de cigarros como forma de romper el hielo.

Llegan al barrio que comparten, caminan por el caminito de piedras que separa ambas casas, sendero frágil une ventanas. Ella se adelanta bamboleante y serena, su espalda sonríe sus ojos no. El la abraza, el silencio pincha y le sube el limón en las venas. Busca su cuerpo se detiene y la abraza, mientras mira su rostro, está palida como la luna.

Llegan al lugar de siempre pasan el pasillo viejo del conventillo, las rajaduras de las paredes los saludan. Cruje el piso, entran. Ella camina a su esquina favorita, mira con nostalgia el lugar. El se aleja a la sala, a la ventana cómplice. Abre la cortina, prende la lámpara. Busca la silueta del Illimani, a la izquierda las laderas parpadeantes los saludan.

No funciona el truco de la media luz y las velas, piensa. Ella lanza un suspiro apaga fuegos, deja sus cartas sobre la mesa, ambiguas como su piel. Hay dos opciones sentencia: "me voy o me aguantas en silencio, hoy es un día de gato y creo que los próximos serán negros, con mucho silencio dice". La decisión está en sus manos, él acepta la pelota en su cancha y le pide que se quede. Con la advertencia de la distancia sellada en un abrazo le roba un beso de sus labios fríos.

La mira y calla en pensamientos que no exigen, en sentires que gritan comerle el alma a besos. Silencio de muro, él va a la cocina, ella a la cama. Espalda encorvada, ojos secos, él se adentra en la cocina, "hoy no habrá sexo mata tedios" piensa. Pone agua en la caldera, está seguro que algún día la quemará, toma coca cola, dos aspirinas y enciende un porro. Mira la ciudad, el Illimani ahora sí aparece, sus ojos se ponen rojos y sopla un beso de humo al cuarto.

Entra, la mira como tantas noches, clara oscura en la cama de madera vieja que cruje en cada respiro, sin necesidad de tacto. Ella entibia su piel con una frazada y con miel en los ojos perfora los labios de aquel que parado en la esquina de la puerta mira.

"¿Quieres coca o jugo?", le dice, el vino no es para ver tele piensa. Vino sentencia ella. Vuelve a la cocina, abre la botella, se rompe el corcho, mala señal piensa. y sirve las dos copas con tinto a la mitad. La boca esta seca, la noche le parte la cabeza. Vuelve y las rayas de la cama tiemblan como cuerdas de piano mal tesadas, busca las teclas, en el pecho cubierto de la mujer silente no las encuentra.

El humo verde afecta rápido piensa él. La cama lo llama, cómplice de entregas, de viajes a su humedad, de mordiscos en poros, piensa. Refugio de pieles, se recuesta en el lado izquierdo, busca y no encuentra los pies de ella. El se queda en la improductiva decisión de respetar su pedido de no me toques, de no invasión.

Peli francesa en la tele, comedia con chistes muy parissiene para la noche. Ella arrastra los pies al encuentro, los tobillos y empeines se ruborizan, los dedos se besan, se enredan, se muerden.

Ella apoya la cabeza en el pecho de aquel lánguido amante. Un beso de tachuela, frío y débil pincha la pared imaginaria que han construido en la noche. El tiembla, su pantalón se infla, su piel se eriza y vuelve un aire de petit morte. Sube la marea en las sabanas y la risa, las manos se buscan. El besa el muslo izquierdo de ella con los dedos que ahora tiene copa y media de vino en la sangre y lanza ronroneos tibios al aire. “Estoy ebria” ojala sea así del otro lado dice y deja caer su cabeza en el pecho del amante menguante.

El con la boca busca su cuello, sus caderas, las de la mujer silente, su lánguida piel, su agridulce mar. El humo verde se disipa y él besa el aire, con las manos busca los senos entre edredones, recuerda que ella tiene el sol del lado izquierdo y la luna del derecho.

Ella opta por el sueño, su cabeza recostada le roba el brazo como almohada. El con la mano izquierda, insomne, entrega tactos timidos. Se quedan quietos, piel con piel se contienen, buscan sincronía en cada respiro, ella sólo se queja, llora, ronronea dormida.

El con la yema del dedo índice, izquierdo, acaricia la cadera izquierda de ella, se corta el dedo con el filudo hueso y sangra versos en la sabana. El abdomen de ella lo llama, besa la palma de su mano en cada respiro y las heridas cierran, la sangre se esfuma, tibia.

El calor crece, él le besa los cabellos, los hombros y sólo hay ronroneos suaves. El celular suena como grillo, insistente una, dos, tres, veinte veces. Su repique agudo levanta el telón, prende las luces y la realidad llega a su piel aún erizada.

Ella se levanta, no habla. Baño, chamarra, cartera. El se queda, recurrente, velando el aroma de su imagen, abrazando la sombra de aquella amante de luna. Ella se acerca le da un beso corto, él grita no te vayas, ella no escucha. Se levanta, trata de alcanzarla, escucha un último ronroneo en la puerta de calle y el silencio de piedra otra vez.

Vuelve a la casa, prende la luz, encuentra gotas de sangre en el piso y ve que su mano izquierda sangra. Entra al cuarto y en el velador lo esperan: la botella de vino tapada con el corcho roto, una copa vacía y su celular. Mira el teléfono antes de dormir y lee: “ viajo hoy a las siete a Oruro no iré a tu casa, lo siento”.

lunes, marzo 12, 2007

Blanco



Grises como el eco de sus caderas en mis intestinos salen estas palabras mientras de frente cae blanco el futuro, aquel que con sabor a sabanas de lino guardará sus olores en la cama 24. Ese con aroma a destierro, en catre de resortes gritones que albergará sus gritos, los recuerdos de un pasado de carne temblorosa.

Blancas serán las medias de la enfermera que gritará desde el pasillo del hospital de moho. Que no responderá al tembloroso golpeteo en el aparatito lleva gritos de sus uñas secas. Pálido el sueño que besará sus cejas tatuadas de gris, mientras vuelva a sus amantes, a las sábanas teñidas en vino, al golpetear de sus caderas en tanta púpila roja.

Blanco el papelito limpia bocas, en el que anticipo sus estertores de piel de lija, pidiendome que no rasgue sus poros floreados con mis reflejos negros. Aquel que mientras escribo, pide que lo deje en su rutina toca besos, en su naturaleza respira café. Pide que no arañe con tinta su textura, que no ponga el nombre de muerte en su piel guarda besos.

El papel se rompe, entonces mis ojos espantan al espectro y mi memoria le cuenta que blanca también es la mirada por la que laten mis palabras. El toque de almas, el telón ritual que nos protege ahuyenta a la sierpe canela, no conoce de texturas por que su pureza trasciende sus colores.

Al otro lado de esta historia permanece ella. Gris por dentro, inundando sus fosas nasales en cristales blancos, no anticipa, no conoce aún la marcha de chulupis por el techo, el reflejo blanco de jabón patría de la cama 23 que le espera. No escucha los estertores al final del pabellón por que está seca, cómo el vapor turbulento en sus venas. Envuelta en la arrogancia canela de sus huesos está hueca.
Me mira con lentes de sol “made in China”, rechazando la paz de algodón que provocan los besos de sangre, escupe sus rimas de chantaje en dientes amarillos y escapa. Se pierde, esconde las pupilas y me muestra sus pinchazos de jeringa, luego se disuelve en el bambolear de higos secos de su andar.
Escupe algo de basura en éste lienzo y su carcajada tiñe el viento. El telón que nos protege ríe, no siente su tacto negro, en la serenidad que más temprano que tarde mis intestinos, devolverán su gris en la risa del blanco inodoro.

miércoles, enero 31, 2007

I wanna be sedated


Que queda hermano, tengo los pies reventados de dolor, la espalda llena de arañazos, de esos que producen las hormigas trepando las costillas. Tengo la piel seca, cómo cal y no por falta de sol hermano. Mi sangre está sudando estuco, mi pecho gritando sal y que mierda, así nomás es esto de contar día tras día, hora tras hora. Mas bien tengo base, mas bien puedo fumar.
Que queda bro, ¿seguir en el juego?. Como diría el Llegas, reventando en los parlantes del man del lado ..."es doloroso estar tan sobrio".... ¿Es mejor estar sedado?, ni puta idea viejo, ni puta idea, pero sólo tengo esta noica que me revienta la cuca y hay que hornearse. Con tanto tiempo para recordar su aroma en la pared, no queda más cuate, no queda más. La única forma de mirar mis fantasmas en el techo, es con los ojos vidriosos.
I wanna be sedated man, dime acaso si hay otra respuesta, si algo hay detrás de esta pared mordida de humedad, de la mierda de este nicho, por el que encima, tengo que pagar con mi culo el alquiler. Treinta años cuate, dando vueltas como rata, por este hueco de adobe es mucho tiempo. Para que tratar de ser lúcido y jugar a drogarme con las palabras del ex narco, ese que ahora se las dá de pastor y que habla del perdón de arriba, de que la abstinencia se quita con oración y su mano santa calma mi espuma y mis temblores. Para que tanta supuesta lucidez, tanta mamada en la gelatina de mi cuca.
La memoria se resiste viejo y la sangre está curtida. La mota es una pipoca para las culebritas que trepan por mi cabeza, no sirve viejo, hay que quemarse, así paceñamente con nevadito, como el Illimani. La memoria se resiste mierda y vuelve su imagen y entonces me acuerdo viejo, así clarito, de su cara de labios rosa, de su geografía de dulces pecas. Me acuerdo como sonaban sus tripas, con ese polvo mata bichos, ese con que hacen las estrellitas de San Juan. Si, todavía escucho los petardos explotando en su panza, mientras yo cagando de risa. Estaba torcido y ella gritaba, torcido como el chango de trainspotting que se picaba, mientras su wawa se ahogaba con vomito en la cuna.
Todavía escucho como ella me hablaba de su madre, de sus pedos de la U, de que le emputaba que toque en La Banda, que quería más tiempo, que se habia contagiado y que me haga el análisis. Que queda hermano, hay que quemar a estas ratas, confundir a las putas hormigas que suben por mis brazos. Ella está lejos y no fué mi culpa, estaba horneado viejo, cómo podía saber que no era digestan lo que había tomado. Pensé que era un juego, eso de cortarle el cuello, sólo una forma de hacerle cosquillas y nada más. Yo cagaba de risa, con la fuente de sangre esa que a borbotones bañaba mi polera, como saber pues que era cierto y no parte de mi pedo.
En fin, falta harto todavía cuate, mañana será otro día y voy a torcerme toda la tarde. Hay partido, en la cancha "Pinos" Vs "Alamos" dicen; huevo no iré, me duelen las rodillas y cada que corro escupo esa mierda verde, además me acuerdo de su corazón latiendo en mi pecho.
No cuate, mañana prefiero torrar todo el día, se que igual nomás, así re pasado, cuando me duerma la volveré a ver, todo aplastada, con el cuello de rosa abierta, regalándome espinas fosforadas. La voy a ver y besar enterita, recordando sus pechos de chocolate, sus caderas afiladas y escuchando, esa su típica advertencia: "cuando me vaya mi nombre, será el humo de tu yerba".

lunes, enero 15, 2007

El encuentro

Pidiéndome que la escriba, me llamó al amanecer, con ansiedad, para contarme la historia y del insomnio que lo tenía vomitando ese cuerpo hace días. Quedamos en tomar algo y charlar, él creía que con mis aires de cronista podía servir de un buen escriba para recoger su historia; nuestra amistad hacía imposible rechazar el pedido.

Él era un personaje mágico, no por el aura que proyectaba a la gente o los sentimientos que despertaba en otros, sino más bien por la cantidad de supercherías con las que llenaba su vida y, a la vez, es justo también reconocerlo, por ese afán de vivir en su propia historia, la de personajes literarios, los propios y los prestados. Se consideraba un espectador de sus días, un ser que miraba de palco lo que le pasaba, tal vez por eso la angustiante necesidad de narrar una y otra vez sus experiencias a alguien que les pusiera nombre, armara la puesta en escena.

Por azares de la vida, me encontraba clavado hace años en este rol de escriba, ofreciendo mi servicio en la prensa local como transcriptor de historias de todo tipo. Debo confesar que no me podía quejar, el oficio me permitía costear el alquiler y mis cervezas. Él había leído muy bien mi morbosidad en esto de recoger historias ajenas, y luego, contra el compromiso de confidencialidad asumido con el cliente, desnudarlas en el papel, en internet y en panfletos literarios de poca monta; por eso, tal vez, el nexo entre nosotros dos, aunque es necesario aclarar que esta iba a ser la primera vez que sería mi cliente.

Ese día llegué al departamento que él alquilaba en un getto paceño, me senté, abrí la libreta y, entre copa y copa de vino, lo escuché. En palabras teñidas de reflejo de nube, con la llorona de la Chavela taladrando el parlante, empezó a dibujarme la historia. Mientras hablaba, su mente se vaciaba de falsas memorias, de estertores corporales y, sobre todo, de la cursilería que durante aquella noche había bañado la ventana en el amanecer a su lado. Ella ya no importa, en tanto cuerpo, en cuanto piel, me dijo, es simplemente una palabra trémula, su nombre, y son mis dedos los que gritan por construir su propia historia para, despojándola de piel, de todo fluido corpóreo, hacerla inmortal; es por eso que te convoco, sentenció.

Panza vacía, cuerpo limpio, mente supuestamente llana y clara. No hay tóxicos en sus venas, mucho menos los fluidos acuosos de esa mujer; la gelatinosa miel de sus caderas profanando sus poros se ha marchado. En esa medida, consideró que era fácil relatar el encuentro así, con lo que llamaba bisturí objetivo, y jugar en la memoria con el eco cada vez menos intenso de esa presencia ácida.

Lo miro mientras narra esta historia y trato de dibujar en palabras los restos del encuentro. Como siempre en cada encargo, debo asegurarme de que mi pluma recoja todos los detalles del juego; es así que fui dibujando los restos de su memoria, mientras él inflamaba los ojos de humo, convencido de que sin duda aquel espectro, como la llama, era una mujer de espuma, un dejavu con plumas livianas y caderas filudas que le regaló el diablo en una noche teñida de cromo y mercurio, nada más. Era típico en él construir argumentos mágicos, invocando a demonios, cuando se topaba con algo o alguien sobre lo cual no tenía control.

Me habló de esa extraña fuerza que recorrió sus piernas cuando, en el viejo colchón, el reflejo del poste de la esquina barnizó su espalda de arpa en la madrugada, y entendió que era más que eso. Recordemos que, en su superstición, tiende a creer bastante en lo que llama causalidad cósmica, por lo que convierte cualquier encuentro casual en un baile con musas, y luego, con la facilidad con que se encandila, pasa a adorar la oscuridad.

Me contó en detalle cómo congeló el instante en que ella saltó de la cama y, en una caminata acelerada, fue hasta la sala para atender el repique gritón de su celular. Escuchó cómo su voz se fue quebrando y debilitando al responder a quien, del otro lado, le reprochaba, y no le importó. Recuerda bien cómo fue desparramando plumas por el piso, tiñendo su espalda y muslos, en el aura púrpura, mientras su mirada adormilada reía furiosa.

Me contó que el encuentro fue abrupto, como ese juego de memorias que invoca aquel amante de la kabala, de la numerología y de personajes mitológicos. Un haz de luz se trenzó con un temblor de vela, dijo, y se mató de risa. Empecé pidiéndole un cigarro, dijo, y luego, como certero balazo, le lancé la clásica cursilería de que “yo siento que te conozco de algún lado”, ella, con un guiño de ojo, le replicó: “dejavu se llama, yo también lo siento”.

Así empezó la historia. Mientras hablaba, su rostro recuperaba esa rigidez del día que lo conocí, tiempo atrás, en la cárcel de San Pedro; tensó el puño y, elevando la voz, dijo: “Era un silencio en silueta larga, silente línea tesada de cervicales al cóccix, pidiendo que me vuelva flecha, que me entregue a volar desde su arco y esparza mis sesos por el techo, para que ella beba mi razón y mis memorias”.

Me habló de cómo le robó cada palabra antes de que él pudiera decirla; me quitó el guión y, luego de desarmarme, dijo: “Me gustan las historias que terminan con sangre, esas tienen sal”. Es en ese momento que jugué a contarle la historia de Nancy, la changa de la novela de Capote, aunque luego entendí que la diferencia en nuestra historia sería que, en este caso, mis sesos acabarían en la almohada, en vez que los suyos. Es aquí donde, ni bien empezada la historia, él la sentencia y escribe el prólogo de su profecía autoanunciada.

Con esa su falta de orden, volvió de nuevo al encuentro en el boliche y dijo: “El lugar era absolutamente absurdo para juegos metafísicos, la cerveza dormía mis sienes y el tabaco egoísta perforaba sus ojos sin dioptrías”. Esos que gracias al azar auscultaron su alma de perro y poeta roto, pensé. Recordó que el ambiente del lugar donde la conoció era un vacío encuentro de paseantes. Estaban: la gringa, aquella con sexo como el de Sharon Stone, haciendo guiños debajo de la falda a flores en cada cruce de piernas, croando sus ansias al de camisa roja; el anfitrión, cabeza de zanahoria, new yorquino, bailando en desafinadas convulsiones ese himno gay de la Gloria Gaynor, que le daba el aire metro sexual a la noche.

Me habló también de cómo al otro lado permanecía sentado, en pose de chamán destronado, aquel otrora vicepresidente, hoy consultor, acullicando en pausado ritual, tomándose el tiempo para sacar los tallos y colocar las hojas, simétricamente alineadas, en su paladar. A su lado, el de cabello largo y grasiento, con botas de caminante y abrigo negro, sostenía que iba a cumplir cuarenta y que su rostro era de veinte gracias a la hoja de coca y la hierba mate, “seudo poncho negro”, como descubriría más tarde; pero eso es parte de otra historia. Al frente, estaba aquel amante de la cocaína, caspa de Satán, como diría el Velásquez, y quien, en ese entonces, alababa a Dios con gritos y severas alabanzas, mientras se preparaba para ser pastor evangélico, aunque era sabido que tenía el miembro inflamado de lujuria y no iba dejar tan fácil sus antiguos hábitos.

Según lo que él pensaba, fue un juego de azares y angustia, y para ella, “sólo el lugar y la hora donde se encontraron deseo y oportunidad”, replicó, “razón por la cual, entre cerveza y cerveza, fue depositando las agujas de sus ojos en mi pecho”. Con su recurrente forma de adjetivar, me contó que ella aleteó sedienta, sumergiéndose primero en los cabellos del caminante grasiento; luego, en el baile pintorésco del gringo, para terminar bailando salsa con el pastor evangélico. Mientras él, como avestruz, buceaba en su cerveza, ella iba trazando el mapa del lugar y las miradas, sondeando, buscando, el cuello exacto. Sí, estaba definiendo la presa, estoy absolutamente convencido, dijo, mientras lo intangible, aquello que algunos aseguran que es espíritu y pesa 25 gramos, seguía envolviendo el tacto y el verso del poeta, sin que ella acaso lo intuyese.

Le lancé eso de “me importa un pito…”, del Girondo, lo de “tanta casualidad junta da bronca”, y sus parpados respondían con flash de cámara trucha sin pilas. Me causaba gracia su relato, la forma de imposibilitarse, de invalidarse a sí mismo. Recordemos su historia, era, en pocas, un seudo nieto de Pedro Infante que renegaba de su machismo. Pese a ver como inflaba el pecho de seductor con cada palabra, no podía evitar sentir lástima. Sin embargo, era mi deber escucharlo. Era mi oficio.

Luego me contó que hablaron de varías cosas, entre ellas, las muestras de amor, del Epitafio de la Ramona Escalera en Felipe Delgado, el cual repetía de memoria, como mantra, de su atracción por Van Gogh... Yo me mostré racional en ese momento y, como psiquiatra barato, reduje el romanticismo del pintor a un acto impulsivo fruto de la psicosis. Me miró y afirmó que para ella era una muestra real y verdadera de amor eso de regalar partes del cuerpo a alguien.

A esta altura de la conversación, era importante no dejar caer detalle, ya que caso contrario, mi relato no sería el alimento esperado para quien lo compraba, por eso le pedí que detallara más el encuentro. Teñí la madera del piso con mis versos añejos, bebí el vino prestado y emprendí la huida, dijo. Reconozco que mi retorno no pudo ser más cómico, añadió, esperé menos de dos sorbos de cerveza y volví con la chamarra puesta a dar un abrazo al agasajado, y a ella, un beso. ¿El resto?, le pregunté. ¿Qué resto? ¿Lo insoportablemente no leve?, pues seguía ahí, construyendo un camino sin ruta aparente.

Ella se quedó mirando los ojos de canica del “seudo poncho negro”, mientras bailaba fingiendo no percatarse de mi machismo herido, del juego de “me llevo mi pelota”. Después, me lanzó una mirada y el típico “aún no te vayas”; el resto fue historia predecible, al menos para mí, al menos para ella, que ya había barajado las cartas en una correcta proporción de costo-beneficio.

Personalmente, creo que el tema fue, otra vez, su absurda necesidad de aferrarse a la ficción, y que hasta ahora se niega a entender lo que significa un baile de pieles y ya. Sería redundante contar lo que pasó luego, se fueron juntos a su casa. Ella disfrutó unas cuantas palabras, bebió otros versos y se aseguró de dejar marcas suyas por el lugar. Hizo que le enseñara la casa en detalle, criticó las lámparas, las paredes, se arrancó tres cabellos, los dejó por la alfombra y rechazó el piropo a su perfume con toda una cátedra sobre los aromas y Suskind.

Me confesó que, ya en la intimidad, se negó, como lo había hecho desde el principio, a recibir cualquier tipo de orden, desde las más simples, hasta las más lúdicas, como “date la vuelta, quiero ver tu espalda arqueada en mi embestida”. Aclaremos que, según me contó, ella fue la que pidió ver su refugio, la que fue tomando detalles del lugar, como la rosca navideña en la puerta, el orden de los libros y discos, para luego restregarle en su cara, como piedra pomes, sus manías, rituales y la presencia etérea de sus ex mujeres en la casa.

El resto fue sacarse el gustito, dirían por ahí, dejar que el tacto haga lo suyo, beberse piel a piel, y nada más. La noche se dio con ese aire de canción de Sabina y con la Chavela Vargas rompiendo las ventanas en el viejo monitor, mientras las pieles cantaban eso de “ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano aquí”.Luego, el enredo, el encuentro de la savia y su vientre de pitón succionando hasta el alba sus versos. Demás está decir que su afán de no recibir ningún tipo de orden o expresión machista se manifestó en una furiosa cabalgata encima suyo, a lo rodeo, que acabó exprimiendo el calcetín de látex y haciéndolo girar en su interior como un lazo. Obviamente, la consecuencia fue predecible: el látex desapareció y el cuerpo del poeta soportó los embates agresivos y las serruchadas de su cadera tibia y agridulce, pero nada más. La explosión de mi cuerpo en el momento cumbre, barniz que ella anhelante pedía para sus poros, jamás llegó; tal vez es lo único de lo que me arrepiento ahora, dijo. Dado que ella disfrutó múltiples descargas eléctricas en su vientre, durmió plácidamente, dándome la espalda, mientras mis ojos dibujaban algún tipo de conjuro poético en el techo; pero nada de eso sirvió, poesía y sexo no encajan, lo volví a comprobar.

La despedida fue simple, recogió su ropa desparramada por la casa y se vistió. Él no pudo evitar el momento para lanzarle una ráfaga de zalamerías, empezando por la clásica imagen de postal, mostrándole, en un abrazo, cómo la niebla daba brochazos en los cerros, cómo las luces de la ciudad morían en un naranja tibio, dando paso al azul oscuro de la madrugada. Luego, la cagué con mi insistencia, confesó; la estocada machista de ponerme la ropa apresuradamente y ofrecer llevarla en coche las tres cuadras entre mi departamento y el suyo fue el colmo, lo acepto. Ella, obviamente, respondió con insistencia que se iría a pie, pero salieron nuevamente mis genes de Pedro Infante y, con voz firme, dije que era peligroso y de un empujón la subí al coche.

En este punto, es importante añadir que por menos cortó el cuello de su ex mujer, cosa que, sin duda, ella ignoraba. En la despedida, más que predecible, le dijo eso de que ahora se enamorará; ella respondió con un racional “es absurdo, fue intenso, sólo eso y déjalo así”. En la puerta de su casa, un beso tibio de ventosa y un gracias, no sin antes ponerle un dedo en los labios y decir “shhh, yo te llamo”. La verdad, a este punto sentí que perdía el tiempo y entendí cada paso de ella.

Apuré el vino y respiré para escuchar lo último. Me habló del silencio que ahora disfruta, similar al que vivió en la celda; me explicó que había extrañado una patada de yegua en su pecho, ahora tenía tinta para sus versos, dijo. Me contó también de su profecía auto anunciada de ser abandonado, esa que tanto le gusta, por esa necesidad de construir la amante de bruma, liviana y espesa en la mente, que inyecta sangre y melancolía a su noche, pero nada más. Los días han pasado, cuenta velando disciplinadamente su recuerdo, recorriendo sus pasos y, en la memoria, cada rincón de la casa en busca de alguna pista, cada espacio de su cuerpo en busca de antiguas sensaciones. Luego de tanta obsesión taladrando mis días, sólo conseguí un orzuelo, mira, me dio mal de ojo, dijo, tanto pensar en Lilith. Suele dar ese nombre a todas las mujeres que lo acuchillan, luego las pone en un altar, en homenaje a la primera esposa de Adán, aquella primera en escupir al macho, dice.

Me mira, con ese lagrimeo constante en el ojo izquierdo, con el párpado hinchado como bolsa de canguro, y convencido, dice, que fue lo único que logró luego de evocarla. Luego vuelve a contarme de los fluidos secándose en las sabanas, de las paredes que guardan el eco de sus humedades y demás pajas.

Antes de salir, con ese aire de macho desahuciado, me cuenta que le mandó una flor hace unos días, una blanca, me dice, con una nota deseándole buen año. Asegura que no fue su objetivo acosarla, simplemente hacerle saber que la piensa y seguirá esperando, aunque ya tengo preparado el siguiente paso si no funciona, dijo, jugando con el vidrio.

Cansado, me fui, con tres hojas en mi libreta resumiendo su angustiosa espera. La verdad es que no sé cómo ordenar tanta añoranza y obsesión para entregársela; estoy convencido de que ella, esta vez, se equivocó, eligió mal la víctima.

Viernes siguiente, en el clásico café, ella llega tarde como siempre. Empiezo hablándole de cómo me dijo que la añoró en su macurca de vientre. Ella escucha atentamente, le doy el texto y lee “...en la evocación de las paredes he decidido nombrarte...”, lanza una carcajada; me confiesa que luego de que él la dejó en casa, durmió toda la tarde; me dolían los ojos, tenía chaqui y no paré de soñar con Samiel, mi novia de Israel, dijo. Lloré sí, el lunes toda la noche, mientras mis dedos ansiosos jugaron con mi cuerpo, recordándola. Después de media hora de charla, ella pagó el café, recogió su pañoleta de seda y se levantó. Pese a conocerla de años, recién aquel día entendí esa metáfora de espalda de arco, de mujer de espuma, que me había dicho el poeta. Al despedirse, me dijo “gracias por el texto, lo guardaré en mi cajón. Te llamo si la historia tiene otro capítulo, uno de esos con sangre, talvez, o cuando conozca a otro tipo”. Me dio mis cincuenta lucas y se fue sin voltear atrás, como siempre.

Luego de esta historia, decidí dejar la pega de cronista y buscar otra fuente de ingreso. Llamé a mi amigo poeta y decidí confesarle todo. Tomamos unas cervezas toda la tarde y cerramos el capítulo; al menos eso pensé. A la semana de nuestro encuentro, ella recibió en una caja un dedo índice con una nota: “Para que te ayude en tus viajes a Israel”; y yo, otra, con un pendiente de plata en los restos de una oreja.

miércoles, diciembre 20, 2006

Casita Verde

Aquí encerrado en mi casita verde, con el kepi en los pechos de mi ñatita good year. Había pensado tanto en estos tubos, en el viento mueve faldas, escuchando la ciudad en tibias manos, noche tras noche.
La había visto, arrodillada, peregrinando del Club de Cleopatras a la esquina miraflorina; pintando en la acera viñetas de la Biblia. Lloraba en tinta azul eso de ...Yo soy el camino, la verdad y....
Me había dicho que cruzar El Puente era un ritual para las virgenes y lanzarse volar para las violadas. No había entendido, borracha estás señorita, recogete le había dicho.
Frío me hacía, recuerdo clarito, los gritos, el llanto congelado. Después, un, dos, tres, chapuzón de asfalto. Ella pintaba viñetas, mis manos sintonizaban La Chacaltaya, así en mi casita verde, con temblores fríos y Veneno sonando.

miércoles, diciembre 13, 2006

En la ciudad oscura

Al Peter y su cometa

Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto de la ciudad oscura con el ruido a lo lejos es seguro que suspirará, yo suspiraré. (extractos del Poema, Al pasar un cometa, Jaime Sáenz.)

El había caminado mucho los últimos años, buscado demasiado por las calles de esta ciudad. Aquella noche, con los tobillos hinchados como pepa de palta y contra toda indicación del amigo médico, decidió trepar la serpiente de cemento hacía el bosquecillo. Abriéndose paso entre muros de ladrillo y perros lame muerto iba llegar al lugar. Mientras trepaba, a cada paso volvía el recuerdo de sus gritos negros en la madrugada, despertando al cuerpecito adormilado y frágil que empezaba a latir sobre su polera de "Los Ramones".
Esquivando flashbacks, arañazos y maldiciones trepa. Alentado por los aplausos de la brisa en el bosquecillo, sube. El pecho a mil, esa costilla charladora y el queloide, hijo de una punta oxidada en el hombro izquierdo, no lo dejan toser en paz. En el último escalón da la vuelta, mira la mancha de luces temblorosas a sus pies, estira los brazos, saluda a la bruma y bebe los gritos de la ollada.
Al otro lado de la ciudad, ella esperaba en mitad de la avenida. Iba vestida con una bermuda acaricia muslos, corsé de encaje y un abrigo negro que a cada paso besaba las venas azules de sus tobillos. Todo el atuendo negro y unas botas hasta las rodillas con cierre largo. Mirada violeta en pálidos ojos delineados con lápiz negro, puerta abierta a su profundidad de hechicera. El cuello envuelto en un collar con puntas de metal, esconde aquel de perlas que juega con su pecho. En el bolsillo izquierdo del abrigo, un peluchito al que llama "mi hijo". Su dulzura dark, hipnótica, envuelve el viento con sus ojos. Eclipsadora de sombras, Lilith reencarnada en Chuquigago, espera en el bullicio del centro. Su mirada busca en los cerros y no encuentra el suspiro. No escucha el crujir de costillas rotas, el corazón entregando sus días como decía el poema. Suspira, bebe bocinazos y piensa en la mentira de sus versos. Lo añora sin rostro y camina.
Ya en el bosquecillo, él mira la ciudad de pie. Lleva un impermeable negro que juega con el pantalón igualmente negro, mientras el viento patea sus canillas. Las botas de soldado de caballería del Chaco, punta de metal y cordones hasta la rodilla, recuerdan la anestesia en los pies que llegaba luego de entregarse al metanol en el antro dark y los empujones en el concierto punk. Los gritos de ella, ojos rojos en delineado negro, pidiendo besos, gritando que se vaya que iba a doler.
Ya no nieva, como en la canción que el Felipe bebía (...nevando está...), en la melodía turbia del licor. Sólo la brisa de la altura mece las tarjetas navideñas en el Cementerio. En el eco de Villancicos a pilas arrulla muertos, espera el último sorbo. Las risas de los cuates muertos, Juantwotree, el Polcos lo llaman desde la vieja riel. Cuenta los escalones, no escucha sus pequeños suspiros como decía el poeta. Se corta una mano, se araña un brazo, espera el vuelo de su risa en la cola del cometa y no llega.
Estira las piernas, saca del bolsillo derecho el recuerdo. Mira el dibujo en la parte de atrás, es un círculo abollado en el parietal derecho con dos ojos y una boca en mueca. Es su propio rostro, lo sabe por que le cuenta el viento y la imagen de su manito tibia de niña dibujándolo, que vuelve, que lo toca, que grita.
Ella se sienta, se quita las botas besando la punta de flecha con los pezones fríos y arropa a "su hijo" antes de leer a Kafka. Suspira y tose tabaco ya no dibuja círculos abollados. La noche tiembla más que de costumbre, la puerta negra no devuelve su risa, el nombre del padre. Patea la vieja foto de su madre, apaga la lámpara y duerme.
El moja la garganta, termina el vaso. Diecinueve años sin ver a su hija son muchos piensa, si sólo nevara se dice. Da la vuelta el recuerdo, en el anverso una foto. Mira y besa el pecho iluminado con un tibio haz de luz. El cometa no llega, entonces se lanza y vuela. Su impermeable acartonado detiene el impulso, no el impacto certero que hunde el parietal derecho y dibuja en su boca una mueca. La tierra de esponja bebe su sangre. Suspira adormecido y mira su cuerpo, el retrato en su mano le muestra a la mujer de corsé negro, collar de perlas y ojos de hechicera. Con el pecho adormecido respira y al pie de la foto lee. "te aman, tus princesas".La luz se vuelve negra, el suspiro llega y cesa. No existe en la muerte, su preciosa compañía.

martes, noviembre 21, 2006

tac, tac, tac,



Hoy presionan tus yemas la fila de cubitos alienados, con suaves masajes, esos que esperan nacer en palabras y antes eran tatuajes sin retorno cayendo por mi piel. Tus dedos no saben de escribir contratos o pagarés, menos memoriales o informes, son unos palitos saltarines que dibujan alegría, bailotean con el Jazz y dan un juego perfecto de percusión al blues que eleva por el techo en cada soplido.

Antes había que tener puntería, golpear la vieja Rémington y patear con fuerza esa telita teñida de tinta, a veces negra a veces bi color como pañoleta de guerrillera del ELN, para que tus gritos se graben en la espalda. Hoy la sandinista está muerta, como la ruidosa maquina del amigo de barba y Gitane negro, esa que lo acompañaba en sus vueltas al día en tantos mundos.

Tus uñas bien pintadas hoy regalan perfume a esos cuadraditos de plástico ocho horas diarias, a los cubitos muy rígidos, muy snob que producen algo digital, en una piel virtual. No sabes de cartas de despido y de memorandums con carbónico, aunque de mes en mes te gusta bailar en las teclas y jugar a la Remington, es ahí cuando me preparo y respiro la nicotina en tus uñas y la cerveza tibia en tus labios. Tú, sólo miras por la ventana, las gotas panzonas de lluvia reventando el Choqueyapu, pretendiendo que es Paris en esa nostalgia tan bleu que pinta tus palabras.

Juegas, no con el golpe seco que le gustaba al Chinasky, o el Borbon tiñendo el papel grueso. Te gusta sentir este tímido tartamudeo que producen tus articulaciones de seda, te gusta por que sabes que mis poros buscan el dolor detrás de cada anuncio. Saltas, golpeteas y te ríes de sus uñas onicofagicas y chatas que responden un cursi yo también del otro lado.

Te confieso, aún prefiero; por ese andar melancólico que me caracteriza, los redonditos fríos que activan martillos tipográficos, tatuando a fuerza en blanco y negro. El volar, con estampilla en la derecha y agua de Jazmín tapando una lagrima en la cuarta f de la fila 6. Extraño: la resolana por la ventana hueca de Sopocachi, tu bambolear pausado de la alfombra al cuarto, tu vientito en mi espalda, cuando corres de la chimenea a la mesa, que desvistas mi piel y teñirme del humo que rebota en lámpara, mientras un seco tac tac, tac, me patea y escribe un te odio en mi espalda blanca.

domingo, noviembre 19, 2006

Los años pasan el sabor no...

Quieto, con las manos firmes en la mesa, sus ojos contando las manchas en la pared, se levanta, da tres vueltas a la silla y se sienta. Oruga de espalda recta, cae encorvado entre papeles amarillos, tiembla, grita y escupe nuevamente esa tinta roja. Mañana le toca recoger su análisis,piensa mientras el vino amarillo escurre por el pantalón.

Se acomoda agazapado en el asiento derecho, la gorra Mike esconde los ojos de viscacha, los cachetes cobre y esa boca tan gastada. Te mira y solo ríe, tiene overol plomo y dice que no está cansado, recibe un grito y una coca cola de a luca, se la toma y escoge la gata correcta, tiene que sacar dos llantas y el sol le quema la espuma que nada en las venas.

Se mece con el viento, perforando la espalda en aquel arbol, se abre paso entre niños y mujeres apresuradas por ir a misa. La polera ploma con numero 35 tiene tres manchas de mani y anticucho. Mira al cielo, estornuda y esquiva el carterazo de aquella de perfume dulzón. Su amigo se va, el taxista se acerca, jala su oreja izquierda y la lata rueda por el piso.

martes, octubre 10, 2006

“9ème jour”


Ayer te he visto en las paredes del subsuelo de la Alianza Francesa y me he acordado de tí, de tus piernas de alambre y tu cabello largo molestando al viento, de tus dedos de uñas rosadas y frías, pinchando la pelota de la otra niña. Ayer he vuelto a tus diez años y buscando en tu mirada he sentido otra vez esa furía contestaría con que envolvías a tus Barbies en velos negros.

He jugado con tu imágen, congelado en la forma de tu rodilla izquierda y en tu lunar de uva he recordado, tus risas en los juegos de cartas, tus bromas tan naif, tu cansancio en ese jardín paceño, en esa casa en la que te tenían a fuerza.

Ya me habían contado que volaste, y sí, ayer te he encontrado, libre, con tus alas extendidas, con ese perfil tan "belle epoque" en el sepia del Sol Mateo. En este mi jour de merd, con pesada espalda de camisa de alambres, el aleteo de tu libertad me has contagiado.

Foto Sol Mateo, exposición 9eme jour, Alianza Francesa, 2006

sábado, septiembre 16, 2006

Paseante eléctrico

Fue un viaje eléctrico en química congelada,
él, barbas ralas, panza de ballena y articulaciones de pelota de ping pong,
recetaba reflexiones y mensajes a lo Kung-Fu “no escribas lo que no sabes leer”, dijo
y sumergió las canas en chuflay.

Fue un viaje liviano con pensamientos místicos, con Kubrick Pavloviano en mis ojos
Alex y sus Druggos ahí tomando Moloko en la pantalla, mientras el viejo Ludwig en mute
él, calvo de dientes postizos, amigo de noches de averno gritaba su alegría:
“mi viejita se salvó, Dios me dio una señal”, decía fumando cigarro de canela y clavo de olor

Fue un viaje sereno en gotas de metanol en piel, en jarrita con hielo muerde garganta.
ella, camisa a cuadros, manos de lija y plata, cabello corto, geografía recta y menuda.
miraba desde el fondo, sumergiendo sus ojos cannabilicos en la cerveza
su sonrisa de espejo blanco, me regaló el baile tembloroso de piercings y viví...
“amo los perros, necesito coca no glucosa, ¿voy a una Rave, vienes? , dijo.


Químico, eléctrico, místico, sereno, anestesiado,
viaje en laberintos de asfalto negro
ella, revelando sonrisas a mi mirada vomitiva
él, hígado verde en esqueleto rojo, mirando por sus lentes cuadrados
Cocoroco, el Fin del Mundo, el Taxi blanco..

Fue un viaje lento, con sabor a Deja vú gastado y sin sorpresa
con cristales blancos trepando por las venas,
con guitarras furiosas del pasado,
fue un claro y líneal viaje

Cinco de la tarde y estoy seco,
con el paladar de lija, con las orbitas latiendo,
Hoy será un mal viaje, lo anuncian las hormigas en mi sangre.

martes, agosto 08, 2006

Estas paredes.......

Los demonios de estas paredes tienen los píes fríos y escupen gritos. Me lanzan azufre verde, camuflado en pisaditas de perro azul, en elefantes y ositos verdes caminando en la ventana. Los fantasmas de este encierro son un hielo ácido que muerde omoplatos, tuerce tobillos y sin embargo los alimento, los disfruto.

Redes de seda, de esa babosa, tranparente, que puebla cornisas vigila mis púpilas mudas y turbias. Mantis de hilo rodando por el piso y una enredadera rebelde partiendo la pared, me gritan que el tiempo no ha muerto. Aromas grises juegan con mi espalda, en cloaca de vómito, esa que parece salir del inodoro cada vez que vuelvo a pensarla .

Flashes, de accidentes, arañazos, mordiscos, patadas, gritos y flemas, vuelan crepusculares por las paredes, tinta negra sin embargo muerde cada espacio. Me refugio en un estertor mustió que se tiñe de miel cuando mi memoria celebra el ansia de sus besos.

El maligno mojó sus garras en las paredes llenas de moho de este puerco puerto. Lo sé y no me angustia, sus legiones rieron en su casquibana faz que hoy por hoy sólo devuelve el eco de antiguos agravios.

Si, los demonios de las paredes tienen los pies secos y vomitan gritos y a mi que mierda me importa, es mi techo y sobre sus despojos levantaré mi historia.

lunes, junio 26, 2006

Duendes San Juaninos

...Tengo una pistola por si un día todo falla, y en vez de hacer la cola poder saltar la valla
pero no tengas miedo ahora no está cargada....

Cristina y los subterraneos, cantando eso de los mil pedazos cayendo por la habitación, de no querer volver del lado salvaje, evocando a Lou Reed. Ella con los ojos rojos de humo y con los pulmones temerosos y cancerígenos, me mira desde su absurdo y seductor silencio y me dice que la poesia desde hoy tendrá sólo mi nombre.
Morenada en los parlantes y concurso de tangas, la flaca mostrando que se rasuró y tiene un osito en su tanga celeste, ella, indicando que no se puso ninguna.
El gringo todo adormecido por el dulce de Tiquipaya, ahi, eclipsado por el fuego, mientras ella lo marea mostrándole como su ego, se ahoga en una copa de vodka con Red Bull
Yo, solamente floto en esta nube adormecida y voy sintiendo el sabor a huesos de su piel perdiendose en un abrazo mio. Sus manos que se mueren por trenzarse a las mías y sus neuronas tibias que se niegan a este baile horizontal, por eso de ¿cómo carajo hacemos para seguir siendo amigos, después?.
Luego, con el cielo amarillo, el teclado de aquel de mandibulas adormiladas y pupilas gritonas, juega con el blues paceño y el tango y nos congrega al ritual Say no More en las teclas.
Escucho los acordes del teclado evocando a Fito y me incorporo de golpe, para llegar al calor de la leña, a su piel enrojecida por el fuego. De pronto el viejo duende chapucero me pone zancadilla y me voy con todo sobre la mesa, mi rostro se sumerge en el vidrio y dos vasos detienen mis orbitas dejandome sendas marcas rojas que hoy laten violáceas.
El amanecer gris y ahumado me saluda, camino al cuarto lejano y caigo de bruces en el colchon de lata, vestido, abrazando el amuleto de Té Jazmín.
Despierto y la realidad golpea fría en mi espalda, el resto es lo de siempre angustia, articulaciones rígidas y bajón químico.
Después de todo, ya te lo dije, me sigue importando un pito que tengas los senos de pasas de higo y las nalgas de limón partido, el tema es que tu no quisiste darte cuenta, así que pena, penita pena, mejor sigo durmiendo que sigo adormecido

sábado, junio 17, 2006

Cordobesa 6 AM

Quería ser el puño de tu chompa, pullover dirías vos, para sentir tus mordiscos desesperados conjurando el frío, la sed de tus labios palpitando. Te queda bien el verde limón cubriendo tus piernas y tus zapatos rojos, combinan de forma extraña con la pañoleta hindú que juega a ser falda. La madrugada paceña te parte el rostro, tus labios laten en púrpura pidiendo versos. Sos intensa flaca, te gusta trepar paredes y dormís con veinte tipos en un cuarto hediondo, cuidate y si algún día querés bañarte dejame ser agua por tus poros...

lunes, junio 12, 2006

Dientes de gato


Las cuerdas de dientes de gato, rasgando tímpanos en una tarde seca, en un auto exilio imaginario. El aluvión de melodías revienta con dura estridencia en mi pulso, escribo mientras siento la angustia " in crecendo" por mis yemas, mi incoherencia en el ritmo agónico de acordes.

El escape se deja guiar por los acordes sincopados, el viaje es blanco y lineal hacia el encuentro con la certeza, esa que se asoma y acongoja. El viaje es corto y rápido no hay tiempo para pensar cambios de ritmo, sólo para esquivar el estruendo tembloroso en el pecho.
De pronto un golpe seco me detiene para decirme que la angustia no se marcha, que el fantasma corre más rápido que mis pasos tibios y el encuentro llegarán tarde o temprano al final del pentagrama.

La sien reventando en chorro rojo, perforada por la última gota de espera, la primigenita certeza. La fe luchó con sangre para ahuyentar espectros y todo fue dado, ahora calla el cuerpo. La sed y el ansia cesan, al final la carrera era una sola, tarde o temprano un golpe iba a terminar con todo.

Este texto es parte del proyecto "Sinestesias". Ilustración de Ada Esquirol Ríos(http://aguitafresca.blogspot.com) para el texto inspirado en la partitura N°1, interpretada por Ricardo Luna.

martes, mayo 30, 2006

Tres....

I
Guardé el camino en la memoria a tu recuerdo, ese de mejillas blancas que se vuelven cereza con el sol de invierno paceño. Esa imagen de comisuras con surcos finos que se camuflan en la tibia luz. Sin duda tienes otro aire con la luna en tu piel, resalta la forma de tus lunares peregrinos, el tenue azul de tus parpadeantes venas. Tu pecho, manto de sal y miel, poblado de pecas es un caprichoso desorden de seda.

Verte de día despierta las arrugas en tus ojos, las marcas en tu piel y tu colmillo izquierdo desgastado y café. Sin duda la noche te regala un aire tenue, un pálido reflejo de Geisha río platense y la luz de la ventana pinta un suave almendra en tus ojos. ¡Chaú prendo la lámpara?

II

Todavía conservas la manía telefónica de acariciar con los cambios de voz, te gusta el café de maquina, algún nuevo hábito tenías que adquirir en este tiempo, tus dientes de viborita tienen un amarillo verdoso y tus labios carnosos, a lo Angelina Jolie, perdieron el rojo intenso. Te sigues depilando las cejas, tus manos están más frías que antes y tus uñas tienen un tono azulado. Ríes con la misma burlesca carcajada de años atrás. Tus piernas bailan en tu jean a la cadera y tus nalgas de mandarina me guiñan el ojo. Frente a frente, tus ojos tiene un aura de plomo y tu bajo peso hoy es señal de enfermedad más que moda. Chaú, ¿quieres suelto para el café?

III

Sigues soplandote la nariz con servilleta y tu cabello lacio aún tiene caspa. Tus encías pasaron del tenue rosa al morado gingival y tus dientes filudos, tienen surcos amarillentos. Tus dedos arqueados de sensual chelista hoy parecen palitos chinos quebrados. Sigues fiel a las faldas persas y tus caderas mantienen las dimensiones de manzana. Tus pies largos como zapato de payaso, no combinan con tus senos de limón partido.
Tomas té y pastel de maracuya, detestas aún más el tabaco y el vino. Ríes hacía adentro y te olvidas las fechas con mayor frecuencia. A pesar de todo, todavía tienes la habilidad de escribir tu dirección en una servilleta. Chaú, ¿te dejo mi libreta?.