domingo, enero 29, 2012

Sobre el combate de palabras (Con Salinger, Saenz y Bukowsky en el corazón)




¿Si no es ahora, cuándo? Repite la voz que me susurra al oído izquierdo, recordándome el tortuoso mandato de escribir con plazos y estructura, con la única diferencia que esta noche me encuentro lejos de la resaca liberadora, lo cual impide un fluir más a tono con "la boheme".

Displicente con mi propia palabra, escribo olvidándome de la técnica de mecánico, esa que recuerda: usa giros de tuerca, vueltas de elipsis, omite todo oxímoron. Que te exige poder la maleza de un cuento y jalar la cadena, para que se vaya por el inodoro el excremento de diez barrocas páginas, depurando la reencarnación de Ema Zunz en una mujer de El Acre (que agravio diría Silvina Ocampo).

Vuelvo al formato liberador que me da el blog, aquel que estaba de moda hace siete años atrás y llevó a más de uno a colgar sus chismes de cocina, sus poemas de amor, sus recetas financieras en algún sitio que hoy es basura en el ciberespacio. He vuelto para ver hasta donde se puede llegar en este formato, en tiempos en que la economía de palabras del twitter regula a poetas, periodistas y chismógrafos.

La pasta recalentada tiene buen sabor, más aún si no es en micro ondas. Como y mi ojo derecho mira, con una mezcla de júbilo y serenidad, a mi hija de ocho años, me acompaña frente a su propia computadora. Juega mientras yo escribo, crea un desfile de modas para Barbie, lejos de los libros que quiero que empiece a leer y aún no quiere abrir (que sea lo que quiera pero libre, pienso) Su presencia ilumina esta sala y sus risas espantan a los demonios que tan a gusto estaban en mi soledad, como añoran los malditos, aquellas madrugadas de desperdicio, de tóxica pluma y aguardentoso canto. Añoran derrotados porque saben que este lugar los exorciza con la presencia del amor que salva.

¿Qué pensaría J.D. Salinger de mi falta de agorafobia y reducidos encierros que han derrumbado mis esfuerzos de ermitaño? No sé, tal vez tendría envidia. Ayer veía una foto suya en el Facebook, lo mostraba en sus tiempos de gloria, con el cabello bien cortado, un elegante traje gris, eso sí ya conjuraba las miradas con una cortina de nicotina. Buena foto pero nunca igualará a esa que le sacaron en al salir de hacer compras en sus últimos días. Hay viejo J.D. debo confesarte que las últimas veces que fui al supermercado insulté y mordí igual que tú. Hace un año estaba seriamente convencido de recluirme para seguir tus pasos, pero ya ves la vida me sorprendió este nuevo año con grandiosas bendiciones y me salvó de la jaula, para regalarme los fines de semana llenos de la presencia de mi niña en casa. Si me hubieras visto hoy plantando margaritas a su lado en el jardín y curando con cuidado el tallo de una rama, si J.D. te hubiera sorprendido la magía en la mirada de la infancia, quien sabe talvez te hubiera salvado o terminado de condenar.

Hablando de la paternidad y las letras, se me ocurre que habría que jugar ouija y preguntarle a Jaime Saenz, ¿qué piensa hoy muerto de su poema al pasar un cometa? ¿le servirá de algo desde la tumba cortarse las costillas con serrucho para entregar el corazón a su hija. Tal vez respondería, en su estílo, que que "la muerte es una cosa bien muerta" y por tanto no hay corazón seco que lata en la mano de su hija desde el otro lado de la noche. Quien sabe tal vez con Jourlaine a su lado hubiera escrito menos y amado más, o ni una ni otra cosa.

En fin, me pasa muy seguido ya vez, que empiezo a narrar con la firme intención de hacer un diario, con la clásica formula en primera persona, que me acabo desviando, como en este instante que me acuerdo de de aquel poema del viejo Chinasky que decía:

y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
haz de eso una pelea de peso pesado.
haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.


Termino de leerlo y me espanto frente a los cinco meses que me puse de plazo para concluir mi libro, ese que hablará de los Ajayus de mujer víctimas de violencia. Entonces se que no puedo perder esta pelea.

Debería hacer como decía Isak Dinesen “escribir todos los días sin esperanza ni desesperación” y algo saldrá o como decía Bukowsky con harta cerveza. Sin embargo me desespero rápido y no tengo cerveza.


Creo que debería volver a mis perros viejos que pelearon tan bien: Cortazar, Saenz, Hemingway, Joyce y tomar más cerveza, aceptando que escribir en domingo no se me da muy bien.


En honor a la verdad de mes en mes, añoro ser un poco más como el viejo Salinger y un poco menos como Benedetti, pero ya ves acá estoy entre la necesidad de una tregua y las ganas de volver a leer The Catching in the ride, para luego seguir dándole duro a este teclado, duro en mi solitario combate, eso sí con mi hija a mi lado.

sábado, noviembre 12, 2011

Sobre el cuerpo I

Hay certezas que provienen del músculo, el hueso, las uniones pegadas a fuerza de sangre y nervio, verdades que confiesa la envoltura. En ese momento sabes que el cuerpo habla lo que el otro que lo habita calla. Es ahí que se revela el delirio que susurra y confiesa: el cuerpo vive en el dolor y duele en el vivir.

Entonces parafraseando las imagenes de Jaime Saenz, habría que concluir que sería mejor no decir nada y recorrer esta distancia esperando el dia en que las tripas se revuelvan y las vertebras se compriman hasta sacarte tus jugos y fluidos y dejarte hecho despojo de despojos en un viejo catre. Habría que saber de una vez por todas que el que habla lo hace desde un lugar que no termina ni empieza en la envoltura y que la palabra es sin carne y sin embargo a su vez es verbo del cuerpo.

Mientras tanto en la espera miro mi mesa en la que están: el borrador de un texto que escribi por encargo sobre la muerte de una mujer que no conocí,un viejo ejemplar de la revista ECO el año 1968 (con algunas cartas de Pavese) y mi ejemplar de Rayuela escoltado por una botella de Coca Cola (vaya a saber porque le dio la gana de salir hoy). En esa escena me pregunto por lo que pasa al medio, en la silla que me sostiene, debajo de mi gluteo izquierdo, donde presiona como dedo de torturador e irradia como trueno el dolor del nervio, aquel que dice lato en ti porque me da la gana y te jodo porque puedo hacerlo, porque me otorgas el espacio para recordarte que en ti habito, porque soy cuerpo vivo en palabra muerta y tu no podrás hacer nada.

Si hoy sería mejor no decir nada y seguir escribiendo mientras el coctail de pastillas analgésicas que tomé vaya haciendo efecto, engañando al nervio al disco que no suena pero que comprime.Si hoy el hablar del cuerpo (con su persistencia china de gota de agua en la frente) se irá desvaneciendo, por unas horas,por unos minutos y mientras tanto es justo y necesario:

Entregar desde la nada de la palabra herida en la palabra, mi dolor adormecido a la Maga añeja y ausente de Cortazar para quue haga algo con este dolor de mierda y lo lanze al Sena.

sábado, octubre 08, 2011

Desde el ventanal

Escribo desde el Café Alexander del Multicine (Avenida Arce entre Gosálvez y Pinilla). Por el gran ventanal del segundo piso recibo los saludos ruidosos de la ciudad que despierta en sábado. Frente mío hay una casona abandonada de los años cuarenta que tiene un altillo en el que mi imaginación busca la silueta de Norman Bates de Psicosis. La casona tiene una reja negra con la advertencia de no estacionar, un graffiti con pintura plateada y letras sin sentido se sobrepone al letrero. A la derecha la Universidad Militar EMI que ofrece en un letrero guindo su oferta de programas de doctorado. Al ingreso tiene un estandarte con una bandera boliviana, mis ojos buscan la whipala. A mi izquierda- dentro el café- una mujer de no más de treinta es la encargada de limpieza de este lugar. La mujer acaricia con firme dedicación el ventanal de vidrio que me separa de la calle; se para de puntas para llegar a una esquina, encorva la espalda para limpiar una mancha. Tiene cicatrices en el pómulo de alguna eruptiva y un gorro que esconde su cabello amarrado; sus ojos guían el ascenso de un trapo hasta la esquina superior izquierda de la ventana, trapo hambriento que asciende en busca de arañas.

Por un resquicio entre el pilar y el balcón interno de madera del café, frente a un gran letrero de publicidad, sentada en el borde de la acera una mujer de pollera roja y saco azul (puesto al revés) pide limosna, sus canosas trenzas reciben el sol y una gorra de llana con dibujitos de llamas juega a proteger de la radiación su rostro lleno de surcos. Por su delante pasan seis mujeres jóvenes apuradas, aligeradas de ropa, aligeradas de misericordia. La séptima mujer llega de un puesto de comida y le entrega una taza de café y un pan, la anciana bebe el café en tres sorbos y deja el vaso a su lado, junto su pollera, luego toma el pan y lo mira mientra espera alguna moneda. La anciana espera la caridad de las vidas apuradas mientras come al sol y finge cuidar autos, indignante forma de sub empleo para una anciana ¿será que los ladrones la respetarían si los pesca robando?

Las encías de la vieja mujer sorprenden, muerden con fuerza el pan con algo adentro parecido a una mortadela. La mujer aún no ha recibido ninguna moneda, veo que vuelve a estirar la mano, esta vez haciendo un ademán con los dedos como aquel que se usa para llamar a un perro, gesto que esta vez va dirigido a un hombre de lentes negros y chamarra rompevientos. Pienso que la mujer tiene todo el derecho de hacerle “psst, psst” como a perrito al joven hombre, porque ella merece el respeto y no viceversa.

La mujer que lava vidrios se ha ido, a mi derecha en la mesa del lado conversa una pareja, el hombre lleva barba y poco pelo en la cabeza, es un conocido mío pero finjo no haberlo visto. El habla de sus sueños, ella da la vuelta la cabeza para ver algo en un edificio (tal vez el apartamento que el añora comprar). En la calle ha estacionado un camión transportador de valores de Brinks lleno de dinero, el vehículo da sombra a la anciana que come y espera una moneda.

La indignación llena mis ojos al leer en el periódico que una niña de dos años murió ayer luego de una semana en coma por la golpiza que le propinó el padrastro en complicidad con su madre. Más abajo otra noticia habla de otra niña, esta vez una bebé de ocho meses, la cual está en cuidados intensivos por que el padre quiso envenenarla con raticida para no pagar asistencia familiar.

Respiro y me sobrecoge el llanto caprichoso de una niña en el piso inferior del Café. La menor se niega a desayunar “una niña fue envenenada con raticida porque el padre quería evitar pagar su alimentación “vuelvo a pensar.
La mujer que lava el vidrio ya no está. Levanto los ojos busco respuestas en las nubes y reparo en un edificio en construcción. En el piso 15 veo sobre un andamio cuatro hombres de espaldas descansan, llevan overoles y cascos (al menos tienen protegidas la cabeza). Me recuerdan a la clásica fotografía de cuatro obreros sentados en una viga de acero en una construcción en la Nueva York de los años 30. La Paz no es Manhattan me respondo, es la ciudad en la que los camiones llenos de dinero parquean en doble fila detrás de una anciana limosnera y donde apresuradas las mujeres jóvenes entran a un gimnasio para quemar las calorías de más, para construir el cuerpo que las revistas venden que han visto anoche en el Show de Tinelli. Esta es la ciudad, donde todavía hay ancianas que piden limosna en las calles, padres homicidas de sus propias hijas y bebes que gritan porque se niegan a comer su abundante ensalada de frutas.

Esta es mi ciudad que despierta con furia y me lleva a recordar: Si miras con paciente detenimiento lo que tus ojos ignoran escucharás en el eco de estas vidas, las mil razones que laten y te muestran tu pequeñez aburguesada.

sábado, agosto 20, 2011

Shsss



.....Morder sin abrir la boca...

martes, agosto 16, 2011

Veinticinco veces en la noche una sola noche veinticinco...



A los 25 años de la muerte de Jaime Saenz, comparto un textos y un poema dedicados al poeta, que publiqué en el año 2008 en mi libro Trajines y Haceres

Encuentro con la noche

(En el lugar que no se expande)

Ingreso por el mausoleo de los notables, que dan su nombre a las calles que hoy transito, alineados: Belisario Salinas, Rosendo Gutiérrez, Villalobos, Riosiño y otros, esos de los que pocos saben lo que hicieron, esos que todos caminan a diario por su espalda de asfalto. Me acuerdo cuando ella me dijo que son sólo calles, que su nombre en la memoria colectiva representa sólo puntos de referencia, lugares de encuentro. Pocos se acuerdan que hicieron, que fueron para esta ciudad, para que tengan un lugar perpetuo con vista al Illimani, pocos se acuerdan, menos tú.

Tres de la tarde, se nubla la escenografía del lugar y un nuevo encuentro con la muerte me conmueve. El féretro sale de la capilla, en hombros de primos y sobrinos. Enrique, solterón y músico de banda ha muerto el viernes, con hueso de pollo clavado en la garganta, su cuerpo pesa más que la tuba que apretaba su espalda. El sol sale con fuerza, los vivos, en traje negro, hacen planes para el platito de las cuatro, para la cerveza fría, listos para bailar en vida el recuerdo de su muerte. Cuentan chistes de esos de Pepito, se juntan detrás de la sobrina de falda campana y de reojo le charlan a sus piernas. Las deudas lloran, fieles a su guión, con una mano en la boca y la otra sonriente porque no lavará más los calzones del músico.

En el trayecto, por laberintos de nichos, he decidido buscarlo. Con la tentación irreverente, he decidido llamarlo por su nombre y luego la contundencia de su obra ha hecho que sólo callé y decida buscar su tumba para rendir un homenaje silencioso.

Poeta de la noche te busco cerca al gran portón. En aquel ingreso en el cual te preguntaste por las razones que hacen que este cementerio no se expanda, siga igual con los años, por la misteriosa forma de maqueta de nichos que no crece y que hoy te alberga.

Pregunto y nadie parece conocerte, los niños, que se hacen llamar guías se ríen al oír tu nombre. Por radio el guardia pregunta para ubicar tu tumba. Alguien susurra que moras al lado de Gilberto Rojas y que si sigo recto clarito veré el árbol grande que te da sombra. Un guardia municipal decide acompañarme a tu encuentro.

En el camino el guardia me cuenta que es sereno por las noches y que los más viejitos, dos porteros antiguos, conocen bien a sus muertitos. -No hay caso de pestañear, grave te jalan la pata y sordo te vuelves con sus ruidos-, me dice. Le pregunto por aquella mujer misteriosa que decidió cuidarte y de la que nadie hace un tiempo tiene noticias. Limpiaba tu piedra, cambiaba tus flores, hasta que la familia la sacó tostando, el guardia me responde que no sabe de quien hablo, que hay muchas rezadoras que adoptan muertitos en este lugar.

El encuentro con la última morada del poeta es abrupto y seco. Piedra en piedra rota del Choqueyapu, gravado su nombre en tinta negra. Descanso al caminar y buscarlo, camino al descansar y encontrarlo.

La arena cubre su noche, su distancia recorrida. Hoy crecen hojas de Eva desde la pared de adobe que da sombra a sus jarrones llenos de lilas. Una pluma reposa en la greda de su tumba, varias piedritas de esas con cuarcitos negros, dibujan lo que parece ser el contorno de su cuerpo en la tierra.

Los niños no conocen su nombre, las señoras que hablan de sus maridos muertos, me miran sentadas desde la fuente seca, no entienden mi silueta apoyada en su árbol. Me piden una punta bola, rompen el silencio de mis palabras a su noche, anotan una dirección, -el tío Alberto está por allá, en el cuartel nuevo- dicen.

“La Ramona” con viento ha empujado el vaso con claveles y el agua ha mojado unas plumas de pollo que quien sabe que hacen ahí. Flores secas abundan, hay un jarrón negro, otro de greda con motivos mexicanos. Caigo en la osadía de robarle la pluma de ave que reposa en su piedra y un poco de su tierrita, para tenerla en casa.

Reposo de este andar en la morada del poeta. Las palabras no vienen se niegan a decirle algo, su morada permanece de espaldas al Illimani. Sus restos contemplan laderas serpenteadas y acogen mi silencio. Cosa vana elevar una plegaria a su nombre, importunar su noche con falsos afanes de amistad, cosa extraña mirarme en su nada.


Piedra en Piedra

En esta arrogancia te nombro,

invasivo e irrespetuoso

Mis manos han levantado tu pluma,

mis dedos escarbado tu arcilla,

creyendo ser palabra de tu verso,

en el robo de tu tierra



Descanso al caminar y buscarte,

camino al descansar y encontrarte,

moras en tumba de arcilla en piedra,

la roca cubre tu noche, tu distancia recorrida

Silente delirio, responso al verbo de la noche

Hoy el eco de tus huesos es semilla,

arbusto seco, champa vana.



He permanecido, sin decir nada,

vigía, en la memoria seca de tu musgo,

Tu ser se baña en la crepuscular forma

del tiempo sin tiempo

del cuerpo sin cuerpo,

verbo en el polvo



De espaldas al Illimani, de frente a la comarca

Tus huesos, de ladera serpenteada,

de ladrillos empinados, acogen mi silencio

Tus órbitas, buscan el viento de su estrella.



Cosa vana hoy elevarte una plegaria.

Cosa extraña hoy reflejarme en tu distancia

domingo, julio 24, 2011

A Irene

Hace unos meses Lorenza volvió a La Paz luego de su primera despedida. Cenando en un lugar de "Sopocachi mon amour" (como decía ella) Lorenza (Italiana del norte) y yo Paceño del centro, celebrabamos el retorno tomando un vino chapaco y hablando, del caprichoso romance que los europeos establecen con esta ciudad y de la contradicción que produce en quienes acaban enloqueciendo por las ganas de dejarla y las de dormir con ella el resto de tu vida.

En esa charla le conté del fubolista argentino del stronguest que llevaba su apellido y que acabó volviendose un boliviano más, del caos de nuestras calles, de los personajes paceños tan universales y tan locales, del aparapita que conoce el secreto de arrancarse el cuerpo, de Llojeta y sus hechizos, del Illimani que "se está" imponente. Ella miraba y asentía desde la intensidad de aquellos ojos azules (sólo comparables con el cielo paceño de invierno), miraba y lanzaba una sonrisa blanca como la nata. Luego de esa charla se fue por segunda vez, aunque con fecha abierta de retorno.

Meses despúes, luego de su seguno retorno, cenamos una pasta hecha por ella con ingredientes traidos desde Italia. En aquella oportunidad me confesó que el romance con La Paz se estaba complicando, que si se quedaba, poco a poco acabaría atrapada, por lo que había decidido emprender la tercera huida.

Luego de cenar, tomando nuevamente vino chapaco, hablando de literatura llegamos a Italo Calvino (compatriota suyo) y su libro las Ciudades Invisibles. Le comenté la sorprendente equivalencia que Willy Camacho (amigo escritor urbandino) había encontrado entre la ciudad de nombre Irene de aquel libro y La Paz.

Un mes antes de su tercera partida de La Paz (aquella anunciada sin retorno) me mandó un correo electrónico con un texto y me dijo: hazlo público cuando me allá ido, cuando Irene no pueda seducirme con el viento de altura para detenerme.

Así lo hice, ella se fue, Sopocachi sigue caminando, Irené sigue viva enamorando a quien deje hacerlo y yo mirando el cielo de invierno vuelvo a su mirada. A Continuación el texto:







Irene (Por Lorenza Fontana)




Irene es la ciudad que se asoma al borde del altiplano a la hora en que las luces
se encienden y en el aire límpido se ve allá en el fondo la rosa del poblado: donde es
más densa de ventanas, donde ralea en senderos apenas iluminados, donde
amontona sombras de jardines, y levanta torres con luces de señales; y si la noche es
brumosa, un esfumado claror se hincha como una esponja lechosa al pie de las caletas.
(Italo Calvino, Le città invisibili)


Hay momentos en los que sientes que explotas por dentro; instantes que derraman alegría y desesperación, emociones vibrantes que las fronteras epidérmicas no pueden contener. Sonrisas y llantos, caminando, ignorando las miradas ajenas, pisando la acera y flotando por dentro.

No hay nadie capaz de catalizar esa emoción, con gestos o palabras. Entonces se explota hacia el mundo, y en ese instante los edificios, las aceras, la taza vacía de café oscuro, el movimiento del gentío, las montañas, el horizonte se vuelven cómplices que recogen, en su transcurrir, la frustración de una raíz biológica consagrada a lo social.

Irene es Circe y Penélope, la casa y la perdición, es donde se llega sin querer llegar, y al querer salir es demasiado tarde para no sufrir. Todo empieza y termina la primera vez, a la orilla del altiplano (precipicio del valle) se abren las cascadas de edificios desordenados, la vía láctea de los modernos rascacielos, el óleo sobre tela de la Cordillera Real.

Irene produce algo similar a aquel escalofrío en el estomago, que anticipa al enamoramiento, para luego confundirte con los detalles en los que se diluye el romanticismo. Sin embargo, ella sabe que su mirada no te dejará indiferente y volverá a enamorarte una y otra vez.

Irene es epidérmica, se hace odiar y amar con la misma obstinación, es una compañera difícil y caprichosa, que acaba atrapando a las almas solitarias y emocionales que aquí encuentran un perfecto desequilibrio.

Irene es un ser emocional, como los hombres solos, que al no tener donde poner sus sentimientos, no se les ocurre mejor idea que desparramarlos por su paisaje urbano. Irene está sola, entre valles y altiplano, no tiene familia, ni hermanas, ni vecinos. Irene es ciudad y las ciudades son seres colonizadores, a merced de la expansión, luchando continuamente por una autoafirmación espacial e identitaria.

Irene no tiene rivales en la pelea por encontrar su identidad. Es única al mundo, pero manifiesta con fuerza su inquietud emocional, de alma condenada a la soledad.

Irene sabe reír y llorar. Ríe en los inviernos de cielo cristalino y sol poderoso, ríe con sus glaciares que ojean constantemente desde el escenario. Llora en verano, cuando las nubes cenicientas inundan sus calles de riadas turbias, y el Illimani deja huérfano el perfil del horizonte.

Irene está desnuda, no tiene trajes de hojas y flores por sus avenidas luchadoras. El magenta descarado de los ladrillos no tiene miedo a los vientos altiplánicos y se deja quemar sin pudor de revoque por un sol demasiado cercano.

Irene es la frontera vencida, perdió la batalla frente a los muñecos de adobe y el surrealismo alteño, dejando su espalda en las montañas inamovibles. Los Apus son sus dioses y sus diablos, su salvación y su condena.

Irene es arrogante y te lleva al absurdo, quizás ella más que nadie entendió la tensión hacia la irracionalidad de una fe, un amor, una pasión. No hay otra respuesta al absurdo que no sea el irracional. Irene lo sabe, porque Irene es la paz ¿Es La Paz Irene?



Referencias:



Irene: Paz en griego



Apus: Espiritus de la montaña

jueves, julio 21, 2011

Sobre Los B. o naturalismo agonizante



Textos que Migran, dirigida por Percy Jiménez, presenta Los B., adaptación de la novela “Los Buddenbrook” de Thomas Mann. Según su director, propone generar una reflexión sobre la historia boliviana contemporánea. Luego de verla considero que más bien usa como pretexto los últimos cincuenta años para enfrentarnos -desde una mirada existencialista- a la agonía y la decadencia de una familia construida en torno a un padre rígido, como la clase política de la cual proviene.

El patriarca ha muerto y Los B. (Los Budenbrock o los otrora “Bienaventurados”) necesitan replantearse. En esa medida se enfrentan con el vacío y el miedo que representa la ausencia del padre.

Es posible también realizar una analogía entre el desván de casa y el vientre de Jonás en el relato bíblico. A partir de lo anterior se lee a Los B. desde el temor a la sanción del otro social. Jonás era un profeta que se escondió de Dios, el cual de castigo hizo que acabe en el vientre de una ballena. Los B., frente a la tormenta de cambios sociales, sea por enojo o por temor, son tragados por el desván de su vieja casona, tratando de evadir-como Jonás- la realidad externa que los arrincona.

En Los B. Consulesa (la abuela) interpretada de manera sólida por Norma Quintana, aglutina y trata de sostener-pese a las diferencias- a Los B. dentro el vientre de la casa, tratando de resaltar las luces del fracasado ideal del patriarca. Mediante rezos trata de protegerlos de la sanción de aquel Otro (proletario, indígena) incompasivo, quien al igual que Dios en la historia de Jonás, está dispuesto a hacer pagar a Los B. las culpas de una oligarquía “llena de culpas y pecados”.

En esa medida, Los B. de tradición nacionalista han cedido el paso a “Los nuevos B”, los que hoy compran mansiones construidas con el ladrillo más fuerte de su época, para levantar sobre sus ruinas edificios llenos de brillosos vidrios.

Por otro lado, el desván de la casa de Los B. es también el inconsciente colectivo de la familia, que cuando los mecanismos de represión pierden su poder deja que salgan a flote los desechos contenidos de un pasado compartido, estrellándose en la cara de sus miembros con miserias, olvidos y todo aquello que “El Padre” (poder social de por medio) se encargó de contener.

Hablar de Los B. es también hacerlo del lugar donde la obra es puesta en escena (depósito del Centro Sinfónico). Este depósito, situado simbólicamente frente al Banco Central (emblema de aquello que interpela la obra), es un personaje más: el inconsciente, el vientre de la ballena. Desde su escenografía crea el entorno para un encuentro cómplice con un público que se mimetiza entre sus paredes y es uno con la puesta en escena. El lugar permite ser parte de la casa, que dicho sea de paso produce sus propios ruidos, tiene su propia voz e invita a las vidas de la calle, con sus campanadas y bocinazos a crear el ambiente para el despliegue naturalista de los actores.

Los B. construye un “Melange” para hablar de una familia agonizante en un periodo político también agonizante. Lo anterior no sería posible sin las seis personas que los encarnan, como bien dijo Luis Bredow: Es necesario ver la obra seis veces, para exprimir las seis vidas que se esconden detrás de cada personaje”.

Se resalta el despliegue de Antonia (Mariana Vargas) quien encarna la extrema histeria femenina, capaz de rasgarse las vestiduras al verse perdida o clavarte el puñal por la espalda con una carcajada cuando menos piensas.

Es de destacar también la capacidad de explotar la puesta en escena naturalista de Luigi Antezana (Permanender, segundo esposo de Antonia). La irreverente y espontánea locura de Christian B. (Alejandro Viviani) quien -en la dinámica de la familia- es acaso el más lúcido y representa al rebelde desterrado por el padre.

Mención aparte para Pedro Grossman en el papel de Thomas B, quien exprime al máximo y logra uno de sus más intensos y mejor logrados personajes, lo cual más que sorpresa es simplemente la confirmación de años de riguroso oficio del actor.

Error sería no hablar del genial cinismo de Grunlich (Primer esposo de Antonia), interpretado por Cristian Mercado, el cual representa con exactitud al testaferro de “los nuevos B” y expone-zapatos y vestimenta de por medio- un carisma seductor capaz de burlarse del actual marido de Antonia o sentarse a beber con ambos, clavándoles el puñal donde más duele.

Por último Hanno B. (Mauricio Toledo) encarna con espontaneidad y soltura aquel nieto que exterioriza el dilema al que lo enfrenta ser el último de los B. Muestra -en su aparente candidez- la disonancia entre cargar el síntoma de la familia o asumir su propia historia, tal vez por eso es el que tomará la posta de la locura de Hanno.

Los actores gritan en casi hora y media la oscura y negada agonía de una familia decadente que perfectamente podría ser boliviana, latinoamericana o europea. En esa denuncia, las licencias históricas del guión quedan en un segundo plano y son, desde mi punto de vista, un pretexto para narrar lo que realmente importa: la historia de la intimidad no dicha de una familia oligarca.

Los B. invita a mirar el pasado, riéndose del presente. Luego de verla no se sorprendan si les entran ganas de ir al desván, cantarse las cuarenta y quemar los cachivaches del pasado, eso si todos menos la tina liberadora para el canto o la muerte.

sábado, julio 16, 2011

Illimani.....


Ante el silencio con que mi niña el día de ayer contemplaba el Illimani desde el mirador del Museio Pipiripi, me temblaron los ojos y se me paralizaron los cachetes pensando en su presencia, en la inmovilidad con que permanece vigilante para todos y para ninguno.

Entonces vinieron a mi memoria encuentros y desencuentros y recordé cada una de las mil veces que contemplando la robusta montaña, alabé, rei a carcajadas, mandé a la mierda, elevé plegarias o cruzé los dedos en supersticiosa ofrenda.

Ayer fue la primera vez que sentí algo parecido al júbilo que refería el poeta. El Illimani fue mirado por mi hija, mientras recibia el eco del viento en su pequeño rostro, enrojecido por el viento de la ciudad. Entonces comprendi aquello que Beltrán le dijo a Felipe Delgado:

…Beltrán habiendo trepado con gran agilidad a una banqueta adosada a la pared, abrió de un golpe las dos hojas de una especie de claraboya en lo alto de la habitación.

Delgado, con curiosidad se acercó y subió a la banqueta. Y se quedó sorprendido.

En el fondo del cielo invernal, de una limpidez impresionante, bajo un aura cristalina, con un matiz de color lila profundo, se ofrecía el Illimani.

De pronto, mirando con desconcierto a Beltrán delgado dijo>

---Claro; El Illimani.

----¿Y qué más quería usted?—repuso Beltrán con extrañeza--.

Seguramente lo ha visto mil veces, dos mil veces, muchísimas veces durante toda su vida; pero yo juraría que es ésta la primera vez que verdaderamente lo ve. Con mirarlo una sola vez como se debe, uno está salvado. Se acabó la historia (Jaime Saenz, Felipe Delgado, pagina 160).


Habiendo mirado por primera vez al Illimani visperas del 16 de julio, con la vida fruto de mi vida y con la mitad del camino transcurrido, hoy quiero creer que estoy salvado.

jueves, junio 23, 2011

Sobre los viejos



Escribir sobre la película Los Viejos de Martin Boulocq me lleva a la vieja a idea de que hacer poesía es congelar un instante y preservarlo en palabras. Un poema no viene con manual ni sinopsis, previa que ayude al lector a entender: lo que sintió, odió o gritó el autor, durante el proceso creativo del poema. Algo similar pasa con esta película, la que invita a vivirla dejando de lado manuales cinematográficos o sinopsis previas.

Los Viejos muestra que es posible hacer poesía libre con la imagen, al combinar el “lírico” manejo visual (el silencio de la brisa del altiplano o el amanecer del valle tarijeño) con diálogos cortos, precisos, minimalistas. Los Viejos traduce en el recurso de tomas largas, lo que no es necesario que la palabra diga, lo que subyace a la puesta en escena fílmica y desafía al espectador a significar (desde su vivencia) esta historia de retornos.

Boulouq utiliza la imagen como principal recurso antes que el guión; los juegos con los planos, el cambio de foco, la fotografía impecable de Daniela Cajías permiten (si te dejas), ser un personaje más de esta puesta en escena que nos confronta con el sabor añejo de un patriarca seco en invierno o los viejos dinosaurios (como diría Charly García) y con la necesidad de liberarse de un pasado cargado de dictadores, del que ya está harta la generación de Boulocq.
En esa medida los 72 minutos de la película invitan a generar un vínculo intimista de suspenso entre el espectador y la cinta, el cual cumple mejor su propósito (como fue en mi caso) en la Cinemateca a las cinco de la tarde de un sábado y en una sala con solo cinco espectadores.

Uno debe saber que para este tipo de vínculo hay que estar preparado, ya que las tomas largas y los silencios pueden producir en el espectador dado a manuales: angustia, aburrimiento, episodios de tos, crujir de papas fritas y sorbos disonantes de Coca Cola. Sin embargo para quien acepte dejarse llevar por la invitación de este vínculo mediado por la oscuridad y el silencio, la película provocará y hará uno al que mira con lo mirado.

En sus diferentes escenas la película desafía la concentración e introspección del espectador y plantea la posibilidad de recoger las imágenes, hacerlas propias, asociarlas con un sentir personal, para luego devolverlas a la pantalla. Permite construir y narrar, a partir de las emociones que evoca, el devenir de la historia. Boulocq, al menos en el que escribe, fue capaz de desafiar la paciencia, la angustia y provocar esa “nausea sartriana” que desde Greenaway o Win Wenders no sentía.
Si, la película tiene un efecto existencial, porque pregunta y mueve desde la imagen lo íntimo de cada uno, deviene del vacío a la melancolía, de la metáfora de imágenes al grito de angustia ante la nada de la muerte. Mueve por último a construir un reencuentro cargado de rencores no dichos, de besos robados, de frustraciones, hastíos compartidos y porque no de esperanza.
Para ilustrar lo anterior recojo algunas escenas de la cinta: La niebla descendiendo por la montaña (¿cuesta de Sama?) Ana (Andrea Camponovo) llorando en el bosque y los perros jugando a consolarla con la lengua; el invierno y la escarcha al amanecer del Valle de Tarija; Toño (Roberto Guilhon) caminando por el bosque y sin testamento bajo el brazo dando la espalda a la voz en off de Arce Gómez; nuevamente Ana acurrucada a los pies de un padre rígido y orgulloso en la víspera de su muerte.

Guardo para el final la escena de la que ya dijeron mucho y sin duda seguirán hablando: El encuentro de Toño y Ana en la cocina y la catarsis (motivaciones edípicas aparte) de liberación y alivio al saber que los viejos ya fueron. Cruda forma de mostrar el festejo de que el patriarca (metáfora de una etapa de nuestra historia) se fue con un pasado lleno de dictadores.
El presente irreverente es de los jóvenes y punto, aunque no le guste a la madre de Ana estrenándose como viuda, y se desborde en una magistral y burlesca guerra de fideos y harina en la cocina, en la que Ana y Toño con la banda sonora (recurso retro de cassette de por medio) de un cover desafinado de Hombre Lobo de los Loukass, juegan a “amasar” el fideo en sus cuerpos.
Fideos y harina que luego de una corta y hueca reflexión sobre la madurez, limpiará la viuda, como si de esa forma pudiera esconder las secuelas que deja la risa imperdonable luego de la muerte del padre. Al final el duelo después de ser “bien llorado”, merece también ser “bien reído”, ya que uno tiene el derecho de creer que todavía hay vida y esperanza (para los que se quedan), después del invierno del patriarca muerto. Muerte que en última instancia habla también del entierro de un pasado derrotado.

Lo anterior tendrá su “coda” en aquel final abierto sobre la ruta en la que tres vidas (Toño, Ana y su hijo) viajan a la esperanza, en una pequeña Vespa y con telón cumbiero de Los Ronisch de fondo.
Si, habrá que decirlo esta película merece ser vista y me mostró que hacer cine es también hablar desde el silencio, desde la contundencia de lo no dicho. Los Viejos es una invitación a un duelo cómplice entre el que mira y lo que fue mirado por el lente de Boulocq, pulseta en la cual el único vencedor sin duda será el cine boliviano.

jueves, junio 02, 2011

Seca

Entonces volviste a hablar,
para dar certeza a mi poema muerto,
Cuerpo sin palabra,
acto sin memoria,
verbo cansado,
sábana tiesa.

Tu palabra habló,
muerta en la memoria de despojos.
Sin asombro falso en el olvido,
tu boca en mi pluma,
mi lengua en tu duda.

Tú voz hundida en mi silencio
Yo memoria evocada sin tu verbo.

lunes, marzo 21, 2011

Nuevo

Es hora de creer que algo nuevo puede nacer de este encierro. Yo nostalgio tu nostalgias y como me revienta que el nostalgie, Benedetti me acompañaba cuando apenas sabía la tabla del 2 en versos. Hoy de nostalgia no queda nada..

Hoy tampoco se multiplicar las prosas y menos dividir versos de ausencias, hoy tengo paz y esperanza, el resto no importa.....

Le deseo a Libia algo mejor que Gadafi y a la bota que la humilla un Vietnam (S.R.)

jueves, febrero 17, 2011

Postal del Cerro I

Cortina de persiana china en mi ventana, detrás del vidrio, en el cerro, inmovil un pino enano y tres eucaliptos mal podados. Un Edificio con ventanas chuecas y acabado de cemento visto cubre la vista a Seguencoma. Es la modernidad del barrio dicen, pueblerina noción de progreso en la que la inequidad se refleja en vidrios azules.

Afinando el ojo izquierdo y en el cuadrante superior derecho del ventanal se ven los ladrillos rodantes de Llojeta; más allá aparece Cotahuma y el camino a las mil gradas.

Cerca al marco de la ventana y en linea recta hacia la lampara de la sala se ve la Ceja de El Alto cubierta de nubes.

Todo permanece y muta en cada mirada, la geografía de la ciudad "se está" y a la vez deja de ser en cada instante. Más tarde un colibri aleteará en mi ventana y todo tendrá nuevamente sentido.

miércoles, diciembre 29, 2010

Pajas de diván

Te transfiero lo que se arrastra a tientas por la alfombra, te entrego el resto que no hace ruido cuando cae y que flota en tu palabra cuando miras,
Te ofrendo la palabra que se ahoga en tu boca cuando besas.

Te transfiero ese amor que ya no tengo, un ser incompleto en la angustia de su falta
Los veinticinco sentidos que flotan en el techo cuando nombro el amor y como eco van formando la espuma del deseo.

Te entrego aquel saber supuesto, cuando recibes lo que no entrego y lees lo que no digo.

Tu a cambio, con soltura devuelves gentilezas, escupiendo con cuidado lo que tu lengua de tajo grita:

Un certero no, que afirma
Un claro no, preocupado
Un firme vete al diablo
Un languido no me dejes

jueves, diciembre 09, 2010

Soliloquios en Pijama (Paredes o Palabras)

No se trata de escribir para los demás sino para uno mismo,
pero uno mismo tiene que ser también los demás (Julio Cortazar; Lucas sus comunicaciones)



Hace tres horas- en la biblioteca- cenamos con Lucas. Ambos en pijamas comimos un plato de fideo recalentado con un trozo de carne descongelada que empezaba a tener los bordes como uñas de cadáver. Un fenómeno normal o una simple forma de saber que la carne está muerta y por más que la congeles, con el tiempo te irá mostrando en lo que inevitablemente se convierte parte de un cadáver por más que sea de vaca.

Luego de comer tuvimos una de esas discusiones sobre el valor de las metaforas en el verso libre, cosa que probablemente a ti no te hubiera interesado mucho, ya que por más que afirmabas que sólo eras un aprendiz de escritor, te encantaba presumir de tu prosa y de tus versos desparramados por los instantes de tu vida. Ve el texto completo en URBANDINA

jueves, noviembre 11, 2010

Antigua X

El caballo de madera mira de pérfil detras las rejas,
el santo perdió la corona y su iglesia el tejado
El empedrado ondulado prefiere las herraduras a neumáticos.
El volcan silenciado por nubes no me mira.
En la calle de las duelos se prohibe tocar bocina
Mi amiga panameña no sabe si comerse al Conde o al Obispo

jueves, octubre 28, 2010

FELIPA

Cuando Dios te da un don, también te da un látigo,
y el látigo es únicamente para auto flagelarse (Truman Capote)

Felipa despierta, deja la postura fetal que usó para dormir, estira los pies y patea las piernas del Marraqueta. Mueve un brazo y golpea la espalda del Buñuelo. Ambos se encuentran acurrucados, uno con la panza pegada al poto del otro. Felipa abre los ojos (rojos), se toca la panza (tibia), con los dedos como peine distribuye la grasa de su cabello. Con las uñas (negras) se rasca el cuero cabelludo en busca de eso que no sabe si es pulga o piojo, pero que cuando despierta la jode.

Felipa vive en la calle hace dos años, se siente más segura en La Pérez Velasco que en la casa de su madre. Hace tres meses que duerme en un quiosco de lata que antes era revistero. Comparte su hueco con el Buñuelo y el Marraqueta.

Al Buñuelo, que en realidad se llama José, le dicen así debido a una cicatriz de quemadura, redonda en el abdomen. . Un policía se la produjo con gasolina en una redada. El Buñuelo se encogió para defenderse, pero de una patada el “PAC” lo dio la vuelta y con un lanzallamas improvisado, hecho con un ambientador y un encendedor, apuntó a mitad de su cuerpo. El fuego prendió su chamarra de plástico, cuando trató de quitársela parte quedó pegada a su abdomen, dejándole una marca redonda alrededor de su ombligo con la forma de un buñuelo.

Al Marraqueta, que en realidad también es José, no se sabe si lo llaman así por la forma ovalada, con nariz larga y plana de su rostro o por que siempre lleva una marraqueta dura en el bolsillo, con la que se defiende de sus agresores. Dicen que el rato que menos piensan el Marra, como lo llaman los amigos, lanza un golpe con la cara anterior del pan duro al rostro de su contrincante. La costra de aquella marraqueta, produce una marca en la cara del adversario similar a la de un rastrillo.

Felipa es aymara, tiene diez y siete años y nació en El Alto. Se fue de su casa después de cumplir los quince años. Está embarazada de seis meses y no sabe si el padre de su wawa es el Buñuelo o el Marraqueta. Tiene una imagen difusa del día que pasó todo. Fue violada por ambos, que aprovecharon su estado de vulnerabilidad por el K’olo (nombre con que se llama a la droga). Felipa sabía que no era un objeto y estaba harta de que usen su cuerpo sin su permiso. Esa noche tuvo sexo por despecho, por frío, por que estaba “fumada” y creía que así se curarían las heridas que le dejó el padrastro. Al día siguiente lloró, tuvo asco y tuvo miedo. También le molestó la sangre seca y coagulada en su muslo derecho.

Felipa odia y quiere a los dos tipos que comparten el quiosco con ella. Su contradicción, reproduce la de su madre, la de su abuela, la de ser mujer en una ciudad que ni en sus alcantarillas se libra del machismo. Felipa está sola en La Paz. El Marraqueta y el Buñuelo, con el pretexto de cuidarla no la dejan irse, aunque desde que le empezó a crecer la panza no la tocan y la miran con miedo. Cuando ella se duerme antes, por turnos le levantan su chompa, para mirar como se mueve su panza y asombrarse con el tamaño que ahora tienen las aureolas de sus senos.

Felipa se escapó de la casa de su madre para evitar las palizas y borracheras de su padrastro. Su padre se fue día antes de que ella cumpliera un año. Últimamente ella tose mucho y en las noches se queja de que le duele el cuerpo. Tiene hambre, la misma que antes de estar embarazada y come un poco más que antes porque les roba su parte al Marra y el Buñuelo.

Felipa va a ser madre y le preocupa no tener una cuna para la wawa. El Marraqueta y el Buñuelo el otro día le han dicho -tranquila nomás quedate, un Toyota Caldina vamos a conseguir y los tres nos vamos a escapar a Sorata – harta marihuana dicen que hay y lleno de gringos sonsos que vienen a fumar está, fácil se les puede chorear—dijo el Marra.

Como cada mañana, Felipa recoge el cartón y el colchón de paja que los tres usan para dormir. Los dobla y deja parados en una esquina del kiosco. A las ocho va al puesto de revistas que está debajo de la pasarela de la Pérez Velasco, le pide su cajón de lustrar a la señora que ahí trabaja y que amablemente se lo guarda. Cruza la pasarela y en el Mercado Lanza pide (al debe) un jarro de café con un pan con queso. Se pone su pasamontañas, cruza nuevamente la pasarela y se sienta en las gradas de la Calle Comercio y espera.

Felipa es lustra igual que el Buñuelo y el Marraqueta, los tres son invisibles para la ciudad, son personajes que para el resto no hablan, sólo decoran la Pérez, como una especie de topos (jóvenes en cuerpos viejos) que conocen de memoria las baldosas del suelo y para los cuales el inicio y el final de su existencia se llama escobilla y apellida betún. Ella inhala pegamento tres veces al día y fuma pasta base de vez en cuando. No es que le guste drogarse ¿A quién le gusta quemarse el cuerpo? Lo hace por frío, hambre, miedo, porque le gustan las hadas y princesas, porque así se las imagina más fácil y hasta el Marraqueta parece príncipe. A ella le asusta la falta de esperanza y cuando “chinea” sus ojos se ponen rojos de alegría.

- Tienes que comer mejor y dejar de meterte sonseras, si sigues clefeando tu wawa va a nacer sonsa y con cola – le ha dicho la enfermera del Centro Piloto – Felipa se ríe, el Buñuelo es bien sonso piensa y el Marraqueta con cola se vería mejor, se dice.

La Felipa, mientras lustra los zapatos de un viejo de terno plomo lee el titular del periódico La Razón: “Rige la Ley y Periodistas Buscan Referéndum. El Primer Mandatario señaló que con la norma se eliminará toda expresión que melle la dignidad de campesinos, indígenas y los pobres del país, que ahora tendrán derecho a acceder a cualquier lugar del Estado Plurinacional porque se acabaron los privilegios que tenían unos cuantos – Nunca más nos dirán este indio huele mal, nunca más nos discriminarán y botarán de un hospital – sentenció con firmeza el Presidente al firmar la ley”. Felipa lustra despacio para alcanzar a leer todo – ¡Apúrate pues chango! le grita el cliente.

Felipa no entiende bien la palabra discriminar, le cuesta leer. Si el Presidente habla de hospitales, esa ley tal vez la ayude a que no la miren feo al entrar, piensa. Felipa quiere Volver al colegio, la sacaron porque era mujer y había cumplido siete años y era hora de ayudar a su madre a vender. Felipa, lee que los periodistas han empezado una huelga de hambre, porque se oponen a dos artículos de la ley contra la discriminación. – Lo que dejan de comer por huevadas, piensa.

La Felipa lustra los zapatos a dos chicos de mochila. – Dice que las magníficas harán huelga de hambre pero al revés, van a comer y comer hasta ponerse gordas y feas como protesta por ese otro proyecto de ley que quiere prohibir las imágenes públicas de mujeres con poca ropa—escucha. – Como esa de Cuba Libre K´ala en el lago Titikaka que tanto le gusta al Marraqueta—piensa. – No basta el periodismo ahora nos quieren dejar sin modelos – Afirma con ironía uno de ellos. – Su gordura será su mejor protesta- responde el otro.

Más tarde dos personas de corbata hablan, uno le dice al otro –claro pues a este indio a palos nomás lo trataban antes, lógico pues ahora a rodillazos se quiere hacer respetar. Vamos a tener que inventar qué decirles a los minibuseros, no vamos a poder decir “tara de mierda” nos van a meter presos – Les diremos pues “Betos”, nadie se va a dar cuenta – Le dice el otro entre risas -¿No ve Beto?- reafirma la ironía mirando el pasamontañas de Felipa.

Felipa tiene hambre, ha ganado 12,50 y se ha antojado torta de la confitería “Lido Grill”, pero ahí el mozo no la deja entrar. Más tarde lustra las botas a una mujer –bien largas son, no va a querer pagar dos lucas por bota – piensa. – Flores me ha regalado ayer y hoy me va a llevar a cenar, antes que a su mujer dice que me ha felicitado — dice la mujer. Más tarde otra mujer habla de lo mismo – El día de la mujer se conmemora no se festeja, se recuerda la lucha de Adela Zamudio y en este país machista no hay nada que festejar — dice. Felipa no sabe por qué las mujeres tienen que tener un día ¿Acaso los otros son del hombre? se pregunta. No entiende eso de la inequidad de género, no sabe usar palabras difíciles, no sabe cómo se explica pero sabe como se siente.

A Felipa de niña su madre la pateaba en la cocina, con plancha le ha quemado una vez cuando al lavar tiñó la ropa de una clienta. Su padre quería que sea hombre, quería que se llame Felipe. Para recordarle que no quería otra hija mujer le puso Felipa, como forma de recordare que fue un accidente no deseado. Felipa no tuvo bautizo, su madre fue solita a registrarla. El otro día el cura de San Francisco le ha dicho que si no se bautiza, cuando muera al infierno directito se va a ir. El otro día le avisaron que su padre murió en un accidente, se enteró, así nomás, estas cosas uno se entera rápido. La Felipa no ha llorado, tampoco ha reído. Su padre era camionero y se ha caído al barranco. Borracho seguro estaba ha pensado.

El otro día “la Feli”, como le decía su abuela, ha lustrado hartos zapatos en la Nueva Plaza Camacho. Bien raro ha sido, harta cámara de tele había y harto periodista se ha sacado sangre con jeringa. “No a la ley mordaza” “No a los rodillazos a la libertad” han escrito en cartulinas con su sangre. – Si pura sonsera hablan, bien hecho – ha dicho una señora. – Este Evo así pues a la mala también quiere tratar a todos, mucho se le han subido los humos – dice otra señora.

El Buñuelo le ha contado que ha escuchado que los del diario El Extra, están renegando. — Ya no van a poder poner en su titular “maraco cogoteado”, “persona ahorcada” van a tener que decir. El Marraqueta piensa qué sonsera ha de ser, no va a tener chiste dice.

- Los periodistas llevan varias materias de ética en la universidad, les enseñan a respetar al otro pues, no sé ahora que tanto miedo tienen a esta ley – dice otra persona. La Felipa mira callada y escucha cómo otro le responde –Es que el dueño le dice qué escribir pues o que leer en la tele, el periodista su empleado nomás es y si no quiere cumplir, lo botan por eso los dueños no quieren pues asumir su responsabilidad y se oponen a la ley, más fácil es echarle la culpa al periodista que aceptar nomás que eres responsable de cómo informas – dice el otro señor.

Felipa poco entiende de periódicos y no tiene tele. – Esto de los dueños de los medios, parecido a lo que mi padrastro hacía con mi hermano. Lo pateaba cuando el auto estaba mal lavado y luego le decía al dueño “jefecito va a disculpar, culpa de este chango que bien sonso es”. Lo mismo nomás debe ser – piensa. – Igualito que cuando yo he nacido, mi culpa ha sido, por eso a mis siete me han dicho que – como era mujer – para qué iba a estudiar, si ni mi madre ni mi abuela habían terminado el colegio, por qué yo quería ser pues diferente.

Dice que ahora, con la ley, en los restaurantes no van a poder prohibir la entrada a nadie, no podrán decir: se reserva el derecho de ambición o “no cholas ni pandilleros”. Ella no sabe en cuál de esas categorías entra: pandillera debe ser ya que a veces les ayuda – al Buñuelo y el Marra – a descuidar a los gringos de San Francisco. Chola no es pero sueña con que algún día pueda serlo. Se imagina con una linda manta de vicuña, unos topos grandes y pesados en las orejas, bailando en el Gran Poder.

A la Felipa le molesta la panza, le hace frío. El otro día la Señora Elsa de “El Merlan” le ha dicho –Vas a ver hija con esta ley todos vamos a ser iguales, es hora – como ha dicho el Presidente – que nos respeten pues aunque sea a la mala. La Felipa no entiende ¿Acaso con papel escrito nomás todo va a cambiar? ¿Acaso porque diga el Presidente me van a tratar bien? No entiende, pero quiere creer.

A la Felipa le duele la espalda, todo el día encorvada lustrando le hace sentir mal. Tiene ganas de acariciar su panza en una cama caliente, ya no quiere dormir con esos dos que a la fuerza la quieren besar. Ayer la Felipa ha ido a la Plaza Murillo y a mediodía lo ha visto salir al Evo, se ha querido acercar para preguntarle sobre esa ley y ese rato dos grandotes de lentes negros la han empujado. Más tarde ha salido una diputada de sombrero de “Cochala” –haber dame campo imilla – le ha dicho. Luego la ha escuchado decir a un periodista con cara bien seria: “Esta ley es para que se revierta – aunque sea pues con látigo – la injusticia y discriminación, sobre todo aquella ejercida contra la mujer”.

Mi mamá, látigo debería haber usado contra mi padrastro para que no me pegue, igual le debería haber dicho que no me trate mal por no ser su hija y que no me toque. Yo, látigo debería haber tenido cuando borracho llegaba y a la fuerza me llevaba a su taller, me bajaba el calzón y harto me hacia llorar. Felipa piensa: Quiero que mi wawa sea doctora de la cabeza, para curar a esos que patear nomás saben. Si es mujer, ojalá que con esta ley el Evo haga que las cosas sean diferentes, aunque no creo, recién cuando fue Presidente a su hija la ha tratado bien, hasta fiesta de quince le ha hecho, además el otro día dice que a las mujeres del Chapare en un discurso les ha dicho: – ustedes mucho se quejan y sólo para bailar nomás sirven.

A Felipa le ha empezado a doler la panza en la madrugada, el Marraqueta y el Buñuelo la llevaron al Hospital porque estaba perdiendo sangre. – Igualito nomás que antes de la ley, al llegar la enfermera a gritos nos ha tratado, la Felipa – llorando – ha tenido que esperar harto, luego de sacarle sangre, dándole un calmante, le han dicho que se vaya, recuerda el Marras.

- Al día siguiente la doctora feo la ha mirado, dice el Buñuelo, ¡Para que te embarazas pues, VIH tienes!, le ha dicho. – Esa gripe del chancho debe ser, no te preocupes – le susurra el Marraqueta tratando de calmarla. Después de escuchar a la doctora, los tres salen del hospital con más calmantes y una receta.

En la noche a Felipa le volvió a doler la panza. La señora del Mercado le dio mate de cola de caballo – Tu panza está dura y estás con fiebre, por hay tu wawa se ha muerto, le ha dicho. – Para qué voy a ir al hospital, feo me saben reñir ahí, mi wawa viva o muerta mejor está aquí dentro. Otra cosa hubiera sido pues si no me hubieran sacado del colegio por ser mujer. Marra traéte traguito, alguito nos fumaremos, harto frío hace, esta noche otra vez parece que va a llover. Los tres nos vamos a estar cuidando, con wawa o sin wawa – afirma Felipa. -Aquí en este hueco de lata solitos no más nos vamos a proteger – dice el Marraqueta – mostrando desafiante su pan duro.

Felipa mira al Marra y el Buñuelo y serena les dice: -ya no me duele, ya esta pasando, chistoso es ¿No ve? mi wawa está en mi panza enredada y nosotros, igual que fetos, en este hueco de lata nos acurrucamos. Con látigo o sin látigo mañana igual a los tres nos van a mirar feo, changos maleantes nos van a decir. No sirve siempre esto de sólo hacer leyes, no sirve.

martes, septiembre 21, 2010

Walking around y que...

Poco de lo que aún guardo de Neruda, junto con Farewell y algunas de las Odas elementales es Walkin Around. Este poema escrito por el Gordo Calamar, tiene lo que luego dejó de tener el poeta, espuma en las palabras.

Va para mi y luego para ti que desde el otro lado de la silla esperas a que me cante de una vez las cuarenta.

En este hueco ajeno a ausencias cotidiano, en este baúl olvidado en un espacio intangible, caen estas letras de quien alguna vez era mi recurrencia de verso contagiando mis manos.

Ayer el primer velo fue dicho y es a partir de aquella palabra gritada frente al divan que hoy repito sucede que me canso de ser hombre.


Walking Around



Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
Navegando en un agua de origen y ceniza.


El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,s
ólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.



Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.

Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.


No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.


Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.


Pablo Neruda

sábado, julio 03, 2010

Descenso de Llojeta

Te has sepultado en mis pasos y el polvo, mirándote, te recuerda y abre sus labios, sumergiendo en el frío un corazón donde se acerca la noche, para buscar su voz en el silencio, donde la oscuridad es un resplandor que desparrama las facciones del cementerio sobre los senderos.
Guillermo Bedregal (extracto de Paso a Llojeta)

Las palabras de espiral en el viento han vuelto con su aire de invierno a recordar al caminante que la ciudad aún permanece muda en el reflejo de sus ríos. Es necesario que el caminante inicie el descenso sosteniendo su congoja en la montaña que lo mira, en el Illimani que vela su vigilia.

Cuando el caminante empieza el descenso, lo hace poniendo en sus pasos la letanía del homenaje y el recuerdo a la mirada de otro caminante de senderos. Aquel, que subiendo y bajando las laderas, se fue desvaneciendo tras la última montaña y ya no está más, pero dejó su palabra....sigue en Urbandina

lunes, junio 07, 2010

Virgenes Mundo

Vírgenes mundos

(Fernando Rielo, de su libro “Dios y Arbol”)

I

Tarde. La luz declina. Las cosas se opacan. Las moscas, taciturnas.
Mi Padre que eterno en el cielo vive
me anima a salir a la calle.
A ella
me tiro.

Calle de ciudad. Avenida por anchura de sus lados,
nobles esquinas y edificios altos.
El cielo, un rectángulo largo
que no se acaba nunca.
La sombra, pródiga en calles.
Las fachadas, su cintura.
Una plaza... de vez en cuando.

Las calles sin golondrinas ni encinares pardos.
Sólo vecindades que caminan de prisa y miran escaparates
de cristales anchos. Unos miran; otros compran zapatos o golosinas.
Como es sábado, gentes en fila, largas filas, para cines o teatros.
El campo está lejos sin otro paisaje
que tarjetas postales y muchas revistas.
Revistas con desnudos velados. Extraño pudor.
Eso dicen con sentido distinto:

Quiénes, en púlpitos;
quiénes, en bares.

Unos las visten con algodones: son los puros.
Otros las desnudan del todo.
¡Gran creación de los ojos que miran!

Año 40 ha muerto o ha pasado. Es lo mismo.
El púlpito ha callado... por si acaso. Un concilio cumplido.
Hay ya más sotanas colgadas que bragas en las terrazas.
Chicos y chicas con trapos ceñidos en multitud hermosa.
Todo parece muy pequeño. Todo abstracto, la ciencia, el arte,
el sandwich y hasta el sexo.
La poetisa brisa ya tiene empleo. Su tarea, limpiar el cielo
de tubos de escape con su jabón de espuma.
Sí. La brisa ya no susurra ósculos celestes;
la brisa es marca barata
que en horas laborables trabaja.
El sol es un vecino más. El más distinguido, sin duda.
Lo dicen los vecinos cuando tanto le citan el día que falta.
Luna lunita la llamó el poeta. Hoy es la sabuesa de los trapos sucios
que la noche oculta y a nadie cuenta.
Las estrellas parecen gatos a la caza de terrazas o tejados.
Hay un poema de gastos que la ciudad exige
al cabo del rato de caminar por ella.
_________________

Año 40. A él vuelvo. Un viento fuerte lame como perro
cementos grises, ladrillos rojos y lámparas de cuarzo.
Los cristales vibran con pasión de astillas.
Música de fondo... el polvo que respiro y que mi labio escupe
con hojas secas y papeles rotos. La Casa de la Villa como puede recoge.
La Casa de la Villa, preciosa, por cierto, con concejales y todo.
De la ciudad hablan. Luego se marchan. Y los vecinos...
mueren entre asfaltos rotos.
Yo les perdono.

II

Me tiré a la calle. Eso he dicho.
Sí. Bajé escaleras. ¿Tú en mí? ¿Yo en Ti?...
Sé que tu sonrisa, ardiente, alante, pupiló mi mente
con muchas lágrimas que mis besos secaban
en brisas de abierto labio que, en haz de viento, se hacían...

ensueños cielos
de cristal.

Si el cielo azul se gana alejando nubes,
el amor se gana sin romperlo.
¡Cuánto quise en esos instantes de mi sueño despierto
la vida que en mi vida pusiste: una vida de mil universos
con nuevas calles, con nuevas plazas, con nuevos cielos
que yo recorrí con todas mis alas!
Oh mundos, mundos inmensos de inmensas aguas
en inmensos cielos que inmortales formas, ingrávidas, me acogieron
sin dejarme. Cielos con inmortales perros, inmortales peces,
inmortales aves, cenitales aires sin carne, tan puros, tan bellos,
tan brillantes que ni decir ni hacer yo puedo.
Sí pude, no sé cómo, cubrir distancias veloces
con escolta de luceros nuevos; y lo que eran faroles
de forjado hierro, ángeles ahora, paralelos a mí, a mi paso cierto.
Sus alas rosa y sus famas de plata me sombreaban como arcos.
A las moradas llegué, las moradas vi...
También la mía, de brillos hecha. No la vi por dentro.
Sí sus puertas... de luceros detenidos en éxtasis perpetuo.
La besé tan fuera de mí que ni llorarme pude.
Oh Padre, no pude entre tantos seres amantes.

Oh universos nuevos, nunca vistos; de hojas revestidos,
denudas hojas, libertas, de la carne que les murió en la tierra
que nacieron... De las aves vi sus almas en vuelo.
Oí sus trinos callados. Mi perro... cumplida
la esperanza libertadora de los hombres, feliz, esperándome;
reconociéndome con su ladrido de violines hecho.
Aquel mi perro muerto, por mí, entre lloros, camino de Granada,
rumbo a mi nuevo destino, en ruta de un cielo revelado,
nacido entre los besos míos, circundado entre viñedos.
Las formas puras entonces vi. No silentes, como si nada fueran.
Sí, susurrantes, como el agua de la fuente que al brocal se alza
y el hombre bebe mientras vive y mientras muere.
Todavía sus frescas auras a mí llegan
y bañan mi mente con su presencia. Y libres de su carne...
vencido el ultraje de la muerte, cesante el suspiro,
hablándome de su nuevo paraíso,
mi nombre invocan... inmortales ellas
como ventanas abiertas a jardines vivos.

Oh Padre, eran las 7 de la tarde, cuando la luz
en retirada, cobijándose tras luceros viejos,
más antiguos que la historia del hombre,
para descansar sin duda del fatigoso día,
como yo y mi pobre cuerpo,
como siempre lo hacemos,
me dijiste: Hijo, ya me retiro.

Padre,

te marchaste de mí no sin el beso de cada día,
no sin darme aquel célebre consejo
que hoy, más viejo y más enfermo,
todavía recuerdo: Hijo, tener limpias las razones de la vida
de toda escoria es el arte de ser conmigo...
una
misma
cosa

sábado, junio 05, 2010

Punto y Raya

Cuánto cuestas, cuánto vales, amor mío…

La madrugada del 19 de febrero del año 2004, en mitad de la Plaza de Puno apareció una cabeza destrozada, estaba destrozada en la parte de atrás sin embargo aún se podía ver por delante el que antes fue un rostro sonriente. Aquel bonachón que regalaba fortuna a quien lo respetara, había sido decapitado y peor aún, el autor de tan terrible hecho había meado su rostro sin cuerpo. La población en su conjunto decidió vengar con sus propias manos dicha afrenta, el Alcalde lideró los actos de justicia y hasta los niños llevaron una piedra en la mano para cobrar venganza. Aquel día no faltaron los gritos, discursos encendidos, tampoco la cerveza y menos la autentica y genuina morenada del lugar.

...continua en Urbandina