Si sólo se trata de quedarse en el pasillo, frente a la puerta y mirar las vidas que pasan, oler las bolsas de mercado, las carteras de oficina, limpiar con un estornudo los tacos afilados y llenos de barro, las puntas de paraguas en la lluvia.
Si se trata de entender que las personas se van a diario y permanecen en la huella, en la memoría del objeto que queda olvidado en el descanso entre dos pisos. Se trata de creer que la vida cotidiana de 9 familias en el edificio que habito, se entrelaza con igual o mayor numero de otras vidas pasadas y teje en los instantes, en las cosas, en las palabras una historia sin completar un rompecabezas que no encuentra la última ficha hasta la muerte del último habitante del lugar. En fin, Perec lo dice mejor....
Sí, podría empezar así, aquí, de un modo un poco pesado y lento, en ese lugar neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa. De lo que acontece detrás de las pesadas puertas de los pisos casi nunca se percibe más que esos ecos filtrados, esos fragmentos, esos esbozos, esos inicios, esos incidentes o accidentes que ocurren en las llamadas «partes comunes», esos murmullos apagados que ahoga el felpudo de lana roja descolorido, esos embriones de vida comunitaria que se detienen siempre en los rellanos Los vecinos de una misma casa viven a pocos centímetros unos de otros; los separa un simple tabique, comparten los mismos espacios repetidos de arriba abajo del edificio; hacen los mismos gestos al mismo tiempo: abrir el grifo, tirar de la cadena del water, encender la luz, poner la mesa, algunas decenas de existencias simultáneas que se repiten de piso en piso, de casa en casa, de calle en calle. Se atrincheran en sus partes privadas —que así se llaman— y querrían que de ellas no saliera nada, pero lo poco que dejan salir -el perro con su correa, el niño que va por el pan, el visitante acompañado o el importuno despedido-sale por la escalera. Porque todo lo que pasa pasa por la escalera, todo lo que llega llega por la escalera: las cartas, las participaciones de bodas o defunciones, los muebles que traen o se llevan los mozos de las mudanzas, el médico avisado urgentemente y el viajero que regresa de un largo viaje/ Por eso es la escalera un lugar anónimo, frío, casi hostil. En las casas antiguas había aún peldaños de piedra, barandillas de hierro forjado, esculturas, grandes hachones, a veces una banqueta entre piso y piso para que descansara la gente mayor. En las casas modernas hay ascensores con las paredes llenas de graffití que quieren ser obscenos y escaleras llamadas «de socorro» de cemento desnudo, sucias y sonoras. En esta casa, en la que hay un ascensor viejo, casi siempre averiado, la escalera es un lugar vetusto, de una limpieza sospechosa, que se degrada de piso en piso siguiendo las convenciones de la respetabilidad burguesa: dos espesores de alfombra hasta el tercero, uno luego y ninguno en las dos plantas que están debajo del tejado.
Sí, empezará aquí, entre los pisos tercero y cuarto del número 11 de la calle Simon-Crubellier. Una mujer de unos cuarenta años está subiendo las escaleras; viste un largo impermeable de escai y lleva en la cabeza una especie de gorro de fieltro en forma de pan de azúcar, algo parecido a la imagen que se suele tener de un gorro de duende, dividido en cuadros rojos y grises. De su hombro derecho cuelga un gran bolso de tela recia, un bolso de esos en los que cabe todo. Un pañuelito de batista está atado a una de las anillas de metal cromado que une el bolso a su correa. En toda la superficie de este último se repiten con regularidad tres motivos pintados como un estarcido: un reloj de pared, una hogaza partida por el medio y un recipiente de cobre sin asas.
La mujer mira un plano que lleva en la mano izquierda. Es una simple hoja de papel, cuyos pliegues visibles aún prueban que estuvo doblada y que está sujeta con un clip a un grueso folleto ciclostilado; es el reglamento de copropiedad del piso que va a visitar esta mujer. En realidad, en la hoja se han bosquejado no uno sino tres planos; el primero, arriba y a la derecha, permite localizar la casa más o menos hacia la mitad de la calle Simon-Crubellier, la cual divide oblicuamente el cuadrilátero que forman las calles Médéric, Jadin, De Chazelles y Léon Jost, en el barrio de la Plaine Monceau del distrito diecisiete; el segundo, arriba y a la izquierda, representa la sección del edificio, indicando esquemáticamente la disposición de los pisos y precisando el nombre de algunos vecinos: señora Nochero, portera; señora de Beaumont, segundo derecha; Bartlebooth, tercero izquierda; Rémi Rorschash, productor de televisión, cuarto izquierda; doctor Dinteville, sexto izquierda, así como el piso deshabitado del sexto derecha que ocupó hasta su muerte Gaspard Winckier, artesano; el tercer plano, en la mitad inferior de la hoja, es el del piso de Winckier: tres habitaciones en la parte delantera, que dan a la fachada, una cocina y un lavabo que dan al patio de luces y un cuarto trastero sin ventana.
La mujer lleva en la mano derecha un gran manojo de llaves; deben de ser las de todos los pisos que ha visitado hoy; algunas cuelgan de llaveros fantasía: una botella miniatura de Marie Brizard, un tee de golf y una avispa, una ficha de dominó que representa un doble seis y una figura octogonal de plástico en la que hay incrustado un nardo.
Gaspard Winckier murió hace casi seis años. No tenía hijos. No se sabía si le quedaba aún familia. Bartlebooth contrató a un notario para buscar a sus eventuales herederos. Su única hermana, Anne Voltimand, había muerto en 1942. Su sobrino, Grégoire Voltimand, cayó en el Garellano cuando el hundimiento de la línea Gustav, en mayo de 1944. El notario tardó varios meses en descubrir al descendiente lejano de un primo suyo; se llamaba Antoine Rameau y trabajaba en una fábrica de sofás modulares. Subían tanto los derechos de sucesión, a los que se agregaban los gastos ocasionados por el reconocimiento de la línea sucesoria, que Antoine Rameau lo tuvo que subastar todo. Hace unos meses que los muebles andan dispersos por los depósitos municipales y unas semanas que una agencia compró el piso.
La mujer que sube las escaleras no es la directora de la agencia sino su ayudante; no se encarga de los asuntos comerciales, ni de las relaciones con los clientes, sino únicamente de los problemas técnicos. Desde el punto de vista inmobiliario, el negocio es bueno, el barrio correcto, la fachada de piedra, la escalera se halla en buen estado a pesar de la vejez del ascensor; y la mujer viene ahora a inspeccionar más detenidamente el estado del piso y a hacer un plano más preciso de sus partes, distinguiendo, por ejemplo, con líneas más gruesas las paredes de los tabiques, y con semicírculos y flechas en qué sentido se abren las puertas, prever las obras y preparar un primer presupuesto del acondicionamiento total; será preciso derribar el tabique que separa el retrete del cuarto trastero, lo cual permitirá instalar un aseo con polibán y water; habrá que cambiar las baldosas de la cocina, sustituir la vieja caldera de carbón por otra mural de gas ciudad mixta (calefacción central y agua caliente) y quitar el parquet de espinapez de los cuartos, extendiendo en su lugar una capa de cemento, que se cubrirá con un revestimiento de arpillera y moqueta.
Ya no queda gran cosa de aquellos tres cuartitos en los que vivió y trabajó Gaspard Winckier por espacio de casi cuarenta años. Desaparecieron sus pocos muebles, su banco de trabajo, su sierra de calar y sus minúsculas limas. Sólo queda, en la pared, frente a su cama. Junto a la ventana, aquella tela cuadrada que tanto le gustaba: representaba una antesala en la que estaban tres hombres. Dos permanecían de pie, vestidos con levita, pálidos y gordos, con unos sombreros de copa que parecían atornillados a sus cráneos. El tercero, también de negro, estaba sentado al lado de la puerta en la actitud de un hombre que espera a alguien y se ponía unos guantes nuevos cuyos dedos tomaban forma con los suyos.
La mujer sube las escaleras. El viejo piso se convertirá pronto en una coqueta vivienda, living doble + habit., conf., vista, tranq. Gaspard Winckier ha muerto pero la larga venganza que urdió con tanta paciencia y tanta minucia no ha acabado de cumplirse todavía. parecieron sus pocos muebles, su banco de trabajo, su sierra de calar y sus minúsculas limas. Sólo queda, en la pared, frente a su cama, junto a la ventana, aquella tela cuadrada que tanto le gustaba: representaba una antesala en la que estaban tres hombres. Dos permanecían de pie, vestidos con levita, pálidos y gordos, con unos sombreros de copa que parecían atornillados a sus cráneos. El tercero, también de negro, estaba sentado al lado de la puerta en la actitud de un hombre que espera a alguien y se ponía unos guantes nuevos cuyos dedos tomaban forma con los suyos.
La mujer sube las escaleras. El viejo piso se convertirá pronto en una coqueta vivienda, living doble + habit., conf., vista, tranq. Gaspard Winckier ha muerto pero la larga venganza que urdió con tanta paciencia y tanta minucia no ha acabado de cumplirse todavía.
Ejercicios literarios, crónicas, miradas a la ciudad, relatos, poesía (de vez en cuando) y todo lo que este aprendiz de escritor produce en el camino a encontrar su propia voz (Al final Borges la encontró a los 70 años)
miércoles, febrero 17, 2010
martes, febrero 09, 2010
La vista sin bella
El poeta se moja en la ladera, el barro lame sus palabras y las hace bolitas, ahuyentando a sus musas sucias. Imagina el aguacero de Paris y a Vallejo tomando vino en un “fauteuil” y busca los restos de sus muebles en los escombros.
El poeta no duerme espera en el insomnio con su verso tembloroso a que caiga la última piedra sobre el resto de sus libros.
El poeta borra a la Bella con cenizas y deja a Vista desnuda en la montaña, odia el barro en sus palabras.
Al poeta no le da la gana de ir hoy a las 12:00 a El Prado a escuchar a otros poetas de versos secos, hablando de la lluvia en sus poemas.
El poeta no duerme espera en el insomnio con su verso tembloroso a que caiga la última piedra sobre el resto de sus libros.
El poeta borra a la Bella con cenizas y deja a Vista desnuda en la montaña, odia el barro en sus palabras.
Al poeta no le da la gana de ir hoy a las 12:00 a El Prado a escuchar a otros poetas de versos secos, hablando de la lluvia en sus poemas.
miércoles, febrero 03, 2010
Sobre el resultado del amor

..."El amor nace del deseo de hacer repentino lo pasajero"...dice la greguería de Gómez Serna que aparece como epígrafe en el afiche de la peli. Subiela nos regala una película cargada de personajes propios de su universo poético (locos, prostitutas, soñadores, burócratas). También nos pone unos guiños con maquillaje de realismo mágico en “La Villa” (Vírgenes y Cristos, cómplices y castigadores, que lloran sangre o ríen en la cruz).
Mabel, la niña, payasa, prostituta, interpretada con una soltura admirable por Sofia Castiglione, sabe permanecer y dejar que permanezcas en la sonrisa, poniendole una nariz de payaso a la vida. Es capaz de hacer ademanes chaplinescos a un Cristo Crucificado o poner cara llorona a una virgen que la premia o la castiga.
Es que las mujeres de Subiela saben llorar con el Jazz, jugar con la manguera en la tina y esta en especial mueve sus caderas de hilo con un buen cuartero cordobes, igual que en un andamio alegrando a niños enfermos desde una ventana.
Mabel es convincente y sabe como enamorar a un personaje vestido de pajarraco (Guillermo Pfening) y al solitario de la fila 9 asiento 9 que escribe esta nota.
Si, Mabel o Clavelina, tu decides con quien quieres quedarte, es una de esas mujeres que gustan por su irreverencia y -muy a lo Girondo- que saben volar y hacen que te importe un pito el tamaño de sus senos o la exactitud de sus caninos.
Esta peli vuelve a recordar la magia, evoca y celebra a Benedetti, rescata a Gomez Serna en un colchón lleno de ombligos, con un juego delicioso de Greguerías en la cama. Vale la pena verla, es una buena metáfora del amor y de aquello que es más fácil predicar que hacer “darse al otro”.
Sin duda la Peli prenderá mejor en los corazones menores de 25 (esos que no vieron El Lado Oscuro del Corazón) que en los de casi 40. Lo anterior nada tiene que ver con el guión está claro, sino es más producto de las miradas y lecturas más curtidas que -a los que disfrutamos a ese poeta perdedor y solitario encarnado por Grandinetti el 93- nos dieron los años y los palos de la realidad. Tal vez sea por eso que la iconografía y la prosa de Subiela, en varios pasajes de la película, tuvo sabor a cliches ya repetidos, a frases hechas y tantas veces dichas.
Por último y no me imprta decirlo "sobre el resultado del amor" me llenó de esa cursilería y al final, por más que me haga al duro, me sigue gustando, la sigo esperando, por que aún evoca, parafraseando a Vinicious de Moraes, eso de el amor es eterno hasta que se acaba.
jueves, enero 21, 2010
LAZARO.,...(J. Sabina)
Lázaro, levantate y anda,
ponte el apellido,
vuelve del olvido,
engánchate a la oferta y la demanda
Eh, flaco,
esto es un atraco,
págale a la vida
más de lo que pida,
eh, viejo,
jugate el pellejo.
Aquí te esperan
las ojeras
del mar,
el recibo del gas,
la gorda de la esquina,
y el Clarín y el Prozac
y crecer y subir y bajar
y el otoño, el café, la rutina
y Tom Waits y Edith Piaf...
Y volver a volver a empezar
a volver a empezar, a volver a empezar.
Eh, loco,
contrólate un poco,
mira que las musas
no aceptan excusas,
Eh, pibe
despiértate y vive.
Eh, socio,
que esto es un negocio,
échame una mano,
siéntate al piano,
Eh, Fito,
que te necesito.
Aquí te esperan
las tijeras
del sol
el asfalto, el smog
y el perfume mas caro
y el jazmín y el caviar y el reloj
y el granizo, la ley, los disparos
y el azul y el carbón.
Y el amor después del amor
después del amor, después del amor
Eh, Lázaro, levántate y anda.
ponte el apellido,
vuelve del olvido,
engánchate a la oferta y la demanda
Eh, flaco,
esto es un atraco,
págale a la vida
más de lo que pida,
eh, viejo,
jugate el pellejo.
Aquí te esperan
las ojeras
del mar,
el recibo del gas,
la gorda de la esquina,
y el Clarín y el Prozac
y crecer y subir y bajar
y el otoño, el café, la rutina
y Tom Waits y Edith Piaf...
Y volver a volver a empezar
a volver a empezar, a volver a empezar.
Eh, loco,
contrólate un poco,
mira que las musas
no aceptan excusas,
Eh, pibe
despiértate y vive.
Eh, socio,
que esto es un negocio,
échame una mano,
siéntate al piano,
Eh, Fito,
que te necesito.
Aquí te esperan
las tijeras
del sol
el asfalto, el smog
y el perfume mas caro
y el jazmín y el caviar y el reloj
y el granizo, la ley, los disparos
y el azul y el carbón.
Y el amor después del amor
después del amor, después del amor
Eh, Lázaro, levántate y anda.
martes, enero 19, 2010
Sin adjetivos
Alguna vez unos me llamaron poeta, otros me descartaron por exceso de comas en los versos.
Los menos tomaron vino a la madrugada y en sus recurrencias usaron de cenicero uno que otro de mis poemas alucinados.
Los más pasaron de largo estornudando su carrera en mis palabras.
Ya con la mitad del camino a cuestas me valen madre las etiquetas. Escribo y punto y se que me faltará vida para leer todo lo que quiero leer, me faltará sangre para pulir todo lo que quiero pulir, para aprender todo lo que quiero aprender. No importa algo de mis palabras irá quedando en la gente sencilla.
Oda a la Crítica
(Pablo Neruda)
Yo escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.
Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a distupar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.
Los menos tomaron vino a la madrugada y en sus recurrencias usaron de cenicero uno que otro de mis poemas alucinados.
Los más pasaron de largo estornudando su carrera en mis palabras.
Ya con la mitad del camino a cuestas me valen madre las etiquetas. Escribo y punto y se que me faltará vida para leer todo lo que quiero leer, me faltará sangre para pulir todo lo que quiero pulir, para aprender todo lo que quiero aprender. No importa algo de mis palabras irá quedando en la gente sencilla.
Oda a la Crítica
(Pablo Neruda)
Yo escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.
Y bien, los hombres, las mujeres,
vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a distupar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.
miércoles, enero 06, 2010
PASE 163
Ella ha vuelto, es una especie de elipsis de paño con vinagre blanco, una pastillita, un susurro divino, un ya no te espero, un sin embargo haces eco.
En este silencio es una forma de lavar gritos, mordiendo esas saudades exquisitas con sus ojos. Es todo menos: la modorra, la astenia, la apatía, la anedonia, la abulia y otras tantas cosas que me hacen llamarla en reverberantes estornudos. Ella es al final mi antídoto sopocachense.
Ella ha vuelto y ríe con el foco lila en su cuerpo y me muestra su lengua ya sin piercing negro, me besa la panza con ese par de alas tatuadas en su cadera y celebra a mi lado estar a punto de terminar la carrera de medicina.
Infla el pecho orgullosa y me invita a "challar” sus nuevas y asiliconadas tetas en mis labios. Sabe de medicina lo que yo de letras y cuando no cascabelea el coxis en este colchón, cierra todas las puertas de su cuerpo. Cuando no trabaja en el 163 pasa sus días en el hospital psiquiátrico metiendo su inofensivo e inservible dedo meñique en la nariz de los toxicómanos. Penetra sin pagar los tabiques perforados por la cocaína y les reprocha con un guiño en el rostro su absurdo romance con la blanca.
Ella me besa rompiendo códigos amatorios, burlando a su alcahuete me susurra—quiero ser tu mejor fiesta- Sin permiso deja a mi cuerpo despertar en sus caderas, conjura prosa barata con aquel anillo de plata que un napolitano le regaló en miraflores, artilugio que ahora duerme celebrando la nada en su mano izquierda, cual amuleto espanta rosas.
Ella ya no baila en el tubo, por que dice que le paspaba los sueños, y sólo le raspaba el bolsillo. Ganabba poco en el escenario por eso prefirió ser su dueña, ganando 200 por hora. Celebra con sus piernas exactas ahorcando mis tobillos haberse comprado un auto, haberme reencontrado luego de 3 años, estar a punto de ser doctora y sin ningún hijo a cuestas.
Al hablar de paliativos químicos me dice que no gracias, que no quiere ser baile en Tiquipaya ya que le aburre la marihuana. Dice que canta mejor con Jack Daniels y en su fantasía en borbón se convence que ser puta es bueno.
Ella nuevamente ha reído, con el precio justo, con el beso en labios, cosa ya de por sí anti ética y confianzuda para este rubro. Nuevamente arañó en cabalgatas el viejo tambor de grasa que ecológicamente protege mis genitales.
Ella quiere volver a su valle, por que odia el lubricante barato, el foco violeta de marca china. Detesta la textura de las sábanas almidonadas y sobre todo aquel gobelino sintético, con una amazona casando un tigre, mal clavado en el techo que tiene que ver en mitad de las caricias torpes de algún borracho de mandíbula desencajada.
Ella me confiesa que por nada del mundo quiere volver a emborracharse sola en este lugar. Sabe que por más que se resista “El Tio” del boliche cuando duerma le bajará otra vez los calzones y hará de las suyas, esparciendo azufre en su entrepierna. Lo peor no es que a ella no le guste, lo insoportable es que nuevamente lo hará sin pagarle un peso.
En este silencio es una forma de lavar gritos, mordiendo esas saudades exquisitas con sus ojos. Es todo menos: la modorra, la astenia, la apatía, la anedonia, la abulia y otras tantas cosas que me hacen llamarla en reverberantes estornudos. Ella es al final mi antídoto sopocachense.
Ella ha vuelto y ríe con el foco lila en su cuerpo y me muestra su lengua ya sin piercing negro, me besa la panza con ese par de alas tatuadas en su cadera y celebra a mi lado estar a punto de terminar la carrera de medicina.
Infla el pecho orgullosa y me invita a "challar” sus nuevas y asiliconadas tetas en mis labios. Sabe de medicina lo que yo de letras y cuando no cascabelea el coxis en este colchón, cierra todas las puertas de su cuerpo. Cuando no trabaja en el 163 pasa sus días en el hospital psiquiátrico metiendo su inofensivo e inservible dedo meñique en la nariz de los toxicómanos. Penetra sin pagar los tabiques perforados por la cocaína y les reprocha con un guiño en el rostro su absurdo romance con la blanca.
Ella me besa rompiendo códigos amatorios, burlando a su alcahuete me susurra—quiero ser tu mejor fiesta- Sin permiso deja a mi cuerpo despertar en sus caderas, conjura prosa barata con aquel anillo de plata que un napolitano le regaló en miraflores, artilugio que ahora duerme celebrando la nada en su mano izquierda, cual amuleto espanta rosas.
Ella ya no baila en el tubo, por que dice que le paspaba los sueños, y sólo le raspaba el bolsillo. Ganabba poco en el escenario por eso prefirió ser su dueña, ganando 200 por hora. Celebra con sus piernas exactas ahorcando mis tobillos haberse comprado un auto, haberme reencontrado luego de 3 años, estar a punto de ser doctora y sin ningún hijo a cuestas.
Al hablar de paliativos químicos me dice que no gracias, que no quiere ser baile en Tiquipaya ya que le aburre la marihuana. Dice que canta mejor con Jack Daniels y en su fantasía en borbón se convence que ser puta es bueno.
Ella nuevamente ha reído, con el precio justo, con el beso en labios, cosa ya de por sí anti ética y confianzuda para este rubro. Nuevamente arañó en cabalgatas el viejo tambor de grasa que ecológicamente protege mis genitales.
Ella quiere volver a su valle, por que odia el lubricante barato, el foco violeta de marca china. Detesta la textura de las sábanas almidonadas y sobre todo aquel gobelino sintético, con una amazona casando un tigre, mal clavado en el techo que tiene que ver en mitad de las caricias torpes de algún borracho de mandíbula desencajada.
Ella me confiesa que por nada del mundo quiere volver a emborracharse sola en este lugar. Sabe que por más que se resista “El Tio” del boliche cuando duerma le bajará otra vez los calzones y hará de las suyas, esparciendo azufre en su entrepierna. Lo peor no es que a ella no le guste, lo insoportable es que nuevamente lo hará sin pagarle un peso.
jueves, diciembre 10, 2009
miércoles, diciembre 09, 2009
X

X está aquí, mirando al escenario con algo que no tienen sus pupilas. Llegó a este lugar para arrodillarse ante su guitarra, convencido que de alguna manera ella agradecerá en silencio su compañía.
X necesita contar cosas y estar rodeado de gente, así puede pasar desapercibido. Tiene corneas solitarias a las que les gusta mirar: cejas, manos, dedos largos, uñas sin esmalte, rodillas (con o sin pantalón que las cubra), empeines, si acaso algún ombligo, pero sobre todo clavículas, de preferencia las del lado izquierdo. Detesta eso si mirar cuellos cubiertos sobre todo por aquellas chompas “Beatle”; detesta esa palabra ya que le recuerda a la nariz de Ringo Star y a la Peta en la que murió accidentado el poeta que escribía a la altura de esta ciudad. Si no queda otra opción, X prefiere hablar de cuello tortuga, aunque para él sea un competidor que obliga a sus ojos elegir entre el caparazón que esconde sus parpados o la lana tapa cuello y lunares de la flaca de guindo.
X mira el reloj, sabe que faltan 47 minutos para la función, lo cual lo reconforta por que 4+7 da 11 y 1+1 da 2. Para X lo anterior no es casual, está convencido que guarda una directa y estrecha relación con sus dos ojos, sus dos parpadeos por segundo y sobre todo con lo que soñó las dos últimas noches. X recuerda que en aquel sueño balanceaba sus parpados en la almohada junto con los de aquella que hoy cantará canciones de amor que el no pide.
X está convencido que algo más que el azar determina las sumatorias, cree que ella esta noche le reclamará, a cien parpadeos por minuto, sumatorias compartidas cuando su voz rasgue los 18 focos dispuestos en el lugar.
Cuando ella saluda al público y se acomoda la guitarra en el muslo derecho a X no se le ocurre mejor cosa que volverse araña y esconder, con un profundo escapismo, sus ahora 8 ojos en el estante lleno de libros usados que se encuentra en la esquina derecha del lugar. X a fin de evitar la mirada de ella, saca uno de sus ojos y lo pone en un cenicero, los otros siete los guarda en el bolsillo, esto tiene una sola explicación X por más temor que tenga necesita mirar para seguir vivo.
Aquel único ojo bambolea sobre el cenicero y su mirada acaba sobre el bar, mirando cosas inofensivas como el taburete de madera de enfrente, las 35 bolitas de lana que asemejan un bosque de olivares justo a la mitad del abdomen de una francesa resfriada, la aureola del pecho derecho de la mesera del bar, que asemeja un timbre debajo su camiseta blanca sin mangas. Por último descansa en la colección de huesitos encontrados cuando se refaccionó el lugar, esos que están en un huequito con vidrio para que los turistas los vean, huesos de quien sabe quien, de quien sabe cuando, que sin duda son un refugio más seguro para sus ojos que la mirada de la que pronto cantará.
La mujer que X teme mirar y a la vez añora desesperadamente con sus corneas empieza a cantar. X reza por no ser mirado y piensa que su oración producirá algún extraño efecto en el lugar, algún conjuro protector el momento que ella cante aquello de que si rezas no amas o algo parecido. Sin embargo ocurre lo contrario cuando ella canta sus ojos no le obedecen y miran con unas ganas de ser como en el sueño de hace dos noches: ojo en sus cabellos, pupila en sus dedos y sin duda lo más riesgoso pestaña formando arpegios en su ombligo.
X escucha la primera canción y sabe que no hay escapatoria, en ese momento evoca los encantos de aquella cena imaginada salpicada de ají y vino, el sabor canela de la piel de la cantante al amanecer. Mira y se sorprende al sentir el calor en sus mejillas, sabe que hace 70 segundos que empezó la canción y hace 90 que despertó por segunda vez del sueño aquel que no debió traer al concierto.
Las cosas en este punto se han complicado bastante y X siente como altamente probable que ella puede escuchar sus sueños, razón por la cual busca refugio en la mesa. Mira el cenicero, el cigarro, los catorce fósforos alineados en dos filas en una cajita y trata inútilmente de encontrar entre el público una clavícula, unas costillas que le sirvan de cueva en la huida.
Ella escucha sus miradas, lo sabe por que está cantando sobre ojos, en ese momento a X no se le se le ocurre mejor ejercicio que contar las cerámicas del piso cada una de 20 x 30 centímetros. Sabe que si termina de contar todos antes de que termine la canción su mirada estará a salvo, el sueño permanecerá intacto y lo mejor de todo ella lo seguirá ignorando. Sin embargo Por más que se esfuerza intuye que el tiempo no le alcanzará razón por la cual multiplica el ancho por el largo del lugar. 24 baldosas de largo x 11 de ancho, dan 264, las cuales en total suman 12 y la descomposición de esta suma 2+1 da 3. En ese momento se da cuenta que su formula ha fallado, el sueño se derrumba y X se asusta, al darse cuenta que la suma no da numero par. Según X esto puede deberse a que ella piensa en otra persona lo que le produce pánico peor aún puede significar que si balancea miradas con la cantante de la unión de ambos podría nacer un tercero, lo que le asusta aún más. En ese momento se esfuma la pequeña burbuja del sueño en su cabeza. X mira su billetera en busca de un preservativo, la mesa en busca de una calculadora y sus ojos planean la ruta de escape.
Han pasado 2 minutos de la canción, X quiere escapar, recuerda enfadado que sus ojos sólo son capaces de mirar sueños y canciones, no pupilas reales. X no sabe si volverse ojera o parpado comatoso para poder lograr una huida decente del lugar sin que nadie se entere.
X es en honor a la verdad un cobarde. No sabe mirar más que con los parpados cerrados, de esa manera puede imaginar que su mirada se encuentra con la de ella y sus pestañas se estiran para intentar descansar en sus negras cejas. X se asusta y en ese instante empieza a repetir compulsivamente aquella canción de Serugiran que escuchaba hace mas de 20 años, canta en su cabeza aquel estribillo de …”con los ojos cerrados me ves mejor” y realiza un total de 25 parpadeos para disolver las miradas de reojo que produce cada acorde de la guitarra.
X ha contado cada uno de los movimientos en sus ojos durante la canción, también cada una de las veces que bajó la mirada, cuando estuvieron a punto de cruzarse con los de ella. De más está decir que también sintió cada uno de sus temblores de pierna, hormigueos de pie, adormecimientos púbicos y rubor en los cachetes cada una de las veces que en la canción ella habló de ojos.
X está en el lugar, detrás de alguna mesa, encima de alguna silla o tal vez mirando de reojo desde la puerta corrediza del baño, esa que tiene una aldaba de baúl. Sin duda aquel lugar sería el mejor, ahí X podría imaginarse siendo una marioneta encerrada en algo que-más que baño- es un ropero.
La canción ha terminado, en ese momento X empieza a dudar sobre si contar con serenidad cada una de las manchas y líneas en la madera de la mesa o dar alaridos para que ella lo escuche, lo mire y lo esconda en su guitarra.
X es un ojo, una pupila, una pestaña, un parpado, una ojera de baja autoestima, una ceja de cortina, todo eso y más cuando ella responde a su mirada, en este instante X quiere ser sueño, mirar cuando ella duerme, acompañar con caricias de pestañas y velar con leves parpadeos su canto.
X sin embargo está en este lugar, entre el público y se cansa de ser ojo cada vez que mira el techo de catacumba. Hay 12 ladrillos por fila y 15 filas donde la suma da 180, lo que a su vez suma 9, X se angustia por que no sabe si ese 9 necesita un 6 para algún juego erótico, o es un presagio del número de canciones que faltan para sacar el colirio de su bolsillo.
Si X es simplemente un par de ojos sin boca, unas pestañas sin manos, un hombre sin H. Es cobarde por que es ojo parchado.
X está convencido que al final del concierto ella le dirá:
-Hola que bien que viniste ¿te gusto? Che Xavier tus ojos estan rojos la próxima ves ponte lentes ydeja de fumar tantas macanas, ah por cierto tu timidez me está matando.
(Texto para la canción tus ojos de Andrea Figueroa)
lunes, noviembre 23, 2009
Tu Sangre
(Texto elaborado para la canción Tu Sangre de Andrea Figueroa "La Negra Rockera")
¿Cómo mierda se hace para sacar una mujer de la sangre, cuando trepa dando mordiscos por tus venas y arterias? Siempre creí que no había respuesta, sólo el eco de tus palabras rebotando en mi techo. –Es más liviano jugar a fluir con la música- decías, midiendo el tacto, pulsando en cada acorde el blues de tus besos. -No te enrolles conmigo o gano o mato- sentenciabas.
Pensé mucho Negra en como hacer más liviana tu ausencia, limpiando tu sabor de mis venas pero no lo logré, al menos hasta hoy. Reconozco que fue absurdo preguntarte ¿el detergente oara sábanas servirá para blanquear mis venas? Era un rollo sólo mío y tú fuiste clara ¿o no? además como decías ¿qué podría resultar de un quenista y una blusera más allá de un arrítmico encuentro?
No tengo idea de como limpiar tu sabor, es lógico si yo mismo decidí abrir la piel a la tinta de tu canto, dejando que mi sábana sea lienzo, que mi boca frasco vacío. Si, hasta hoy tu sangre navega en la mía por un acto de simple voluntad y entrega, por que me empeciné que así fuera, por que construí una muralla coagulada en que retenga tu canto más allá de tu ausencia.
Al final de nada valió tanto acto, tanta metáfora “draculesca” como dirías. Tú te has ido, claro si nunca estuviste, si lo habías anticipado cuando dijiste que mis manos no rasgarían tus alas, aunque contradictoria como siempre también pediste que usara aquel viejo cuchillo de cocina para dibujar en tu espalda la forma del beso que me preservará en tu huida.
Negra ¿Sabes como se hace, para que vuelvas a la alfombra, para que desaparezcas de mis músculos, de mi piel, del cerebro y de mis viejos riñones?, Sería más fácil si al menos aparecieras con una botella vacía, reclamando con soberbia que te devuelva lo tuyo, que tú sólo querías un juego sincopado con mi piel y nada más, que tu sangre es tuya con tus olores y sabores y que no te daba la gana de entregarla a nadie, menos a un quenista frustrado.
Si Negra odiaba que me repitieras eso de” el amor no es para el que más haya rezado”, por que al final yo rezaba, como idiota pero rezaba, pidiendo que seamos una sola sangre.
Me acuerdo, yo queriendo volver metáfora el charco en mis sábanas y tú confesando con un blues de Sopocachi que no creías ni en las cruces ni en los rezos, que detestabas la barroca mirada de aquel Cristo tallado en madera, que desde la pared de mi cuarto celebraba tus ojos y bendecía tus pechos trepando por mis costillas.
Si Negra como no recordarte escupiendo en mi piel, pidiendo aire luego de tocar mi quena, ahí matándote de risa confesando que estar conmigo era como, como... violarse a un cura. Debí entender que no querías darme tu sangre, al final fuiste clara cuando dijiste que había ciertas cosas que te daban asco, que no sería buena idea jugar a ser guitarra sobre mi barriga de tambor hueco, por que sonaría mal, por que tu piel desafinaría con la mía.
Sin embargo cuando menos lo pensaba me diste tu guitarra, me pediste que salga del lugar y que te espere en casa. Te obedecí, planché las sábanas, lave el aire con el viento de mi quena y esperé. Llegaste, callaste mi garganta con tu cabello crespo, trepaste como pitón por mi cuello hasta vendar mis ojos, hasta decir en mi oído que sólo me prestarías tu sangre.
Esa noche había una cosa que no sabías Negra, los quenistas aprendimos a sentir la palabra del viento, por más sutil que sea, por lo que escuché los silbidos sutiles que produjeron tus cabellos enredados. Tu ni te enteraste, no tenías la culpa no estabas acostumbrada al viento, sólo al temblor de tus cuerdas, por eso no supiste el verdadero pedido; pintar mis labios con tu sangre, recorrer el camino de tu ombligo a tu vientre, mojando el aire, secandote.
Me acuerdo Negra la forma que tenías de repetir eso de “no sabes , no quieres, no entiendes que me gustas mucho” como confesándome que hasta ahí nomás llegarías conmigo y yo todo idiota pensando que tu canción era una declaración, confesándote nuevamente esa idiotez de que por el juego rojo de las sábanas tu navegabas en mi sangre y que éramos uno en las venas y no sé que tantas pajas más.
Es que para mi nuestro encuentro fue la manera fetichista de sostener un pacto, algo único contigo, de filtrarme por tu boca de que te cueles por mi cuerpo y que reposes en mis venas. Para ti una noche y punto. Por eso hoy vine para devolverte lo tuyo, tomé mucha agua antes de venir para descontaminarme lo más que pueda.
Traje el cuchillo, ese con el que te gustaba cortar el tomate, para los fideos con los que acompañabas tus canciones en mi cuarto. Negra, está bien afilado, no te preocupes, no lo usaré contigo, sería una falta de gusto arruinar tu canción con algo tan grotesco.
Ya sé como se arranca una mujer de la sangre, dejándola salir de a poco, abriéndole la puerta, permitiendo que se lleve con ella los restos de su huésped, haciendo que vuelva gota a gota a las sábanas donde se cometió el primer crimen.
¿Negra podrías cantar de nuevo eso de que te gusto mucho, mientras pongo con cuidado las sábanas blancas en mis piernas y espero tu primer acorde?
Cantá mirando al público, yo escucharé en silencio apoyado en la pared. Me hice un tajo en la panza, no quedaba otra. Decidí secarme en esta sábana mientras cantas y devolver tu snagre enredadad con la mia en mitad de tu acto.
Cantá esta noche fuerte, con todo mientras este cuerpo se seca, así algo de tu voz irá entrando en mi carne desafinada, algo de tu música me devolverá tu sabor en la partida.
¿Cómo mierda se hace para sacar una mujer de la sangre, cuando trepa dando mordiscos por tus venas y arterias? Siempre creí que no había respuesta, sólo el eco de tus palabras rebotando en mi techo. –Es más liviano jugar a fluir con la música- decías, midiendo el tacto, pulsando en cada acorde el blues de tus besos. -No te enrolles conmigo o gano o mato- sentenciabas.
Pensé mucho Negra en como hacer más liviana tu ausencia, limpiando tu sabor de mis venas pero no lo logré, al menos hasta hoy. Reconozco que fue absurdo preguntarte ¿el detergente oara sábanas servirá para blanquear mis venas? Era un rollo sólo mío y tú fuiste clara ¿o no? además como decías ¿qué podría resultar de un quenista y una blusera más allá de un arrítmico encuentro?
No tengo idea de como limpiar tu sabor, es lógico si yo mismo decidí abrir la piel a la tinta de tu canto, dejando que mi sábana sea lienzo, que mi boca frasco vacío. Si, hasta hoy tu sangre navega en la mía por un acto de simple voluntad y entrega, por que me empeciné que así fuera, por que construí una muralla coagulada en que retenga tu canto más allá de tu ausencia.
Al final de nada valió tanto acto, tanta metáfora “draculesca” como dirías. Tú te has ido, claro si nunca estuviste, si lo habías anticipado cuando dijiste que mis manos no rasgarían tus alas, aunque contradictoria como siempre también pediste que usara aquel viejo cuchillo de cocina para dibujar en tu espalda la forma del beso que me preservará en tu huida.
Negra ¿Sabes como se hace, para que vuelvas a la alfombra, para que desaparezcas de mis músculos, de mi piel, del cerebro y de mis viejos riñones?, Sería más fácil si al menos aparecieras con una botella vacía, reclamando con soberbia que te devuelva lo tuyo, que tú sólo querías un juego sincopado con mi piel y nada más, que tu sangre es tuya con tus olores y sabores y que no te daba la gana de entregarla a nadie, menos a un quenista frustrado.
Si Negra odiaba que me repitieras eso de” el amor no es para el que más haya rezado”, por que al final yo rezaba, como idiota pero rezaba, pidiendo que seamos una sola sangre.
Me acuerdo, yo queriendo volver metáfora el charco en mis sábanas y tú confesando con un blues de Sopocachi que no creías ni en las cruces ni en los rezos, que detestabas la barroca mirada de aquel Cristo tallado en madera, que desde la pared de mi cuarto celebraba tus ojos y bendecía tus pechos trepando por mis costillas.
Si Negra como no recordarte escupiendo en mi piel, pidiendo aire luego de tocar mi quena, ahí matándote de risa confesando que estar conmigo era como, como... violarse a un cura. Debí entender que no querías darme tu sangre, al final fuiste clara cuando dijiste que había ciertas cosas que te daban asco, que no sería buena idea jugar a ser guitarra sobre mi barriga de tambor hueco, por que sonaría mal, por que tu piel desafinaría con la mía.
Sin embargo cuando menos lo pensaba me diste tu guitarra, me pediste que salga del lugar y que te espere en casa. Te obedecí, planché las sábanas, lave el aire con el viento de mi quena y esperé. Llegaste, callaste mi garganta con tu cabello crespo, trepaste como pitón por mi cuello hasta vendar mis ojos, hasta decir en mi oído que sólo me prestarías tu sangre.
Esa noche había una cosa que no sabías Negra, los quenistas aprendimos a sentir la palabra del viento, por más sutil que sea, por lo que escuché los silbidos sutiles que produjeron tus cabellos enredados. Tu ni te enteraste, no tenías la culpa no estabas acostumbrada al viento, sólo al temblor de tus cuerdas, por eso no supiste el verdadero pedido; pintar mis labios con tu sangre, recorrer el camino de tu ombligo a tu vientre, mojando el aire, secandote.
Me acuerdo Negra la forma que tenías de repetir eso de “no sabes , no quieres, no entiendes que me gustas mucho” como confesándome que hasta ahí nomás llegarías conmigo y yo todo idiota pensando que tu canción era una declaración, confesándote nuevamente esa idiotez de que por el juego rojo de las sábanas tu navegabas en mi sangre y que éramos uno en las venas y no sé que tantas pajas más.
Es que para mi nuestro encuentro fue la manera fetichista de sostener un pacto, algo único contigo, de filtrarme por tu boca de que te cueles por mi cuerpo y que reposes en mis venas. Para ti una noche y punto. Por eso hoy vine para devolverte lo tuyo, tomé mucha agua antes de venir para descontaminarme lo más que pueda.
Traje el cuchillo, ese con el que te gustaba cortar el tomate, para los fideos con los que acompañabas tus canciones en mi cuarto. Negra, está bien afilado, no te preocupes, no lo usaré contigo, sería una falta de gusto arruinar tu canción con algo tan grotesco.
Ya sé como se arranca una mujer de la sangre, dejándola salir de a poco, abriéndole la puerta, permitiendo que se lleve con ella los restos de su huésped, haciendo que vuelva gota a gota a las sábanas donde se cometió el primer crimen.
¿Negra podrías cantar de nuevo eso de que te gusto mucho, mientras pongo con cuidado las sábanas blancas en mis piernas y espero tu primer acorde?
Cantá mirando al público, yo escucharé en silencio apoyado en la pared. Me hice un tajo en la panza, no quedaba otra. Decidí secarme en esta sábana mientras cantas y devolver tu snagre enredadad con la mia en mitad de tu acto.
Cantá esta noche fuerte, con todo mientras este cuerpo se seca, así algo de tu voz irá entrando en mi carne desafinada, algo de tu música me devolverá tu sabor en la partida.
viernes, noviembre 20, 2009
Cronicas de un burocrata 2
Esta es la hora perfecta en la que actualizas el blog a solas, antes de las 8 am, cuando el único sonido que se escucha es el de una aspiradora arrastrada por una señora que pesa lo mismo que el aparato aspirador. La señora de limpiez lleva un uniforme que le queda grande, nada femenino por cierto. La señora vive gracias a este subempleo y aprovecha esta hora para limpiar los escritorios de los burocratas que todavía no llegaron. Debe hacerlo rapido asi evita encontrarse con las miradas de arrogancia y los sutilies empujones de oficinistas, otras fichas del sistema, prescindibles engranajes de esta ruedas que se mueve y genera dinero a un gordo que toma whisky y nadie ha visto nunca la cara.
Un burocrata mira a la señora que limpia desde su silla con rueditas jugando a que es el trono desde el que pregunta al "lustra" si tiene cambio de 20 para luego decirle el lunes te pago. El lustra piensa pobre pelotudo y acepta el prestamo sólo por que creció limpiando la caca de sus zapatos y necesita la plata. El burocrata se tapa la nariz, cuando la señora que carga la aspiradora recoje la basura en su papelero, luego se queja al Jefe de servicios generales que su olor a cebolla no le permite leer el mensaje de cumpleaños que le mandó su madre desde Londres. Madre que escribe luego de su receso de almuerzo, tomando prestada la maquina de un oficinista inglés, luego de limpiar su papelero y aspirar su escritorio.
El burocrata grado 2-6, a las 8:45 tocará timidamente la puerta de su Jefe, un burocrata grado 6-3. Se sentará frente a su trono, con la mano derecha temblorosa le extenderá un formulario de vacación para el lunes, día en que la hija del oficinista cumplirá años. El Jefe lo mirará en silencio y le dira--la vacación se programa con al menos 48 horas- y botará el formulario en el cesto de basura que está debajo su silla.
A las 7 de la noche la señora de limpieza recogera el formulario, renegando lo separará de una cascara de mandarina y una papel higiénico lleno de mocos laborales y pensará -estos señores para que inventaran esa sonsera del reciclaje si igual no cumplen.
Un burocrata mira a la señora que limpia desde su silla con rueditas jugando a que es el trono desde el que pregunta al "lustra" si tiene cambio de 20 para luego decirle el lunes te pago. El lustra piensa pobre pelotudo y acepta el prestamo sólo por que creció limpiando la caca de sus zapatos y necesita la plata. El burocrata se tapa la nariz, cuando la señora que carga la aspiradora recoje la basura en su papelero, luego se queja al Jefe de servicios generales que su olor a cebolla no le permite leer el mensaje de cumpleaños que le mandó su madre desde Londres. Madre que escribe luego de su receso de almuerzo, tomando prestada la maquina de un oficinista inglés, luego de limpiar su papelero y aspirar su escritorio.
El burocrata grado 2-6, a las 8:45 tocará timidamente la puerta de su Jefe, un burocrata grado 6-3. Se sentará frente a su trono, con la mano derecha temblorosa le extenderá un formulario de vacación para el lunes, día en que la hija del oficinista cumplirá años. El Jefe lo mirará en silencio y le dira--la vacación se programa con al menos 48 horas- y botará el formulario en el cesto de basura que está debajo su silla.
A las 7 de la noche la señora de limpieza recogera el formulario, renegando lo separará de una cascara de mandarina y una papel higiénico lleno de mocos laborales y pensará -estos señores para que inventaran esa sonsera del reciclaje si igual no cumplen.
martes, noviembre 17, 2009
Confesiones de un Burocrata 1
Este espacio me recuerda a la lápida de mi tía abuela, tiene una bonita virgen postmoderna hecha en base a triangulos al lado izquierdo de un florero de metal al que le crecieron raices por que no bastó con jalar su cadena y ponerle flores una vez al año, ahora por más que quieras no sale, por más que trates se quedó trancado, se aferró al vacío y la crecio la yerba.
Dicen que los blogs están agonizando, dijeron lo mismo de la radio cuando apareció la tele, del cine cuando apareció el DVD, de los carteros cuando apareció el correo electrónico. La verdad existen dos posibilidades que la blogosfera sea una constelación de ciber basura o un lugar que sobreviva y de tiempo en tiempo, de guerra en guerra hable con más serenidad y palabra pausada que Twitter o el Facebook.
De momento por si quedan dudas, escribo este post que es muy probable que nadie lea en las próximas semanas, al final ¿a quién le interesan los divagues de un proyecto de escritor, las pajas de un burocrata estancado en su escritorio?...
Hoy empezaré una serie que veremos cuanto dura, retomando aquel estílo que gustaba a mis amigas.
14.09
Almorzé un asado seco con yuca y ensalada, decidí hacer dieta ya que paso en promedio 9 horas al día sentado sin moverme frente de esta pantalla y estoy con sobrepeso por que al salir de acá sólo tengo ganas de echarme en mi cama a ver Two and a Half Men y si tengo suerte escrbir una pagina de mi libro.
En 6 meses cumplo 40 años los cuales ya pesan en mi espalda y paso la mayor parte del tiempo soportando a Dona Summer en la maquina de mi colega y el bombardeo de correos electrónicos que diariamente sobrepasan los 300, de los cuales leo con detenimiento 10 y tomo acción inmediata sobre máximo 3.
Bienvenidos al cubículo de un burocrata al que le duele hace semanas el dedo gordo del pie derecho (puede ser gota o articulaciones desgastadas)quien sabe, al lugar dónde un típico oficinista pasa 45 horas a la semana, esta con su hija 15 horas a la semana y se emborracha 10 horas a la semana. El resto del tiempo se la pasa entre comer, dormir, leer y escribir, de esas actividades la que más tiempo le consume es sin duda dormir.
Escribo este texto mientras me pirateo el último disco de Sabina (ya bajó el 45%). D Disfruto esta media hora de silencio antes de que la Oficina se llene de gente.
Tengo dos dilemas para este día.
El primero: ¿Cómo hago para tapar con la mayor cantidad de tierra un error que cometí hace 12 meses por no manejar la presión y que está a punto de costarle dinero a la oficina? Me acuerdo una escena de alguna película que ví en algún sábado de resaca. Cinco empleados trituran papel de noche en una oficina día antes de que llegue una auditoria ¿es posible triturar las evidencias de un crimen? al final siempre hay un cabo suelto que queda por ahí y como díria Raskolnifof ¿tanto lío por dar un hachazo a una vieja?.
El Segundo: ¿Cómo hago para terminar de relacionar los personajes de un cuento que tengo a medias? Espero poder sentarme en la maquina de la casa al menos una hora esta noche y poner en el papel todo el enredo que tengo en la cabeza, enredo que va surgiendo mientras muevo papeles de canasta a canasta, leo mensajes de correo, firmo carta, sello sobres.
En 15 minutos se abrirá la puerta, en 15 minutos empezará el ruido de este lugar en el que estoy estancado hace 7 años 9 meses. No puedo saltar sin red, ya no soy trapecista, tengo una hija que es más que el público que mira la obra es la razón de ser de este circo quien al menos los próximos 15 años me necesita vivo. Ahí radica la perversa broma de trabajar en un lugar que te paga un buen sueldo pero que detestas, si es una mamada, la plata no compra y nunca comprará la felicidad. No me gusta este trabajo, es más lo detesto al igual que a tod@s los que comparten conmigo este espacio. Tengo un Jefe que más parece refrigerador que persona y del cual nunca sabes que humor trae a la oficina, tengo unas ganas de mandar todo a la mierda y dedicarme sólo a escribir, la pregunta es ¿me pagaría tanto la literatura como la burocracia? Mi consuelo es que Cortazar fue también uno de estos.
¿Cuántos habrá allá afuera como yo que quieren dejar un trabajo luego de 12 años y 9 meses de ser burocratas, cuantos que no se animan?
jueves, octubre 01, 2009
Sueños y taquicardia
Sus ronquidos rebotan en el vino de la pared mal pintada de su cuarto. Ella duerme, mientras aquel atrapa sueños comprado en la Sagarnaga conoce el perfíl de sus senos de fresa, por las noches estira sus plumas y hace cosquillas en los pezones de la que duerme, ella abre la boca, muestra la ya conocida curvatura en su canino derecho y exhala un aullido con sabor a mar salado.
Ella conoce Tailandia sólo por la ropa de algodón que nuevamente ha vestido su cuerpo para la foto. Mira a la cámara de forma desafiante y con esa sonrisa de medio lado, él la mira detrás del lente de la cámara, detrás del monitor de su computadora, desde el espacio que esconde su intromisión reverberante.
"Que los muertos entierren a los muertos", recuerda aquella frase de la Biblia y concluye que es necesario apretar la X en la esquina derecha del monitor y gritar con la boca pegada a la pantalla "botá ese atrapa sueños!!!", antes de ponerse el pulgar derecho en la carótida y sentir su pulso acelerado.
Hoy no tomó su pastilla para la hipertensión, hoy despertó después de una pesadilla, hoy tiene taquicardia y decidió que sería buena idea comprar un atrapasueños y volver a ver en la noche sus fotos de Tailandia.
Ella despierta, mira el techo, piensa que el color rojo quedó perfecto en su nueva casa, mira el atrapa sueños, agradece al gran brujo no haber tenidos pesadillas, se levanta, desayuna medio pan y con alivio recuerda la buena decisión de haber sacado de su vida al borracho taquicárdico.
Ella conoce Tailandia sólo por la ropa de algodón que nuevamente ha vestido su cuerpo para la foto. Mira a la cámara de forma desafiante y con esa sonrisa de medio lado, él la mira detrás del lente de la cámara, detrás del monitor de su computadora, desde el espacio que esconde su intromisión reverberante.
"Que los muertos entierren a los muertos", recuerda aquella frase de la Biblia y concluye que es necesario apretar la X en la esquina derecha del monitor y gritar con la boca pegada a la pantalla "botá ese atrapa sueños!!!", antes de ponerse el pulgar derecho en la carótida y sentir su pulso acelerado.
Hoy no tomó su pastilla para la hipertensión, hoy despertó después de una pesadilla, hoy tiene taquicardia y decidió que sería buena idea comprar un atrapasueños y volver a ver en la noche sus fotos de Tailandia.
Ella despierta, mira el techo, piensa que el color rojo quedó perfecto en su nueva casa, mira el atrapa sueños, agradece al gran brujo no haber tenidos pesadillas, se levanta, desayuna medio pan y con alivio recuerda la buena decisión de haber sacado de su vida al borracho taquicárdico.
lunes, septiembre 28, 2009
Pavese y la Diosa Blanca

El suicida es un homicida tímido (Cesar Pavese)
El 9 de septiembre de este año se cumplieron 101 del nacimiento de Cesar Pavese y el 27 de agosto 59 años de su muerte. Hace un año habría cumplido 100 años, lo cual hubiera sido biológicamente poco probable aunque tal vez alcanzable, con una vida rigurosa y aburrida. Pavese, no quiso ese tipo de vida y decidió adelantar la cuenta de los años en una pequeña habitación de un hotel de Turín suicidándose a sus 42 años.
Como era de esperar hace un año Francia, Italia y España reeditaron con pompa y homenajes sus libros rescatados del olvido. Los centenarios siempre son un buen pretexto para la farándula, una excusa para llenar páginas con referencias al autor.
No es idea de esta nota realizar un ensayo literario sobre la obra poética de Pavese, tampoco tomar como pretexto su muerte para una apología o crítica al suicidio. Para lo primero están los literatos hábiles y lúcidos, quienes hablarán con mayor rigurosidad de su obra. De lo segundo y lo tercero que se encarguen los curas o los surrealistas.
Aquellos que no saben o no quieren vencer la soledad interior deciden irse antes, Pavese lo sabía; la nada, la muerte fuente de su vocación, eran también su condena. “Para todos tiene la muerte una mirada decía” pues él prefirió mirar sus ojos antes que, adormilado por la vejez, sea la parca quien se los muestre.
Pavese prefirió morir en completa lucidez y plena conciencia de sus actos, cuentan que el día de su muerte dejó de manera significativa, como una reliquia enigmática sobre la mesita de noche del hotel, un ejemplar de su obra “Diálogos con Léuco” (de la cual sólo tuve la suerte de leer unos pasajes citados), junto a su conocida nota final de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Va bien? No chismeen demasiado” Dicen que ese día también llevaba consigo su diario personal “El Oficio de Vivir”, un cuaderno con sus últimos poemas y 16 frascos con pastillas para dormir. Antes de irse hizo tres llamadas telefónicas, para invitar a comer a tres diferentes mujeres, ninguna quiso, ninguna pudo.
Pavese murió por que supo que tenía que irse, encerrado en un hotel luego de haber recibido un premio literario por su libro “El bello verano”. Una muestra más de que su muerte era el punto final a su obra, es que Pavese no encajaba en el perfil del suicida dependiente que se mata por el amor no correspondido hacia una musa. Encarnaba, en su melancolía a cuestas la angustia (esa Sartriana) hacia la nada y que se expresaba en frases como “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata por que un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”
El oficio de vivir, bajo la sombra de la muerte en Pavese, era el reflejo de una relación con la gente que lo agotaba, una forma de ver la vida que plasmó en toda su obra. La decisión de Pavese de marcharse fue absolutamente personal y meditada, en extremo coherente con su desesperanza. Al final el suicidio fue, en él, un acto de completa coherencia para poner punto final a su obra.
Pavese se fue por que quería, reconociendo, ya desde sus 40 que el suicidio estaba presente de forma insistente como única posible forma de enfrentar la muerte. “Todo esto da asco, basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.”, dijo Pavese en las páginas de su diario que concluyó 9 días antes de morir. “El suicida es un homicida tímido” también había dicho, para reivindicar magistralmente el acto de irse, por voluntad propia.
Pavese hasta el día de su muerte creyó en la fuerza del mito, en la medida de que este era un lenguaje, un medio expresivo, no algo arbitrario, sino un vivero de símbolos, al que pertenece como a todos los lenguajes una particular sustancia de significados (1)
Pavese se valió del mito como forma de expresar simbólicamente su realidad, el mito traspasó la ficción para instalarse en su vida, no fue por azar que el día de su muerte dejó el libro de sus coloquios míticos “Diálogos con Leucó” como bien dice García Gual, …” como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, como un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos, entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre…”
Pavese no sólo como poeta y novelista, sino como ensayista e intelectual se preocupó por leer varios tipos de mitologías, pero probablemente la griega, por la riqueza de esa mitología, con una larga literatura que la transmitió, era incomparable y de una gran “madurez mítica” para él ¿pero por qué Diálogos con Leuco?.
Leucó es un diminutivo de Leucótea “La diosa blanca”, cuando uno se entera quien era Leucótea, probablemente encuentra la verdadera razón que escogió Pavese, un apasionado por la Odisea, para el título del libro, obra que lo acompañó de manera simbólica hasta su muerte.
Leucótea “la Diosa blanca”, era una, divinidad menor, lejos de los grandes dioses del Olimpo. Tiene una sola una aparición importante en la en la Odisea para auxiliar a Ulises, zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por Poseidón. Aparece de pronto del mar como una gaviota, habla con Ulises y le dice que abandone su balsa y se lance al mar, embravecido por la tormenta, sólo usando su velo mágico como abrigo y nade. Ulises, algo desconfiado obedece a Leucó y dos días después llega a nado a Feacia.
En “Diálogos con Leuco”, Leucótea aparece dos veces, en los coloquios en que Pavese, inspirado en Ulises y la Odisea, trae el motivo recurrente de la inmortalidad divina enfrentada a la existencia mortal, ambas condiciones se revelan como insatisfactorias .
Leucótea, he aquí tal vez el nexo de el mito con la vida de Pavese, era una mujer mortal que, desesperada, se suicida lanzándose al mar, sin embargo los dioses le conceden el extraño privilegio, de salvarla de la muerte. Leucótea es redimida por capricho de los dioses y emerge luego del fondo del mar en condición de diosa para ayudar a Ulises.
Pavese recurrente en vida con el hecho suicida, pareciera que hubiera escogido el mito exacto, de aquella diosa para expresar sus propias inquietudes y angustias. Es este juego entre la inmortalidad divina y una existencia mortal, ambas insatisfactorias, que recoge Pavese en la historia de Leucótea, para plasmar su relación con la muerte. Una mujer, que insatisfecha con su vida, decide matarse lanzándose al mar; sin embargo no muere queda entrampada en una existencia eterna como diosa cuyo destino es salvar de la muerte a otros, existencia eterna que es a su vez, es un mandato y un castigo.
Pavese recurrió a los mitos griegos como si en esas imágenes y en sus destinos trágicos hallara un medio para dar curso a esos anhelos sin respuesta.
Sin duda los mitos pueden ser usados, como forma de simbolizar la realidad, pero no son la realidad en si misma, rescatando de ellos la historia, la simbología para significar una realidad que más de una vez perturba, que más de una vez no se entiende.
El velo mágico de Leucó, fue usado por Ulises como un salvavidas para evitar el naufragio. Pero sólo por un tiempo; al final cuando éste, a salvo, nuevamente se enfrenta a la inquietud cotidiana, es decir a la realidad, por último a vivir. Quedarse con el velo en el agua sería morir, uno debe usar el velo para lo que ha sido hecho y continuar, permanecer en el mito es a su vez no vivir. Al final vivir es real y no tiene nada de la lírica o épica del mito. La realidad se nutre de la ficción, pero desprovista de esta duele, como el hecho de vivir. Ante esta certeza más de uno prefiere quedarse flotando en el agua, aferrado al velo de Leucó o lanzarse al mar con la esperanza de que los dioses lo rediman mediante una inmortalidad.
Tal vez Pavese en su relación con la vida prefería el mito, tal vez por eso “diálogos con Leucó” era la obra que mejor lo definía, llegó a escribir poco antes de su suicidio– que era su “carta de presentación ante la posteridad” , tal vez por eso dejó junto a su cadáver el libro de aquellos coloquios míticos con la mitología griega, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta.
Algo sin duda buscó en el último instante de vida, en la última charla con Leuco, tal vez buscó una puerta al mar de Leucó, en el que esperaba ser recibido por sus aguas, quien sabe deseando la misma tortuosa inmortalidad de la Diosa Blanca. Tal vez Pavese decidió el día de su muerte fundirse con ella, como última esperanza de redención, acompañada del acto de pedir perdón. Dicen que hasta en el acto más agónico del suicida hay un soplo de esperanza, tal vez por eso, cuenta la superstición católica, que si el suicida un segundo antes de morir se arrepiente se salva.
Pavese probablemente buscó antes de morir que el mito sea testigo de su muerte y que sean los ojos de Leucó” los que miren como dejaba este mundo. El encuentro con el mito como forma de abrochar su vida, con la simbología que uso para soportarla, fue el juego, el símbolo último que nos dejó.
Pavese escogió el mito de una suicida que luego devino en diosa para entablar un diálogo en vida con la muerte y dejar que sea ella, desde “Diálogos con Leucó”, la única testigo de la verdadera razón de su partida.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo.
Tus ojos serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesar Pavese
(1) Extracto de Diálogos con Leuco (Ensayo sobre Cesar Pavese por Carlos García Gual)
jueves, septiembre 10, 2009
martes, septiembre 08, 2009
Triquina
No era Rimbaud, sólo era un niño indio (Roberto Bolaño)
El poeta anoche volvió a reir con carcajada sorda, por que sólo escuchó el eco de su sorna.
El poeta puso el adjetivo encebollado en mi prosa y se jactó una vez más de ser anarquista y minimalista.
El poeta sabe dar palo con cicuta y con clase a la prosa banal, burlándose de los escritores y crónistas neobarrocos de La Paz. Ese poeta, sí, de ése hablo, el que dice que construyó su casita de 3 pisos gracias a la poesía y que anoche se dio el lujo de quitar algunos versos de un poema de Nicanor Parra, con marcador verde, antes de leerlos por considerarlos excremento.
Ese poeta, ese "cholo ilustrado" que escucha Bach más que morenada y al cual Jaime Saenz le dedicó un poema luego de que él mando a la mierda a los talleres Krupp, ese poeta con apellido que suena como el apodo de un caricaturista argentino, sabe como poner el acento en la palabra.
Ese poeta, sin duda sabrán de quien habló ayer me albergó en su biblioteca y me enseñó el truco para dormir poco o casí nada y leer más o casi nada. Ayer me invitó singani con agua de la pila, tabaco negro y marraquetas a la mañana y me contó de los sombreros que hacía su padre y de la muerte de su madre a sus seís años.
Ese poeta sonrió borracho ante mis incoherencias contaminadas de tanto tóxico. Aquel anarquista de palabra precisa y herética ayer dormitó, en mitad de su sillón, abrazado de un párrafo lleno de prosa banal, mirando de rato en rato entre bostezo y bostezo un cuadro que le ganó al Edgar Arandia en una apuesta.
Ese es el poeta, que conoció el valor de abrirse espacio a puñetazos en la constelación de escritores burgueses y aprendió de memoria el numero de peldaños que conducen a su biblioteca, los cuales descendió ayer en silencio reverrente ante un carajazo de su hija. Biblioteca donde está la cama de torneado y barroco respaldar, en la que duerme dos horas cada noche.
Lo conocí hace 15 años, lo reencontré hace dos meses y llenamos de ácido las palabras y de singani los pulmones. Ese poeta no es mi amigo, ni nada parecido, eso si es el único poeta por el que me sacó el sombrero en mitad de una cantina y el saca una sonrisa de su boca para pintar de barrocos y huecos halagos mi prosa. Ese poeta sabe pintar palabras y me regaló ayer un abrazo más antiguo que el que contenía al Felipe y Peña y Lillo o visceversa.
Ese poeta es un maestro lo cual es mucho, lo cual es nada.
Al final me pregunto ¿qué cosa me habrá querido enseñar a la madrugada con Bach y chalina de alpaca burlándose de mis divagues lacanianos y mi prosa banal?
Celebración de un infante
Mi infancia era un humo azul
Un punto ciego en el cuarto escarlata
El mago Tou Fou acariciaba mis cabellos
Mi padre cabalgaba sobre mi vieja cuna
Como si estuviera fuera el mundo y su pesadumbre
Mi madre medusa comía una naranja
Su pálida tristeza me hundía en la gracia
En esa espuma desconocida y áspera que sería mi destino
Mi infancia era una selva de sombreros y falacias
Querubín luciferino / Mí gloria era el infierno
El esqueleto de un caballo
Y ese hueco en la niebla donde una maldición tejía
Ya el telón había caído sobre mi razón
Y sólo tenía la certeza
De haber sido echado del paraíso
Entonces / Me desaté la lengua
Me rompí un brazo
Y me masturbé como un simio.
Humberto Quino Marquez
viernes, septiembre 04, 2009
Tengo
Tengo en un archivo de la computadora mi nuevo, compuesto de quince cuentos inconclusos (1 casi terminado, los otros en maqueta) sobre violencia de género. Tengo ganas de tenerlo listo antes de agosto del 2011.
Tengo 60 libros pendientes que me propuse terminar de leer hasta fin de año.
Tengo un poema largo en cuatro partes del que ya escribi 5 versos que me salieron horribles y mediocres.
Tengo una ansiedad como de año nuevo, como dice Charly, y tengo un espacio listo esperando a su nuevo disco que llegará de Baires en unos días por encargo.
Tengo en mi vida una mujer que se llama igual que mi hija, muerde mis temores con sus risas y se vuelve una oruguita de cabellos largos entre mis sábanas.
Tengo amigos y amigas, escritores, músicos, burócratas, banqueros, actores, literatos, poetas, aburridos, chistosos, interesantes, sabios, vagos, ociosos, burgueses, masistas, podemistas, anarquistas, grafitteros, caricaturistas, motoqueros, cocanis, centralistas, tarkus, yungueños, cambas, chapacos, paceños, gringos, europeos, cristianos, budistas, ateos...y más pajas..
Tengo más de mil razones como dice Sabina para no cortarme de un tajo las venas, la primera mi hija, la segunda mis libros, la tercera las páginas en blanco que aún no he escrito.
Tengo ganas de creer nuevamente
Tengo 60 libros pendientes que me propuse terminar de leer hasta fin de año.
Tengo un poema largo en cuatro partes del que ya escribi 5 versos que me salieron horribles y mediocres.
Tengo una ansiedad como de año nuevo, como dice Charly, y tengo un espacio listo esperando a su nuevo disco que llegará de Baires en unos días por encargo.
Tengo en mi vida una mujer que se llama igual que mi hija, muerde mis temores con sus risas y se vuelve una oruguita de cabellos largos entre mis sábanas.
Tengo amigos y amigas, escritores, músicos, burócratas, banqueros, actores, literatos, poetas, aburridos, chistosos, interesantes, sabios, vagos, ociosos, burgueses, masistas, podemistas, anarquistas, grafitteros, caricaturistas, motoqueros, cocanis, centralistas, tarkus, yungueños, cambas, chapacos, paceños, gringos, europeos, cristianos, budistas, ateos...y más pajas..
Tengo más de mil razones como dice Sabina para no cortarme de un tajo las venas, la primera mi hija, la segunda mis libros, la tercera las páginas en blanco que aún no he escrito.
Tengo ganas de creer nuevamente
lunes, julio 13, 2009
De Paredes y Pavese
A ti, cuando leas esto tal vez comprendas…
Ayer a las 7:30 am, un profesional lamparero extirpó las lámparas de la sala y una semilla rodó por el piso en la cirugía. Fue inevitable no recordar la noche que las colocaste. Fue agradable evocar el reflejo de la ciudad en aquel lunar -café con leche cerca de tu ombligo- que tanto me gustaba morder. Te vi parada sobre la mesa, con aquel mal humor de miel, estirando los brazos, prolongando tu estatura para sentar tu presencia transformada en la luz de mi sala. Hoy aquella luz ha cesado. Ese juego caprichoso que dibujaba sombras de la china, gaviotas del pacífico y murciélagos benianos en las paredes ya nos es más. Las nuevas lámparas tienen un reflejo más convencional, un estilo más a tono con la nueva vida que empiezo.
Hoy cambié de lugar el dormitorio, al cuarto aquel que no sabiamos bien si era escritorio, sala de video o living de segunda. El que solía ser tu refugio para la siesta de la tarde o tus mantras de kundalini solitarios es hoy mi nuevo cuarto. Creo que desde su ventana será más agradable mirar la ciudad en el insomnio y la vigilia. Estoy seguro que te gustaría quedarte colgada en el lado derecho de la cama, mirando las luces de la ciudad filtrandose por la ventana, o ayudar con algún gémido a que las rajaduras en la pared crezcan.
Hoy al cambiar de lugar la biblioteca me vino la resaca de una discusión con sabor a pasado en una plaza de Rurre, decidí conjurarte y con ese aíre de libromancia matinal, abrí La vida está en otra parte" de Kundera, en la pagina 215. Sorpresivamente en mitad de la página encontré una foto tuya que había dado por perdida hace tiempo. Tu sonrisa de Mona Liza me impidió leer el primer párrafo, di la vuelta la foto y a la altura de la primera vertebra cervical de tu espalda - esa que se contraías ante las discusiones no dichas, los traqueteos de ambulancia y las peleas de oficina- pude leer las cosas que solías decir cuando tu piel sudaba lo que solías sudar, pude ver la mirada que solías mostrar cuando por tus ojos se filtraba el aroma a mar que tu sexo solía regalar.
Comprenderás que nuevamente una broma tuya volvió para decirme que no sería tan fácil enterrar tu cuerpo y parece ser que de ves en cuando tu olor invadirá las paredes por más que estén bien pintadas.
Así es, las lámparas se fueron, la pintura de cantina en las paredes también y tu imágen en Rurre volvió como última despedida. Debo confesar que junto con tu foto, también la máscara dejó la columna hoy, junto con la pulsera aquella que dejó olvidado algún israelita en El Mosquito y decidiste regalarme. Hoy son fetiches (sabes que soy maniático) y ocuparán un lugar libre de humedad en el lado más izquierdo del ropero más lejano, del cuarto menos visitado de la casa.
Las paredes blancas y la cama en otro cuarto hoy esperan, mientras tanto es probable que esta noche vuelva a escuchar esa recurrente canción de Bebe y puede que espante a tu fantasma con este poema de Pavese
Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos
Cesar Pavese
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Ayer a las 7:30 am, un profesional lamparero extirpó las lámparas de la sala y una semilla rodó por el piso en la cirugía. Fue inevitable no recordar la noche que las colocaste. Fue agradable evocar el reflejo de la ciudad en aquel lunar -café con leche cerca de tu ombligo- que tanto me gustaba morder. Te vi parada sobre la mesa, con aquel mal humor de miel, estirando los brazos, prolongando tu estatura para sentar tu presencia transformada en la luz de mi sala. Hoy aquella luz ha cesado. Ese juego caprichoso que dibujaba sombras de la china, gaviotas del pacífico y murciélagos benianos en las paredes ya nos es más. Las nuevas lámparas tienen un reflejo más convencional, un estilo más a tono con la nueva vida que empiezo.
Hoy cambié de lugar el dormitorio, al cuarto aquel que no sabiamos bien si era escritorio, sala de video o living de segunda. El que solía ser tu refugio para la siesta de la tarde o tus mantras de kundalini solitarios es hoy mi nuevo cuarto. Creo que desde su ventana será más agradable mirar la ciudad en el insomnio y la vigilia. Estoy seguro que te gustaría quedarte colgada en el lado derecho de la cama, mirando las luces de la ciudad filtrandose por la ventana, o ayudar con algún gémido a que las rajaduras en la pared crezcan.
Hoy al cambiar de lugar la biblioteca me vino la resaca de una discusión con sabor a pasado en una plaza de Rurre, decidí conjurarte y con ese aíre de libromancia matinal, abrí La vida está en otra parte" de Kundera, en la pagina 215. Sorpresivamente en mitad de la página encontré una foto tuya que había dado por perdida hace tiempo. Tu sonrisa de Mona Liza me impidió leer el primer párrafo, di la vuelta la foto y a la altura de la primera vertebra cervical de tu espalda - esa que se contraías ante las discusiones no dichas, los traqueteos de ambulancia y las peleas de oficina- pude leer las cosas que solías decir cuando tu piel sudaba lo que solías sudar, pude ver la mirada que solías mostrar cuando por tus ojos se filtraba el aroma a mar que tu sexo solía regalar.
Comprenderás que nuevamente una broma tuya volvió para decirme que no sería tan fácil enterrar tu cuerpo y parece ser que de ves en cuando tu olor invadirá las paredes por más que estén bien pintadas.
Así es, las lámparas se fueron, la pintura de cantina en las paredes también y tu imágen en Rurre volvió como última despedida. Debo confesar que junto con tu foto, también la máscara dejó la columna hoy, junto con la pulsera aquella que dejó olvidado algún israelita en El Mosquito y decidiste regalarme. Hoy son fetiches (sabes que soy maniático) y ocuparán un lugar libre de humedad en el lado más izquierdo del ropero más lejano, del cuarto menos visitado de la casa.
Las paredes blancas y la cama en otro cuarto hoy esperan, mientras tanto es probable que esta noche vuelva a escuchar esa recurrente canción de Bebe y puede que espante a tu fantasma con este poema de Pavese
Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos
Cesar Pavese
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
lunes, julio 06, 2009
Pestes y Chanchos
Pestes y chanchos
Los otros dicen “es la peste, ha habido peste”. Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más. (Albert Camus)
Estornudo tres veces sobre el teclado luego de leer que el virus AH1N1 traspasa fácilmente el paño del barbijo que compré a un boliviano para protegerme. Escribo en la sala de espera de algún aeropuerto, mientras analizo las conductas de los viajeros y los que controlan la seguridad. Ni unos ni otros saben muy bien que hacer, de que escaparse y a que bicho pisar, para detener a al virus de la primera pandemia “mas-media” del siglo XXI.
Me lavo las manos con aquel invento de alcohol con aroma a sandias que se desliza por mi piel como lubricante. Con las uñas limpias, con la compulsión instaurada en las yemas de mis dedos soy parte del circo del absurdo.
Desde que la OMS declaró a la gripe AH1N1 una pandemia 25,000 personas se contagiaron en el mundo y murieron 227 (el 0.98%). Una terrible amenaza sin duda que no se compara con el hecho de 273,000 niños nacidos en Bolivia cada año 7,400 mueren durante el primer mes de vida.
Revisando en la historia veo que la influenza H1N1 no es nueva. La pandemia más letal y conocida de este tipo fue la denominada gripe española que duró desde 1918 a 1919 y mato a al menos cincuenta millones de personas. La llamaron así porque España era el único país de Europa que no censuró los datos de la misma.
“Del chancho su gripe” la influenza AH1N1 llegó a Bolivia y contagió a la fecha a más de 100 personas. Llegó para despertar la conciencia adormilada en relación a la falacia de control que se tiene de lo externo. Falacia que hoy se sostiene, en un saber científico que define epidemias, prioriza males, crea medicamentos y establece el precio de la cura.
La respuesta de alarma a momentos desproporcionada ante la influenza es aparentemente irracional frente a otras epidemias como el VIH o el hambre mundial. El pánico creado otorga una máscara de racionalidad al absurdo que se expresa en acciones como impedir que los mexicanos pisen China o los Chilenos viajen a Brasil ¿Si es una pandemia global, porqué no se producen medicamentos genéricos sin costo y se los distribuye en el mundo? Se preguntará de forma irreverente alguien que no usa barbijo.
Parece ser que esta pandemia es tal en la medida que es sostenida por el pánico y la alarma y surge ante lo que no se conoce y que en esencia, como bien diría Camus en La Peste, es parte de la vida misma y nada más.
¿Será que la realidad copia a la literatura, como decía Borges, o simplemente hay un juego de perversión en hacer uso de una real pandemia para generar lucro y para elaborar discursos políticos a favor o en contra?
En esa medida, el absurdo hará que surjan por ahí algunos que digan que el virus apareció como un error del Pentágono o de Irán al crear armas químicas, otros que es una mentira provocada por las trasnacionales farmacéuticas para salir de la crisis económica. Esta situación sirve de excusa para volver a la noción existencialista de “lo absurdo” planteada por Camus en La Peste.
Escribo y estornudo recordando aquel viejo hombre que en la novela La Peste permanecía esperando la muerte desde el balcón de una vieja casa de Oran. Él miraba las ratas salir de las cloacas a morir a la calle de forma repentina y cada vez en mayor cantidad. Miraba con indiferencia, con cierta certeza ante la inminencia de la muerte. Permanecía con la calma de la vejez ante el rigor de la bacteria y, con cierta aura de invulnerabilidad, contaba las personas contagiadas por La Peste, aquellas que morían de fiebres altísimas y con los ganglios del cuerpo reventados.
En la novela evitar el contagio o buscar la cura a la peste, provocaba en los habitantes de Oran una serie de comportamientos imaginarios y absurdos y a la vez cuestionaba la capacidad de la ciencia de enfrentar una peste invisible con toda clase de sueros. Peste que interpelaba la moral de un Dios que limpiaba las cloacas de ratas y que por alguna razón dejaba que murieran los niños y sobrevivieran los curas.
Enfrentarse a la vulnerabilidad que produce un virus cerrando las puertas, tapando las bocas es sin duda un absurdo como lo mostró Camus en La Peste. Absurdo que hoy se define por si mismo en los hechos y conductas que produce en el mundo y que parece sustentarse en la noción de un saber científico que se jacta de descubrir el origen de la vida en el genoma humano pero que no es capaz de controlar al virus de la influenza.
Absurdo que insiste en que ahora, gracias a la ciencia, la gente podrá seguir disfrutando del sexo y las caminatas a los 90 años. Se muestra en la noción de un hombre dominando a las enfermedades y que alimenta su poder ante un Dios al cual le gusta imaginar poco certero y que no ve, que no toca por que no es materia.
En La Peste Camus planteaba la irracionalidad de la existencia humana enfrentada con una noción de Dios y una moral humana débil. Algo similar ocurre hoy cuando el hombre defiende de manera irreverente una moral relativa ante la vida y la muerte. Moral que entiende que Levonorgestrel no es sinónimo de aborto y Tamiflu sinónimo de cura . Un hombre que crea vida de forma espontánea en un laboratorio y que frente a un virus que muta crea paliativos de dudosa eficacia pero que generan millones de dólares.
Aquello sobre lo que no tenemos control ha vuelto y asusta. Genera lucro en unos y pánico en otros. Aquel mal invisible, plaga del Siglo XXI que se filtra por el aíre de forma silenciosa, golpea repentinamente mostrando la vulnerabilidad del ser humano. Sigue teniendo la misma vigencia que en La Oran de Camus, al recordar que controlar la peste es pretender controlar la vida misma y por ende no existe nada más absurdo.
En La Peste Camus contaba la historia de un grupo de médicos lidiando con la muerte producida por algo desconocido mientras la ciudad argelina de Orán era barrida por una plaga. En la actualidad aparecen nuevos médicos enseñando nuevas formas de usar el jabón y el barbijo para atacar a un virus desconocido que más que muerte produce susto y descontrol.
Camus puso sobre la mesa una serie de preguntas relativas a la naturaleza y destino de la condición humana. La Peste planteó metáforas tanto de los dilemas interiores como la ética y política ante lo desconocido. A partir de personajes que iban desde médicos y curas, a mercaderes lucrando con la muerte nos planteó la reacción humana ante un otro invisible que en su simpleza es poderoso y lo doblega.
Aquel absurdo de La Peste se vuelve real en estos días y recuerda que vivir es enfrentarse a la irracionalidad de creer que la razón es capaz de conocer y controlar aquel mal inevitable que se expresa en un virus.
Para Camus la ausencia de sentido supremo es el "absurdo", y se mostraba como algo desconcertante y a la vez positivo. Planteaba que las nuevas razones de la existencia serían aquellas que vayan ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores a las personas (políticas, religiosas, ideológicas, etc.).
La novela nos mostró un sentido de la existencia manifestado principalmente en el apoyo mutuo de un pueblo ante la peste y en la libertad individual de optar por morir o por luchar. Planteamiento que hoy nos hace preguntarnos ¿qué tanto somos capaces de lidiar con el pánico? ¿Qué tanto somos capaces de hacer por el otro que muere de hambre y al que el barbijo no lo proteje?
Algo de lo que Camus planteó en La Peste ha vuelto por estos días. Igual que en la novela la influenza se irá un día de forma repentina, de la misma forma como apareció. La gripe “del chancho” se irá como hace tres años “la del pollo” y volverá mutando tal vez como “moquillo de perro” de acá a un tiempo.
Por ahora resta ver, como en La Peste, si el absurdo ayudará a valorar la vida humana por sí misma y su vulnerabilidad más allá de cualquier ideología, interés, credo o frontera. Mientras esto ocurre, mientras este texto acaba habrá que seguir lavándose las manos al menos doce veces al día y evitar besar a cualquier extraño que te sonría sin barbijo.
Los otros dicen “es la peste, ha habido peste”. Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más. (Albert Camus)
Estornudo tres veces sobre el teclado luego de leer que el virus AH1N1 traspasa fácilmente el paño del barbijo que compré a un boliviano para protegerme. Escribo en la sala de espera de algún aeropuerto, mientras analizo las conductas de los viajeros y los que controlan la seguridad. Ni unos ni otros saben muy bien que hacer, de que escaparse y a que bicho pisar, para detener a al virus de la primera pandemia “mas-media” del siglo XXI.
Me lavo las manos con aquel invento de alcohol con aroma a sandias que se desliza por mi piel como lubricante. Con las uñas limpias, con la compulsión instaurada en las yemas de mis dedos soy parte del circo del absurdo.
Desde que la OMS declaró a la gripe AH1N1 una pandemia 25,000 personas se contagiaron en el mundo y murieron 227 (el 0.98%). Una terrible amenaza sin duda que no se compara con el hecho de 273,000 niños nacidos en Bolivia cada año 7,400 mueren durante el primer mes de vida.
Revisando en la historia veo que la influenza H1N1 no es nueva. La pandemia más letal y conocida de este tipo fue la denominada gripe española que duró desde 1918 a 1919 y mato a al menos cincuenta millones de personas. La llamaron así porque España era el único país de Europa que no censuró los datos de la misma.
“Del chancho su gripe” la influenza AH1N1 llegó a Bolivia y contagió a la fecha a más de 100 personas. Llegó para despertar la conciencia adormilada en relación a la falacia de control que se tiene de lo externo. Falacia que hoy se sostiene, en un saber científico que define epidemias, prioriza males, crea medicamentos y establece el precio de la cura.
La respuesta de alarma a momentos desproporcionada ante la influenza es aparentemente irracional frente a otras epidemias como el VIH o el hambre mundial. El pánico creado otorga una máscara de racionalidad al absurdo que se expresa en acciones como impedir que los mexicanos pisen China o los Chilenos viajen a Brasil ¿Si es una pandemia global, porqué no se producen medicamentos genéricos sin costo y se los distribuye en el mundo? Se preguntará de forma irreverente alguien que no usa barbijo.
Parece ser que esta pandemia es tal en la medida que es sostenida por el pánico y la alarma y surge ante lo que no se conoce y que en esencia, como bien diría Camus en La Peste, es parte de la vida misma y nada más.
¿Será que la realidad copia a la literatura, como decía Borges, o simplemente hay un juego de perversión en hacer uso de una real pandemia para generar lucro y para elaborar discursos políticos a favor o en contra?
En esa medida, el absurdo hará que surjan por ahí algunos que digan que el virus apareció como un error del Pentágono o de Irán al crear armas químicas, otros que es una mentira provocada por las trasnacionales farmacéuticas para salir de la crisis económica. Esta situación sirve de excusa para volver a la noción existencialista de “lo absurdo” planteada por Camus en La Peste.
Escribo y estornudo recordando aquel viejo hombre que en la novela La Peste permanecía esperando la muerte desde el balcón de una vieja casa de Oran. Él miraba las ratas salir de las cloacas a morir a la calle de forma repentina y cada vez en mayor cantidad. Miraba con indiferencia, con cierta certeza ante la inminencia de la muerte. Permanecía con la calma de la vejez ante el rigor de la bacteria y, con cierta aura de invulnerabilidad, contaba las personas contagiadas por La Peste, aquellas que morían de fiebres altísimas y con los ganglios del cuerpo reventados.
En la novela evitar el contagio o buscar la cura a la peste, provocaba en los habitantes de Oran una serie de comportamientos imaginarios y absurdos y a la vez cuestionaba la capacidad de la ciencia de enfrentar una peste invisible con toda clase de sueros. Peste que interpelaba la moral de un Dios que limpiaba las cloacas de ratas y que por alguna razón dejaba que murieran los niños y sobrevivieran los curas.
Enfrentarse a la vulnerabilidad que produce un virus cerrando las puertas, tapando las bocas es sin duda un absurdo como lo mostró Camus en La Peste. Absurdo que hoy se define por si mismo en los hechos y conductas que produce en el mundo y que parece sustentarse en la noción de un saber científico que se jacta de descubrir el origen de la vida en el genoma humano pero que no es capaz de controlar al virus de la influenza.
Absurdo que insiste en que ahora, gracias a la ciencia, la gente podrá seguir disfrutando del sexo y las caminatas a los 90 años. Se muestra en la noción de un hombre dominando a las enfermedades y que alimenta su poder ante un Dios al cual le gusta imaginar poco certero y que no ve, que no toca por que no es materia.
En La Peste Camus planteaba la irracionalidad de la existencia humana enfrentada con una noción de Dios y una moral humana débil. Algo similar ocurre hoy cuando el hombre defiende de manera irreverente una moral relativa ante la vida y la muerte. Moral que entiende que Levonorgestrel no es sinónimo de aborto y Tamiflu sinónimo de cura . Un hombre que crea vida de forma espontánea en un laboratorio y que frente a un virus que muta crea paliativos de dudosa eficacia pero que generan millones de dólares.
Aquello sobre lo que no tenemos control ha vuelto y asusta. Genera lucro en unos y pánico en otros. Aquel mal invisible, plaga del Siglo XXI que se filtra por el aíre de forma silenciosa, golpea repentinamente mostrando la vulnerabilidad del ser humano. Sigue teniendo la misma vigencia que en La Oran de Camus, al recordar que controlar la peste es pretender controlar la vida misma y por ende no existe nada más absurdo.
En La Peste Camus contaba la historia de un grupo de médicos lidiando con la muerte producida por algo desconocido mientras la ciudad argelina de Orán era barrida por una plaga. En la actualidad aparecen nuevos médicos enseñando nuevas formas de usar el jabón y el barbijo para atacar a un virus desconocido que más que muerte produce susto y descontrol.
Camus puso sobre la mesa una serie de preguntas relativas a la naturaleza y destino de la condición humana. La Peste planteó metáforas tanto de los dilemas interiores como la ética y política ante lo desconocido. A partir de personajes que iban desde médicos y curas, a mercaderes lucrando con la muerte nos planteó la reacción humana ante un otro invisible que en su simpleza es poderoso y lo doblega.
Aquel absurdo de La Peste se vuelve real en estos días y recuerda que vivir es enfrentarse a la irracionalidad de creer que la razón es capaz de conocer y controlar aquel mal inevitable que se expresa en un virus.
Para Camus la ausencia de sentido supremo es el "absurdo", y se mostraba como algo desconcertante y a la vez positivo. Planteaba que las nuevas razones de la existencia serían aquellas que vayan ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores a las personas (políticas, religiosas, ideológicas, etc.).
La novela nos mostró un sentido de la existencia manifestado principalmente en el apoyo mutuo de un pueblo ante la peste y en la libertad individual de optar por morir o por luchar. Planteamiento que hoy nos hace preguntarnos ¿qué tanto somos capaces de lidiar con el pánico? ¿Qué tanto somos capaces de hacer por el otro que muere de hambre y al que el barbijo no lo proteje?
Algo de lo que Camus planteó en La Peste ha vuelto por estos días. Igual que en la novela la influenza se irá un día de forma repentina, de la misma forma como apareció. La gripe “del chancho” se irá como hace tres años “la del pollo” y volverá mutando tal vez como “moquillo de perro” de acá a un tiempo.
Por ahora resta ver, como en La Peste, si el absurdo ayudará a valorar la vida humana por sí misma y su vulnerabilidad más allá de cualquier ideología, interés, credo o frontera. Mientras esto ocurre, mientras este texto acaba habrá que seguir lavándose las manos al menos doce veces al día y evitar besar a cualquier extraño que te sonría sin barbijo.
jueves, junio 11, 2009
Dos miradas a Conductas Erráticas
Dos miradas a Conductas Erráticas....En ambos casos se agradecen los comentarios a mi persona...
Un abrazo a la gente que participó de este libro y a Liliana y Max...
Catorce golpes bajos
Wilmer Urrelo *
La invitación llegó por e-mail y sonaba rara. ¿Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi trabajaban en una antología de crónicas de no ficción? ¿Crónicas que además deberían ser, en lo posible, basadas en experiencias de impacto personal? Eso sonaba a chicos y chicas traumados, lo confieso. O bien a chicos y chicas escribiendo sobre sus traumas. ¡Y vaya traumas!
En fin, que pese a lo ya mencionado sonaba interesante. Para hacerla corta: transcurrieron unos meses y la búsqueda dio sus frutos. Frutos dispares. Exquisitos. Catorce crónicas que vienen a convertirse en un producto excéntrico dentro de la literatura boliviana. ¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos y bolivianas tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos.
Podemos hacerlo cuando nos tomamos unas copas, pero jamás lo hacemos escribiendo algo real. Real: que de verdad pasó en nuestras vidas. Porque muchas veces ocultamos esas experiencias bajo el manto siempre salvador de la ficción. Ese striptease al revés, como diría Vargas Llosa. Sin embargo, Conductas erráticas: Primera antología boliviana de no ficción (Aguilar, 2009) es un libro distinto. Es una joyita de ésas que no pueden dejar de leerse.
Son catorce, decía, las historias que reúne Conductas erráticas. Ahí está la nocturna crónica de Fernando Barrientos y el mundo del rock subterráneo (y la mutación, para muchos espantosa, que tuvo aquél en estos últimos años) o bien la de Giovanna Rivero Santa Cruz y el fantasma de una amiga suya y un año, el 85, imborrable en su memoria. Está también Juan González y la historia de un Jimi Hendrix truchón, sí, aunque por eso mismo verdadero e íntimo.
Pienso también en Maximiliano Barrientos y el retrato de una Santa Cruz fría, distante y violenta, y por qué las casas en las que vivimos durante nuestra vida siempre son importantes tarde o temprano. Hay más. Muchos más. Ya dije que son catorce historias. Está también Paul Tellería, viejo lobo en esto de las crónicas, y el retrato de un cuate suyo, presidiario y karateca. Inga Llorenti escribe acerca de una monja budista llamada Lobsang, y a la que los chinos le pegan todo el tiempo por reclamar lo que ella cree justo. Y Miguel Ángel Devia y un raro (y a ratos peligroso) viaje a La Habana por carretera vía Lima.
¿Y ahora? Pues hay más: Rodrigo Hasbún nos presenta un recuento de sus guerras personales con la música, la literatura y el cine. ¿Quiere usted ver a Edmundo Paz Soldán cuando tenía melena? Pues ahí está la crónica que escribió acerca de cómo llegó a los Estados Unidos por intermedio de una beca no de lucha libre, ni de béisbol, ni de dígalo con mímica, sino de soccer.
También el texto de Liliana Colanzi y el recuento de una vida agitada (no sólo la suya), agitadísima, que si mi abuela la hubiese leído pensaría que el verdadero infierno subió a la Tierra. Ah, también podrán leer las razones prácticas de porqué el Sebastián Antezana no usa reloj (y los inconvenientes que eso puede causar cuando uno está solo), e igualmente una imperdible historia del Evo y la Asamblea Constituyente escrita por Pablo Ortiz. Y también Anabel Gutiérrez y un retrato del fenómeno de El Niño a través de dos niños navegando por una calle metidos en una heladera (suena a invento, pero es cierto). Y como soy medio tímido y por lo tanto hipócrita, también podrán echarle un ojo a las razones de porqué éste que escribe no recuerda su niñez.
¿No lo dije ya? Son catorce golpes bajos. Necesarios. Imprescindibles. Que ya necesitábamos leer y ante todo escribir hace mucho tiempo. Muchas veces decimos que la literatura boliviana precisa, y con mucha urgencia, de un destape. Un destape en el sentido de la exploración de nuestras vidas. De nuestros mundos internos. Conductas erráticas lo hace. Y sin concesiones, que es lo bueno de todo. Por eso es un libro que se pelea con el mundo. Con este mundo. Una pelea sin licencias. Eso está bien. Eso se agradece.
Además, como otro buen regalo, trae un prefacio escrito por el mismísimo Juan Villoro.
¿Se puede pedir más?
* Narrador paceño
Texto: Álex Ayala Ugarten (http://alexayala.blogspot.com)
Gay Talese, Tom Wolfe, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinski, Truman Capote, Alberto Salcedo y otros grandes exponentes de la escritura de no-ficción tienen algo en común: los orígenes de todos ellos son periodísticos. Por eso, llama mucho la atención que el nuevo libro de Aguilar-Grupo Santillana, Conductas erráticas, calificado por la editorial como primera antología boliviana de no-ficción, esté encabezado principalmente por autores de ficción, la mayor parte de ellos de cuento y de novela. Para mí, algo poco serio, pues es como invitar a presentadores de televisión a formar parte de una antología de relatos cortos o a un veterinario a hacerse cargo de la cirugía de corazón de un paciente humano.
Reconozco que, si nos guiáramos por la definición de lo que no-ficción literalmente significa, se podría meter ahí dentro de todo un poco: las confesiones de un diario íntimo, perfiles, crónicas, reflexiones, autobiografías y un larguísimo etcétera. Pero si tomamos como referencia las publicaciones que se han dado bajo ese nombre desde hace varios años ya en diferentes países de América Latina y, desde hace bastante más, en los Estados Unidos, enseguida vemos que el término tiene ciertos límites. No porque uno diga que va a dar una vuelta a la calle y eso sea real vamos a meter sus palabras como parte de un libro de no-ficción. No sería ético, hasta podría entenderse como una burla.
Lamentablemente, eso es lo que uno halla en muchas de las páginas de Conductas erráticas, una obra que en ciertos momentos parece más una reunión de amigos que una verdadera antología. ¿Por qué no se han incluido en ella las historias de Erick Ortega, Javier Badani, Darwin Pinto, Roberto Navia y otros periodistas de nuestros medios que han ganado numerosos premios nacionales e internacionales gracias, precisamente, a sus relatos de no-ficción? ¿Dónde están los escritos de aquellos que llevan años cultivando la crónica en el país? Yo se lo diré: brillan por su ausencia.
Ombliguismo
Muchos autores que forman parte de la presente antología cumplen con los rasgos que a menudo están presentes en los géneros que tienen que ver con la no-ficción: construyen personajes, emplean distintos tipos de narrador, usan metáforas, manipulan el orden temporal, etc. Es decir, utilizan algunas herramientas literarias. Pero se olvidan justo de lo más importante: no cuentan una historia que cree cierta curiosidad en los lectores. Más bien, al contrario. Se dedican a hablar únicamente de sí mismos: de sus recuerdos, de sus viajes, de sus padres, de sus experiencias en el difícil universo de la escritura... y, en definitiva, de sus “ombligos”.
Maximiliano Barrientos (uno de los responsables de la selección de los materiales) lo reconoció hace poco en una entrevista. “Conductas erráticas es un muestrario de cómo un grupo de autores procesa sus experiencias y decide contarlas”. Y Wilmer Urrelo –uno de los participantes de la antología– calificaba el producto en el periódico La Prensa como “algo excéntrico dentro del mundo de la literatura boliviana”. “¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos”, decía.
Ante esto, cabe realizar dos observaciones. Primera: la no-ficción no forma parte de la literatura (la literatura está abonada a la ficción, a veces basada en hechos reales, pero ficción). Segunda: en la no-ficción no se trata de “hablar de nosotros mismos”, sino más bien de contar la vida de los otros. No basta con narrar un hecho cualquiera. Hace falta que éste agarre a los lectores, que sorprenda. Según Julio Villanueva Chang, uno de los grandes maestros de la no-ficción, un buen texto es aquel que “enciende la luz”, el que nos ilumina, y para conseguirlo es indispensable dedicar tiempo a la investigación de los temas, tener paciencia.
En este proceso, la experiencia personal es válida, así como el uso del “yo”, pero para certificar que uno estuvo ahí, a modo de testigo, no para robarse el show o para dejar de lado las indagaciones pertinentes. Si estás hablando del fenómeno de “La Niña”, como lo hace Anabel Gutiérrez en Conductas erráticas, lo lógico sería describir escenas vividas junto a los damnificados de la tragedia o reconstruirlas gracias a sus testimonios, pero no sentarse a hacer divagaciones en torno a una fotografía de unos muchachos montados en una heladera o hacer una aproximación tomando google como principal referencia.
En el texto de Anabel Gutiérrez uno encuentra, además, otras cosas peores. “Anoche olvidé meter la bolsa de hielo al congelador. El agua se ha derramado y rebalsa los estantes inferiores, empieza a gotear hacia mis pies. Puede que empiece a cubrirlos. Puede que me llegue a la cintura. Y que siga subiendo como lluvia que nace del cielo. Me levanta en vilo y también me hunde. Chocan entre sí los muebles provocando heridas con las astillas”, escribe imaginando. ¿No habíamos quedado en que la ficción se iba a quedar a un lado?
Sin llegar a tales extremos, otros autores, como el ya mencionado Barrientos o Rodrigo Hasbún, dan vueltas como trompo sobre sí mismos, contándonos que hace algún tiempo fotografiaron los autos estacionados en el parqueo de un supermercado cruceño o que leen a John Cheever, pero sin aterrizar realmente en ningún sitio en concreto. Liliana Colanzi, más de lo mismo, pues nos relata sus idas y retornos durante una época y sus innumerables fiestas. Y lo propio ocurre con Sebastián Antezana.
Como muestra, el comienzo del escrito de este último autor: “Esa tarde aparentemente no estaba pasando nada, nada que interrumpiera la usual rutina de los viajes, las conexiones y los aeropuertos. Sin embargo, para mí acaban de terminar semanas de nerviosismo y preparación para el vuelo a Londres, semanas de anticipación y algo parecido a la angustia. Iba a estudiar una maestría y sentía que dejar detrás la seguridad de lo familiar iba a ser doloroso”.
Otra vez el “yo”, el “yo”, el “yo”, pero no el “yo” observador, el “yo” intruso, sino el “yo” que se regodea sobre sí mismo. Señores, repito: la no-ficción no significa hablar una y otra vez de nosotros mismos. Eso tiene otro nombre, se llama gula. Y basta darse una vuelta por los mejores textos de no-ficción para darse cuenta de lo erróneo de la propuesta de Conductas erráticas. En el perfil “Frank Sinatra está resfriado”, Gay Talese hace hincapié en las debilidades del cantante. En A sangre fría, Truman Capote reconstruye un fatídico crimen. En Ébano, Kapuscinski nos muestra, a través de su experiencia, la compleja realidad del continente africano. Y la forma de usar el “yo” en todos ellos tiene como objetivo final contar lo interesante de la vida de “los otros”.
Siguiendo ese camino de esfuerzo por hablar de otras personas, pese a todo, en Conductas erráticas hay al menos algunos trabajos que podrían destacarse. Juan González, por ejemplo, se aproxima con acierto a un tipo que tiene una onda a lo Jimi Hendrix y lo retrata. Wilmer Urrelo, desde La Paz, recuerda unas inundaciones en la calle Tejada Sorzano. La periodista Inga Llorenti se adentra con talento en las cotidianidades de Lobsang, una monja budista. Pablo Ortiz, también periodista, nos regala un buen relato sobre Evo Morales y la Asamblea Constituyente. Y Paul Tellería dibuja la difícil existencia entre rejas de un presidiario amigo suyo.
Pero para mí no es suficiente para justificar semejante pseudo-antología. Echo en falta en ella más arquitectura, el afán por contarnos más historias. Y creo en términos generales que, como diría Villanueva Chang, han convertido el periodismo –una de las bases fundamentales de la no-ficción– en un mero “adjetivo” y lo literario en lo “sustantivo”, cuando debería ser al revés.
Que conste finalmente que no sostengo todas estas afirmaciones por recelo, pues nunca he sido crítico con lo que muchos llaman “intrusismo profesional”. Es más, me encanta que haya periodistas que escriban novelas y que haya escritores, como Edmundo Paz Soldán, que hagan a veces periodismo. Resulta enriquecedor. Sin embargo, no me gusta que se confundan las cosas. Y pienso que catalogar Conductas erráticas como antología de no-ficción es confundirlas. Antología testimonial sonaría mucho mejor, más íntegro. Lo otro me sabe a mamada
Un abrazo a la gente que participó de este libro y a Liliana y Max...
Catorce golpes bajos
Wilmer Urrelo *
La invitación llegó por e-mail y sonaba rara. ¿Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi trabajaban en una antología de crónicas de no ficción? ¿Crónicas que además deberían ser, en lo posible, basadas en experiencias de impacto personal? Eso sonaba a chicos y chicas traumados, lo confieso. O bien a chicos y chicas escribiendo sobre sus traumas. ¡Y vaya traumas!
En fin, que pese a lo ya mencionado sonaba interesante. Para hacerla corta: transcurrieron unos meses y la búsqueda dio sus frutos. Frutos dispares. Exquisitos. Catorce crónicas que vienen a convertirse en un producto excéntrico dentro de la literatura boliviana. ¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos y bolivianas tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos.
Podemos hacerlo cuando nos tomamos unas copas, pero jamás lo hacemos escribiendo algo real. Real: que de verdad pasó en nuestras vidas. Porque muchas veces ocultamos esas experiencias bajo el manto siempre salvador de la ficción. Ese striptease al revés, como diría Vargas Llosa. Sin embargo, Conductas erráticas: Primera antología boliviana de no ficción (Aguilar, 2009) es un libro distinto. Es una joyita de ésas que no pueden dejar de leerse.
Son catorce, decía, las historias que reúne Conductas erráticas. Ahí está la nocturna crónica de Fernando Barrientos y el mundo del rock subterráneo (y la mutación, para muchos espantosa, que tuvo aquél en estos últimos años) o bien la de Giovanna Rivero Santa Cruz y el fantasma de una amiga suya y un año, el 85, imborrable en su memoria. Está también Juan González y la historia de un Jimi Hendrix truchón, sí, aunque por eso mismo verdadero e íntimo.
Pienso también en Maximiliano Barrientos y el retrato de una Santa Cruz fría, distante y violenta, y por qué las casas en las que vivimos durante nuestra vida siempre son importantes tarde o temprano. Hay más. Muchos más. Ya dije que son catorce historias. Está también Paul Tellería, viejo lobo en esto de las crónicas, y el retrato de un cuate suyo, presidiario y karateca. Inga Llorenti escribe acerca de una monja budista llamada Lobsang, y a la que los chinos le pegan todo el tiempo por reclamar lo que ella cree justo. Y Miguel Ángel Devia y un raro (y a ratos peligroso) viaje a La Habana por carretera vía Lima.
¿Y ahora? Pues hay más: Rodrigo Hasbún nos presenta un recuento de sus guerras personales con la música, la literatura y el cine. ¿Quiere usted ver a Edmundo Paz Soldán cuando tenía melena? Pues ahí está la crónica que escribió acerca de cómo llegó a los Estados Unidos por intermedio de una beca no de lucha libre, ni de béisbol, ni de dígalo con mímica, sino de soccer.
También el texto de Liliana Colanzi y el recuento de una vida agitada (no sólo la suya), agitadísima, que si mi abuela la hubiese leído pensaría que el verdadero infierno subió a la Tierra. Ah, también podrán leer las razones prácticas de porqué el Sebastián Antezana no usa reloj (y los inconvenientes que eso puede causar cuando uno está solo), e igualmente una imperdible historia del Evo y la Asamblea Constituyente escrita por Pablo Ortiz. Y también Anabel Gutiérrez y un retrato del fenómeno de El Niño a través de dos niños navegando por una calle metidos en una heladera (suena a invento, pero es cierto). Y como soy medio tímido y por lo tanto hipócrita, también podrán echarle un ojo a las razones de porqué éste que escribe no recuerda su niñez.
¿No lo dije ya? Son catorce golpes bajos. Necesarios. Imprescindibles. Que ya necesitábamos leer y ante todo escribir hace mucho tiempo. Muchas veces decimos que la literatura boliviana precisa, y con mucha urgencia, de un destape. Un destape en el sentido de la exploración de nuestras vidas. De nuestros mundos internos. Conductas erráticas lo hace. Y sin concesiones, que es lo bueno de todo. Por eso es un libro que se pelea con el mundo. Con este mundo. Una pelea sin licencias. Eso está bien. Eso se agradece.
Además, como otro buen regalo, trae un prefacio escrito por el mismísimo Juan Villoro.
¿Se puede pedir más?
* Narrador paceño
Texto: Álex Ayala Ugarten (http://alexayala.blogspot.com)
Gay Talese, Tom Wolfe, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinski, Truman Capote, Alberto Salcedo y otros grandes exponentes de la escritura de no-ficción tienen algo en común: los orígenes de todos ellos son periodísticos. Por eso, llama mucho la atención que el nuevo libro de Aguilar-Grupo Santillana, Conductas erráticas, calificado por la editorial como primera antología boliviana de no-ficción, esté encabezado principalmente por autores de ficción, la mayor parte de ellos de cuento y de novela. Para mí, algo poco serio, pues es como invitar a presentadores de televisión a formar parte de una antología de relatos cortos o a un veterinario a hacerse cargo de la cirugía de corazón de un paciente humano.
Reconozco que, si nos guiáramos por la definición de lo que no-ficción literalmente significa, se podría meter ahí dentro de todo un poco: las confesiones de un diario íntimo, perfiles, crónicas, reflexiones, autobiografías y un larguísimo etcétera. Pero si tomamos como referencia las publicaciones que se han dado bajo ese nombre desde hace varios años ya en diferentes países de América Latina y, desde hace bastante más, en los Estados Unidos, enseguida vemos que el término tiene ciertos límites. No porque uno diga que va a dar una vuelta a la calle y eso sea real vamos a meter sus palabras como parte de un libro de no-ficción. No sería ético, hasta podría entenderse como una burla.
Lamentablemente, eso es lo que uno halla en muchas de las páginas de Conductas erráticas, una obra que en ciertos momentos parece más una reunión de amigos que una verdadera antología. ¿Por qué no se han incluido en ella las historias de Erick Ortega, Javier Badani, Darwin Pinto, Roberto Navia y otros periodistas de nuestros medios que han ganado numerosos premios nacionales e internacionales gracias, precisamente, a sus relatos de no-ficción? ¿Dónde están los escritos de aquellos que llevan años cultivando la crónica en el país? Yo se lo diré: brillan por su ausencia.
Ombliguismo
Muchos autores que forman parte de la presente antología cumplen con los rasgos que a menudo están presentes en los géneros que tienen que ver con la no-ficción: construyen personajes, emplean distintos tipos de narrador, usan metáforas, manipulan el orden temporal, etc. Es decir, utilizan algunas herramientas literarias. Pero se olvidan justo de lo más importante: no cuentan una historia que cree cierta curiosidad en los lectores. Más bien, al contrario. Se dedican a hablar únicamente de sí mismos: de sus recuerdos, de sus viajes, de sus padres, de sus experiencias en el difícil universo de la escritura... y, en definitiva, de sus “ombligos”.
Maximiliano Barrientos (uno de los responsables de la selección de los materiales) lo reconoció hace poco en una entrevista. “Conductas erráticas es un muestrario de cómo un grupo de autores procesa sus experiencias y decide contarlas”. Y Wilmer Urrelo –uno de los participantes de la antología– calificaba el producto en el periódico La Prensa como “algo excéntrico dentro del mundo de la literatura boliviana”. “¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos”, decía.
Ante esto, cabe realizar dos observaciones. Primera: la no-ficción no forma parte de la literatura (la literatura está abonada a la ficción, a veces basada en hechos reales, pero ficción). Segunda: en la no-ficción no se trata de “hablar de nosotros mismos”, sino más bien de contar la vida de los otros. No basta con narrar un hecho cualquiera. Hace falta que éste agarre a los lectores, que sorprenda. Según Julio Villanueva Chang, uno de los grandes maestros de la no-ficción, un buen texto es aquel que “enciende la luz”, el que nos ilumina, y para conseguirlo es indispensable dedicar tiempo a la investigación de los temas, tener paciencia.
En este proceso, la experiencia personal es válida, así como el uso del “yo”, pero para certificar que uno estuvo ahí, a modo de testigo, no para robarse el show o para dejar de lado las indagaciones pertinentes. Si estás hablando del fenómeno de “La Niña”, como lo hace Anabel Gutiérrez en Conductas erráticas, lo lógico sería describir escenas vividas junto a los damnificados de la tragedia o reconstruirlas gracias a sus testimonios, pero no sentarse a hacer divagaciones en torno a una fotografía de unos muchachos montados en una heladera o hacer una aproximación tomando google como principal referencia.
En el texto de Anabel Gutiérrez uno encuentra, además, otras cosas peores. “Anoche olvidé meter la bolsa de hielo al congelador. El agua se ha derramado y rebalsa los estantes inferiores, empieza a gotear hacia mis pies. Puede que empiece a cubrirlos. Puede que me llegue a la cintura. Y que siga subiendo como lluvia que nace del cielo. Me levanta en vilo y también me hunde. Chocan entre sí los muebles provocando heridas con las astillas”, escribe imaginando. ¿No habíamos quedado en que la ficción se iba a quedar a un lado?
Sin llegar a tales extremos, otros autores, como el ya mencionado Barrientos o Rodrigo Hasbún, dan vueltas como trompo sobre sí mismos, contándonos que hace algún tiempo fotografiaron los autos estacionados en el parqueo de un supermercado cruceño o que leen a John Cheever, pero sin aterrizar realmente en ningún sitio en concreto. Liliana Colanzi, más de lo mismo, pues nos relata sus idas y retornos durante una época y sus innumerables fiestas. Y lo propio ocurre con Sebastián Antezana.
Como muestra, el comienzo del escrito de este último autor: “Esa tarde aparentemente no estaba pasando nada, nada que interrumpiera la usual rutina de los viajes, las conexiones y los aeropuertos. Sin embargo, para mí acaban de terminar semanas de nerviosismo y preparación para el vuelo a Londres, semanas de anticipación y algo parecido a la angustia. Iba a estudiar una maestría y sentía que dejar detrás la seguridad de lo familiar iba a ser doloroso”.
Otra vez el “yo”, el “yo”, el “yo”, pero no el “yo” observador, el “yo” intruso, sino el “yo” que se regodea sobre sí mismo. Señores, repito: la no-ficción no significa hablar una y otra vez de nosotros mismos. Eso tiene otro nombre, se llama gula. Y basta darse una vuelta por los mejores textos de no-ficción para darse cuenta de lo erróneo de la propuesta de Conductas erráticas. En el perfil “Frank Sinatra está resfriado”, Gay Talese hace hincapié en las debilidades del cantante. En A sangre fría, Truman Capote reconstruye un fatídico crimen. En Ébano, Kapuscinski nos muestra, a través de su experiencia, la compleja realidad del continente africano. Y la forma de usar el “yo” en todos ellos tiene como objetivo final contar lo interesante de la vida de “los otros”.
Siguiendo ese camino de esfuerzo por hablar de otras personas, pese a todo, en Conductas erráticas hay al menos algunos trabajos que podrían destacarse. Juan González, por ejemplo, se aproxima con acierto a un tipo que tiene una onda a lo Jimi Hendrix y lo retrata. Wilmer Urrelo, desde La Paz, recuerda unas inundaciones en la calle Tejada Sorzano. La periodista Inga Llorenti se adentra con talento en las cotidianidades de Lobsang, una monja budista. Pablo Ortiz, también periodista, nos regala un buen relato sobre Evo Morales y la Asamblea Constituyente. Y Paul Tellería dibuja la difícil existencia entre rejas de un presidiario amigo suyo.
Pero para mí no es suficiente para justificar semejante pseudo-antología. Echo en falta en ella más arquitectura, el afán por contarnos más historias. Y creo en términos generales que, como diría Villanueva Chang, han convertido el periodismo –una de las bases fundamentales de la no-ficción– en un mero “adjetivo” y lo literario en lo “sustantivo”, cuando debería ser al revés.
Que conste finalmente que no sostengo todas estas afirmaciones por recelo, pues nunca he sido crítico con lo que muchos llaman “intrusismo profesional”. Es más, me encanta que haya periodistas que escriban novelas y que haya escritores, como Edmundo Paz Soldán, que hagan a veces periodismo. Resulta enriquecedor. Sin embargo, no me gusta que se confundan las cosas. Y pienso que catalogar Conductas erráticas como antología de no-ficción es confundirlas. Antología testimonial sonaría mucho mejor, más íntegro. Lo otro me sabe a mamada
martes, mayo 19, 2009
Saudades Concurridas...
Dos o tres nostalgias se acercan a la puerta, esa que empieza cerca de mis ojos, delante mis orejas. Escupen una suma de saudades, un resto de añoranzas y se duermen, en el arrullo de una Nacha Guevara, en el susurro que recuerda que te quise cómo amor, cómo cómplice, cómo todo.
Dos o tres nostalgias a su ausencia se disfrazan de soledades concurridas. No entienden de ajos ni escobas tras la puerta, que no saben de gatos, ni de mansos sortilegios para escapar de la sombra de una mujer desnuda y en lo oscuro.
Son simplemente soledades que hablan, que neuróticas clasifican la memoria y fundan el recuerdo en suma de sentires, de olores, de tactos, de sabores rancios.
Son nostalgias que añoran el rostro de vos, que han fracasado en la táctica que han muerto fieles a su estrategia y que sin embargo añoran y todavía esperan una nueva bienvenida, ser de su mano nuevamente pueblo.
Son nostalgias que recuerdan un olvido lleno de memorias. Que gritan desde el otro lado del espejo que no me salve, que no me rinda en la oficina, o en el parque, o en las sábanas.
Son memorias de las que arañan y recuerdan que de este lado todavía sigue siendo mejor llorarse las mentiras que cantarse las verdades.
(Gracias Mario Benedetti)
Dos o tres nostalgias a su ausencia se disfrazan de soledades concurridas. No entienden de ajos ni escobas tras la puerta, que no saben de gatos, ni de mansos sortilegios para escapar de la sombra de una mujer desnuda y en lo oscuro.
Son simplemente soledades que hablan, que neuróticas clasifican la memoria y fundan el recuerdo en suma de sentires, de olores, de tactos, de sabores rancios.
Son nostalgias que añoran el rostro de vos, que han fracasado en la táctica que han muerto fieles a su estrategia y que sin embargo añoran y todavía esperan una nueva bienvenida, ser de su mano nuevamente pueblo.
Son nostalgias que recuerdan un olvido lleno de memorias. Que gritan desde el otro lado del espejo que no me salve, que no me rinda en la oficina, o en el parque, o en las sábanas.
Son memorias de las que arañan y recuerdan que de este lado todavía sigue siendo mejor llorarse las mentiras que cantarse las verdades.
(Gracias Mario Benedetti)
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