Ella ha vuelto, es una especie de elipsis de paño con vinagre blanco, una pastillita, un susurro divino, un ya no te espero, un sin embargo haces eco.
En este silencio es una forma de lavar gritos, mordiendo esas saudades exquisitas con sus ojos. Es todo menos: la modorra, la astenia, la apatía, la anedonia, la abulia y otras tantas cosas que me hacen llamarla en reverberantes estornudos. Ella es al final mi antídoto sopocachense.
Ella ha vuelto y ríe con el foco lila en su cuerpo y me muestra su lengua ya sin piercing negro, me besa la panza con ese par de alas tatuadas en su cadera y celebra a mi lado estar a punto de terminar la carrera de medicina.
Infla el pecho orgullosa y me invita a "challar” sus nuevas y asiliconadas tetas en mis labios. Sabe de medicina lo que yo de letras y cuando no cascabelea el coxis en este colchón, cierra todas las puertas de su cuerpo. Cuando no trabaja en el 163 pasa sus días en el hospital psiquiátrico metiendo su inofensivo e inservible dedo meñique en la nariz de los toxicómanos. Penetra sin pagar los tabiques perforados por la cocaína y les reprocha con un guiño en el rostro su absurdo romance con la blanca.
Ella me besa rompiendo códigos amatorios, burlando a su alcahuete me susurra—quiero ser tu mejor fiesta- Sin permiso deja a mi cuerpo despertar en sus caderas, conjura prosa barata con aquel anillo de plata que un napolitano le regaló en miraflores, artilugio que ahora duerme celebrando la nada en su mano izquierda, cual amuleto espanta rosas.
Ella ya no baila en el tubo, por que dice que le paspaba los sueños, y sólo le raspaba el bolsillo. Ganabba poco en el escenario por eso prefirió ser su dueña, ganando 200 por hora. Celebra con sus piernas exactas ahorcando mis tobillos haberse comprado un auto, haberme reencontrado luego de 3 años, estar a punto de ser doctora y sin ningún hijo a cuestas.
Al hablar de paliativos químicos me dice que no gracias, que no quiere ser baile en Tiquipaya ya que le aburre la marihuana. Dice que canta mejor con Jack Daniels y en su fantasía en borbón se convence que ser puta es bueno.
Ella nuevamente ha reído, con el precio justo, con el beso en labios, cosa ya de por sí anti ética y confianzuda para este rubro. Nuevamente arañó en cabalgatas el viejo tambor de grasa que ecológicamente protege mis genitales.
Ella quiere volver a su valle, por que odia el lubricante barato, el foco violeta de marca china. Detesta la textura de las sábanas almidonadas y sobre todo aquel gobelino sintético, con una amazona casando un tigre, mal clavado en el techo que tiene que ver en mitad de las caricias torpes de algún borracho de mandíbula desencajada.
Ella me confiesa que por nada del mundo quiere volver a emborracharse sola en este lugar. Sabe que por más que se resista “El Tio” del boliche cuando duerma le bajará otra vez los calzones y hará de las suyas, esparciendo azufre en su entrepierna. Lo peor no es que a ella no le guste, lo insoportable es que nuevamente lo hará sin pagarle un peso.
Ejercicios literarios, crónicas, miradas a la ciudad, relatos, poesía (de vez en cuando) y todo lo que este aprendiz de escritor produce en el camino a encontrar su propia voz (Al final Borges la encontró a los 70 años)
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miércoles, enero 06, 2010
jueves, octubre 01, 2009
Sueños y taquicardia
Sus ronquidos rebotan en el vino de la pared mal pintada de su cuarto. Ella duerme, mientras aquel atrapa sueños comprado en la Sagarnaga conoce el perfíl de sus senos de fresa, por las noches estira sus plumas y hace cosquillas en los pezones de la que duerme, ella abre la boca, muestra la ya conocida curvatura en su canino derecho y exhala un aullido con sabor a mar salado.
Ella conoce Tailandia sólo por la ropa de algodón que nuevamente ha vestido su cuerpo para la foto. Mira a la cámara de forma desafiante y con esa sonrisa de medio lado, él la mira detrás del lente de la cámara, detrás del monitor de su computadora, desde el espacio que esconde su intromisión reverberante.
"Que los muertos entierren a los muertos", recuerda aquella frase de la Biblia y concluye que es necesario apretar la X en la esquina derecha del monitor y gritar con la boca pegada a la pantalla "botá ese atrapa sueños!!!", antes de ponerse el pulgar derecho en la carótida y sentir su pulso acelerado.
Hoy no tomó su pastilla para la hipertensión, hoy despertó después de una pesadilla, hoy tiene taquicardia y decidió que sería buena idea comprar un atrapasueños y volver a ver en la noche sus fotos de Tailandia.
Ella despierta, mira el techo, piensa que el color rojo quedó perfecto en su nueva casa, mira el atrapa sueños, agradece al gran brujo no haber tenidos pesadillas, se levanta, desayuna medio pan y con alivio recuerda la buena decisión de haber sacado de su vida al borracho taquicárdico.
Ella conoce Tailandia sólo por la ropa de algodón que nuevamente ha vestido su cuerpo para la foto. Mira a la cámara de forma desafiante y con esa sonrisa de medio lado, él la mira detrás del lente de la cámara, detrás del monitor de su computadora, desde el espacio que esconde su intromisión reverberante.
"Que los muertos entierren a los muertos", recuerda aquella frase de la Biblia y concluye que es necesario apretar la X en la esquina derecha del monitor y gritar con la boca pegada a la pantalla "botá ese atrapa sueños!!!", antes de ponerse el pulgar derecho en la carótida y sentir su pulso acelerado.
Hoy no tomó su pastilla para la hipertensión, hoy despertó después de una pesadilla, hoy tiene taquicardia y decidió que sería buena idea comprar un atrapasueños y volver a ver en la noche sus fotos de Tailandia.
Ella despierta, mira el techo, piensa que el color rojo quedó perfecto en su nueva casa, mira el atrapa sueños, agradece al gran brujo no haber tenidos pesadillas, se levanta, desayuna medio pan y con alivio recuerda la buena decisión de haber sacado de su vida al borracho taquicárdico.
jueves, marzo 26, 2009
Chaskañawis..
A las chaskañawis de trenzas ausentes, que esconden la pollera fucsia en la forma de un jean a la cadera.
A esas descoloridas en algodón prelavado de la Uyustus, que hacen que tu mirada bambolee y se babee en el hueco de un ombligo con piedrita de fantasía, con joyita made in China.
A aquellas que esconden en "ese palpitar" tan a lo Sandro, de poros canela, furiosas agujas que punzan las miradas las lascivas y babeadas.
Hablo de esas warmis, con valentía embriagada en huesos seductores. De aquellas que te llevan sin rubor a sacarte de un tajo las fibras de la vida y ofrecerselas en un plato de plástico, en un agónico ají de fideos con sentires.
Suelen ser indolentes en la certeza de la miel que inyecta los parpados de una locura cándida y frenética. Suelen ser adictas al "si pero no" "me asusta pero me gusta".
Warmis cobardes, ñustas parodiadas en Yanbal, como hacen temblar el corazón de espuma del que escribe, el agónico paso de la malta en sus venas, cada vez que dicen ""yaaaa", cada vez que muerden un tal vez o con sonrisas de bicarbonato y escupen, cual antidoto blanquea piropos, un..."no maaanches".
A esas descoloridas en algodón prelavado de la Uyustus, que hacen que tu mirada bambolee y se babee en el hueco de un ombligo con piedrita de fantasía, con joyita made in China.
A aquellas que esconden en "ese palpitar" tan a lo Sandro, de poros canela, furiosas agujas que punzan las miradas las lascivas y babeadas.
Hablo de esas warmis, con valentía embriagada en huesos seductores. De aquellas que te llevan sin rubor a sacarte de un tajo las fibras de la vida y ofrecerselas en un plato de plástico, en un agónico ají de fideos con sentires.
Suelen ser indolentes en la certeza de la miel que inyecta los parpados de una locura cándida y frenética. Suelen ser adictas al "si pero no" "me asusta pero me gusta".
Warmis cobardes, ñustas parodiadas en Yanbal, como hacen temblar el corazón de espuma del que escribe, el agónico paso de la malta en sus venas, cada vez que dicen ""yaaaa", cada vez que muerden un tal vez o con sonrisas de bicarbonato y escupen, cual antidoto blanquea piropos, un..."no maaanches".
viernes, marzo 06, 2009
Años de Mordaza
Hace tiempo que no me escuece el ojo derecho debido a una extrema dósis de juventud femenina desbordada en sonrisas muerde pupila.
Hace tiempo que esta piel no quiere escaparse a abrigar los poros de la última vertebra lumbar de una mujer que brota vida.
Hace tiempo que no sentia este tipo de saudades y añoranzas tan extrañas, esas que produce el flirtreo de ojos y manos dibujando estelas de angustia, desesperados besos que nacen muertos. Hay nostalgias, sin duda, esas de lo no vivido como diría Monsieur Madrid (Sabina).
Esta bien, ya entendí flaca volviste reencarnada en una piel tan canela, volviste y me remueves otra vez esas palabras secas, esas cursilerías dulzonas, esos tonos de voz juguetones, esos mensajes de texto timidos y anónimos, patetico dirás, empecinado avejentamiento que te mira, con catalejo desde una esquina 15 años más allá, diré.
Hay estos rubores, hay estos viejos temblores, serenos, todavía vivos, entre tanta mirada con saberes y ayes...
Hay estas cadencias y coqueteos, está cancioncita y tu risa de eco explotando en el teléfono a las 9 de la noche...
Con diez años de menos
(Silvio Rodríguez)
Si fuera diez años más joven, qué feliz
y qué descamisado el tono de decir:
cada palabra desatando un temporal
y enloqueciendo la etiqueta ocasional.
Los años son, pues, mi mordaza, oh mujer;
sé demasiado, me convierto en mi saber.
Quisiera haberte conocido años atrás
para sacar chispas del agua que me das,
para empuñar la alevosía y el candor
y saber olvidar mejor.
Esta mujer propone que salte y me estrelle
contra un muro de piedras que alza en el cielo.
Y como combustible me llena de anhelos,
de besos sin promesa y sentencias sin leyes.
Esta mujer propone un pacto que selle
la tierra con el viento, la luz con la sombra.
Invoca los misterios del tiempo y me nombra.
Esta mujer propone que salte y me estrelle.
Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.
Con diez años de menos, no habría esperado
por sus proposiciones y hubiera corrido
como una fiera al lecho en que nos conocimos,
impúdico y sangriento, divino y alado.
Con diez años de menos, habría blasfemado
con savia de su cuerpo quemaría los templos
para que los cobardes tomaran ejemplo.
Con diez años de menos, hubiera matado.
Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.
(1978)
viernes, agosto 03, 2007
Nadas
Y creyó una vez más que eran brisa, caricia tibia trayendo certezas y nuevos aires.
Y creyo tercamente que eran piel teñida de alabanzas y de confesiones ciertas
Y entendió una vez más que eran burla, fiesta de vientres, veleta al viento
Y entonces nuevamente, en la madrugada, con besos de cebada comprendió que no eran nada.
Despertó en humedades rojas, recostado en la nieve paceña y en el mandala de sangre creyo ser nuevamente alguien.
Y creyo tercamente que eran piel teñida de alabanzas y de confesiones ciertas
Y entendió una vez más que eran burla, fiesta de vientres, veleta al viento
Y entonces nuevamente, en la madrugada, con besos de cebada comprendió que no eran nada.
Despertó en humedades rojas, recostado en la nieve paceña y en el mandala de sangre creyo ser nuevamente alguien.
miércoles, julio 25, 2007
Solipajas...
Hoy defiendo a raja tabla la simpleza de caminar solo para purgar nostalgias
Me declaro partidario de iracundos y cómicos monólogos ahuyenta oficinistas
Acérrimo militante de buscar pepas de aceituna en las aceras
Hoy celebro con orejas de parlante la sinfonía de voceadores y bocinas
Y afirmo mi compromiso con el cielo azul de julio y el crujir del pasto seco
Mi fanatismo invernal por el Mentisan en las bocas besadoras.
Hoy declaro mi convicción a respetar el orden caótico de la Pérez
Mi silente devoción a las sonrisas de los lustras y las patas saltarinas de los chicos cebra
Hoy, por si quedan dudas, afirmo ser un soliloquio de ausencia en estas calles
Me declaro partidario de iracundos y cómicos monólogos ahuyenta oficinistas
Acérrimo militante de buscar pepas de aceituna en las aceras
Hoy celebro con orejas de parlante la sinfonía de voceadores y bocinas
Y afirmo mi compromiso con el cielo azul de julio y el crujir del pasto seco
Mi fanatismo invernal por el Mentisan en las bocas besadoras.
Hoy declaro mi convicción a respetar el orden caótico de la Pérez
Mi silente devoción a las sonrisas de los lustras y las patas saltarinas de los chicos cebra
Hoy, por si quedan dudas, afirmo ser un soliloquio de ausencia en estas calles
Un fantasma que a la distancia besa tu piel de mar.
viernes, junio 29, 2007
Noche de gatos
Atardecer paceño él espera la hora del encuentro en la oficina. La busca en el chat antes de salir a la calle, prende un cigarro, baja por El Centro, la busca en la noche, la llama al celular. Baja a la farmacia, busca una aspirina, lee una frase de la Madre Teresa, sobre el egoísmo y el miedo en el mostrador de una tienda.
El aire tibio rompe la noche y mientras la espera toca su espalda una brisa de estornudos, se da la vuelta y encuentra el rostro de ella. Caminan, en absurda seriedad silente. El agarra sus cabellos le da un beso tibio, con manto de luna sin mordiscos como testigo. La estrella amarilla de siempre, en noche pincha silencios, hace guiños en su espalda arqueada al caminar.
El mira el reloj son las 9:00 de la noche, caminan y callan “chaú me voy" dice ella…”¿qué fue"? Replica él "hace frío", responde. El decide calmar los animos y entra a una tienda a comprar un vino, la señora no lo escucha, absorta mira en la tele la noticia de un accidente. Otra vez hierros retorcidos en primer plano, la prensa amarillista es una mierda, las carretera a Oruro una cagada, piensa él.
Suben al taxi, el chofer neurótico de camisa a cuadros juega a las carreras e insulta a la gente. Ella en calma le pide respeto y menos velocidad “que mala suerte con los chóferes tengo hoy dice”. Me hace frío el silencio piensa él. Llama a la tienda, y ordena por fín el vino y un paquete de cigarros como forma de romper el hielo.
Llegan al barrio que comparten, caminan por el caminito de piedras que separa ambas casas, sendero frágil une ventanas. Ella se adelanta bamboleante y serena, su espalda sonríe sus ojos no. El la abraza, el silencio pincha y le sube el limón en las venas. Busca su cuerpo se detiene y la abraza, mientras mira su rostro, está palida como la luna.
Llegan al lugar de siempre pasan el pasillo viejo del conventillo, las rajaduras de las paredes los saludan. Cruje el piso, entran. Ella camina a su esquina favorita, mira con nostalgia el lugar. El se aleja a la sala, a la ventana cómplice. Abre la cortina, prende la lámpara. Busca la silueta del Illimani, a la izquierda las laderas parpadeantes los saludan.
No funciona el truco de la media luz y las velas, piensa. Ella lanza un suspiro apaga fuegos, deja sus cartas sobre la mesa, ambiguas como su piel. Hay dos opciones sentencia: "me voy o me aguantas en silencio, hoy es un día de gato y creo que los próximos serán negros, con mucho silencio dice". La decisión está en sus manos, él acepta la pelota en su cancha y le pide que se quede. Con la advertencia de la distancia sellada en un abrazo le roba un beso de sus labios fríos.
La mira y calla en pensamientos que no exigen, en sentires que gritan comerle el alma a besos. Silencio de muro, él va a la cocina, ella a la cama. Espalda encorvada, ojos secos, él se adentra en la cocina, "hoy no habrá sexo mata tedios" piensa. Pone agua en la caldera, está seguro que algún día la quemará, toma coca cola, dos aspirinas y enciende un porro. Mira la ciudad, el Illimani ahora sí aparece, sus ojos se ponen rojos y sopla un beso de humo al cuarto.
Entra, la mira como tantas noches, clara oscura en la cama de madera vieja que cruje en cada respiro, sin necesidad de tacto. Ella entibia su piel con una frazada y con miel en los ojos perfora los labios de aquel que parado en la esquina de la puerta mira.
"¿Quieres coca o jugo?", le dice, el vino no es para ver tele piensa. Vino sentencia ella. Vuelve a la cocina, abre la botella, se rompe el corcho, mala señal piensa. y sirve las dos copas con tinto a la mitad. La boca esta seca, la noche le parte la cabeza. Vuelve y las rayas de la cama tiemblan como cuerdas de piano mal tesadas, busca las teclas, en el pecho cubierto de la mujer silente no las encuentra.
El humo verde afecta rápido piensa él. La cama lo llama, cómplice de entregas, de viajes a su humedad, de mordiscos en poros, piensa. Refugio de pieles, se recuesta en el lado izquierdo, busca y no encuentra los pies de ella. El se queda en la improductiva decisión de respetar su pedido de no me toques, de no invasión.
Peli francesa en la tele, comedia con chistes muy parissiene para la noche. Ella arrastra los pies al encuentro, los tobillos y empeines se ruborizan, los dedos se besan, se enredan, se muerden.
Ella apoya la cabeza en el pecho de aquel lánguido amante. Un beso de tachuela, frío y débil pincha la pared imaginaria que han construido en la noche. El tiembla, su pantalón se infla, su piel se eriza y vuelve un aire de petit morte. Sube la marea en las sabanas y la risa, las manos se buscan. El besa el muslo izquierdo de ella con los dedos que ahora tiene copa y media de vino en la sangre y lanza ronroneos tibios al aire. “Estoy ebria” ojala sea así del otro lado dice y deja caer su cabeza en el pecho del amante menguante.
El con la boca busca su cuello, sus caderas, las de la mujer silente, su lánguida piel, su agridulce mar. El humo verde se disipa y él besa el aire, con las manos busca los senos entre edredones, recuerda que ella tiene el sol del lado izquierdo y la luna del derecho.
Ella opta por el sueño, su cabeza recostada le roba el brazo como almohada. El con la mano izquierda, insomne, entrega tactos timidos. Se quedan quietos, piel con piel se contienen, buscan sincronía en cada respiro, ella sólo se queja, llora, ronronea dormida.
El con la yema del dedo índice, izquierdo, acaricia la cadera izquierda de ella, se corta el dedo con el filudo hueso y sangra versos en la sabana. El abdomen de ella lo llama, besa la palma de su mano en cada respiro y las heridas cierran, la sangre se esfuma, tibia.
El calor crece, él le besa los cabellos, los hombros y sólo hay ronroneos suaves. El celular suena como grillo, insistente una, dos, tres, veinte veces. Su repique agudo levanta el telón, prende las luces y la realidad llega a su piel aún erizada.
Ella se levanta, no habla. Baño, chamarra, cartera. El se queda, recurrente, velando el aroma de su imagen, abrazando la sombra de aquella amante de luna. Ella se acerca le da un beso corto, él grita no te vayas, ella no escucha. Se levanta, trata de alcanzarla, escucha un último ronroneo en la puerta de calle y el silencio de piedra otra vez.
Vuelve a la casa, prende la luz, encuentra gotas de sangre en el piso y ve que su mano izquierda sangra. Entra al cuarto y en el velador lo esperan: la botella de vino tapada con el corcho roto, una copa vacía y su celular. Mira el teléfono antes de dormir y lee: “ viajo hoy a las siete a Oruro no iré a tu casa, lo siento”.
El aire tibio rompe la noche y mientras la espera toca su espalda una brisa de estornudos, se da la vuelta y encuentra el rostro de ella. Caminan, en absurda seriedad silente. El agarra sus cabellos le da un beso tibio, con manto de luna sin mordiscos como testigo. La estrella amarilla de siempre, en noche pincha silencios, hace guiños en su espalda arqueada al caminar.
El mira el reloj son las 9:00 de la noche, caminan y callan “chaú me voy" dice ella…”¿qué fue"? Replica él "hace frío", responde. El decide calmar los animos y entra a una tienda a comprar un vino, la señora no lo escucha, absorta mira en la tele la noticia de un accidente. Otra vez hierros retorcidos en primer plano, la prensa amarillista es una mierda, las carretera a Oruro una cagada, piensa él.
Suben al taxi, el chofer neurótico de camisa a cuadros juega a las carreras e insulta a la gente. Ella en calma le pide respeto y menos velocidad “que mala suerte con los chóferes tengo hoy dice”. Me hace frío el silencio piensa él. Llama a la tienda, y ordena por fín el vino y un paquete de cigarros como forma de romper el hielo.
Llegan al barrio que comparten, caminan por el caminito de piedras que separa ambas casas, sendero frágil une ventanas. Ella se adelanta bamboleante y serena, su espalda sonríe sus ojos no. El la abraza, el silencio pincha y le sube el limón en las venas. Busca su cuerpo se detiene y la abraza, mientras mira su rostro, está palida como la luna.
Llegan al lugar de siempre pasan el pasillo viejo del conventillo, las rajaduras de las paredes los saludan. Cruje el piso, entran. Ella camina a su esquina favorita, mira con nostalgia el lugar. El se aleja a la sala, a la ventana cómplice. Abre la cortina, prende la lámpara. Busca la silueta del Illimani, a la izquierda las laderas parpadeantes los saludan.
No funciona el truco de la media luz y las velas, piensa. Ella lanza un suspiro apaga fuegos, deja sus cartas sobre la mesa, ambiguas como su piel. Hay dos opciones sentencia: "me voy o me aguantas en silencio, hoy es un día de gato y creo que los próximos serán negros, con mucho silencio dice". La decisión está en sus manos, él acepta la pelota en su cancha y le pide que se quede. Con la advertencia de la distancia sellada en un abrazo le roba un beso de sus labios fríos.
La mira y calla en pensamientos que no exigen, en sentires que gritan comerle el alma a besos. Silencio de muro, él va a la cocina, ella a la cama. Espalda encorvada, ojos secos, él se adentra en la cocina, "hoy no habrá sexo mata tedios" piensa. Pone agua en la caldera, está seguro que algún día la quemará, toma coca cola, dos aspirinas y enciende un porro. Mira la ciudad, el Illimani ahora sí aparece, sus ojos se ponen rojos y sopla un beso de humo al cuarto.
Entra, la mira como tantas noches, clara oscura en la cama de madera vieja que cruje en cada respiro, sin necesidad de tacto. Ella entibia su piel con una frazada y con miel en los ojos perfora los labios de aquel que parado en la esquina de la puerta mira.
"¿Quieres coca o jugo?", le dice, el vino no es para ver tele piensa. Vino sentencia ella. Vuelve a la cocina, abre la botella, se rompe el corcho, mala señal piensa. y sirve las dos copas con tinto a la mitad. La boca esta seca, la noche le parte la cabeza. Vuelve y las rayas de la cama tiemblan como cuerdas de piano mal tesadas, busca las teclas, en el pecho cubierto de la mujer silente no las encuentra.
El humo verde afecta rápido piensa él. La cama lo llama, cómplice de entregas, de viajes a su humedad, de mordiscos en poros, piensa. Refugio de pieles, se recuesta en el lado izquierdo, busca y no encuentra los pies de ella. El se queda en la improductiva decisión de respetar su pedido de no me toques, de no invasión.
Peli francesa en la tele, comedia con chistes muy parissiene para la noche. Ella arrastra los pies al encuentro, los tobillos y empeines se ruborizan, los dedos se besan, se enredan, se muerden.
Ella apoya la cabeza en el pecho de aquel lánguido amante. Un beso de tachuela, frío y débil pincha la pared imaginaria que han construido en la noche. El tiembla, su pantalón se infla, su piel se eriza y vuelve un aire de petit morte. Sube la marea en las sabanas y la risa, las manos se buscan. El besa el muslo izquierdo de ella con los dedos que ahora tiene copa y media de vino en la sangre y lanza ronroneos tibios al aire. “Estoy ebria” ojala sea así del otro lado dice y deja caer su cabeza en el pecho del amante menguante.
El con la boca busca su cuello, sus caderas, las de la mujer silente, su lánguida piel, su agridulce mar. El humo verde se disipa y él besa el aire, con las manos busca los senos entre edredones, recuerda que ella tiene el sol del lado izquierdo y la luna del derecho.
Ella opta por el sueño, su cabeza recostada le roba el brazo como almohada. El con la mano izquierda, insomne, entrega tactos timidos. Se quedan quietos, piel con piel se contienen, buscan sincronía en cada respiro, ella sólo se queja, llora, ronronea dormida.
El con la yema del dedo índice, izquierdo, acaricia la cadera izquierda de ella, se corta el dedo con el filudo hueso y sangra versos en la sabana. El abdomen de ella lo llama, besa la palma de su mano en cada respiro y las heridas cierran, la sangre se esfuma, tibia.
El calor crece, él le besa los cabellos, los hombros y sólo hay ronroneos suaves. El celular suena como grillo, insistente una, dos, tres, veinte veces. Su repique agudo levanta el telón, prende las luces y la realidad llega a su piel aún erizada.
Ella se levanta, no habla. Baño, chamarra, cartera. El se queda, recurrente, velando el aroma de su imagen, abrazando la sombra de aquella amante de luna. Ella se acerca le da un beso corto, él grita no te vayas, ella no escucha. Se levanta, trata de alcanzarla, escucha un último ronroneo en la puerta de calle y el silencio de piedra otra vez.
Vuelve a la casa, prende la luz, encuentra gotas de sangre en el piso y ve que su mano izquierda sangra. Entra al cuarto y en el velador lo esperan: la botella de vino tapada con el corcho roto, una copa vacía y su celular. Mira el teléfono antes de dormir y lee: “ viajo hoy a las siete a Oruro no iré a tu casa, lo siento”.
jueves, junio 21, 2007
Fast...la no hija de la no lagrima (Peperina el Sábado es San Juan)
Estaba en llamas cuando me acosté
Pulsaciones rojas, burbujitas de efedrina saltando en la laringe, efervecientes en el pecho. La maleta celeste en la esquina de siempre, los libros, el tabaco y los discos. Acelerado el camino, otra vez la carretera, la ruta.
Este no es un acto confesional de redención autoimpuesta, sólo un brotar de palabras de espuma, en caos incosistente gritan y rebotan. Casandra Lounge y eso de fifteen 4 ever en el auricular sin cable.
El viejo piano con eso de las promesas sobre el bidet, me trae su rostro mostrando la paja de la cara ajena. Si flaco, era Cenicienta en su cuento. Te amo y te odio dame más grita y luego calla Peperina, cuando la irremediable imagen de orbitas huecas promete una nueva redención, mirando el techo en convulsiones cabalgadas.
Pedro Aznar trajo la nariz roja y contaminada de su concierto en Santiago y gritó el último gol de Boca ayer como bostezo, al mismo tiempo las paraguas de cabello oxigenado y ombligo sediento, luego de Bolivia 0 Paraguay O, comieron un choripan de cuclillas, de cara a un Pubis poco angelical para congraciarse con el dealer de la plaza por el empate.
Abrite un buen vino otra vez Peperina, deja que la espuma fluya. Relax, atómica, aglutinante, sangrada y en sal de mar. Los mariscos, esos curiosos bichos peruanos congelados en el boliche de Achumani inflan tus canales de yodo y fosforo. Saltan mis fetiches en ojos saltones por la sed y en un beso seco quedas, tibia.
El cielo de invierno en el año 5515. La cabala cristiana del año 2007 no tiene sentido, la causalidad cósmica, relativa, inerte es supercheria de feria ante la poca esperanza. Por eso:
Chau "la sal no sala Peperina", el bife se come con piel...FAX U y PUNTO.
Coda: El vaso equilibra la Fanta en su ombligo. La marea naranja reposa en las paredes azules del vaso, esas con colorcitos caprichosos, souvenir de Isla Negra. Veneno, muy fast, muy rapido, luego el color turquesa de su collar etno besa mi pecho en cada embestida. Las promesas sobre el bidet, alimentando de nuevo che. Que buen sabor tienes con mariscos.
PD: Derby Naranja de caballito de ojos rojos, vino y los siguientes discos alivian la lectura: Fifthteen forever (Casandra Lounge); Say no more, Hija de la lagrima, Piano Bar (Charly García); Peperina (Serú Girán).
viernes, junio 08, 2007
Santiago III
…Ya ves y yo sigo pensando en ti…
Salí a la calle al final del día, con la mirada adormecida por la falsa bruma. Las ganas, honestamente, eran de leer algo y dormir, pero otro era el plan que tenía la ciudad para mi. Salimos de aquel complejo de cemento en el que se encuentra la oficina cayendo la noche. Me acompañaba la Pepa, una revolucionaria de los 70, con boina negra y sobretodo de lana. Años de burócrata tras un escritorio, más por necesidad que oficio, no mataron su rebeldía y ganas de respirar poesía. Ella, en silencio y en mi ausencia, había planeado, con aquel calido personaje de bigote blanco, la incursión nocturna. Subí al taxi sin mucha expectativa, imaginándome la velada en un Mall o un Restaurante de esos caros en un barrio de más cemento, en un sector tan globalizado y vacío de sentido.
Llegamos, el arribo fue curioso, era como estar en la calle España en Cochabamba, o la Presbitero Medina en La Paz, sólo que más grande. Respiré por primera vez algo más que Smog. Sentí identidad y la personalidad de un Santiago que se defiende, que se resiste a ser un una copia barata de cualquier ciudad global.
El barrio se llama Bellavista y colinda con el centro de Santiago, se ubica al norte de la ribera del Mapocho. Las ha vivido todas, desde ser en sus inicios zona católica y aristocrática, burdel encubierto para políticos del gobierno, punto de resistencia en la dictadura y hasta meca de la vida nocturna en los noventa.
Empezamos la caminata, esta vez el frío no interesa es más regala la atmósfera perfecta para disfrutar las fachadas de las casas. El moho que se cuela por las paredes te va contando las historias del barrio. Aquellas de chicas sonrientes hace más de cincuenta años que alegraban la siesta de diputados liberales y rechonchos, las otras de caricias furtivas en el motel amarillo, donde estudiantes confabulaban entre sabanas contra la derecha. La calle te habla de la lucha en el golpe, de la pelea contra el nuevo golpe, el del progreso y la despersonalización. La gente pasa, algunos te miran desde la ventana y perciben que tus ojos escanean la zona con aires ajenos, a unos les gusta a otros les es indiferente.
Llegamos a la Chascona, último refugio Santiaguino de Neruda, ella dibuja en el rostro, la sonrisa que acompañaba los debates universitarios. Me cuenta del caldillo que preparaba la madre de su amigo, esa que acabó viviendo en La Chascona después de Neruda y surge la inevitable pregunta ¿en que universidad estudiabas?, en el único territorio libre de América, la U de Chile me responde, entonces todo cuadra, cobran sentido, las preguntas sobre mi país, sobre Evo, la risa que contiene ante las colegas de la oficina, bronceadas y con el cabello teñido de rubio en este invierno. La boina parisiense y ese aire detrás de las arrugas de mujer de batalla, recobran presencia. Aunque hoy carga en la espalda el peso de la burocracia, vuelve esta noche, a ser aula de sociología contestaria.
Me cuenta sobre las luchas en dictadura, la locura de seducir a los milicos con la minifalda en plena resistencia y luego cargar la metralleta para ir a defender alguna fábrica, en el córdón industrial. Me habla del primo Cura que mandaron al destierro y acabó muriendo de pena y sorojche en Putre. Hablamos del Chile de hoy, de la vergüenza de los Santiaguinos con el otro país, ese del cual no hablan, el que no aparece en los afiches de ciudad competitiva, estable y moderna que sirven para atraer inversionistas.
Me llama la atención nuevamente la mezcla de casas simples de una planta y paredes de cemento, pintadas de forma caprichosa y deliberadamente kitsch. Juega el color de paredes ocre, azules, amarillas, cafés, con las luces de la noche y te regalan al caminar, murales cubistas, graffitis contestatarios, soles y lunas en portones de madera con candado. Las puertas te entregan: musica (punk, jazz, trova) risas y de rato en rato sale gente de algún bar para invitarte a pasar.
Llegamos a una galería construida en el patio interior de un manzano de casas. Me cuentan que fue una iniciativa vecinal para evitar la construcción de un edificio. El lugar es todo de madera y encuentras desde artesanía Rapa Nui, vino e incluso medicinas tradicionales Mapuches.
Es otro el color en los rostros, otro el aroma en la gente joven de este lado de la ciudad, grafitea, fuma. Pienso que aún cree, resiste y muta contra la corriente. Son el Santiago que también cuestiona, ese de los colegiales que arman barricadas en los colegios y se hacen llamar pinguinos y con quince años se declararan marxistas y les devuelven sin miedo las bombas de gas a los carabineros.
Luego de caminar por calles misteriosas, me sorprendo con una casona café escondida a las faldas de un cerro, con las ventanitas crujiendo y los ojos que miran y reciben. Me despiertan sueños locos, ganas de mudarme a su esquina con sauce seco y paredes de piedra y disfrutar la jubilación en este lugar. Ella ríe y me invita a comprarnos la casa, poner un bar con libros, aunque adelanta que probablemente muera antes que yo llegue a viejo.
Volvemos a las preguntas, a las heridas del 73 y me cuenta que jugaba en la casa de Allende a sus 6 años y que es la oveja negra de izquierda en familia de derecha, la cual poco a poco acabó por aceptar su coherencia. Vuelve a pintar sus palabras con el calor de su lucha, me habla del Pantera, brasilero que vino a armar la resistencia en la U, yo del Guillermo Bedregal García que organizó a los bolivianos de la U de Chile, ella de su amiga que murió en un cordón industrial. Me cuenta de cómo se refugiaban en el altillo de la casa de su amigo hijo diplomático, paradójicamente en Las Condes y con ametralladora en la ventana, veían como los milicos se limpiaban a los chicos de la U a tiros en el cerro.
Estábamos, sin darnos cuenta, hablando del mismo año, de la misma gente de una misma lucha, en un Santiago que ya no me resulta ajeno, que respira los mismos aires que respiró mi padre. Ella sintió el temor de la mano negra del milico en su juventud igual que yo en mi infancia.
Hoy trabaja en un organismo internacional, destino predecible de tanto izquierdista que se acabó aburguesando. Se refiere con respeto al proceso de cambio en mi país y le da bronca la gorda, como llama a Bachelet, por que no entiende lo que representa ser la primera mujer presidente en Chile, eso hace que la derecha esté creciendo dice.
Caminando por estas calles recuerda el día que murió Pinochet, parecía otro golpe, igualito habrían champaña y te insultaban Los fachos dice. La miro, recuerdo el departamento donde vivo, las historias que ahora escucho y decido quedarme con el Santiago, del otro lado del espejo, eso que no les gusta ver a muchos y siento la terquedad de un barrio que esquiva, lo más que puede, el consumismo aunque igual se quiera filtrar y llegue disfrazado de bohemia a sus paredes.
Más tarde llegamos al Mesón Nerudiano un restaurante muy al estilo de Don Pablo. Nos invitan al subsuelo, una cueva mágica con vino, seguimos la charla y llega él, profesor universitario de toda la vida, también con boina resistente, antiguo exiliado en el golpe. Me cuenta la historia vedada de Bellavista y luego habla con admiración del cambio en Bolivia y que tiene miedo que la derecha se aproveche de la ingenuidad de Evo, misma que vió en Allende y fue, según él, la causa de su derrota. Es que ser ingenuo es a veces tan necesario, aunque peligroso pienso. Luego hablamos de Bolivia, de Santa Cruz, de Coroico, de La Paz y me siento a gusto, latinoamericano nuevamente.
De pronto entra ella en escena, mulata de ropa negra, juega con el micrófono con ese, “camelo” como dirían los andaluces y regala unas notasde jazz al aire. Mira de reojo a la única mesa, la nuestra, y pone miel a su gruesa voz. Luego me entero, es Aidé Milanes, hija de Pablo acompañada de Héctor, otro cubano al piano. Encuentro en su mirada las saudades de mar y me eriza la forma que acarica el aire con las manos al sentir el bolero en su voz.
El show es increíble, su voz tiembla en el bolero, en canciones de Bola de Nieve, de Pablo, en sus propias composiciones, simplemente siento el lugar y el piano que salta con fuerza del jazz al son, del blues a la salsa. Me parece ver la silueta tuya, mientras ella canta, apoyada en el muro de piedra, bailando, sintiendo y me doy cuenta que te pienso y que es posible vivir y sentir en la simpleza de un piano, en una mujer que canta en la punta de un taburete y en el vino que besa recuerdos. Traigo a la memoria palabras, sentires tactos y los pinto a la distancia, en la voz de esta mujer que embriaga con su forma de saludar a la nossshccche como dicen en Cuba.
La salida a la hora exacta, para dejar el sabor a poco en el pecho y las ganas del retorno. Me besa el frío nuevamente y las paredes rojas de la casa que grita la música de un power trio calientan el aire. El lugar pinta sus paredes de colores más intensos, se globaliza sí; en la oferta de bares, restaurantes, pubs, aunque todos saben que es un truco para mantenerse en pie. Respiro nuevamente los versos del poeta y veo como La chascona estornuda poesía en la calzada, esa que tanto necesita la gente para no caer a la tentación del Mall y el Condominio de vidrios.
Más tarde en un semáforo y bajo un puente dos personas duermen en cajas de cartón. Desde el auto, rumbo a casa, veo al lado izquierdo séis chicos de “carrete” con el reagueton a todo volumen, viven otra anestesia. No importa, es bueno saber que Santiago en el patio trasero no cambió mucho y permanece. Volveré, pisaré nuevamente las calles de esta ciudad y cuando tome un vino en alguna de las esquinas de Bellavista, iré pensando en como decorar mi casa del cerro para cuando me jubile.
Salí a la calle al final del día, con la mirada adormecida por la falsa bruma. Las ganas, honestamente, eran de leer algo y dormir, pero otro era el plan que tenía la ciudad para mi. Salimos de aquel complejo de cemento en el que se encuentra la oficina cayendo la noche. Me acompañaba la Pepa, una revolucionaria de los 70, con boina negra y sobretodo de lana. Años de burócrata tras un escritorio, más por necesidad que oficio, no mataron su rebeldía y ganas de respirar poesía. Ella, en silencio y en mi ausencia, había planeado, con aquel calido personaje de bigote blanco, la incursión nocturna. Subí al taxi sin mucha expectativa, imaginándome la velada en un Mall o un Restaurante de esos caros en un barrio de más cemento, en un sector tan globalizado y vacío de sentido.
Llegamos, el arribo fue curioso, era como estar en la calle España en Cochabamba, o la Presbitero Medina en La Paz, sólo que más grande. Respiré por primera vez algo más que Smog. Sentí identidad y la personalidad de un Santiago que se defiende, que se resiste a ser un una copia barata de cualquier ciudad global.
El barrio se llama Bellavista y colinda con el centro de Santiago, se ubica al norte de la ribera del Mapocho. Las ha vivido todas, desde ser en sus inicios zona católica y aristocrática, burdel encubierto para políticos del gobierno, punto de resistencia en la dictadura y hasta meca de la vida nocturna en los noventa.
Empezamos la caminata, esta vez el frío no interesa es más regala la atmósfera perfecta para disfrutar las fachadas de las casas. El moho que se cuela por las paredes te va contando las historias del barrio. Aquellas de chicas sonrientes hace más de cincuenta años que alegraban la siesta de diputados liberales y rechonchos, las otras de caricias furtivas en el motel amarillo, donde estudiantes confabulaban entre sabanas contra la derecha. La calle te habla de la lucha en el golpe, de la pelea contra el nuevo golpe, el del progreso y la despersonalización. La gente pasa, algunos te miran desde la ventana y perciben que tus ojos escanean la zona con aires ajenos, a unos les gusta a otros les es indiferente.
Llegamos a la Chascona, último refugio Santiaguino de Neruda, ella dibuja en el rostro, la sonrisa que acompañaba los debates universitarios. Me cuenta del caldillo que preparaba la madre de su amigo, esa que acabó viviendo en La Chascona después de Neruda y surge la inevitable pregunta ¿en que universidad estudiabas?, en el único territorio libre de América, la U de Chile me responde, entonces todo cuadra, cobran sentido, las preguntas sobre mi país, sobre Evo, la risa que contiene ante las colegas de la oficina, bronceadas y con el cabello teñido de rubio en este invierno. La boina parisiense y ese aire detrás de las arrugas de mujer de batalla, recobran presencia. Aunque hoy carga en la espalda el peso de la burocracia, vuelve esta noche, a ser aula de sociología contestaria.
Me cuenta sobre las luchas en dictadura, la locura de seducir a los milicos con la minifalda en plena resistencia y luego cargar la metralleta para ir a defender alguna fábrica, en el córdón industrial. Me habla del primo Cura que mandaron al destierro y acabó muriendo de pena y sorojche en Putre. Hablamos del Chile de hoy, de la vergüenza de los Santiaguinos con el otro país, ese del cual no hablan, el que no aparece en los afiches de ciudad competitiva, estable y moderna que sirven para atraer inversionistas.
Me llama la atención nuevamente la mezcla de casas simples de una planta y paredes de cemento, pintadas de forma caprichosa y deliberadamente kitsch. Juega el color de paredes ocre, azules, amarillas, cafés, con las luces de la noche y te regalan al caminar, murales cubistas, graffitis contestatarios, soles y lunas en portones de madera con candado. Las puertas te entregan: musica (punk, jazz, trova) risas y de rato en rato sale gente de algún bar para invitarte a pasar.
Llegamos a una galería construida en el patio interior de un manzano de casas. Me cuentan que fue una iniciativa vecinal para evitar la construcción de un edificio. El lugar es todo de madera y encuentras desde artesanía Rapa Nui, vino e incluso medicinas tradicionales Mapuches.
Es otro el color en los rostros, otro el aroma en la gente joven de este lado de la ciudad, grafitea, fuma. Pienso que aún cree, resiste y muta contra la corriente. Son el Santiago que también cuestiona, ese de los colegiales que arman barricadas en los colegios y se hacen llamar pinguinos y con quince años se declararan marxistas y les devuelven sin miedo las bombas de gas a los carabineros.
Luego de caminar por calles misteriosas, me sorprendo con una casona café escondida a las faldas de un cerro, con las ventanitas crujiendo y los ojos que miran y reciben. Me despiertan sueños locos, ganas de mudarme a su esquina con sauce seco y paredes de piedra y disfrutar la jubilación en este lugar. Ella ríe y me invita a comprarnos la casa, poner un bar con libros, aunque adelanta que probablemente muera antes que yo llegue a viejo.
Volvemos a las preguntas, a las heridas del 73 y me cuenta que jugaba en la casa de Allende a sus 6 años y que es la oveja negra de izquierda en familia de derecha, la cual poco a poco acabó por aceptar su coherencia. Vuelve a pintar sus palabras con el calor de su lucha, me habla del Pantera, brasilero que vino a armar la resistencia en la U, yo del Guillermo Bedregal García que organizó a los bolivianos de la U de Chile, ella de su amiga que murió en un cordón industrial. Me cuenta de cómo se refugiaban en el altillo de la casa de su amigo hijo diplomático, paradójicamente en Las Condes y con ametralladora en la ventana, veían como los milicos se limpiaban a los chicos de la U a tiros en el cerro.
Estábamos, sin darnos cuenta, hablando del mismo año, de la misma gente de una misma lucha, en un Santiago que ya no me resulta ajeno, que respira los mismos aires que respiró mi padre. Ella sintió el temor de la mano negra del milico en su juventud igual que yo en mi infancia.
Hoy trabaja en un organismo internacional, destino predecible de tanto izquierdista que se acabó aburguesando. Se refiere con respeto al proceso de cambio en mi país y le da bronca la gorda, como llama a Bachelet, por que no entiende lo que representa ser la primera mujer presidente en Chile, eso hace que la derecha esté creciendo dice.
Caminando por estas calles recuerda el día que murió Pinochet, parecía otro golpe, igualito habrían champaña y te insultaban Los fachos dice. La miro, recuerdo el departamento donde vivo, las historias que ahora escucho y decido quedarme con el Santiago, del otro lado del espejo, eso que no les gusta ver a muchos y siento la terquedad de un barrio que esquiva, lo más que puede, el consumismo aunque igual se quiera filtrar y llegue disfrazado de bohemia a sus paredes.
Más tarde llegamos al Mesón Nerudiano un restaurante muy al estilo de Don Pablo. Nos invitan al subsuelo, una cueva mágica con vino, seguimos la charla y llega él, profesor universitario de toda la vida, también con boina resistente, antiguo exiliado en el golpe. Me cuenta la historia vedada de Bellavista y luego habla con admiración del cambio en Bolivia y que tiene miedo que la derecha se aproveche de la ingenuidad de Evo, misma que vió en Allende y fue, según él, la causa de su derrota. Es que ser ingenuo es a veces tan necesario, aunque peligroso pienso. Luego hablamos de Bolivia, de Santa Cruz, de Coroico, de La Paz y me siento a gusto, latinoamericano nuevamente.
De pronto entra ella en escena, mulata de ropa negra, juega con el micrófono con ese, “camelo” como dirían los andaluces y regala unas notasde jazz al aire. Mira de reojo a la única mesa, la nuestra, y pone miel a su gruesa voz. Luego me entero, es Aidé Milanes, hija de Pablo acompañada de Héctor, otro cubano al piano. Encuentro en su mirada las saudades de mar y me eriza la forma que acarica el aire con las manos al sentir el bolero en su voz.
El show es increíble, su voz tiembla en el bolero, en canciones de Bola de Nieve, de Pablo, en sus propias composiciones, simplemente siento el lugar y el piano que salta con fuerza del jazz al son, del blues a la salsa. Me parece ver la silueta tuya, mientras ella canta, apoyada en el muro de piedra, bailando, sintiendo y me doy cuenta que te pienso y que es posible vivir y sentir en la simpleza de un piano, en una mujer que canta en la punta de un taburete y en el vino que besa recuerdos. Traigo a la memoria palabras, sentires tactos y los pinto a la distancia, en la voz de esta mujer que embriaga con su forma de saludar a la nossshccche como dicen en Cuba.
La salida a la hora exacta, para dejar el sabor a poco en el pecho y las ganas del retorno. Me besa el frío nuevamente y las paredes rojas de la casa que grita la música de un power trio calientan el aire. El lugar pinta sus paredes de colores más intensos, se globaliza sí; en la oferta de bares, restaurantes, pubs, aunque todos saben que es un truco para mantenerse en pie. Respiro nuevamente los versos del poeta y veo como La chascona estornuda poesía en la calzada, esa que tanto necesita la gente para no caer a la tentación del Mall y el Condominio de vidrios.
Más tarde en un semáforo y bajo un puente dos personas duermen en cajas de cartón. Desde el auto, rumbo a casa, veo al lado izquierdo séis chicos de “carrete” con el reagueton a todo volumen, viven otra anestesia. No importa, es bueno saber que Santiago en el patio trasero no cambió mucho y permanece. Volveré, pisaré nuevamente las calles de esta ciudad y cuando tome un vino en alguna de las esquinas de Bellavista, iré pensando en como decorar mi casa del cerro para cuando me jubile.
miércoles, mayo 09, 2007
Coquetear al Poeta II
Debes irte, mirando intermitente desde alguna nube,
luego, si te lo pide, volver entonces con la cara lavada y el cabello besando tus pestañas.
Llorar en su pecho, a miserables veinte centímetros de su boca y en la mirada mojada gritarle un ahórcame o bésame.
Debes dejar que se mojen sus labios en el sabor de tus venas
y gritarle silenciosa que te deje.
Asegurarte, que tu mano izquierda juegue con su pierna en la huida,
darle un tibio te quiero en su boca partida y morderle sin asco los poros.
Dejar luego que te seduzca, permaneciendo sentada en posición de loto,
ocultando los lugares por los que grita su abstinencia.
Debes darle una caricia con la palma izquierda y esbozar una sonrisa tibia,
pararte de golpe,
besar su frente,
mirarle la camisa gastada
y gentilmente, cerrarle la bragueta.
Después, en silencio, debes darte la vuelta,
y dejar que te bese, abriendo tus labios y lanzando sólo tres jadeos.
Debes mirar la puerta y lanzar un gracias, con entonación de te deseo y semántica de no me toques e irte de su vida por tres o cuatro días.
A tu retorno el tendrá la soga lista y tú te sentarás a esperar que hable
y envuelva tu cintura con ese tejido de versos manipula piernas. Dirá esas palabras que suelen decirse, tocará con esa tibieza que suele tocarse,
mirara como suele mirarse y besará como debe besarse.
A la madrugada, morderá tu pie izquierdo y luego de besarte el labio inferior
y el de más abajo, pasará la soga por su cuello.
Entonces, comprenderás, que el bamboleo fino de caderas en la huida
deja siempre una tornasolada espina en su terquedad
Aceptarás que volverá por más
Que asfixiara independencias
Que será gota china en tu frente y
beso de taladro
Y se quedará en ti,
Y seducirá tu risa blanca
Y comerá tu fruto de mar
Y nuevamente soportarás
que no se largue.
luego, si te lo pide, volver entonces con la cara lavada y el cabello besando tus pestañas.
Llorar en su pecho, a miserables veinte centímetros de su boca y en la mirada mojada gritarle un ahórcame o bésame.
Debes dejar que se mojen sus labios en el sabor de tus venas
y gritarle silenciosa que te deje.
Asegurarte, que tu mano izquierda juegue con su pierna en la huida,
darle un tibio te quiero en su boca partida y morderle sin asco los poros.
Dejar luego que te seduzca, permaneciendo sentada en posición de loto,
ocultando los lugares por los que grita su abstinencia.
Debes darle una caricia con la palma izquierda y esbozar una sonrisa tibia,
pararte de golpe,
besar su frente,
mirarle la camisa gastada
y gentilmente, cerrarle la bragueta.
Después, en silencio, debes darte la vuelta,
y dejar que te bese, abriendo tus labios y lanzando sólo tres jadeos.
Debes mirar la puerta y lanzar un gracias, con entonación de te deseo y semántica de no me toques e irte de su vida por tres o cuatro días.
A tu retorno el tendrá la soga lista y tú te sentarás a esperar que hable
y envuelva tu cintura con ese tejido de versos manipula piernas. Dirá esas palabras que suelen decirse, tocará con esa tibieza que suele tocarse,
mirara como suele mirarse y besará como debe besarse.
A la madrugada, morderá tu pie izquierdo y luego de besarte el labio inferior
y el de más abajo, pasará la soga por su cuello.
Entonces, comprenderás, que el bamboleo fino de caderas en la huida
deja siempre una tornasolada espina en su terquedad
Aceptarás que volverá por más
Que asfixiara independencias
Que será gota china en tu frente y
beso de taladro
Y se quedará en ti,
Y seducirá tu risa blanca
Y comerá tu fruto de mar
Y nuevamente soportarás
que no se largue.
jueves, mayo 03, 2007
Nuditos
Hay un nudito de palabras que aprisiona mi lengua, con la misma exactitud de aquel nudo marinero con el que ella ató mi muñeca. Es un nudito de soga extraña, crece por las noches, se expande y me dice cosas al oído. Cuando respiro, su fantasma en la almohada no me deja dormir del lado derecho de la cama.
Hay un nudito de besos en mi garganta que llena de humedades mi estomago y devuelve los sabores tibios de su vientre. Me amarra a su textura mientras voy recogiendo sus lunares de las sábanas y no me deja tragar mis pastillas contra el dolor de oído.
Hay un nudito de besos en mi garganta que llena de humedades mi estomago y devuelve los sabores tibios de su vientre. Me amarra a su textura mientras voy recogiendo sus lunares de las sábanas y no me deja tragar mis pastillas contra el dolor de oído.
Hay un nudito de llanto en mis ojos que crece cada vez que encuentro su mirada de sal, me ata a la gristaurina forma que tiene de sentirme y no me deja ver bien las luces de mi ciudad por la ventana.
Hay un nudito que ata mis alas de murcielago a sus caderas realistas, me enrecta la espalda y mientras escribo, no deja que me chorree en la silla como me gusta.
Anoche luego de vernos, debajo del sillón, encontré nuevamente mi tijera.
lunes, abril 23, 2007
En la almohada
Luego de escucharte con el corazón pausado, en esa casa que se derrumba, en aquel lugar que tanto te gusta, en ese espacio de cicatrices, las del cuerpo, las de las paredes.
Luego de la lluvia en tus ojos y en los míos, en nuestras pieles arañadas, nuevamente he balanceado silencios y de tu mano escuchado: el aroma de los fracasos, de los insultos y críticas del pasado, de este presente sin nombre, de esa palabra tan grande que tanto te asusta y flota por el cuarto.
Así suavito, con tu cabeza en mi pecho, con la imagen de tu vientre enroscando soledades he vuelto a pensarte y en el vacío de esta noche he comprendido finalmente lo que somos.
Luego de la lluvia en tus ojos y en los míos, en nuestras pieles arañadas, nuevamente he balanceado silencios y de tu mano escuchado: el aroma de los fracasos, de los insultos y críticas del pasado, de este presente sin nombre, de esa palabra tan grande que tanto te asusta y flota por el cuarto.
Así suavito, con tu cabeza en mi pecho, con la imagen de tu vientre enroscando soledades he vuelto a pensarte y en el vacío de esta noche he comprendido finalmente lo que somos.
miércoles, abril 18, 2007
INVENTARIO
Es de tarde, los ojos se secan buscando el aroma de tu espalda, es tarde y el cuello se asfixia en la corbata. El shuffle me regala esta canción y voy inventariando tus lunares en la ausencia.
Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos,
el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos,
las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario,
el espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos,
mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido,
el tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos,
la lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno,
tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva, mi canción,
el bramido del viento entre los árboles,
el silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo,
el padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos,
el naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío,
el desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrado, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego,
el insomnio, la dicha, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni Dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio,
todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.
Joaquin Sabina
martes, abril 17, 2007
Onirica III
Hay una corona de seda envolviendo mis sienes, en cada latido crecen aceitunas que ruedan por el piso y se convierten luego en bolas de lana, que hambrientas muerden las cicatrices de mis paredes. La ventana muestra fuegos artificiales, luego son balazos que perforan mi pecho y caen en su rostro arrodillado. Ella bebe la sangre y yo me seco, cómo higo, y me pierdo.
Un viejo de negro llora debajo la mesa del comedor, canta un villancico, yo lo miro y se agazapa, le llevo agua, le llevo cigarros y canta más fuerte. Sus alas crecen, entonces sale volando, dando grititos agudos, cantando un bailecito, estampillándose, Taparaco contra el techo.
Hace frío, ella está lejos de casa, en un lugar de viento que no quiere dejar. Es la mujer de miel, la que refuerza paredes con sus besos. Las abejas muerden su espalda, ella deja que beban de sus huesos mientras camina al vacío. Entonces se detiene, ante el mar que se tiñe de rojo, mira la puerta de la casa de paredes negras y despierta.
El sol sale y las ventanas se tiñen de purpura, ella lanza girasoles al viento y no le alcanza la fuerza, entonces grita, mueve la mano que se alarga y sus uñas viajan como seda por el cielo, dibujando círculos, en los que salto como león amaestrado y me canso. Caigo y el piso se abre, otra vez las aceitunas, llenan el fondo, como pelotas de piscina que se deshacen y se vuelven frutillas y me las como y me engolosino. Llego a ella en el fondo, que ahora temblorosa muerde el piso y me grita que la suelte, mientras besa.
Su risa crece, sus labios están ahora sobre el pasto y lo besa, mientras las hojas de los árboles caén en sus pechos y se vuelven espinacas. Ella ríe, las come mientras la yerba crece y la aspira y sus dedos la enroscan como fideos y su barriga se llena de espanto.
Se sienta en la arena y el viento pincha sus pies y ya no ríe, sólo cae, en un ovillito de lana dulce. Se enreda y se hace oruga, muerde el silencio y ya no habla. La pared se derrumba, el sol seca su cabello que ahora es de agua, la sal cae en mis pies. Ella se encoge, se duerme. Yo me encojo, me duermo.
Se sienta en la arena y el viento pincha sus pies y ya no ríe, sólo cae, en un ovillito de lana dulce. Se enreda y se hace oruga, muerde el silencio y ya no habla. La pared se derrumba, el sol seca su cabello que ahora es de agua, la sal cae en mis pies. Ella se encoge, se duerme. Yo me encojo, me duermo.
viernes, febrero 23, 2007
Manzana uno (humedad acongojada)
Este lugar tiene la brisa falsa de la aguja, esa que se mezcla con rendijas y salta bailarina en la humedad de las paredes retorcidas en moho. Vuelvo a esta esquina y el aire naif de sus pezones de higo se ha marchado. Su nariz de de escoba, limando mis poros sudados ya no habla, calla, como las historias recurrentes que hoy te cuento.
Me siento en el balcón inclinado, ese que aparece al final del trayecto, en aquel lugar con el nombre del andaluz, del poeta romancero que alguna vez hundió su pluma en un bosque de Nueva York. Lorca, dice el letrero. Por dentro, la silueta en cubito dorsal, a los pies de las gradas, duerme oscuras borracheras en el adoquín rojo y me saluda en etílica reverencia. Viacruzis, veinte veces escrito, en rojo sobre fondo blanco, escalera a la segunda planta, donde el Jazz no combina con su cintura de toborochi. Este lugar con humedad en la piel, de poros salados, de canela en el ombligo, me regala su ausencia, mientras al otro lado, al este, en línea recta la pureza de su risa duerme.
Tres hombres de piel de yuca con surcos de zafra hacen música, rebotan con eco mudo y disuelven la sed de sus años en el agua. Tocan el redoble, el tambor y la trompeta y un taquirari, sopla desde su banca las canillas tibias de la cunumisita de nalgas torcidas.
Este lugar me da hambre y mis pies hinchados, como empanada de arroz, se cansan de caminar en círculos. Dos monjas de habito crema tratan de esconder la geografía pronunciada, la piel sudando debajo la sotana y se miran, con presente embriagado de ausencias, en el tatuaje de aquel gringo bebe cerveza se averguenzan. Cruzo la calle, ocho de la noche y el soplido tibio de las nubes me aprisiona; río entonces, entre banca y banca de madera y los guardias con cruz verde y camisa beige me dicen que no joda, que camine.
Este lugar se llama Manzana uno y mis letras se derriten. A mi lado una italiana viste aguayo potosino, hirviente y acebollado. El de chuspa crema le mira las tetas, mientras ella busca en la pantalla un tour barato a Samaipata. Este lugar me da sed y la cerveza en tres sorbos se vuelve pis.
Ella, al otro lado del río, me cuenta que mira la misma luna que me pincha, esa mordida y mostaza que se hamaca en las galerías de casona vieja. Vieja como la abuela que grita del patio interior a la nieta de catorce que no escucha. Nieta que mece sus caderas, entre el pilar y los autos y sonríe, vendiendo somó al pelado de verde y se ríe y me suda.
Mi piel respira otros aires, escupe olores húmedos, sin vinagre, sin la lija acostumbrada de mis montañas. Este lugar me da hambre y la piel tiembla en cada pie maquillado y con guiños. No me conmuevo grito y el fantasma de mi abuela chiquitana me lanza un guiño y me habla de la laguna donde el Capitán brioso la robó en caballo y hoy no la encuentro en estos rostros.
Entonces ella despierta y llama, me dice que su ropa se pudrió por la humedad, que el encargo llegó intacto, que sus lagrimas de bruma fueron nieve en mi foto del Illimani. Vuelve de la selva, sucia, se duerme y calla. No lo intuye, le mando humedades, le escribo en el balcón torcido de la casa con nombre de poeta. Entonces acepta, llama, bebe cada fetiche de la caja etno; y yo acá, con los lentes resbalosos, no encuentro el puto on del ventilador.
Me siento en el balcón inclinado, ese que aparece al final del trayecto, en aquel lugar con el nombre del andaluz, del poeta romancero que alguna vez hundió su pluma en un bosque de Nueva York. Lorca, dice el letrero. Por dentro, la silueta en cubito dorsal, a los pies de las gradas, duerme oscuras borracheras en el adoquín rojo y me saluda en etílica reverencia. Viacruzis, veinte veces escrito, en rojo sobre fondo blanco, escalera a la segunda planta, donde el Jazz no combina con su cintura de toborochi. Este lugar con humedad en la piel, de poros salados, de canela en el ombligo, me regala su ausencia, mientras al otro lado, al este, en línea recta la pureza de su risa duerme.
Tres hombres de piel de yuca con surcos de zafra hacen música, rebotan con eco mudo y disuelven la sed de sus años en el agua. Tocan el redoble, el tambor y la trompeta y un taquirari, sopla desde su banca las canillas tibias de la cunumisita de nalgas torcidas.
Este lugar me da hambre y mis pies hinchados, como empanada de arroz, se cansan de caminar en círculos. Dos monjas de habito crema tratan de esconder la geografía pronunciada, la piel sudando debajo la sotana y se miran, con presente embriagado de ausencias, en el tatuaje de aquel gringo bebe cerveza se averguenzan. Cruzo la calle, ocho de la noche y el soplido tibio de las nubes me aprisiona; río entonces, entre banca y banca de madera y los guardias con cruz verde y camisa beige me dicen que no joda, que camine.
Este lugar se llama Manzana uno y mis letras se derriten. A mi lado una italiana viste aguayo potosino, hirviente y acebollado. El de chuspa crema le mira las tetas, mientras ella busca en la pantalla un tour barato a Samaipata. Este lugar me da sed y la cerveza en tres sorbos se vuelve pis.
Ella, al otro lado del río, me cuenta que mira la misma luna que me pincha, esa mordida y mostaza que se hamaca en las galerías de casona vieja. Vieja como la abuela que grita del patio interior a la nieta de catorce que no escucha. Nieta que mece sus caderas, entre el pilar y los autos y sonríe, vendiendo somó al pelado de verde y se ríe y me suda.
Mi piel respira otros aires, escupe olores húmedos, sin vinagre, sin la lija acostumbrada de mis montañas. Este lugar me da hambre y la piel tiembla en cada pie maquillado y con guiños. No me conmuevo grito y el fantasma de mi abuela chiquitana me lanza un guiño y me habla de la laguna donde el Capitán brioso la robó en caballo y hoy no la encuentro en estos rostros.
Entonces ella despierta y llama, me dice que su ropa se pudrió por la humedad, que el encargo llegó intacto, que sus lagrimas de bruma fueron nieve en mi foto del Illimani. Vuelve de la selva, sucia, se duerme y calla. No lo intuye, le mando humedades, le escribo en el balcón torcido de la casa con nombre de poeta. Entonces acepta, llama, bebe cada fetiche de la caja etno; y yo acá, con los lentes resbalosos, no encuentro el puto on del ventilador.
jueves, febrero 08, 2007
Coquetear al Poeta I
Debes rodear sus palabras con tus manos, lanzarle un guiño de cordura a su nube.
Debes morder con furia sus versos temblorosos y ser lluvia.
Debes envolver su pluma con vientre de pitón y romper sus falanges con tu cuerpo.
Así no escribirá, no le saldrá espuma sin pensar en tu locura.
Debes dejar que beba de tu mar y duerma, apartado de tu espalda.
Debes arañar su pecho de lienzo con tu historia y entre risas despertar su arritmia.
Debes, por sobre todo, atar sus manos a una duda silente
no poner nombre a tu presencia, para que sus palabras te suden en evocaciones
Debes partir con besos de sabana y coquetear su sombra en la huida,
bebiendo sus ojos, callando sus cantos.
Debes entender que es sólo un baile y el te pisará los pies en el tango,
Que sus palabras tiene otro ritmo y que ya han hablado antes del tacto.
Por último, debes saber que si tus labios y tu vientre dan la tinta
aceptarás a cambio del embrujo:
Que te muerda con furía el alma,
Que no se salve
Que no se largue.
Debes morder con furia sus versos temblorosos y ser lluvia.
Debes envolver su pluma con vientre de pitón y romper sus falanges con tu cuerpo.
Así no escribirá, no le saldrá espuma sin pensar en tu locura.
Debes dejar que beba de tu mar y duerma, apartado de tu espalda.
Debes arañar su pecho de lienzo con tu historia y entre risas despertar su arritmia.
Debes, por sobre todo, atar sus manos a una duda silente
no poner nombre a tu presencia, para que sus palabras te suden en evocaciones
Debes partir con besos de sabana y coquetear su sombra en la huida,
bebiendo sus ojos, callando sus cantos.
Debes entender que es sólo un baile y el te pisará los pies en el tango,
Que sus palabras tiene otro ritmo y que ya han hablado antes del tacto.
Por último, debes saber que si tus labios y tu vientre dan la tinta
aceptarás a cambio del embrujo:
Que te muerda con furía el alma,
Que no se salve
Que no se largue.
miércoles, febrero 07, 2007
patada de perro
No me dejes caer gritaba, con el taco aguja pinchando sus uñas mal arañadas chillaba. Se había propuesto ser duro, mostrar con firmeza su posición y se volvió mantequilla en esas mirada de chancaca que volvía.
"Miskisimi, Chaskañawi con lengua de sierpe, pensaba y el veneno goteaba, lagrima a lagrima, beso a beso en su raido y mugre jean"
Dejame caer gritaba, pateame decia para iniciar la huida, era la única forma, la única manera, el nunca colgaría el teléfono primero...
"Miskisimi, Chaskañawi con lengua de sierpe, pensaba y el veneno goteaba, lagrima a lagrima, beso a beso en su raido y mugre jean"
Dejame caer gritaba, pateame decia para iniciar la huida, era la única forma, la única manera, el nunca colgaría el teléfono primero...
martes, febrero 06, 2007
Mierda en el alma (*)

El "mostro" ha vuelto y está carcomiendo cada rincón de mi pecho. Conocí un ángel con disfraz de realidad de esos que pinchan con dardos sonrientes y su sóla brisa no basta.
Si ha vuelto y apareció en una tarde en el banco de una plaza, cerca de un parque infatil. Luego de insinuarse los últimos 6 meses en coqueteos etílicos volvió a mostrarme que "la nausea" "la resaca de existir" nunca se fueron.
Hoy al medio día, en compañía de aquella flaca multicolor, llegó y me dió un corto en la panza, luego un jab de derecha. Traté de sonreir, de mantenerme disfrutando el sol de la tarde, las palabras de la mujer de bruma y no pude. Hice el amague de comprar unos pañuelos de papel, de asombrarme con los muebles minimalistas de una tienda y mantenerme en pie, casi lo logro. Sin embargo sin darme cuenta, estas patas de alambre y toda esa cosa que no tiene nombre y vive en mi pecho se fue desmantelando por dentro y hoy me tienes acá, tumbado con este gris en el alma. Arañando el vacío en el techo sin sentido.
El pozo se abrió nuevamente y por hoy me quedaré quieto sin mover los brazos, evitando que "el mostro" me toque con sus garras negras y me lleve al fondo. Me quedaré quieto hasta mañana, cuando a la hora fijada tome mi último aliento y como ave fenix me impulse para tratar de renacer con fuerza y orgullo.
De momento es necesario llorar este presente, con mocos y con ayes, llorarlo con todo bien puesto y no decir nada.
Clarito será si este personaje decide dejarse envolver por la parca y caminar al otro lado de la noche y no volver. Clarito también será si con una estupida mueca de alegría vuelve a alegrarlos con textos dulzones.
Por hoy me voy, cierro la pesada puerta y camino, purgando en este silencio la "mierda del alma" que me carcome y me tiene doblado en el piso.
(*) Mierda del alma termino acuñado por W.C. (El estido) y robado sin su permiso a las 10:00 am del sábado luego de secar un vaso de chicharrón (Chicha morada + ron).
martes, enero 23, 2007
Crónicas de a pie (Poncho Negro)
El encuentro no buscado, casualmente cósmico dirías luego. La mateada en su poro con stevia y el acullico ritual en su sombrero, abrieron este portal a su purgatorio chamánico. Hoja blanca de La Pacha, hoja negra del Tío dijo y empezó esta charla.
El lugar, departamento sopocachense, habitado por ingleses con un aire supuestamente etno, para mi aymaramente Kitch. La cena un escabeche de pollo con beterragas, combinación agridulce mata pasiones para mi gusto; salame, pan alemán en la mesa y las risas con acento escocés perforándome la oreja, el postre. El vino dulce para matizar la charla en spanglish y mis bostezos, en la falda a flores de la gringa desgarbada, son el prólogo de la noche.
En ese lugar lo veo, con su sonrisa de medio lado, Pedro navajas de Yacuiba pienso, engatusando con fábulas quechuas a la inglesa “masista” de falda marroquí, la que cruza las piernas desenfadadamente y hace un guiño al publico, con esa entrepierna de vellos rojizos.
Me alejo al balcón de la casa y se acerca, Yacuibeño de diente amarillo y caballera de “Cherokee” me habla de Rimbaud, Breton, Borda, Saenz, Tamayo y aterriza solemnemente en Urzagasti, haciéndome un guiño con su ojo de canica. Se ríe diciendo que sus amantes "kaimas" no entienden esto del ajayu y porqué el pasado camina por delante en la cosmovisión andina. Se define como un tras disciplinario, un comunitario, caminante de las ciencias y las chacanchanas. He tenido que entrar en la universidad para validar esta cosa de ser investigador social, aunque lo mío es caminar dice.
Pito de kañawa, charque y acullico, son lo único que se necesita cuando se camina las comunidades. La bebida está en los secretos del camino, en la gente me dice. Responde a mi clásico que bonito, por decir algo sobre un aguayo de Tarabuco colgado de la pared, con una cátedra sobre aguayología quechua y mesas rituales andinas. Me habla de los dibujos y líneas, de la combinación de colores para la fertilidad y el cuerpo, todo en el tejido.
La coca y el mate son antioxidantes dice, me cuenta que en febrero cumplirá cuarenta, parezco de veinticinco ¿no ve? dice orgulloso. Como mi presidente duermo tres horas al día, pijcho cuatro libras por semana y solo mateo dice. Tengo la energía que me da La Pacha, la de la coca blanca, aunque también tengo la del Tío. Es que son complementarios, necesarios uno para el otro, afirma convencido. El Tío me ha bañado a veces con su fuerza, ese nunca te da poder o lujuria sin cobrarte luego la factura con creces, me dice. Como al padre del Goni que se reía en la mina, de mi padre y nuestras challas y "mesas", ahora está pagando, en su hijo se la está cobrando, dice.
Caminamos la noche y llegamos a un boliche de Sopocachi, reservado por la gringa de falda verde, bajos instintos. Entre tanto biólogo acabo sentándome junto a ella, la flaca de bruma. Recorro con los ojos su espalda, su cuello delgado y me devuelve una sonrisa embriagante preámbulo de sus besos tibios, pero eso es parte de otra historia, parte de otras intensidades, más allá de estas líneas.
En la puerta del boliche, el guardia nos decomisa la lata de mate y la bolsa de hojas de coca. Más tarde, en mitad del lugar dizque VIP, de su abrigo saca otra bolsita llena de hojas y sobre su sombrero de ala ancha despliega, como en aguayo, sus hojas. Chaman de mirada saltarina, flautista de los caminos, sólo ríe.
Personaje del exilio y de sombras, sin siquiera preguntarle, me empieza a hablar de los rituales del abandono; del amor carnal, de la renuncia y aceptación; del amor real que no se encuentra en una piel firme y jugosa dice, sino en esa gordita que te lo cocina con paciencia y va sudando sus jugos de embrujo en la masa de pan. Esa que con paciencia te da calorcito de panza incondicional cada mañana y cada noche. Lo escucho y cada cinco segundos la silueta de ella me hace guiños. Su cadera de manzana me manda mordiscos, pero ya lo dije eso es parte de otra historia, sus pecas, sus labios, son otro viaje.
Le pregunto por cómo metió las hojas de coca, que pensé que se las habían decomisado. Me dice que es caminante y conoce los secretos de la mirada y el escondite. Te voy a confesar algo dice, alguna vez fui poncho negro. Devuelvo mi ignorancia en un silencio y entonces me cuenta la historia del cerco a Cochabamba en 2003, de su periplo por caminos de herradura para llegar a la ciudad. Los ponchos negros me llevaron dice, ellos conocen los caminos de los incas como la palma se su mano, los sendero ocultos, esos de la montaña y de la tierra. Son pocos y muchos, todos y ninguno a la vez, mimetizados como camaleón entre las rutas, entre las calles se están.
Los poncho negro, se han compenetrado en uno con La Pacha, cuenta. Se nutren de la tierra en su camino, respetando el balance del cielo con el viento, como debe ser. Son espectros sí lo quieren, sí lo desean, aire en la cordillera y roca en la espera. Saben de la paciencia de mil años, de estar, dejando que su cuerpo se haga viento en cada paso. No añoran, no desesperan, no gritan, viven en la certeza del regreso.
Un poncho negro, camina en silencio y logra sus conquistas en la perseverancia, con la paz de la puna, la constancia de la espera y el ayuno. No pude ser uno de ellos dice, lamentándose de su incoherencia sus ojos se apagan, su locuacidad aparente de chaman cesa y calla. Fracasé por la carne me cuenta, el Tío me envió mujeres, cerveza y fiesta. No pude con la contemplación del viento, con la templanza de la lluvia en la montaña.
En febrero cumplo cuarenta repite. Al escuchar su historia, mi cerebro empieza a dudar de su caminar comunitario y dibuja un perfil ezquizoide para este personaje. Al final, sea cual sea la verdad, en su delirio tiene la coherencia de esa razón que nos negamos a escuchar. El Tío te manda buenas y malas cosas lo sabemos y te cobra, me dice. La Pacha nunca cobra da abundancia sin factura.
Se levanta entonces y empieza a bailar una canción de Depeche Mode con aires de Diablada, con aquella que mientras lo acompaña en silueta, me busca con los ojos, luego ella me dirá eres un celoso, pero eso es parte de otra historia, ya lo dije.
Luego de bailar, le regala a ella un palo santo tallado que más parece una pipa de esas rituales, ella ríe con esa blancura de espejo y me guiña el ojo. El chaman habla, anota teléfono y dirección y la invita a cebar mate con leña. Luego él se sienta a mi lado, y mientras acullica, me dice que escribe al caminar, en esta tierra. Conozco la piel y el embrujo del Tio afirma. Te recuerdo, me dice, como si intuyera el juego de pieles que se ha iniciado, hay mujeres que el te manda el Tio y otras La Pacha. A veces es mejor quedarse con la gordita nomás sentencia, otras es mejor correr el riesgo y encontrar tu destino, nunca se sabe cual camino es el adecuado, habría que subir a las montañas y escuchar lo que dicen los achachilas en el viento pero no siempre se puede, dice.
Antes de irse me da un abrazo, lanzando las hojas de coca a mis pies. Coca negra dice, lo miro, bebo cerveza y muerdo el tallo de la hoja, irreverente ante sus profecías. El se ha ido, poncho gris pienso, poncho paranoide y me río.
Al final como decía aquel de sombrero de ala ancha, Pedro Navajas de Tupiza, sólo en el camino sabes que clase de embrujo te manda la vida, si fue una broma del Tío o un regalo de La Pacha.
El se aleja, luego de un guiño y yo me voy con la mujer de bruma. Tiempo después, luego de aquel encuentro, en este café escribo, con mis palabras sudándola y me pregunto si algún día me llegará la factura por aquella madrugada en su piel.
El lugar, departamento sopocachense, habitado por ingleses con un aire supuestamente etno, para mi aymaramente Kitch. La cena un escabeche de pollo con beterragas, combinación agridulce mata pasiones para mi gusto; salame, pan alemán en la mesa y las risas con acento escocés perforándome la oreja, el postre. El vino dulce para matizar la charla en spanglish y mis bostezos, en la falda a flores de la gringa desgarbada, son el prólogo de la noche.
En ese lugar lo veo, con su sonrisa de medio lado, Pedro navajas de Yacuiba pienso, engatusando con fábulas quechuas a la inglesa “masista” de falda marroquí, la que cruza las piernas desenfadadamente y hace un guiño al publico, con esa entrepierna de vellos rojizos.
Me alejo al balcón de la casa y se acerca, Yacuibeño de diente amarillo y caballera de “Cherokee” me habla de Rimbaud, Breton, Borda, Saenz, Tamayo y aterriza solemnemente en Urzagasti, haciéndome un guiño con su ojo de canica. Se ríe diciendo que sus amantes "kaimas" no entienden esto del ajayu y porqué el pasado camina por delante en la cosmovisión andina. Se define como un tras disciplinario, un comunitario, caminante de las ciencias y las chacanchanas. He tenido que entrar en la universidad para validar esta cosa de ser investigador social, aunque lo mío es caminar dice.
Pito de kañawa, charque y acullico, son lo único que se necesita cuando se camina las comunidades. La bebida está en los secretos del camino, en la gente me dice. Responde a mi clásico que bonito, por decir algo sobre un aguayo de Tarabuco colgado de la pared, con una cátedra sobre aguayología quechua y mesas rituales andinas. Me habla de los dibujos y líneas, de la combinación de colores para la fertilidad y el cuerpo, todo en el tejido.
La coca y el mate son antioxidantes dice, me cuenta que en febrero cumplirá cuarenta, parezco de veinticinco ¿no ve? dice orgulloso. Como mi presidente duermo tres horas al día, pijcho cuatro libras por semana y solo mateo dice. Tengo la energía que me da La Pacha, la de la coca blanca, aunque también tengo la del Tío. Es que son complementarios, necesarios uno para el otro, afirma convencido. El Tío me ha bañado a veces con su fuerza, ese nunca te da poder o lujuria sin cobrarte luego la factura con creces, me dice. Como al padre del Goni que se reía en la mina, de mi padre y nuestras challas y "mesas", ahora está pagando, en su hijo se la está cobrando, dice.
Caminamos la noche y llegamos a un boliche de Sopocachi, reservado por la gringa de falda verde, bajos instintos. Entre tanto biólogo acabo sentándome junto a ella, la flaca de bruma. Recorro con los ojos su espalda, su cuello delgado y me devuelve una sonrisa embriagante preámbulo de sus besos tibios, pero eso es parte de otra historia, parte de otras intensidades, más allá de estas líneas.
En la puerta del boliche, el guardia nos decomisa la lata de mate y la bolsa de hojas de coca. Más tarde, en mitad del lugar dizque VIP, de su abrigo saca otra bolsita llena de hojas y sobre su sombrero de ala ancha despliega, como en aguayo, sus hojas. Chaman de mirada saltarina, flautista de los caminos, sólo ríe.
Personaje del exilio y de sombras, sin siquiera preguntarle, me empieza a hablar de los rituales del abandono; del amor carnal, de la renuncia y aceptación; del amor real que no se encuentra en una piel firme y jugosa dice, sino en esa gordita que te lo cocina con paciencia y va sudando sus jugos de embrujo en la masa de pan. Esa que con paciencia te da calorcito de panza incondicional cada mañana y cada noche. Lo escucho y cada cinco segundos la silueta de ella me hace guiños. Su cadera de manzana me manda mordiscos, pero ya lo dije eso es parte de otra historia, sus pecas, sus labios, son otro viaje.
Le pregunto por cómo metió las hojas de coca, que pensé que se las habían decomisado. Me dice que es caminante y conoce los secretos de la mirada y el escondite. Te voy a confesar algo dice, alguna vez fui poncho negro. Devuelvo mi ignorancia en un silencio y entonces me cuenta la historia del cerco a Cochabamba en 2003, de su periplo por caminos de herradura para llegar a la ciudad. Los ponchos negros me llevaron dice, ellos conocen los caminos de los incas como la palma se su mano, los sendero ocultos, esos de la montaña y de la tierra. Son pocos y muchos, todos y ninguno a la vez, mimetizados como camaleón entre las rutas, entre las calles se están.
Los poncho negro, se han compenetrado en uno con La Pacha, cuenta. Se nutren de la tierra en su camino, respetando el balance del cielo con el viento, como debe ser. Son espectros sí lo quieren, sí lo desean, aire en la cordillera y roca en la espera. Saben de la paciencia de mil años, de estar, dejando que su cuerpo se haga viento en cada paso. No añoran, no desesperan, no gritan, viven en la certeza del regreso.
Un poncho negro, camina en silencio y logra sus conquistas en la perseverancia, con la paz de la puna, la constancia de la espera y el ayuno. No pude ser uno de ellos dice, lamentándose de su incoherencia sus ojos se apagan, su locuacidad aparente de chaman cesa y calla. Fracasé por la carne me cuenta, el Tío me envió mujeres, cerveza y fiesta. No pude con la contemplación del viento, con la templanza de la lluvia en la montaña.
En febrero cumplo cuarenta repite. Al escuchar su historia, mi cerebro empieza a dudar de su caminar comunitario y dibuja un perfil ezquizoide para este personaje. Al final, sea cual sea la verdad, en su delirio tiene la coherencia de esa razón que nos negamos a escuchar. El Tío te manda buenas y malas cosas lo sabemos y te cobra, me dice. La Pacha nunca cobra da abundancia sin factura.
Se levanta entonces y empieza a bailar una canción de Depeche Mode con aires de Diablada, con aquella que mientras lo acompaña en silueta, me busca con los ojos, luego ella me dirá eres un celoso, pero eso es parte de otra historia, ya lo dije.
Luego de bailar, le regala a ella un palo santo tallado que más parece una pipa de esas rituales, ella ríe con esa blancura de espejo y me guiña el ojo. El chaman habla, anota teléfono y dirección y la invita a cebar mate con leña. Luego él se sienta a mi lado, y mientras acullica, me dice que escribe al caminar, en esta tierra. Conozco la piel y el embrujo del Tio afirma. Te recuerdo, me dice, como si intuyera el juego de pieles que se ha iniciado, hay mujeres que el te manda el Tio y otras La Pacha. A veces es mejor quedarse con la gordita nomás sentencia, otras es mejor correr el riesgo y encontrar tu destino, nunca se sabe cual camino es el adecuado, habría que subir a las montañas y escuchar lo que dicen los achachilas en el viento pero no siempre se puede, dice.
Antes de irse me da un abrazo, lanzando las hojas de coca a mis pies. Coca negra dice, lo miro, bebo cerveza y muerdo el tallo de la hoja, irreverente ante sus profecías. El se ha ido, poncho gris pienso, poncho paranoide y me río.
Al final como decía aquel de sombrero de ala ancha, Pedro Navajas de Tupiza, sólo en el camino sabes que clase de embrujo te manda la vida, si fue una broma del Tío o un regalo de La Pacha.
El se aleja, luego de un guiño y yo me voy con la mujer de bruma. Tiempo después, luego de aquel encuentro, en este café escribo, con mis palabras sudándola y me pregunto si algún día me llegará la factura por aquella madrugada en su piel.
lunes, enero 22, 2007
Su noche

La geografía de su noche me ha llamado en silencio, convocando mi bruma al rencor de sus palabras. Vaciado de gritos en caminos de destierro, mis pupilas negras han caído en el pozo rojo de su sangre.
¿Lo sabías verdad? intuías que el encuentro era sólo eso, un arañazo fino en mi piel de
tambor. Por eso he vuelto a caminarte peregrina, así con caricias quedas, mis suelas te han contado este destierro y los tropezones ciertos han dado el anuncio.
Por eso hoy su imagen acompaña el destierro, en esta noche larga que retumba en la huida, las trampas del asfalto me han contado el secreto del vacío, en que se engolosinan los gusanos en sus órbitas huecas.
Lo sabías, en el tacto de su noche he dejado mis letras, un puñado añejo de palabras transformando el vomito de mis yemas y entonces, sin apenas pensarlo, mis labios han pronunciado su nombre.
(De Evocaciones, Parte I, poema 6)
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