viernes, junio 29, 2007

Noche de gatos

Atardecer paceño él espera la hora del encuentro en la oficina. La busca en el chat antes de salir a la calle, prende un cigarro, baja por El Centro, la busca en la noche, la llama al celular. Baja a la farmacia, busca una aspirina, lee una frase de la Madre Teresa, sobre el egoísmo y el miedo en el mostrador de una tienda.

El aire tibio rompe la noche y mientras la espera toca su espalda una brisa de estornudos, se da la vuelta y encuentra el rostro de ella. Caminan, en absurda seriedad silente. El agarra sus cabellos le da un beso tibio, con manto de luna sin mordiscos como testigo. La estrella amarilla de siempre, en noche pincha silencios, hace guiños en su espalda arqueada al caminar.

El mira el reloj son las 9:00 de la noche, caminan y callan “chaú me voy" dice ella…”¿qué fue"? Replica él "hace frío", responde. El decide calmar los animos y entra a una tienda a comprar un vino, la señora no lo escucha, absorta mira en la tele la noticia de un accidente. Otra vez hierros retorcidos en primer plano, la prensa amarillista es una mierda, las carretera a Oruro una cagada, piensa él.

Suben al taxi, el chofer neurótico de camisa a cuadros juega a las carreras e insulta a la gente. Ella en calma le pide respeto y menos velocidad “que mala suerte con los chóferes tengo hoy dice”. Me hace frío el silencio piensa él. Llama a la tienda, y ordena por fín el vino y un paquete de cigarros como forma de romper el hielo.

Llegan al barrio que comparten, caminan por el caminito de piedras que separa ambas casas, sendero frágil une ventanas. Ella se adelanta bamboleante y serena, su espalda sonríe sus ojos no. El la abraza, el silencio pincha y le sube el limón en las venas. Busca su cuerpo se detiene y la abraza, mientras mira su rostro, está palida como la luna.

Llegan al lugar de siempre pasan el pasillo viejo del conventillo, las rajaduras de las paredes los saludan. Cruje el piso, entran. Ella camina a su esquina favorita, mira con nostalgia el lugar. El se aleja a la sala, a la ventana cómplice. Abre la cortina, prende la lámpara. Busca la silueta del Illimani, a la izquierda las laderas parpadeantes los saludan.

No funciona el truco de la media luz y las velas, piensa. Ella lanza un suspiro apaga fuegos, deja sus cartas sobre la mesa, ambiguas como su piel. Hay dos opciones sentencia: "me voy o me aguantas en silencio, hoy es un día de gato y creo que los próximos serán negros, con mucho silencio dice". La decisión está en sus manos, él acepta la pelota en su cancha y le pide que se quede. Con la advertencia de la distancia sellada en un abrazo le roba un beso de sus labios fríos.

La mira y calla en pensamientos que no exigen, en sentires que gritan comerle el alma a besos. Silencio de muro, él va a la cocina, ella a la cama. Espalda encorvada, ojos secos, él se adentra en la cocina, "hoy no habrá sexo mata tedios" piensa. Pone agua en la caldera, está seguro que algún día la quemará, toma coca cola, dos aspirinas y enciende un porro. Mira la ciudad, el Illimani ahora sí aparece, sus ojos se ponen rojos y sopla un beso de humo al cuarto.

Entra, la mira como tantas noches, clara oscura en la cama de madera vieja que cruje en cada respiro, sin necesidad de tacto. Ella entibia su piel con una frazada y con miel en los ojos perfora los labios de aquel que parado en la esquina de la puerta mira.

"¿Quieres coca o jugo?", le dice, el vino no es para ver tele piensa. Vino sentencia ella. Vuelve a la cocina, abre la botella, se rompe el corcho, mala señal piensa. y sirve las dos copas con tinto a la mitad. La boca esta seca, la noche le parte la cabeza. Vuelve y las rayas de la cama tiemblan como cuerdas de piano mal tesadas, busca las teclas, en el pecho cubierto de la mujer silente no las encuentra.

El humo verde afecta rápido piensa él. La cama lo llama, cómplice de entregas, de viajes a su humedad, de mordiscos en poros, piensa. Refugio de pieles, se recuesta en el lado izquierdo, busca y no encuentra los pies de ella. El se queda en la improductiva decisión de respetar su pedido de no me toques, de no invasión.

Peli francesa en la tele, comedia con chistes muy parissiene para la noche. Ella arrastra los pies al encuentro, los tobillos y empeines se ruborizan, los dedos se besan, se enredan, se muerden.

Ella apoya la cabeza en el pecho de aquel lánguido amante. Un beso de tachuela, frío y débil pincha la pared imaginaria que han construido en la noche. El tiembla, su pantalón se infla, su piel se eriza y vuelve un aire de petit morte. Sube la marea en las sabanas y la risa, las manos se buscan. El besa el muslo izquierdo de ella con los dedos que ahora tiene copa y media de vino en la sangre y lanza ronroneos tibios al aire. “Estoy ebria” ojala sea así del otro lado dice y deja caer su cabeza en el pecho del amante menguante.

El con la boca busca su cuello, sus caderas, las de la mujer silente, su lánguida piel, su agridulce mar. El humo verde se disipa y él besa el aire, con las manos busca los senos entre edredones, recuerda que ella tiene el sol del lado izquierdo y la luna del derecho.

Ella opta por el sueño, su cabeza recostada le roba el brazo como almohada. El con la mano izquierda, insomne, entrega tactos timidos. Se quedan quietos, piel con piel se contienen, buscan sincronía en cada respiro, ella sólo se queja, llora, ronronea dormida.

El con la yema del dedo índice, izquierdo, acaricia la cadera izquierda de ella, se corta el dedo con el filudo hueso y sangra versos en la sabana. El abdomen de ella lo llama, besa la palma de su mano en cada respiro y las heridas cierran, la sangre se esfuma, tibia.

El calor crece, él le besa los cabellos, los hombros y sólo hay ronroneos suaves. El celular suena como grillo, insistente una, dos, tres, veinte veces. Su repique agudo levanta el telón, prende las luces y la realidad llega a su piel aún erizada.

Ella se levanta, no habla. Baño, chamarra, cartera. El se queda, recurrente, velando el aroma de su imagen, abrazando la sombra de aquella amante de luna. Ella se acerca le da un beso corto, él grita no te vayas, ella no escucha. Se levanta, trata de alcanzarla, escucha un último ronroneo en la puerta de calle y el silencio de piedra otra vez.

Vuelve a la casa, prende la luz, encuentra gotas de sangre en el piso y ve que su mano izquierda sangra. Entra al cuarto y en el velador lo esperan: la botella de vino tapada con el corcho roto, una copa vacía y su celular. Mira el teléfono antes de dormir y lee: “ viajo hoy a las siete a Oruro no iré a tu casa, lo siento”.

jueves, junio 21, 2007

Fast...la no hija de la no lagrima (Peperina el Sábado es San Juan)


Estaba en llamas cuando me acosté

Pulsaciones rojas, burbujitas de efedrina saltando en la laringe, efervecientes en el pecho. La maleta celeste en la esquina de siempre, los libros, el tabaco y los discos. Acelerado el camino, otra vez la carretera, la ruta.

Este no es un acto confesional de redención autoimpuesta, sólo un brotar de palabras de espuma, en caos incosistente gritan y rebotan. Casandra Lounge y eso de fifteen 4 ever en el auricular sin cable.

El viejo piano con eso de las promesas sobre el bidet, me trae su rostro mostrando la paja de la cara ajena. Si flaco, era Cenicienta en su cuento. Te amo y te odio dame más grita y luego calla Peperina, cuando la irremediable imagen de orbitas huecas promete una nueva redención, mirando el techo en convulsiones cabalgadas.

Pedro Aznar trajo la nariz roja y contaminada de su concierto en Santiago y gritó el último gol de Boca ayer como bostezo, al mismo tiempo las paraguas de cabello oxigenado y ombligo sediento, luego de Bolivia 0 Paraguay O, comieron un choripan de cuclillas, de cara a un Pubis poco angelical para congraciarse con el dealer de la plaza por el empate.

Abrite un buen vino otra vez Peperina, deja que la espuma fluya. Relax, atómica, aglutinante, sangrada y en sal de mar. Los mariscos, esos curiosos bichos peruanos congelados en el boliche de Achumani inflan tus canales de yodo y fosforo. Saltan mis fetiches en ojos saltones por la sed y en un beso seco quedas, tibia.

El cielo de invierno en el año 5515. La cabala cristiana del año 2007 no tiene sentido, la causalidad cósmica, relativa, inerte es supercheria de feria ante la poca esperanza. Por eso:
Chau "la sal no sala Peperina", el bife se come con piel...FAX U y PUNTO.

Coda: El vaso equilibra la Fanta en su ombligo. La marea naranja reposa en las paredes azules del vaso, esas con colorcitos caprichosos, souvenir de Isla Negra. Veneno, muy fast, muy rapido, luego el color turquesa de su collar etno besa mi pecho en cada embestida. Las promesas sobre el bidet, alimentando de nuevo che. Que buen sabor tienes con mariscos.

PD: Derby Naranja de caballito de ojos rojos, vino y los siguientes discos alivian la lectura: Fifthteen forever (Casandra Lounge); Say no more, Hija de la lagrima, Piano Bar (Charly García); Peperina (Serú Girán).

lunes, junio 11, 2007

Santiago IV (Huidobro y Neruda)

Tumba de Huidobro
Tumba de Matilde y Neruda

Cartagena Litoral Central

Dos poetas espalda con espalda, uno en la montaña seca en una especie de mausoleo mostaza. Lapida de piedra gris te advierte “abrid esta tumba, debajo está el mar”. Huidobro, poeta, antipoeta, culto, anticulto. Murió como paria, peleado con los poetas, los jerarcas de la iglesia, los comunistas, los diputados de derecha, la aristocracia. Fue secando su poesía, haciéndola indomable a cualquier lectura de pueblo, ajeno a aplausos de la masa, vaciando sus versos de chilenos.

Se pierde en un campo seco, entre girasoles muertos descansa, un viejo cuidador y un kiltro hacen guardia y son los guías. La entrada a la tumba es gratuita (de 9 a 14 de 15 a 17:00). Un letrero contundente dice “prohibido usar el lugar como parque para enamorados”.

El lugar no tiene tienda de souvenirs, ni bar para tomarse un ajenjo en el nombre del poeta renegado. Sólo un viejo perro, ladra cada noche a sus versos.

Olvidado en la montaña, pistas escondidas en el ascenso de tierra y en la colina una mezcla de colores sin gusto lo resguarda. Al lado izquierdo un grabado de su rostro en sus años de burgués mira al vacío en un letrero de madera. Imagen de sus días jóvenes en familia rica, es la memoria más o menos comercial que queda de su nombre.

Ha muerto en la pobreza, maldito y olvidado rechazado en la vergüenza patriotera, anarquista. En su auto exilio, vomito para todos aquellos que besaron sus poemas con flores.

Lo llamaban el más europeo de los chilenos, poeta ajeno al pueblo, con juegos ácidos, surrealistas, con aires de Breton y Eluard muy negro, muy contundente, muy ácido que un obrero no lo entiende que un cura no soporta.

Recibe la brisa del bosque seco en esta época del año y su compañero ladra en la noche a los espectros de su fama olvidada. Hoy deja la estela, la brisa a la montaña, olvidado e ignorado por la gente, en el destino que labró y le dió la gana tener en su irreverencia. Letreros de madera mal colgados de los árboles son la guía a su tumba.

Cerca al mar, en el lugar de nombre Isla Negra descansa. La entrada cuesta 3,000 pesos y existen cinco guías para la visita por grupos pequeños a la casa, una de las tres del poeta, llena de fetiches, recuerdos raros y detalles costosos. Hay que esperar para que te llamen por micrófono y te hagan entrar, mientras tanto te puedes distraer en la tienda de souvenirs que vende libros, camisetas con sus versos, postales con su foto, adornos para living, replicas de sus fetiches (mascaras de proa, barcos en botellas, caracolas, conchas de mar).

Cuando entras, respiras el aíre del poeta y el aroma a caldillo en la casa. El lugar, un homenaje a la palabra, un canto a la vida. Es su último refugio, el tercero en vida, última morada antes de su muerte. En el jardín duerme hueso con hueso, enredado en Matilde su tercera esposa. No hay referencias en la casa a Malba Marina, la niña que murió a los 8 años de hidrocefalia, única hija, olvidada.

Su osamenta y la de la última compañera, no tienen cruz que los resguarde. Sus besos ahora en textura de concha de mar, beben la caricia del pacífico en la proa de este barco imaginado, privilegiada última morada, digna del histrionismo y el ego desbordados en vida por el poeta.

Le decían el poeta del pueblo, burgues de mantel rojo. Declarado discípulo de Whitman, con foto de Rimbaud en la mesita. Escribía, entre copa y copa, regalo y regalo de los idolatras que chupaban gratis en sus fiestas. Pintaba poemas al color de las cebollas, la cola del caballo de la tienda de su infancia, las mascaras de barco, sus botellas, su ancla, su recurrencia obsesiva al pacífico. La casa tiene un inodoro floreado en una cabina angosta, las paredes recubiertas de fotos de desnudo de los años veinte, para el deleite de los amigos borrachos decía.

Las vigas de su bar tienen tallado con cuchillo el nombre de cada uno de sus amigos muertos. El poeta, panza de calamar, pasaba de lado por las puertitas de sus cuartos, crujía en el catre bajo y bebía el mar en cada esquina, en el deleite de la amistad y la vida, disfrutó su residencia en la tierra rodeado de besos y aplausos hasta el día de su muerte.

Tiene ancla de barco en el jardin y su cuerpo reposa entre flores. Al final del tour puedes conversar sobre el paseo en una cafetería, donde venden platos y tragos con su nombre, un homenaje comercialmente bien logrado. Es imposible no saber donde te encuentras aunque no puedes sacar fotos por respeto a los derechos de autor.

Quien primero o quien después en la cronología no interesa, cada quien decidió como vivir la poesía, como hacer de su vida obra o de la obra vida, dicen que el primero fue maestro, luego amigo y al final detractor del segundo.

Neruda canto de alegría, a las cosas simples a la gente simple, adoptado por el comunismo como bandera en su poesía, digerible para mineros y obreros. Huidobro empezó académico, aristocrático, muy europeo y terminó como escupitajo filudo para todos los que destestaba, ácidez negra en sus últimos días para aquellos que sentenciaron su imagen actual, aquella que se va desvaneciendo y secando en la montaña, aunque el mar se escuche bajo su tumba.

El otro con cada venta de souvenirs infla la panza y ríe, en la bodega del otro lado con buen trago caliente y seduce eternamente a sus amadas con poemas. Eso sí rebota en su limbo y da la espalda a la imagen de Malba Marina que lo mira sin rencor y besos desde otro lugar más puro.

El poeta decide la huella que querrá dejar en vida. Morir bien muerto, en tumba bebiendo del mar o negarse a morir y seguir vivo en una fiesta de risas y regalos, amistad, trago, pueblo y reverencias. Al final en un caldillo de congrio, las palabras de ambos en el litoral central se juntan, el Canto General, los Cantos de Altazor son uno al otro lado del mar.

Salud poetas, en su muerte cada quien espera. Eso sí algo hay que reconocer, al primero lo visitan los que se las juegan, los que quieren perderse en el camino de tierra, por último aquellos que al poeta le da la gana. Al otro, hordas de japoneses, gringos y cuanto turista llegue a este país. Hacen cola con ticket en mano y se van con bolsa de recuerditos, ¿qué huella vale más dejar en muerte?, ¿qué trascendencia pesa más en la palabra? ¿Quién hubiera bebido más la globalización?. No sé, dejo a ustedes que se respondan.

viernes, junio 08, 2007

Santiago III


…Ya ves y yo sigo pensando en ti…


Salí a la calle al final del día, con la mirada adormecida por la falsa bruma. Las ganas, honestamente, eran de leer algo y dormir, pero otro era el plan que tenía la ciudad para mi. Salimos de aquel complejo de cemento en el que se encuentra la oficina cayendo la noche. Me acompañaba la Pepa, una revolucionaria de los 70, con boina negra y sobretodo de lana. Años de burócrata tras un escritorio, más por necesidad que oficio, no mataron su rebeldía y ganas de respirar poesía. Ella, en silencio y en mi ausencia, había planeado, con aquel calido personaje de bigote blanco, la incursión nocturna. Subí al taxi sin mucha expectativa, imaginándome la velada en un Mall o un Restaurante de esos caros en un barrio de más cemento, en un sector tan globalizado y vacío de sentido.

Llegamos, el arribo fue curioso, era como estar en la calle España en Cochabamba, o la Presbitero Medina en La Paz, sólo que más grande. Respiré por primera vez algo más que Smog. Sentí identidad y la personalidad de un Santiago que se defiende, que se resiste a ser un una copia barata de cualquier ciudad global.

El barrio se llama Bellavista y colinda con el centro de Santiago, se ubica al norte de la ribera del Mapocho. Las ha vivido todas, desde ser en sus inicios zona católica y aristocrática, burdel encubierto para políticos del gobierno, punto de resistencia en la dictadura y hasta meca de la vida nocturna en los noventa.

Empezamos la caminata, esta vez el frío no interesa es más regala la atmósfera perfecta para disfrutar las fachadas de las casas. El moho que se cuela por las paredes te va contando las historias del barrio. Aquellas de chicas sonrientes hace más de cincuenta años que alegraban la siesta de diputados liberales y rechonchos, las otras de caricias furtivas en el motel amarillo, donde estudiantes confabulaban entre sabanas contra la derecha. La calle te habla de la lucha en el golpe, de la pelea contra el nuevo golpe, el del progreso y la despersonalización. La gente pasa, algunos te miran desde la ventana y perciben que tus ojos escanean la zona con aires ajenos, a unos les gusta a otros les es indiferente.

Llegamos a la Chascona, último refugio Santiaguino de Neruda, ella dibuja en el rostro, la sonrisa que acompañaba los debates universitarios. Me cuenta del caldillo que preparaba la madre de su amigo, esa que acabó viviendo en La Chascona después de Neruda y surge la inevitable pregunta ¿en que universidad estudiabas?, en el único territorio libre de América, la U de Chile me responde, entonces todo cuadra, cobran sentido, las preguntas sobre mi país, sobre Evo, la risa que contiene ante las colegas de la oficina, bronceadas y con el cabello teñido de rubio en este invierno. La boina parisiense y ese aire detrás de las arrugas de mujer de batalla, recobran presencia. Aunque hoy carga en la espalda el peso de la burocracia, vuelve esta noche, a ser aula de sociología contestaria.

Me cuenta sobre las luchas en dictadura, la locura de seducir a los milicos con la minifalda en plena resistencia y luego cargar la metralleta para ir a defender alguna fábrica, en el córdón industrial. Me habla del primo Cura que mandaron al destierro y acabó muriendo de pena y sorojche en Putre. Hablamos del Chile de hoy, de la vergüenza de los Santiaguinos con el otro país, ese del cual no hablan, el que no aparece en los afiches de ciudad competitiva, estable y moderna que sirven para atraer inversionistas.

Me llama la atención nuevamente la mezcla de casas simples de una planta y paredes de cemento, pintadas de forma caprichosa y deliberadamente kitsch. Juega el color de paredes ocre, azules, amarillas, cafés, con las luces de la noche y te regalan al caminar, murales cubistas, graffitis contestatarios, soles y lunas en portones de madera con candado. Las puertas te entregan: musica (punk, jazz, trova) risas y de rato en rato sale gente de algún bar para invitarte a pasar.

Llegamos a una galería construida en el patio interior de un manzano de casas. Me cuentan que fue una iniciativa vecinal para evitar la construcción de un edificio. El lugar es todo de madera y encuentras desde artesanía Rapa Nui, vino e incluso medicinas tradicionales Mapuches.

Es otro el color en los rostros, otro el aroma en la gente joven de este lado de la ciudad, grafitea, fuma. Pienso que aún cree, resiste y muta contra la corriente. Son el Santiago que también cuestiona, ese de los colegiales que arman barricadas en los colegios y se hacen llamar pinguinos y con quince años se declararan marxistas y les devuelven sin miedo las bombas de gas a los carabineros.

Luego de caminar por calles misteriosas, me sorprendo con una casona café escondida a las faldas de un cerro, con las ventanitas crujiendo y los ojos que miran y reciben. Me despiertan sueños locos, ganas de mudarme a su esquina con sauce seco y paredes de piedra y disfrutar la jubilación en este lugar. Ella ríe y me invita a comprarnos la casa, poner un bar con libros, aunque adelanta que probablemente muera antes que yo llegue a viejo.

Volvemos a las preguntas, a las heridas del 73 y me cuenta que jugaba en la casa de Allende a sus 6 años y que es la oveja negra de izquierda en familia de derecha, la cual poco a poco acabó por aceptar su coherencia. Vuelve a pintar sus palabras con el calor de su lucha, me habla del Pantera, brasilero que vino a armar la resistencia en la U, yo del Guillermo Bedregal García que organizó a los bolivianos de la U de Chile, ella de su amiga que murió en un cordón industrial. Me cuenta de cómo se refugiaban en el altillo de la casa de su amigo hijo diplomático, paradójicamente en Las Condes y con ametralladora en la ventana, veían como los milicos se limpiaban a los chicos de la U a tiros en el cerro.

Estábamos, sin darnos cuenta, hablando del mismo año, de la misma gente de una misma lucha, en un Santiago que ya no me resulta ajeno, que respira los mismos aires que respiró mi padre. Ella sintió el temor de la mano negra del milico en su juventud igual que yo en mi infancia.

Hoy trabaja en un organismo internacional, destino predecible de tanto izquierdista que se acabó aburguesando. Se refiere con respeto al proceso de cambio en mi país y le da bronca la gorda, como llama a Bachelet, por que no entiende lo que representa ser la primera mujer presidente en Chile, eso hace que la derecha esté creciendo dice.

Caminando por estas calles recuerda el día que murió Pinochet, parecía otro golpe, igualito habrían champaña y te insultaban Los fachos dice. La miro, recuerdo el departamento donde vivo, las historias que ahora escucho y decido quedarme con el Santiago, del otro lado del espejo, eso que no les gusta ver a muchos y siento la terquedad de un barrio que esquiva, lo más que puede, el consumismo aunque igual se quiera filtrar y llegue disfrazado de bohemia a sus paredes.

Más tarde llegamos al Mesón Nerudiano un restaurante muy al estilo de Don Pablo. Nos invitan al subsuelo, una cueva mágica con vino, seguimos la charla y llega él, profesor universitario de toda la vida, también con boina resistente, antiguo exiliado en el golpe. Me cuenta la historia vedada de Bellavista y luego habla con admiración del cambio en Bolivia y que tiene miedo que la derecha se aproveche de la ingenuidad de Evo, misma que vió en Allende y fue, según él, la causa de su derrota. Es que ser ingenuo es a veces tan necesario, aunque peligroso pienso. Luego hablamos de Bolivia, de Santa Cruz, de Coroico, de La Paz y me siento a gusto, latinoamericano nuevamente.

De pronto entra ella en escena, mulata de ropa negra, juega con el micrófono con ese, “camelo” como dirían los andaluces y regala unas notasde jazz al aire. Mira de reojo a la única mesa, la nuestra, y pone miel a su gruesa voz. Luego me entero, es Aidé Milanes, hija de Pablo acompañada de Héctor, otro cubano al piano. Encuentro en su mirada las saudades de mar y me eriza la forma que acarica el aire con las manos al sentir el bolero en su voz.

El show es increíble, su voz tiembla en el bolero, en canciones de Bola de Nieve, de Pablo, en sus propias composiciones, simplemente siento el lugar y el piano que salta con fuerza del jazz al son, del blues a la salsa. Me parece ver la silueta tuya, mientras ella canta, apoyada en el muro de piedra, bailando, sintiendo y me doy cuenta que te pienso y que es posible vivir y sentir en la simpleza de un piano, en una mujer que canta en la punta de un taburete y en el vino que besa recuerdos. Traigo a la memoria palabras, sentires tactos y los pinto a la distancia, en la voz de esta mujer que embriaga con su forma de saludar a la nossshccche como dicen en Cuba.

La salida a la hora exacta, para dejar el sabor a poco en el pecho y las ganas del retorno. Me besa el frío nuevamente y las paredes rojas de la casa que grita la música de un power trio calientan el aire. El lugar pinta sus paredes de colores más intensos, se globaliza sí; en la oferta de bares, restaurantes, pubs, aunque todos saben que es un truco para mantenerse en pie. Respiro nuevamente los versos del poeta y veo como La chascona estornuda poesía en la calzada, esa que tanto necesita la gente para no caer a la tentación del Mall y el Condominio de vidrios.

Más tarde en un semáforo y bajo un puente dos personas duermen en cajas de cartón. Desde el auto, rumbo a casa, veo al lado izquierdo séis chicos de “carrete” con el reagueton a todo volumen, viven otra anestesia. No importa, es bueno saber que Santiago en el patio trasero no cambió mucho y permanece. Volveré, pisaré nuevamente las calles de esta ciudad y cuando tome un vino en alguna de las esquinas de Bellavista, iré pensando en como decorar mi casa del cerro para cuando me jubile.

martes, junio 05, 2007

Santiago II


Anoche camine cuarenta y cinco minutos por Santiago. Como buen paceño, acostumbrado al clima seco invernal, dije el frío chileno no será peor que el de mi altiplano, además mis cachetes están curtidos por la altura, por lo que esto será pipoca. Sin embargo debo confesar que subestime al Mapocho y al CO2 que acá respiran como si fuera oxigeno y la caminata resulto una tortura de contaminación y heladera.

La verdad luego de caminar me pregunté, por que acá gastan una montonera de plata en campañas contra el pucho, si la gente no necesita comprarse cigarros, ya que tres respiradas con la boca bien abierta desde tu ventana en la mañana, son como fumarse un Camel sin filtro.

Al empezar mi caminata, tardé como 20 minutos en cruzar una rotonda, toreando autos y buses llegué a una avenida larga en un lugar llamado El Bosque, que me imaginaba sería un romántico paseo lleno de sauces en el que recordaría a mi musa paceña, pero nada, sólo me tope con un bosque de cemento y boliches. Luego conecté a la Avenida Providencia, una especie de Camacho sólo que 20 veces más grande. Ya metido en la noche, camine en el frío húmedo Santiaguino helándome aunque estaba hecho pomada decidí continuar, más por una cuestión de orgullo andino que de falta de dinero.

Al final, luego de casi una hora, llegue al lugar donde vivo, aunque no sin antes caminar en círculos las cuadras circundantes como cuatro veces, tratando de encontrar los puntos de referencia que había definido en mi partida matinal. Me di cuenta que eso de elegir el Mc Donalds de la esquina como punto de referencia no sirvió de nada, ya que tarde me percaté que cerca al departamento, había cinco 5 igualitos uno por cuadra. Pinches chilenos consumistas pensé, con lo feo que es ese cartón que le ponen a la hamburguesa en vez de carne y hay más Mc Donalds que sitios de empanadas de queso que acá son tan ricas. Con antojo terrible de anticucho y té con té para el frío, encontré luego de varias vueltas mi cuadra. Es que esto de caminar en línea recta y en plano para los paceños es complicado, ¿cómo orientarse sin arriba ni abajo, si todo buen paceño entiende que arriba esta la casa y abajo la oficina? o viceversa dependiendo de la posición dizque social que le toco vivir.

Eso sí, algunas cosas sin duda interesantes encontré en la caminata. Los autos no tocan la bocina de todo y de nada, puedes confiar a ciegas en los conductores y lanzarte por un paso cebra que frenaran en seco para dejarte pasar, los patrulleros son igualitos a los que dibuja Pepo en Condorito, ahí todo serios. Eso sí, no encontré ningún afiche de tome Pin y haga Pun a cambio conté como 100 de comida, perfumes, tiendas, ropa, discos, autos, mucho consumo para mi gusto.

Un tema que me llamó la atención fue el de los vendedores de discos piratas. Ellos tienen un método curioso de ofrecer la mercancía y hacer plata. Lo explico, usan una cartulina plastificada con las tapas de los discos ofertados fotocopiadas encima, la cual despliegan en la acera y esperan a los clientes ofreciendo a voz en cuello sus productos. Lo curioso es que el cliente llega, y mientras mira la oferta musical de moda, el cómplice que espera detrás de algún pilar bolsiquea al incauto cliente y le saca la plata. Si llega la policía “el gallo” ,como dicen acá, dobla ágilmente la cartulina y se hace pepa entre la multitud. Cuando pasa el peligro, a tres cuadras del punto inicial, despliegan la misma maniobra y engañan a otro gil, así van haciendo la noche en la que ganan unos buenos pesos y sólo venden dos discos mal copiados.

En fin, en esta caminata santiaguina, llegué a la conclusión de que el frío paceño es más agradable y el aire, aunque seco de la altura no tiene sabor a pucho. Me di cuenta que el comercio informal, igual se da modos en este espejismo con afanes primer mundistas, que los canillitas gritan más fuerte que minibusero en la noche y que en vez de El Extra tienen La Cuarta, que es igualita nomás. Los chilenos tienen su quiosco en las esquinas con su caserita vende dulces, sus micros latas de sardinas modernas, con gente colgada de la puerta igual que en La Paz y las marraquetas son fofas y sin sal, aunque las colisas están buenas..

En fin, el precio por la primera caminata invernal en esta ciudad, fue la congelada de cachetes y la irritación ocular, digna de Jamaiquino en fiesta reagee, ya hubiera querido yo que hubiese sido por culpa de un humito reilón y no del smog.

Conclusión, mañana tomo micro, que ya averigüé por que esquina pasa y me fumaré un puchito en mi cuarto, con tal me resultará más sano que respirar veinte cajetillas de Camel sin filtro directito del cielo, mientras camino de noche.

lunes, junio 04, 2007

Santiago I

El amigo de 48 años que me recoje del aeropuerto, infla el pecho al hablarme de la autopista con controles laser, del tunel bajo el rio Mapocho, de que "Sanhatan" es ese conglomerado de edificios de Providencia, igualito a Nueva York. Me muestra la cordillera nevada que por casualidad asoma en domingo sin contaminación. Miro las montañas y pienso en que esta ciudad es una Cochabamba grande y moderna, por su geografía claro está. Se sienten en el aire el clasismo, los prejuicios entre los Gonzales y los Soto, los Undurraga y los Errazuriz, los Pinochet y los Perez. La división se ve, no basta el maquillaje moderno del norte, Santiago esconde a Santiago, aquel que va más allá de Las Condes y Deheza, el otro que todavía grita y espera.

Hoy al medio día, salgo a respirar y el cielo es azulado, con una capa de chocolate en la parte baja que no te deja ver nada y huele a llanta quemada, smog se llama y es insoportable, parece La Paz luego del 23 de Junio, sólo que acá eso es todos los días.

Anoche miraba la ciudad desde la ventana del piso 15 en el que vivo, luna llena en manchas de café, con un ambar curioso en sus lineas, ¿será la misma que miramos caminando La Paz, esa que nos sonreía el viernes, guiñándonos el ojo en la caminata cómplice?. La noche, pincha con un frío similar al del Altiplano, sólo que algo más humedo. En la mañana, la gente, como sardinas, en micros modernos, esos de acordeón en el medio se empujan y aplastan para llegar al trabajo, paraiso para los froteuristas dirían alguien, desventajas de un sistema de transporte moderno dirían otros. En las calles la masa de gente camina y cruza por los pasos cebras con rigidez europea por las calles de Providencia. Rompen el esquema de postal de primer mundo, los condominios con ropa colgada al viento a orillas del Mapocho, la señora de cachetes rojos que timidamente se pone a las puertas de un centro comercial y estira una manta para vender bufandas y raja corriendo cuando dos carabineros, con resabios pinochetistas, le empiezan a gritar. En frente un gordito risueño te invita a ser voluntario de bomberos y tres punks en patineta me empujan y pasan llevandose por delante a quien se cruze en el camino.

LLego a un Santiago vacío, espejismo de un Madrid o Nueva York, pero no encuentro la risa de un Machuca, la poesía contestaria de la ciudad que bebió utopias con Allende. Pesa más el aire de progreso consumista, la estabilidad financiera, la democracia pro gringa, esa que tanto le gusta imponernos al Busch y ahora La Presidente pregona, sin saber como hacer para esconder su nostalgía de las luchas de izquierda, en la cartera. Se debe preguntar en La Moneda, como hacer para callar al fantasma de su padre y que TLC y crecimiento ecónomico combinen con justicia social. No sabe como hacer para que el sur de Santiago sonria a Las Condes. Si al final todos saben que la gente, a ambos lados de la ciudad, come empanada y Barro Luco, ricos y pobres comen el mismo smog por la mañana.

Mañana, espero caminar un poco más y encontrar un poco del Santiago al que evoca y grita en poesía temblorosa Zurita. Por el momento me arden los ojos y mi nariz respira humo y tengo ganas de enterarme de las marchas en La Paz (que alivio acá no hay UNITEL).

viernes, junio 01, 2007

Preparando maletas

La maleta a medio armar, el frío que me pincha los brazos descubiertos y sus manos tibias en un tacto fugaz. Esta mañana con un tango gritando en los parlantes, me preparo para cruzar la cordillera y pasar unos días en la tierra de Huidobro. Siempre dije que los viajes son necesarios, para hacer un inventario, reciclar emociones y sentires. Este es un momento en que es necesario mirarme desde fuera, cantarme las verdades y en algún cafecito escondido por ahí, llenar la libreta de historias de otras tierras.

De momento, tengo una maleta roja encima la mesa, mis ojos esperando sus ojos y 30 canciones que dan vueltas celebrando memorias compartidas. Ya iré compartiendo la crónica de estos días.

Salud.. ya les cuento que ondas..

martes, mayo 22, 2007

Crónicas de a pie (La Jaén)



Estoy enfermo lo sé
Estoy consciente de que sus voces me están matando
Poco a poco,
Cada día en mi propio cuerpo
Con mis propios huesos,
En cada encuentro,
…Jah! Y aún así las espero… (Javier Arequipa, El Amanuense)


Esa tarde, antes de iniciar el ascenso al lugar acordado, había decidido dormir, el sueño tenía sabor a pastillas de menta gastadas. Un cinturón de cuero de caimán presionando las sienes me recordaba la resaca de Fernet de la noche anterior. Al despertar tenía las manos secas, el bolsillo vacío y mil hormigas con tufo a ron barato saltando una especie de danza tecno en mis brazos y piernas.

Me levanté dos horas antes de aquella pactada para el encuentro, mi atuendo no tenía el aire de un Saénz aparapita o de personaje poético de Kundera, vestía negro como es recurrente en la noche de sábado y nada más. Mi descenso inicial a la avenida fue pausado, con la memoria repitiendo el orden y la entonación que debía darle en la lectura a cada línea. Hice una parada frente al edificio de ladrillo a medio repintar y su ventana con rejas blancas me regaló el juego de luces de la pantalla de tele en que ella goza el tango, entonces respiré y su beso de luna sirvió de amuleto para el viaje.

El evento había sido fijado para las 20:45 en el Museo del Litoral. Tomé un transporte público, un Trufi de esos vacíos que recorre la Avenida del Poeta y empecé el ascenso. En el trayecto me atacó nuevamente, la reverberancia en los errores, en lo simbólico de esta noche, en la serie de poemas que había preparado a la ciudad. Pensaba si el orden elegido había sido el exacto, en el reflejo de sus pechos en la pared del cuarto, en las hormigas que no me dejaban en paz y ahora se volvían taquicardia.
De pronto, un destello en mi ojo izquierdo y el ruido largo de bocinazo que antecede al impacto de un choque me sacaron de las pajas mentales. Un auto negro pasó y escasos centímetros separaron su farol de mi manga de cuero apoyada en la ventana. Flashes, recuerdos, elucubraciones, sobre el destino y la muerte fuera de la víspera, fueron buen presagio para la noche. El quiebre de cintura del Trufi, justo a diez centímetros del impacto, nos salvó del choque, de la embestida de aquel idiota que se metió por el carril del medio en plena Roma.

Seguimos la ruta, hasta la Camacho, luego el ascenso, tres bocanadas de ciudad fría en los pulmones y las luces de la nueva avenida en mis manos. Me saludan, el reflejo del Obelisco pintado y las nalgas de bronce de aquel soldado desconocido volviendo a mostrar la derrota que tanto nos gusta. El ascenso fue liviano, tomando en cuenta la gorra de lana que llevaba y la trepada de calles, en el camino mis textos saltando ansiosos en mi bolsillo izquierdo, pinchaban con versos mi axila.

Llego, más que curioso el ingreso a la Jáen, los bares abiertos y vacíos me reciben, mientras una exposición de cuadros vivos respira bajo la cruz verde que saluda con destellos tibios. Aparece el amigo poeta de antaño, aquel de negras líneas en vino, me cuenta que es padre y me recibe con una pequeña cachetona de dos dientes en sus brazos. Da vueltas como rata amarrada entre la mamadera tibia de su niña y el reflejo del boliche vende ajenjo y me grita que se escapará pronto para poder libar unos poemitas que ya no aguanta más la abstinencia.

Más arriba en mitad de la calle me saludan tantas voces, tantos rostros de la ciudad. Los espectros, los olvidados, los incógnitos, las familias, los abuelos, todos poco a poco empiezan a pintar con sus pisadas las piedras de la calle.

El ingreso al lugar acordado es directo. Una consola grande de sonido con jueguitos de luces me invita al pasillo interno del museo. Dentro, debajo del balcón, un reflector se prende con cada persona que camina. Espero y veo como la luz ilumina de pronto la pañoleta rosa en la cadera de Miss Litoral que pasea por ahí, esquiva a dos góticos, no sin antes inflar los bolsillos traseros con su bamboleante taquirari de glúteos, tan ajeno a este lugar, el patriotero homenaje que lleva esta señorita del Beni.

Me siento y espero, junto a una puerta de la que cuidadosamente cuelga un letrero que dice “sala en terapia intensiva”. Husmeo por la cerradura y Genoveva Ríos, héroe del pacífico grita que la saquen. Está en enaguas, esperando la mano de pintura y pegamento. Ha perdido su bandera. Le han prendido la luz para que vea, le han dejado el hueco de la puerta sin chapa para que escuche los pasos de los visitantes nocturnos al museo.

La sala donde será el evento, tiene forma de vagón de tren y desde sus paredes me saludan mis poemas que han sido pegados en una fiesta de palabras desordenada. Sonrojados coquetean, a los versos crucificados de la niña aroma a vainilla que desde el vidrio cuenta su muerte en la alcoba. Luego veo como mandan besos al largo pergamino amarillo, con poesía intensa, de la mujer de lentes y atuendo negro.

El lugar parece un pequeño teatro, un circo barato con asientos donados por empresa de cerveza, Veinte filas de cuatro sillas amarillas vacías, esperan atentas el festín de palabras que pronto tendrá lugar en la mesa. Esa de cocinero, amanuense, escribano, notario de Tocopilla que han dispuesto para la lectura. A la izquierda un parlante, un banco de cuerina negra y acolchada es la improvisada grada para subir a escena. Dos velas a cada lado de la mesa esperan.

Antes del acto fumo un cigarro con el amigo de corbata gato café y textos ansiosos, damos vueltas al pasillo, descargando cortesías el uno hacía el otro, imágenes furiosas a La Paz, reflexiones sesudas en contra Hilarion Daza. La sala espera, mis manos hormiguean y otra vez la taquicardia me recuerda que el veneno no se ha ido de las venas. Entonces nos convocan y nos dan el lugar en la lectura, el azar me úbica en quinto lugar.

Primer acto, él, de gorrita negra y corbata gato, con voz líneal que de rato en rato lanza un aumento de volumen que acopla en tu garganta, una metralleta de imágenes. Explosión embriagante de prosa encandilante, pincha, en surrealista ejercicio de relato, las ventanas de la prudencia y el pudor pincha.

Segundo acto, el Amanuense se hace llamar, tiene un airecito de huayño soplando en su voz, desgarrando sus versos de poesía contundente de escribidor urbano. Sorprende, gratamente entiende soledades y toca la noche invitándonos a la forma paciente de sus bestias, sus historias.

Tercer acto, ella, cuidado peinado y maquillaje. Su poesía un soplo de colores rosa y pinchazos negros alternados, dulce paseo por su almohada, me da sed.

Cuarto acto, ella, con la gravedad en la voz, bebe versos con esas imágenes tan intensas, al píe, al cuerpo, al espectro hunde colchones que agobia, que habita y sopla un calambre en la huida.

Quinto acto mi turno. Le meto una selección de poemas a la ciudad (Cruz Verde, Marka, Animas, Noche), mientras leo se seca la voz, el vaso del pueblo ayuda y Gogo Blues me desconcentra en el balcón externo, quiero cantar, ellos acompañan mi poesía. Camino entre las imagenes a la hollada y su piel vuelve a teñir mi pluma. Retengo entre versos las distintas miradas de la gente, la parejita abrazada, la flaca de ojos de uva, riendo en las imágenes paceñas que en fervoroso silencio narro. Veo al hombre de apodo de ave sereno en la ultima fila, al larguirucho sacando fotos con el celular y escucho el aplauso seco de quince. Luego el sudor se evapora en mi frente, las ganas de beber, el silencio, el caos.

Sexto acto, caótico homenaje al Echazú del amigo de verde, habla de la poesía china y su voz se encoge detrás su gorra y el blues no lo deja vibrar, la calle está temblando en música y, él, con imágenes cómo gárgolas, explota en la cabeza e invita al desorden de sus versos sedientos.

Séptimo acto un sólo poema largo, en cuaderno armado con soga y papel cual pergamino. Un poema que es caricia, arañazo, patada, orgasmo intenso, grito de abandono que mata las palabras y adjetivos en su musicalidad y angustia. La mujer con M ha hablado.

Ultimo acto, esa piel tan pálida, ese cabello azabache, el negro meticuloso en su pluma, en su abrigo. Entonces lee y la musicalidad de la maestra posee su voz, la Blanca ha hablado, por otra boca, por otro verso. Ella nos lleva al juego de su noche, en su poesía tan de dardo y pieles.

Termina el encuentro, se acerca el poeta académico de café, con esa frente amplia y risa pincha textos, lanza comentarios a la poesía bebida en la noche y concluye que en La Paz hay mejor oído que en Cochabamba. Después el intercambio de direcciones, los intentos de ser más y esa frase del escribidor a mis poemas que rebota en la cabeza: "Sobre el umbral está tu poesía, mira a la ciudad de fuera y a la vez te convoca".

Caminar ahora es necesario por el enjambre de gente, por este encuentro tan agónico de letras, baile y música. Las paredes de los museos sonrien a los visitantes. Murillo ha cambiado las sabanas de su catre para cortejar señoritas y la fuente de su casa tiene agua cristalina esperando monedas nocturnas. La dama de la noche tiene traje blanco y se prepara para morder y saludar a caminantes bebe ajenjo.

El resto, descenso predecible al laberinto de la noche, en aquel lugar con Chiwiñas de fería de pueblo y nombre ingles. Soho, se llama y nos recibe con cajas de cerveza como asiento. Pasan las horas entre acullico, morenada, cumbia, discursos, flores a la ciudad. Miradas temblorosas a la de labios carne y la china morena, empujando al amigo Cocani cada rato. Más tarde, llega la mujer jirafa, de rostro europeizado made in la llajta, empuja la camisa del chango respira cebolla y me llega un hambre a lomito con chorellana que me mata. Luego entre los cócteles y las pieles nace este poema a dos manos a La Paz del Levedad y el Ganjar.

CIUDAD (2:30-20.05.07)

La serpiente líquida
Escamada de tierra,
Danza con muertes viejas,
Arremolina podredumbre y harapos ácidos
Desgarrando la piel ocre del valle enfermo.

Esa que escupe el silencio de tinieblas en arcilla nombradas
En la permanencia de latidos de muros desgarrados en mestizaje ocre
Aquel que grita el primer verso de aullidos de espuma

Me muerdes con tu espejo de calamina seca
Y me quedo en tu responso de laderas
En tu grito gélido de picos irreverentes y ancianos
En tu mueca asoleada de ladrillos festivos y adobes vetustos
En el siseo abúlico de tu garganta pétrea resplandeciente

Columpio en la hondura de tu vientre como una oruga elástica
Y me duermo fermentado en el caos de tu Marka mesiánica
.

Más tarde la ultima parada, en la caverna etno. Tom Waits nos grita de madrugada, mientras la mujer de rostro cubista, desencajada reposa en la barbita rala del cuate de cráneo exprimido. Risa, grotescas ofensas a la noche y las ideas volando entre las piedras de la caverna nos detienen.

Repetirlo en Octubre una necesidad, la sentencia de poeteas y cuentistas entre singanis. Surge luego la idea de un texto a cuatro voces, un cuento paceño de balcón a balcón como homenaje. La idea sería que cada párrafo se lea de un balcón de la Jaén y se prenda un foco, explica con pupilas dilatadas el cuentista de barbas. Que en cada punto aparte se oscurezca el balcón y se iluminen las hojas en el otro y así consecutivamente hasta terminar el cuento desde el balcón central y reventar en ponche al ritmo de fuegos artificiales y en un ¡ Viva La Paz!.

Todos aplauden y luego vienen los susurros en las orejas sedientas de proposiciones, las propuestas y pedidos indebidos. Las ideas se adormecen, se ha estido la rima, llega la madrugada, la panza está retorcida, las hormigas ya no bailan en los brazos y la memoria retumba con sabor a singani, es hora del retorno.
El cielo azulado prende los balcones coloridos de la Jaén. Las piedras tienen hambre, han hecho pis, han fumado mucho. Un taxi aparece sin pedirlo, de la nada cómo esos carretones espectrales pienso y en reverencia un hombre de lentes me invita a pasar. Miro a la cruz verde, me doy tres santiguadas antes de subir, indico la dirección de casa, no tengo plata ni tarjetas de crédito sentencio y me ronco.

Al día siguiente con suerte intacto el cuello y el cuerpo, reviso el recuento de los daños de la noche y cae del bolsillo un papelito hecho acordeón con estas palabras.

6:00 ETNO Cadáver Caótico (A continuación la transcripción de un ejercicio de asociación libre inspirado por las velas, el singani y la ciudad, no hubo ninguna regla previa para los participantes, sólo la de escribe lo que te de la gana en este papel. Eso sí la hoja fue doblada en varias partes para que nadie lea lo que puso el otro, en fin ya saben pues tratamos de hacer un cadaver exquisíto y punto)

Luego de tantas emociones, tantas en una noche, el cuerpo pide una cosa descanso, pero lo incorpóreo pide otra cosa

La suciedad se gangrena en mi elipsis de vestigios prolongados, esta sociedad grazna sucumbiendo en el vacío, esta levedad me hace participe del funesto algoritmo, de la presunta complicidad, con el touch que desanima el anima.

También tiene mujeres que agobian y contienen imágenes en rasgos completos, de esas que sabes que son vacío en un rasgo suelto, colgado de la nada. Ella mira, cubista experimento de piel ordenada, mira.

¡Dios que pedazo de cuerda me has dado hoy!

¿Para seguir cavando y atando nudos que no existen?

Estar y ser como uno es, delante de seres que no temen ser delante la realidad

Quiero morir y vivir la vida ¿qué es la vida?

Ya no hay verbo sólo me queda dedicarte un adjetivo: joya
Todo es de colores que se debe aceptar y disfrutar

jueves, mayo 17, 2007

Larga noche de museos

Muy estimad@s mi@s:

La Alcaldía Municipal está organizando una interesante iniciativa para reactivar las visitas a nuestros museos, denominada
Largas Noches de Museos. La primera Noche de Museos se realizará este Sábado 19 en el Museo del Litoral. Entre las actividades programadas se encuentran conciertos de música y actividades literarias.

Este servidor ha sido invitado para participar leyendo, junto con otros escritores paceños unos poemitas a “La Paz Marka” este sábado, razón por la cual quiero invitarlos para que acompañen la lectura. Habrá traguito para los de garganta seca y fantita para los abstemios.

La lectura se iniciará a las 20:45 (con puntualidad alemana) en el Museo del Litoral (Sala Mar Azul). La entrada es por el mismo lugar del Museo Costumbrista Juan de Vargas que queda en el Parque Riosiño

Será un gusto tenerlos ahí….

Abrazos

lunes, mayo 14, 2007

Plaza


La mujer de muslos firmes en roble muerto ya no regala humedades al cemento, mira equilibrandose en troncos apilados. Muestra en su panza la lujuría de su glotonería como líquenes. A sus pies, ellos escapan del sol muerde cachetes y se recuestan. Entre jadeos de caminata matinal en el aire y las hormigas subiendo por sus medias besan el pasto. El, de lado, con el ojo izquierdo busca la flor que se pierde en su escote verde; ella, de frente, con las rodillas empuja al gusanito pincha calzón.

viernes, mayo 11, 2007

Ocho minutos

En ocho minutos, las ideas se comprimen y exprimen palabras
¿qué se puede narrar en sólo ocho minutos?
La muerte de una hormiga en tu pan con mermelada,
el suave aji de sus patas en tus papilas.

Cuatro mil basureros llenarán la ciudad
y el soldado corajudo, comiendose al enemigo a bayoneta limpia se ha ido.
Volvió el heroe desconocido a la Camacho, derrumbado y derrotista como nos gusta.

En ocho minutos se repasan las noticias y el Papa amenaza con la ex comunión a los pro aborto y el Presidente amenaza con no sabe que a los brasileros e italianos.

¿Es poesía acaso, dar pincelazos en la pantalla con lo que te viene a la cabeza en ocho minutos?
o un ejercicio de abandono de recuerdos e improntas.
Un dolor de cabellos,
una marca de labios en el cuello,
una tos adormecida,
Ropavejeros negándose a vender fideos,
Policias ladrando a policias,
Católicos en nuevas cruzadas contra infieles cristianos

Ocho minutos y nada ha sido dado, queda el tiempo mudo,
desintegrandose y mi té que ya está frio

miércoles, mayo 09, 2007

Coquetear al Poeta II

Debes irte, mirando intermitente desde alguna nube,
luego, si te lo pide, volver entonces con la cara lavada y el cabello besando tus pestañas.
Llorar en su pecho, a miserables veinte centímetros de su boca y en la mirada mojada gritarle un ahórcame o bésame.

Debes dejar que se mojen sus labios en el sabor de tus venas
y gritarle silenciosa que te deje.
Asegurarte, que tu mano izquierda juegue con su pierna en la huida,
darle un tibio te quiero en su boca partida y morderle sin asco los poros.
Dejar luego que te seduzca, permaneciendo sentada en posición de loto,
ocultando los lugares por los que grita su abstinencia.

Debes darle una caricia con la palma izquierda y esbozar una sonrisa tibia,
pararte de golpe,
besar su frente,
mirarle la camisa gastada
y gentilmente, cerrarle la bragueta.

Después, en silencio, debes darte la vuelta,
y dejar que te bese, abriendo tus labios y lanzando sólo tres jadeos.
Debes mirar la puerta y lanzar un gracias, con entonación de te deseo y semántica de no me toques e irte de su vida por tres o cuatro días.

A tu retorno el tendrá la soga lista y tú te sentarás a esperar que hable
y envuelva tu cintura con ese tejido de versos manipula piernas. Dirá esas palabras que suelen decirse, tocará con esa tibieza que suele tocarse,
mirara como suele mirarse y besará como debe besarse.

A la madrugada, morderá tu pie izquierdo y luego de besarte el labio inferior
y el de más abajo, pasará la soga por su cuello.
Entonces, comprenderás, que el bamboleo fino de caderas en la huida
deja siempre una tornasolada espina en su terquedad

Aceptarás que volverá por más
Que asfixiara independencias
Que será gota china en tu frente y
beso de taladro

Y se quedará en ti,
Y seducirá tu risa blanca
Y comerá tu fruto de mar
Y nuevamente soportarás
que no se largue.

lunes, mayo 07, 2007

Poema 10.07


Soy un manojo de imágenes turbias
juego de cristales quedos en la memoria,
pluma seca que araña la noche.

Escupitajo perverso,
retrete en tu esperanza.
Mano muerta,
dedos secos,
poema negro.
Vacío reverberante en papel blanco.

Arañazo de olvido,
forma clara de mordizco
Resto caótico chorreando poros
fantasma que muerde pies fríos.

La suma de despojos negros
aroma fétido en tu llanto de cacuy
Soy la palabra dormida que explota
y punto.

viernes, mayo 04, 2007

Burkas


La relatividad de lo vedado, lo revelado, lo no dado. Al fin de cuentas cada quien decide donde lleva la Burka

jueves, mayo 03, 2007

Nuditos

Hay un nudito de palabras que aprisiona mi lengua, con la misma exactitud de aquel nudo marinero con el que ella ató mi muñeca. Es un nudito de soga extraña, crece por las noches, se expande y me dice cosas al oído. Cuando respiro, su fantasma en la almohada no me deja dormir del lado derecho de la cama.

Hay un nudito de besos en mi garganta que llena de humedades mi estomago y devuelve los sabores tibios de su vientre. Me amarra a su textura mientras voy recogiendo sus lunares de las sábanas y no me deja tragar mis pastillas contra el dolor de oído.

Hay un nudito de llanto en mis ojos que crece cada vez que encuentro su mirada de sal, me ata a la gristaurina forma que tiene de sentirme y no me deja ver bien las luces de mi ciudad por la ventana.
Hay un nudito que ata mis alas de murcielago a sus caderas realistas, me enrecta la espalda y mientras escribo, no deja que me chorree en la silla como me gusta.
Anoche luego de vernos, debajo del sillón, encontré nuevamente mi tijera.

miércoles, mayo 02, 2007

.....

Nos desnudamos tanto hasta perder el sexo
debajo de la cama,
nos desnudamos tanto
que las moscas juraban que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo que se extravió mi orgasmo.
Nos desnudamos tanto que olíamos a quemado,
que cien veces la lava volvió para escondernos.

Me hiciste tanto daño con tu boca,
tus dedos, me hacías saltar tan alto
que yo era tu estandarte aunque no hubiera viento.

Me desnudaste tanto
que pronuncie mi nombre y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron las lavas a escondernos.
Te frotabas tan rápido los senos
que dos veces caí en sus remolinos,
movías el culo lento, en alto,
para arrearme a su negra emboscada,
su mediodía perenne.

Abrías tanto su historia, gritaba su naufragio
Nos denudamos tanto que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron la lava a reinventarnos.

Te desmentí de cabo a rabo
devolviéndote a tus primeros actos,
te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia amarga de tu cuerpo,
pues sólo el amor sabe cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.
Esa noche la lava mudó su paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único que se murió de veras.

Fabio Morabito

miércoles, abril 25, 2007

Shuffle III


I

Tu amor cambio mi vida por que todo lo que te hace bien siempre te hace mal, me cambiaste como ese rayo, con todo lo que fué y será le dice y luego eso de "dame la muerte chiquita" dejan de cantar y se besan. La muerte no llegó por lo menos no la larga, apareció la liviana, la de carne y piel con piel. "Ces´t notre petit mort notre vie" le dice, con esas erres arrastradas tan a lo seudo franchute. De golpe, en las sabanas de lija, en su ombligo, aparece la sombra de aquel silencio negro de pieles temblorosas y la muerte chiquita llora, mojando sus pálidos vientres y se queja y los despierta. Luego ella morderá timidamente su hombro izquierdo y con un aullido arañará la noche oscura, "le petit morte" durará hasta que estornudes mi cuerpo le dice y luego la realidad secará mis palabras y mi vientre. El se queda, mirando la sombra de su espalda bailarina...un, deus, troix, fermer.... piensa, mientras juega a ser nuevamente alfombra, a beber el baile de su cuerpo en su abdomen gastado y volver a ser muerte, eternidad en dos segundos a su lado. Después ella se quedará en la dispersión de la pared blanca, curando rajaduras con sus pupilas temblorosas; él permanecerá estático, en ese vacío que se inunda de risa explosionada y se quedará, en los sentires con sabor a vino, entendiendo en la muerte la señal de este romance sin nombre. Ella morderá otra vez la almohada, para rescatar esas palabras que escaparon en el orgasmo y soplará al viento eso de yo creo y con eso basta.

II

La guitarra en acordes básicos y la bateria que entra con fuerza, mientras el viento rebota en la ventana..I´m a passenger and a ride and a ride...Iggy pop en el aíre y la imágen de la espalda de la cocaine fatal femme en el cuore, vuelve de nuevo a reventar su cabeza como Play Station. Recuerda la sabana lila besando sus mil vellosidades tornasol que temblaban en cada ronquido y vuelve a la ciudad, mientras la memoría le regala esa imagen canela con tatuaje de sierpe en el tobillo derecho, vuelve y explota en las calles de "Sohocachi" . No para, la velocidad acelera sus venas y el motor envuelto en coca rebota nuevamente en el pecho.

Entra al lugar de siempre y se vuelve a conectar con la mirada de colirio ardiente, con aquella de mar seco en los ojos. Luego sale y se pierde en la oscura línea roja, el taxi lo lleva al norte, al monumento circular rodeado de funerarias, donde espera la de 19 y medias negras, la que a cambio de 100 lucas hace limonada con tu cuerpo. Comen un choripan, entran a una de las tantas funerarias, velan a algún muerto desconocido y entre café y café despiertan al deseo. Luego, para hacer hora, caminan, se pierden rumbo a la gran plaza cuadrada. El viento los lleva al norte, a la casita equilibrista de ladrillos donde nuevamente velarán su propia muerte.

III

I´m singing, la, la, la dice el Iggi y entonces otra vez "take a walk on the wild side" y nuevamente los muslos transexuados abriendose paso entre los postes, She/Male abordando el viejo taxi. Olor a Pachuli y las cejas despintadas de tanto succionar lo saludan. El recuerda la impaciencia negra, cuando le pedía el viejo anhelo del camino trasero y ríe. El espejo refleja el tóxico y en sábanas almidonadas cae dormido. Luego despierta, pupilas de caverna y venas temblorosas pero con la serenidad de que la última caricia estará colgada en el ropero, en el cajón numero tres, hasta el día del reencuentro, hasta volver de la agonia abstinente. La ciudad de día le muerde la cabeza y tanto eco en los parlantes lo tortura. Toma una aspirina y grita, la voz eléctrica responde "habiamos bebido anoche sin parar, habiamos fumado y ya no hay nada que fumar, un tipo me seguía en una fiesta gay...". Entonces camina, con las rodillas torcidas a la ducha y el agua besa su sangre en la resaca. Mierda ella aún no toca el timbre.

IV

Sadé con eso de your love is king en la radio y el flaco de bigote cantando con los ojos cerrados me ves mejor, en la vieja peta negra el rollizo de pipa roja. La noche golpea como jab de izquierda y se acuerda del lugar que ya no existe, ese que tenía un gordo de estuco y saxo de cobre colgado de la pared y que te recibía con aires de Thelonius Monk. Recuerda a la chilena de cartera verde, hablando de sociología, con esos aíres de "Virginia Wolf" trasandina, pechos de nodriza holandesa, aplasta cañerías piensa. Entonces ríe, escribe un manifiesto, sobre los permisos y transgresiones del macho paceño en viernes, un cadaver agónico machista con los cinco tipos orejones que comparten el auto. Escribe y recuerda cómo riendo se engolosinaba de la cara rosada de la "femme noir" y quiere morderle otra vez la oreja, ensuciarle la pierna con mayonesa.

Ella lo miraba, lanzaba el guiño de pestaña de poliester afilada invitándolo a la trastienda del lugar, él sólo escuchaba el piano, mientras pedía que el viento evapore el trago azul con burbujitas de gas que tenía en frente. La gringa choca de la Krall con ese grito de "love me like a man", con sus uñas camufladas, partiendo las teclas negras en el aíre, ella parándose, yendo al baño, ofreciéndole el ritual de ordeñarse detrás de la puerta. El decía espera, pero sus manos temblaban, su cuerpo cedía, se levantaba. Recuerda que miró la puerta, entonces lloró, miró un viejo perro en la calle, sus pantalones se mojaron, ella hizo pis, el se fue del lugar.

lunes, abril 23, 2007

En la almohada

Luego de escucharte con el corazón pausado, en esa casa que se derrumba, en aquel lugar que tanto te gusta, en ese espacio de cicatrices, las del cuerpo, las de las paredes.

Luego de la lluvia en tus ojos y en los míos, en nuestras pieles arañadas, nuevamente he balanceado silencios y de tu mano escuchado: el aroma de los fracasos, de los insultos y críticas del pasado, de este presente sin nombre, de esa palabra tan grande que tanto te asusta y flota por el cuarto.

Así suavito, con tu cabeza en mi pecho, con la imagen de tu vientre enroscando soledades he vuelto a pensarte y en el vacío de esta noche he comprendido finalmente lo que somos.

miércoles, abril 18, 2007

INVENTARIO

Es de tarde, los ojos se secan buscando el aroma de tu espalda, es tarde y el cuello se asfixia en la corbata. El shuffle me regala esta canción y voy inventariando tus lunares en la ausencia.

Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos,
el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos,
las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario,
el espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos,
mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido,
el tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos,
la lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno,
tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva, mi canción,
el bramido del viento entre los árboles,
el silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo,
el padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos,
el naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío,
el desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrado, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego,
el insomnio, la dicha, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni Dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio,
todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.
Joaquin Sabina

martes, abril 17, 2007

Onirica III

Hay una corona de seda envolviendo mis sienes, en cada latido crecen aceitunas que ruedan por el piso y se convierten luego en bolas de lana, que hambrientas muerden las cicatrices de mis paredes. La ventana muestra fuegos artificiales, luego son balazos que perforan mi pecho y caen en su rostro arrodillado. Ella bebe la sangre y yo me seco, cómo higo, y me pierdo.
Un viejo de negro llora debajo la mesa del comedor, canta un villancico, yo lo miro y se agazapa, le llevo agua, le llevo cigarros y canta más fuerte. Sus alas crecen, entonces sale volando, dando grititos agudos, cantando un bailecito, estampillándose, Taparaco contra el techo.

Hace frío, ella está lejos de casa, en un lugar de viento que no quiere dejar. Es la mujer de miel, la que refuerza paredes con sus besos. Las abejas muerden su espalda, ella deja que beban de sus huesos mientras camina al vacío. Entonces se detiene, ante el mar que se tiñe de rojo, mira la puerta de la casa de paredes negras y despierta.
El sol sale y las ventanas se tiñen de purpura, ella lanza girasoles al viento y no le alcanza la fuerza, entonces grita, mueve la mano que se alarga y sus uñas viajan como seda por el cielo, dibujando círculos, en los que salto como león amaestrado y me canso. Caigo y el piso se abre, otra vez las aceitunas, llenan el fondo, como pelotas de piscina que se deshacen y se vuelven frutillas y me las como y me engolosino. Llego a ella en el fondo, que ahora temblorosa muerde el piso y me grita que la suelte, mientras besa.

Su risa crece, sus labios están ahora sobre el pasto y lo besa, mientras las hojas de los árboles caén en sus pechos y se vuelven espinacas. Ella ríe, las come mientras la yerba crece y la aspira y sus dedos la enroscan como fideos y su barriga se llena de espanto.

Se sienta en la arena y el viento pincha sus pies y ya no ríe, sólo cae, en un ovillito de lana dulce. Se enreda y se hace oruga, muerde el silencio y ya no habla. La pared se derrumba, el sol seca su cabello que ahora es de agua, la sal cae en mis pies. Ella se encoge, se duerme. Yo me encojo, me duermo.