lunes, septiembre 28, 2009

Pavese y la Diosa Blanca




El suicida es un homicida tímido (Cesar Pavese)

El 9 de septiembre de este año se cumplieron 101 del nacimiento de Cesar Pavese y el 27 de agosto 59 años de su muerte. Hace un año habría cumplido 100 años, lo cual hubiera sido biológicamente poco probable aunque tal vez alcanzable, con una vida rigurosa y aburrida. Pavese, no quiso ese tipo de vida y decidió adelantar la cuenta de los años en una pequeña habitación de un hotel de Turín suicidándose a sus 42 años.

Como era de esperar hace un año Francia, Italia y España reeditaron con pompa y homenajes sus libros rescatados del olvido. Los centenarios siempre son un buen pretexto para la farándula, una excusa para llenar páginas con referencias al autor.
No es idea de esta nota realizar un ensayo literario sobre la obra poética de Pavese, tampoco tomar como pretexto su muerte para una apología o crítica al suicidio. Para lo primero están los literatos hábiles y lúcidos, quienes hablarán con mayor rigurosidad de su obra. De lo segundo y lo tercero que se encarguen los curas o los surrealistas.

Aquellos que no saben o no quieren vencer la soledad interior deciden irse antes, Pavese lo sabía; la nada, la muerte fuente de su vocación, eran también su condena. “Para todos tiene la muerte una mirada decía” pues él prefirió mirar sus ojos antes que, adormilado por la vejez, sea la parca quien se los muestre.
Pavese prefirió morir en completa lucidez y plena conciencia de sus actos, cuentan que el día de su muerte dejó de manera significativa, como una reliquia enigmática sobre la mesita de noche del hotel, un ejemplar de su obra “Diálogos con Léuco” (de la cual sólo tuve la suerte de leer unos pasajes citados), junto a su conocida nota final de despedida: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Va bien? No chismeen demasiado” Dicen que ese día también llevaba consigo su diario personal “El Oficio de Vivir”, un cuaderno con sus últimos poemas y 16 frascos con pastillas para dormir. Antes de irse hizo tres llamadas telefónicas, para invitar a comer a tres diferentes mujeres, ninguna quiso, ninguna pudo.

Pavese murió por que supo que tenía que irse, encerrado en un hotel luego de haber recibido un premio literario por su libro “El bello verano”. Una muestra más de que su muerte era el punto final a su obra, es que Pavese no encajaba en el perfil del suicida dependiente que se mata por el amor no correspondido hacia una musa. Encarnaba, en su melancolía a cuestas la angustia (esa Sartriana) hacia la nada y que se expresaba en frases como “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata por que un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”

El oficio de vivir, bajo la sombra de la muerte en Pavese, era el reflejo de una relación con la gente que lo agotaba, una forma de ver la vida que plasmó en toda su obra. La decisión de Pavese de marcharse fue absolutamente personal y meditada, en extremo coherente con su desesperanza. Al final el suicidio fue, en él, un acto de completa coherencia para poner punto final a su obra.

Pavese se fue por que quería, reconociendo, ya desde sus 40 que el suicidio estaba presente de forma insistente como única posible forma de enfrentar la muerte. “Todo esto da asco, basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.”, dijo Pavese en las páginas de su diario que concluyó 9 días antes de morir. “El suicida es un homicida tímido” también había dicho, para reivindicar magistralmente el acto de irse, por voluntad propia.

Pavese hasta el día de su muerte creyó en la fuerza del mito, en la medida de que este era un lenguaje, un medio expresivo, no algo arbitrario, sino un vivero de símbolos, al que pertenece como a todos los lenguajes una particular sustancia de significados (1)

Pavese se valió del mito como forma de expresar simbólicamente su realidad, el mito traspasó la ficción para instalarse en su vida, no fue por azar que el día de su muerte dejó el libro de sus coloquios míticos “Diálogos con Leucó” como bien dice García Gual, …” como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, como un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos, entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre…”

Pavese no sólo como poeta y novelista, sino como ensayista e intelectual se preocupó por leer varios tipos de mitologías, pero probablemente la griega, por la riqueza de esa mitología, con una larga literatura que la transmitió, era incomparable y de una gran “madurez mítica” para él ¿pero por qué Diálogos con Leuco?.
Leucó es un diminutivo de Leucótea “La diosa blanca”, cuando uno se entera quien era Leucótea, probablemente encuentra la verdadera razón que escogió Pavese, un apasionado por la Odisea, para el título del libro, obra que lo acompañó de manera simbólica hasta su muerte.

Leucótea “la Diosa blanca”, era una, divinidad menor, lejos de los grandes dioses del Olimpo. Tiene una sola una aparición importante en la en la Odisea para auxiliar a Ulises, zarandeado en su balsa por una furiosa tempestad enviada por Poseidón. Aparece de pronto del mar como una gaviota, habla con Ulises y le dice que abandone su balsa y se lance al mar, embravecido por la tormenta, sólo usando su velo mágico como abrigo y nade. Ulises, algo desconfiado obedece a Leucó y dos días después llega a nado a Feacia.

En “Diálogos con Leuco”, Leucótea aparece dos veces, en los coloquios en que Pavese, inspirado en Ulises y la Odisea, trae el motivo recurrente de la inmortalidad divina enfrentada a la existencia mortal, ambas condiciones se revelan como insatisfactorias .

Leucótea, he aquí tal vez el nexo de el mito con la vida de Pavese, era una mujer mortal que, desesperada, se suicida lanzándose al mar, sin embargo los dioses le conceden el extraño privilegio, de salvarla de la muerte. Leucótea es redimida por capricho de los dioses y emerge luego del fondo del mar en condición de diosa para ayudar a Ulises.

Pavese recurrente en vida con el hecho suicida, pareciera que hubiera escogido el mito exacto, de aquella diosa para expresar sus propias inquietudes y angustias. Es este juego entre la inmortalidad divina y una existencia mortal, ambas insatisfactorias, que recoge Pavese en la historia de Leucótea, para plasmar su relación con la muerte. Una mujer, que insatisfecha con su vida, decide matarse lanzándose al mar; sin embargo no muere queda entrampada en una existencia eterna como diosa cuyo destino es salvar de la muerte a otros, existencia eterna que es a su vez, es un mandato y un castigo.

Pavese recurrió a los mitos griegos como si en esas imágenes y en sus destinos trágicos hallara un medio para dar curso a esos anhelos sin respuesta.
Sin duda los mitos pueden ser usados, como forma de simbolizar la realidad, pero no son la realidad en si misma, rescatando de ellos la historia, la simbología para significar una realidad que más de una vez perturba, que más de una vez no se entiende.

El velo mágico de Leucó, fue usado por Ulises como un salvavidas para evitar el naufragio. Pero sólo por un tiempo; al final cuando éste, a salvo, nuevamente se enfrenta a la inquietud cotidiana, es decir a la realidad, por último a vivir. Quedarse con el velo en el agua sería morir, uno debe usar el velo para lo que ha sido hecho y continuar, permanecer en el mito es a su vez no vivir. Al final vivir es real y no tiene nada de la lírica o épica del mito. La realidad se nutre de la ficción, pero desprovista de esta duele, como el hecho de vivir. Ante esta certeza más de uno prefiere quedarse flotando en el agua, aferrado al velo de Leucó o lanzarse al mar con la esperanza de que los dioses lo rediman mediante una inmortalidad.

Tal vez Pavese en su relación con la vida prefería el mito, tal vez por eso “diálogos con Leucó” era la obra que mejor lo definía, llegó a escribir poco antes de su suicidio– que era su “carta de presentación ante la posteridad” , tal vez por eso dejó junto a su cadáver el libro de aquellos coloquios míticos con la mitología griega, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta.

Algo sin duda buscó en el último instante de vida, en la última charla con Leuco, tal vez buscó una puerta al mar de Leucó, en el que esperaba ser recibido por sus aguas, quien sabe deseando la misma tortuosa inmortalidad de la Diosa Blanca. Tal vez Pavese decidió el día de su muerte fundirse con ella, como última esperanza de redención, acompañada del acto de pedir perdón. Dicen que hasta en el acto más agónico del suicida hay un soplo de esperanza, tal vez por eso, cuenta la superstición católica, que si el suicida un segundo antes de morir se arrepiente se salva.

Pavese probablemente buscó antes de morir que el mito sea testigo de su muerte y que sean los ojos de Leucó” los que miren como dejaba este mundo. El encuentro con el mito como forma de abrochar su vida, con la simbología que uso para soportarla, fue el juego, el símbolo último que nos dejó.

Pavese escogió el mito de una suicida que luego devino en diosa para entablar un diálogo en vida con la muerte y dejar que sea ella, desde “Diálogos con Leucó”, la única testigo de la verdadera razón de su partida.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo.
Tus ojos serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así lo ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.
Cesar Pavese

(1) Extracto de Diálogos con Leuco (Ensayo sobre Cesar Pavese por Carlos García Gual)

jueves, septiembre 10, 2009

boomerang

....Vuelve lo que va, yendose retorna...

Tratame bien...¿te trato bien?

martes, septiembre 08, 2009

Triquina


No era Rimbaud, sólo era un niño indio (Roberto Bolaño)

El poeta anoche volvió a reir con carcajada sorda, por que sólo escuchó el eco de su sorna.

El poeta puso el adjetivo encebollado en mi prosa y se jactó una vez más de ser anarquista y minimalista.

El poeta sabe dar palo con cicuta y con clase a la prosa banal, burlándose de los escritores y crónistas neobarrocos de La Paz. Ese poeta, sí, de ése hablo, el que dice que construyó su casita de 3 pisos gracias a la poesía y que anoche se dio el lujo de quitar algunos versos de un poema de Nicanor Parra, con marcador verde, antes de leerlos por considerarlos excremento.

Ese poeta, ese "cholo ilustrado" que escucha Bach más que morenada y al cual Jaime Saenz le dedicó un poema luego de que él mando a la mierda a los talleres Krupp, ese poeta con apellido que suena como el apodo de un caricaturista argentino, sabe como poner el acento en la palabra.

Ese poeta, sin duda sabrán de quien habló ayer me albergó en su biblioteca y me enseñó el truco para dormir poco o casí nada y leer más o casi nada. Ayer me invitó singani con agua de la pila, tabaco negro y marraquetas a la mañana y me contó de los sombreros que hacía su padre y de la muerte de su madre a sus seís años.

Ese poeta sonrió borracho ante mis incoherencias contaminadas de tanto tóxico. Aquel anarquista de palabra precisa y herética ayer dormitó, en mitad de su sillón, abrazado de un párrafo lleno de prosa banal, mirando de rato en rato entre bostezo y bostezo un cuadro que le ganó al Edgar Arandia en una apuesta.

Ese es el poeta, que conoció el valor de abrirse espacio a puñetazos en la constelación de escritores burgueses y aprendió de memoria el numero de peldaños que conducen a su biblioteca, los cuales descendió ayer en silencio reverrente ante un carajazo de su hija. Biblioteca donde está la cama de torneado y barroco respaldar, en la que duerme dos horas cada noche.

Lo conocí hace 15 años, lo reencontré hace dos meses y llenamos de ácido las palabras y de singani los pulmones. Ese poeta no es mi amigo, ni nada parecido, eso si es el único poeta por el que me sacó el sombrero en mitad de una cantina y el saca una sonrisa de su boca para pintar de barrocos y huecos halagos mi prosa. Ese poeta sabe pintar palabras y me regaló ayer un abrazo más antiguo que el que contenía al Felipe y Peña y Lillo o visceversa.

Ese poeta es un maestro lo cual es mucho, lo cual es nada.

Al final me pregunto ¿qué cosa me habrá querido enseñar a la madrugada con Bach y chalina de alpaca burlándose de mis divagues lacanianos y mi prosa banal?

Celebración de un infante
Mi infancia era un humo azul
Un punto ciego en el cuarto escarlata
El mago Tou Fou acariciaba mis cabellos
Mi padre cabalgaba sobre mi vieja cuna
Como si estuviera fuera el mundo y su pesadumbre
Mi madre medusa comía una naranja
Su pálida tristeza me hundía en la gracia
En esa espuma desconocida y áspera que sería mi destino

Mi infancia era una selva de sombreros y falacias
Querubín luciferino / Mí gloria era el infierno
El esqueleto de un caballo
Y ese hueco en la niebla donde una maldición tejía
Ya el telón había caído sobre mi razón
Y sólo tenía la certeza
De haber sido echado del paraíso
Entonces / Me desaté la lengua
Me rompí un brazo
Y me masturbé como un simio.

Humberto Quino Marquez

viernes, septiembre 04, 2009

Tengo

Tengo en un archivo de la computadora mi nuevo, compuesto de quince cuentos inconclusos (1 casi terminado, los otros en maqueta) sobre violencia de género. Tengo ganas de tenerlo listo antes de agosto del 2011.

Tengo 60 libros pendientes que me propuse terminar de leer hasta fin de año.

Tengo un poema largo en cuatro partes del que ya escribi 5 versos que me salieron horribles y mediocres.

Tengo una ansiedad como de año nuevo, como dice Charly, y tengo un espacio listo esperando a su nuevo disco que llegará de Baires en unos días por encargo.

Tengo en mi vida una mujer que se llama igual que mi hija, muerde mis temores con sus risas y se vuelve una oruguita de cabellos largos entre mis sábanas.

Tengo amigos y amigas, escritores, músicos, burócratas, banqueros, actores, literatos, poetas, aburridos, chistosos, interesantes, sabios, vagos, ociosos, burgueses, masistas, podemistas, anarquistas, grafitteros, caricaturistas, motoqueros, cocanis, centralistas, tarkus, yungueños, cambas, chapacos, paceños, gringos, europeos, cristianos, budistas, ateos...y más pajas..

Tengo más de mil razones como dice Sabina para no cortarme de un tajo las venas, la primera mi hija, la segunda mis libros, la tercera las páginas en blanco que aún no he escrito.



Tengo ganas de creer nuevamente

lunes, julio 13, 2009

De Paredes y Pavese

A ti, cuando leas esto tal vez comprendas…

Ayer a las 7:30 am, un profesional lamparero extirpó las lámparas de la sala y una semilla rodó por el piso en la cirugía. Fue inevitable no recordar la noche que las colocaste. Fue agradable evocar el reflejo de la ciudad en aquel lunar -café con leche cerca de tu ombligo- que tanto me gustaba morder. Te vi parada sobre la mesa, con aquel mal humor de miel, estirando los brazos, prolongando tu estatura para sentar tu presencia transformada en la luz de mi sala. Hoy aquella luz ha cesado. Ese juego caprichoso que dibujaba sombras de la china, gaviotas del pacífico y murciélagos benianos en las paredes ya nos es más. Las nuevas lámparas tienen un reflejo más convencional, un estilo más a tono con la nueva vida que empiezo.

Hoy cambié de lugar el dormitorio, al cuarto aquel que no sabiamos bien si era escritorio, sala de video o living de segunda. El que solía ser tu refugio para la siesta de la tarde o tus mantras de kundalini solitarios es hoy mi nuevo cuarto. Creo que desde su ventana será más agradable mirar la ciudad en el insomnio y la vigilia. Estoy seguro que te gustaría quedarte colgada en el lado derecho de la cama, mirando las luces de la ciudad filtrandose por la ventana, o ayudar con algún gémido a que las rajaduras en la pared crezcan.

Hoy al cambiar de lugar la biblioteca me vino la resaca de una discusión con sabor a pasado en una plaza de Rurre, decidí conjurarte y con ese aíre de libromancia matinal, abrí La vida está en otra parte" de Kundera, en la pagina 215. Sorpresivamente en mitad de la página encontré una foto tuya que había dado por perdida hace tiempo. Tu sonrisa de Mona Liza me impidió leer el primer párrafo, di la vuelta la foto y a la altura de la primera vertebra cervical de tu espalda - esa que se contraías ante las discusiones no dichas, los traqueteos de ambulancia y las peleas de oficina- pude leer las cosas que solías decir cuando tu piel sudaba lo que solías sudar, pude ver la mirada que solías mostrar cuando por tus ojos se filtraba el aroma a mar que tu sexo solía regalar.

Comprenderás que nuevamente una broma tuya volvió para decirme que no sería tan fácil enterrar tu cuerpo y parece ser que de ves en cuando tu olor invadirá las paredes por más que estén bien pintadas.

Así es, las lámparas se fueron, la pintura de cantina en las paredes también y tu imágen en Rurre volvió como última despedida. Debo confesar que junto con tu foto, también la máscara dejó la columna hoy, junto con la pulsera aquella que dejó olvidado algún israelita en El Mosquito y decidiste regalarme. Hoy son fetiches (sabes que soy maniático) y ocuparán un lugar libre de humedad en el lado más izquierdo del ropero más lejano, del cuarto menos visitado de la casa.

Las paredes blancas y la cama en otro cuarto hoy esperan, mientras tanto es probable que esta noche vuelva a escuchar esa recurrente canción de Bebe y puede que espante a tu fantasma con este poema de Pavese

Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos
Cesar Pavese

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

lunes, julio 06, 2009

Pestes y Chanchos

Pestes y chanchos

Los otros dicen “es la peste, ha habido peste”. Por poco piden que les den una condecoración. Pero, ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y nada más. (Albert Camus)

Estornudo tres veces sobre el teclado luego de leer que el virus AH1N1 traspasa fácilmente el paño del barbijo que compré a un boliviano para protegerme. Escribo en la sala de espera de algún aeropuerto, mientras analizo las conductas de los viajeros y los que controlan la seguridad. Ni unos ni otros saben muy bien que hacer, de que escaparse y a que bicho pisar, para detener a al virus de la primera pandemia “mas-media” del siglo XXI.

Me lavo las manos con aquel invento de alcohol con aroma a sandias que se desliza por mi piel como lubricante. Con las uñas limpias, con la compulsión instaurada en las yemas de mis dedos soy parte del circo del absurdo.

Desde que la OMS declaró a la gripe AH1N1 una pandemia 25,000 personas se contagiaron en el mundo y murieron 227 (el 0.98%). Una terrible amenaza sin duda que no se compara con el hecho de 273,000 niños nacidos en Bolivia cada año 7,400 mueren durante el primer mes de vida.

Revisando en la historia veo que la influenza H1N1 no es nueva. La pandemia más letal y conocida de este tipo fue la denominada gripe española que duró desde 1918 a 1919 y mato a al menos cincuenta millones de personas. La llamaron así porque España era el único país de Europa que no censuró los datos de la misma.

“Del chancho su gripe” la influenza AH1N1 llegó a Bolivia y contagió a la fecha a más de 100 personas. Llegó para despertar la conciencia adormilada en relación a la falacia de control que se tiene de lo externo. Falacia que hoy se sostiene, en un saber científico que define epidemias, prioriza males, crea medicamentos y establece el precio de la cura.

La respuesta de alarma a momentos desproporcionada ante la influenza es aparentemente irracional frente a otras epidemias como el VIH o el hambre mundial. El pánico creado otorga una máscara de racionalidad al absurdo que se expresa en acciones como impedir que los mexicanos pisen China o los Chilenos viajen a Brasil ¿Si es una pandemia global, porqué no se producen medicamentos genéricos sin costo y se los distribuye en el mundo? Se preguntará de forma irreverente alguien que no usa barbijo.

Parece ser que esta pandemia es tal en la medida que es sostenida por el pánico y la alarma y surge ante lo que no se conoce y que en esencia, como bien diría Camus en La Peste, es parte de la vida misma y nada más.

¿Será que la realidad copia a la literatura, como decía Borges, o simplemente hay un juego de perversión en hacer uso de una real pandemia para generar lucro y para elaborar discursos políticos a favor o en contra?

En esa medida, el absurdo hará que surjan por ahí algunos que digan que el virus apareció como un error del Pentágono o de Irán al crear armas químicas, otros que es una mentira provocada por las trasnacionales farmacéuticas para salir de la crisis económica. Esta situación sirve de excusa para volver a la noción existencialista de “lo absurdo” planteada por Camus en La Peste.

Escribo y estornudo recordando aquel viejo hombre que en la novela La Peste permanecía esperando la muerte desde el balcón de una vieja casa de Oran. Él miraba las ratas salir de las cloacas a morir a la calle de forma repentina y cada vez en mayor cantidad. Miraba con indiferencia, con cierta certeza ante la inminencia de la muerte. Permanecía con la calma de la vejez ante el rigor de la bacteria y, con cierta aura de invulnerabilidad, contaba las personas contagiadas por La Peste, aquellas que morían de fiebres altísimas y con los ganglios del cuerpo reventados.

En la novela evitar el contagio o buscar la cura a la peste, provocaba en los habitantes de Oran una serie de comportamientos imaginarios y absurdos y a la vez cuestionaba la capacidad de la ciencia de enfrentar una peste invisible con toda clase de sueros. Peste que interpelaba la moral de un Dios que limpiaba las cloacas de ratas y que por alguna razón dejaba que murieran los niños y sobrevivieran los curas.

Enfrentarse a la vulnerabilidad que produce un virus cerrando las puertas, tapando las bocas es sin duda un absurdo como lo mostró Camus en La Peste. Absurdo que hoy se define por si mismo en los hechos y conductas que produce en el mundo y que parece sustentarse en la noción de un saber científico que se jacta de descubrir el origen de la vida en el genoma humano pero que no es capaz de controlar al virus de la influenza.

Absurdo que insiste en que ahora, gracias a la ciencia, la gente podrá seguir disfrutando del sexo y las caminatas a los 90 años. Se muestra en la noción de un hombre dominando a las enfermedades y que alimenta su poder ante un Dios al cual le gusta imaginar poco certero y que no ve, que no toca por que no es materia.

En La Peste Camus planteaba la irracionalidad de la existencia humana enfrentada con una noción de Dios y una moral humana débil. Algo similar ocurre hoy cuando el hombre defiende de manera irreverente una moral relativa ante la vida y la muerte. Moral que entiende que Levonorgestrel no es sinónimo de aborto y Tamiflu sinónimo de cura . Un hombre que crea vida de forma espontánea en un laboratorio y que frente a un virus que muta crea paliativos de dudosa eficacia pero que generan millones de dólares.

Aquello sobre lo que no tenemos control ha vuelto y asusta. Genera lucro en unos y pánico en otros. Aquel mal invisible, plaga del Siglo XXI que se filtra por el aíre de forma silenciosa, golpea repentinamente mostrando la vulnerabilidad del ser humano. Sigue teniendo la misma vigencia que en La Oran de Camus, al recordar que controlar la peste es pretender controlar la vida misma y por ende no existe nada más absurdo.

En La Peste Camus contaba la historia de un grupo de médicos lidiando con la muerte producida por algo desconocido mientras la ciudad argelina de Orán era barrida por una plaga. En la actualidad aparecen nuevos médicos enseñando nuevas formas de usar el jabón y el barbijo para atacar a un virus desconocido que más que muerte produce susto y descontrol.

Camus puso sobre la mesa una serie de preguntas relativas a la naturaleza y destino de la condición humana. La Peste planteó metáforas tanto de los dilemas interiores como la ética y política ante lo desconocido. A partir de personajes que iban desde médicos y curas, a mercaderes lucrando con la muerte nos planteó la reacción humana ante un otro invisible que en su simpleza es poderoso y lo doblega.

Aquel absurdo de La Peste se vuelve real en estos días y recuerda que vivir es enfrentarse a la irracionalidad de creer que la razón es capaz de conocer y controlar aquel mal inevitable que se expresa en un virus.

Para Camus la ausencia de sentido supremo es el "absurdo", y se mostraba como algo desconcertante y a la vez positivo. Planteaba que las nuevas razones de la existencia serían aquellas que vayan ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por causas superiores a las personas (políticas, religiosas, ideológicas, etc.).
La novela nos mostró un sentido de la existencia manifestado principalmente en el apoyo mutuo de un pueblo ante la peste y en la libertad individual de optar por morir o por luchar. Planteamiento que hoy nos hace preguntarnos ¿qué tanto somos capaces de lidiar con el pánico? ¿Qué tanto somos capaces de hacer por el otro que muere de hambre y al que el barbijo no lo proteje?

Algo de lo que Camus planteó en La Peste ha vuelto por estos días. Igual que en la novela la influenza se irá un día de forma repentina, de la misma forma como apareció. La gripe “del chancho” se irá como hace tres años “la del pollo” y volverá mutando tal vez como “moquillo de perro” de acá a un tiempo.

Por ahora resta ver, como en La Peste, si el absurdo ayudará a valorar la vida humana por sí misma y su vulnerabilidad más allá de cualquier ideología, interés, credo o frontera. Mientras esto ocurre, mientras este texto acaba habrá que seguir lavándose las manos al menos doce veces al día y evitar besar a cualquier extraño que te sonría sin barbijo.

jueves, junio 11, 2009

Dos miradas a Conductas Erráticas

Dos miradas a Conductas Erráticas....En ambos casos se agradecen los comentarios a mi persona...
Un abrazo a la gente que participó de este libro y a Liliana y Max...

Catorce golpes bajos

Wilmer Urrelo *

La invitación llegó por e-mail y sonaba rara. ¿Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi trabajaban en una antología de crónicas de no ficción? ¿Crónicas que además deberían ser, en lo posible, basadas en experiencias de impacto personal? Eso sonaba a chicos y chicas traumados, lo confieso. O bien a chicos y chicas escribiendo sobre sus traumas. ¡Y vaya traumas!

En fin, que pese a lo ya mencionado sonaba interesante. Para hacerla corta: transcurrieron unos meses y la búsqueda dio sus frutos. Frutos dispares. Exquisitos. Catorce crónicas que vienen a convertirse en un producto excéntrico dentro de la literatura boliviana. ¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos y bolivianas tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos.

Podemos hacerlo cuando nos tomamos unas copas, pero jamás lo hacemos escribiendo algo real. Real: que de verdad pasó en nuestras vidas. Porque muchas veces ocultamos esas experiencias bajo el manto siempre salvador de la ficción. Ese striptease al revés, como diría Vargas Llosa. Sin embargo, Conductas erráticas: Primera antología boliviana de no ficción (Aguilar, 2009) es un libro distinto. Es una joyita de ésas que no pueden dejar de leerse.

Son catorce, decía, las historias que reúne Conductas erráticas. Ahí está la nocturna crónica de Fernando Barrientos y el mundo del rock subterráneo (y la mutación, para muchos espantosa, que tuvo aquél en estos últimos años) o bien la de Giovanna Rivero Santa Cruz y el fantasma de una amiga suya y un año, el 85, imborrable en su memoria. Está también Juan González y la historia de un Jimi Hendrix truchón, sí, aunque por eso mismo verdadero e íntimo.

Pienso también en Maximiliano Barrientos y el retrato de una Santa Cruz fría, distante y violenta, y por qué las casas en las que vivimos durante nuestra vida siempre son importantes tarde o temprano. Hay más. Muchos más. Ya dije que son catorce historias. Está también Paul Tellería, viejo lobo en esto de las crónicas, y el retrato de un cuate suyo, presidiario y karateca. Inga Llorenti escribe acerca de una monja budista llamada Lobsang, y a la que los chinos le pegan todo el tiempo por reclamar lo que ella cree justo. Y Miguel Ángel Devia y un raro (y a ratos peligroso) viaje a La Habana por carretera vía Lima.

¿Y ahora? Pues hay más: Rodrigo Hasbún nos presenta un recuento de sus guerras personales con la música, la literatura y el cine. ¿Quiere usted ver a Edmundo Paz Soldán cuando tenía melena? Pues ahí está la crónica que escribió acerca de cómo llegó a los Estados Unidos por intermedio de una beca no de lucha libre, ni de béisbol, ni de dígalo con mímica, sino de soccer.

También el texto de Liliana Colanzi y el recuento de una vida agitada (no sólo la suya), agitadísima, que si mi abuela la hubiese leído pensaría que el verdadero infierno subió a la Tierra. Ah, también podrán leer las razones prácticas de porqué el Sebastián Antezana no usa reloj (y los inconvenientes que eso puede causar cuando uno está solo), e igualmente una imperdible historia del Evo y la Asamblea Constituyente escrita por Pablo Ortiz. Y también Anabel Gutiérrez y un retrato del fenómeno de El Niño a través de dos niños navegando por una calle metidos en una heladera (suena a invento, pero es cierto). Y como soy medio tímido y por lo tanto hipócrita, también podrán echarle un ojo a las razones de porqué éste que escribe no recuerda su niñez.

¿No lo dije ya? Son catorce golpes bajos. Necesarios. Imprescindibles. Que ya necesitábamos leer y ante todo escribir hace mucho tiempo. Muchas veces decimos que la literatura boliviana precisa, y con mucha urgencia, de un destape. Un destape en el sentido de la exploración de nuestras vidas. De nuestros mundos internos. Conductas erráticas lo hace. Y sin concesiones, que es lo bueno de todo. Por eso es un libro que se pelea con el mundo. Con este mundo. Una pelea sin licencias. Eso está bien. Eso se agradece.

Además, como otro buen regalo, trae un prefacio escrito por el mismísimo Juan Villoro.

¿Se puede pedir más?

* Narrador paceño


Texto: Álex Ayala Ugarten (http://alexayala.blogspot.com)

Gay Talese, Tom Wolfe, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinski, Truman Capote, Alberto Salcedo y otros grandes exponentes de la escritura de no-ficción tienen algo en común: los orígenes de todos ellos son periodísticos. Por eso, llama mucho la atención que el nuevo libro de Aguilar-Grupo Santillana, Conductas erráticas, calificado por la editorial como primera antología boliviana de no-ficción, esté encabezado principalmente por autores de ficción, la mayor parte de ellos de cuento y de novela. Para mí, algo poco serio, pues es como invitar a presentadores de televisión a formar parte de una antología de relatos cortos o a un veterinario a hacerse cargo de la cirugía de corazón de un paciente humano.
Reconozco que, si nos guiáramos por la definición de lo que no-ficción literalmente significa, se podría meter ahí dentro de todo un poco: las confesiones de un diario íntimo, perfiles, crónicas, reflexiones, autobiografías y un larguísimo etcétera. Pero si tomamos como referencia las publicaciones que se han dado bajo ese nombre desde hace varios años ya en diferentes países de América Latina y, desde hace bastante más, en los Estados Unidos, enseguida vemos que el término tiene ciertos límites. No porque uno diga que va a dar una vuelta a la calle y eso sea real vamos a meter sus palabras como parte de un libro de no-ficción. No sería ético, hasta podría entenderse como una burla.

Lamentablemente, eso es lo que uno halla en muchas de las páginas de Conductas erráticas, una obra que en ciertos momentos parece más una reunión de amigos que una verdadera antología. ¿Por qué no se han incluido en ella las historias de Erick Ortega, Javier Badani, Darwin Pinto, Roberto Navia y otros periodistas de nuestros medios que han ganado numerosos premios nacionales e internacionales gracias, precisamente, a sus relatos de no-ficción? ¿Dónde están los escritos de aquellos que llevan años cultivando la crónica en el país? Yo se lo diré: brillan por su ausencia.

Ombliguismo

Muchos autores que forman parte de la presente antología cumplen con los rasgos que a menudo están presentes en los géneros que tienen que ver con la no-ficción: construyen personajes, emplean distintos tipos de narrador, usan metáforas, manipulan el orden temporal, etc. Es decir, utilizan algunas herramientas literarias. Pero se olvidan justo de lo más importante: no cuentan una historia que cree cierta curiosidad en los lectores. Más bien, al contrario. Se dedican a hablar únicamente de sí mismos: de sus recuerdos, de sus viajes, de sus padres, de sus experiencias en el difícil universo de la escritura... y, en definitiva, de sus “ombligos”.

Maximiliano Barrientos (uno de los responsables de la selección de los materiales) lo reconoció hace poco en una entrevista. “Conductas erráticas es un muestrario de cómo un grupo de autores procesa sus experiencias y decide contarlas”. Y Wilmer Urrelo –uno de los participantes de la antología– calificaba el producto en el periódico La Prensa como “algo excéntrico dentro del mundo de la literatura boliviana”. “¿Por qué excéntrico? Porque los bolivianos tenemos miedo, terror, a hablar de nosotros mismos”, decía.

Ante esto, cabe realizar dos observaciones. Primera: la no-ficción no forma parte de la literatura (la literatura está abonada a la ficción, a veces basada en hechos reales, pero ficción). Segunda: en la no-ficción no se trata de “hablar de nosotros mismos”, sino más bien de contar la vida de los otros. No basta con narrar un hecho cualquiera. Hace falta que éste agarre a los lectores, que sorprenda. Según Julio Villanueva Chang, uno de los grandes maestros de la no-ficción, un buen texto es aquel que “enciende la luz”, el que nos ilumina, y para conseguirlo es indispensable dedicar tiempo a la investigación de los temas, tener paciencia.

En este proceso, la experiencia personal es válida, así como el uso del “yo”, pero para certificar que uno estuvo ahí, a modo de testigo, no para robarse el show o para dejar de lado las indagaciones pertinentes. Si estás hablando del fenómeno de “La Niña”, como lo hace Anabel Gutiérrez en Conductas erráticas, lo lógico sería describir escenas vividas junto a los damnificados de la tragedia o reconstruirlas gracias a sus testimonios, pero no sentarse a hacer divagaciones en torno a una fotografía de unos muchachos montados en una heladera o hacer una aproximación tomando google como principal referencia.

En el texto de Anabel Gutiérrez uno encuentra, además, otras cosas peores. “Anoche olvidé meter la bolsa de hielo al congelador. El agua se ha derramado y rebalsa los estantes inferiores, empieza a gotear hacia mis pies. Puede que empiece a cubrirlos. Puede que me llegue a la cintura. Y que siga subiendo como lluvia que nace del cielo. Me levanta en vilo y también me hunde. Chocan entre sí los muebles provocando heridas con las astillas”, escribe imaginando. ¿No habíamos quedado en que la ficción se iba a quedar a un lado?

Sin llegar a tales extremos, otros autores, como el ya mencionado Barrientos o Rodrigo Hasbún, dan vueltas como trompo sobre sí mismos, contándonos que hace algún tiempo fotografiaron los autos estacionados en el parqueo de un supermercado cruceño o que leen a John Cheever, pero sin aterrizar realmente en ningún sitio en concreto. Liliana Colanzi, más de lo mismo, pues nos relata sus idas y retornos durante una época y sus innumerables fiestas. Y lo propio ocurre con Sebastián Antezana.
Como muestra, el comienzo del escrito de este último autor: “Esa tarde aparentemente no estaba pasando nada, nada que interrumpiera la usual rutina de los viajes, las conexiones y los aeropuertos. Sin embargo, para mí acaban de terminar semanas de nerviosismo y preparación para el vuelo a Londres, semanas de anticipación y algo parecido a la angustia. Iba a estudiar una maestría y sentía que dejar detrás la seguridad de lo familiar iba a ser doloroso”.

Otra vez el “yo”, el “yo”, el “yo”, pero no el “yo” observador, el “yo” intruso, sino el “yo” que se regodea sobre sí mismo. Señores, repito: la no-ficción no significa hablar una y otra vez de nosotros mismos. Eso tiene otro nombre, se llama gula. Y basta darse una vuelta por los mejores textos de no-ficción para darse cuenta de lo erróneo de la propuesta de Conductas erráticas. En el perfil “Frank Sinatra está resfriado”, Gay Talese hace hincapié en las debilidades del cantante. En A sangre fría, Truman Capote reconstruye un fatídico crimen. En Ébano, Kapuscinski nos muestra, a través de su experiencia, la compleja realidad del continente africano. Y la forma de usar el “yo” en todos ellos tiene como objetivo final contar lo interesante de la vida de “los otros”.

Siguiendo ese camino de esfuerzo por hablar de otras personas, pese a todo, en Conductas erráticas hay al menos algunos trabajos que podrían destacarse. Juan González, por ejemplo, se aproxima con acierto a un tipo que tiene una onda a lo Jimi Hendrix y lo retrata. Wilmer Urrelo, desde La Paz, recuerda unas inundaciones en la calle Tejada Sorzano. La periodista Inga Llorenti se adentra con talento en las cotidianidades de Lobsang, una monja budista. Pablo Ortiz, también periodista, nos regala un buen relato sobre Evo Morales y la Asamblea Constituyente. Y Paul Tellería dibuja la difícil existencia entre rejas de un presidiario amigo suyo.
Pero para mí no es suficiente para justificar semejante pseudo-antología. Echo en falta en ella más arquitectura, el afán por contarnos más historias. Y creo en términos generales que, como diría Villanueva Chang, han convertido el periodismo –una de las bases fundamentales de la no-ficción– en un mero “adjetivo” y lo literario en lo “sustantivo”, cuando debería ser al revés.

Que conste finalmente que no sostengo todas estas afirmaciones por recelo, pues nunca he sido crítico con lo que muchos llaman “intrusismo profesional”. Es más, me encanta que haya periodistas que escriban novelas y que haya escritores, como Edmundo Paz Soldán, que hagan a veces periodismo. Resulta enriquecedor. Sin embargo, no me gusta que se confundan las cosas. Y pienso que catalogar Conductas erráticas como antología de no-ficción es confundirlas. Antología testimonial sonaría mucho mejor, más íntegro. Lo otro me sabe a mamada

martes, mayo 19, 2009

Saudades Concurridas...

Dos o tres nostalgias se acercan a la puerta, esa que empieza cerca de mis ojos, delante mis orejas. Escupen una suma de saudades, un resto de añoranzas y se duermen, en el arrullo de una Nacha Guevara, en el susurro que recuerda que te quise cómo amor, cómo cómplice, cómo todo.

Dos o tres nostalgias a su ausencia se disfrazan de soledades concurridas. No entienden de ajos ni escobas tras la puerta, que no saben de gatos, ni de mansos sortilegios para escapar de la sombra de una mujer desnuda y en lo oscuro.

Son simplemente soledades que hablan, que neuróticas clasifican la memoria y fundan el recuerdo en suma de sentires, de olores, de tactos, de sabores rancios.

Son nostalgias que añoran el rostro de vos, que han fracasado en la táctica que han muerto fieles a su estrategia y que sin embargo añoran y todavía esperan una nueva bienvenida, ser de su mano nuevamente pueblo.

Son nostalgias que recuerdan un olvido lleno de memorias. Que gritan desde el otro lado del espejo que no me salve, que no me rinda en la oficina, o en el parque, o en las sábanas.

Son memorias de las que arañan y recuerdan que de este lado todavía sigue siendo mejor llorarse las mentiras que cantarse las verdades.

(Gracias Mario Benedetti)

lunes, mayo 04, 2009

Se le rompió el diente, se le contaminó la marraqueta, se reventó el tabique,
se cansó de ser nariz, diente, pan barato..

lunes, abril 20, 2009

La Mirada Violenta



El 31 de marzo, la revista Otro Arte, rompiendo el maleficio de la muerte después del “numero uno”, presentó su segunda edición dedicada a la violencia en el arte; desde las miradas del cine, la fotografía, la literatura y particularmente la obra de los pintores Diego Morales, de Bolivia, y Dino Valls, de España.

Fue este último contrapunteo, estas dos formas de aproximación a la violencia, lo que removió las tripas de algunos y nos regaló dos perspectivas diferentes de la violencia en la pintura.

Morales con la denuncia a la violencia de aquel otro: dictador, obispo, Tío Sam que se regodeó en tiempos de dictadura en el poder absoluto, deleitándose en el dolor de los perseguidos. Valls, con un aparente realismo, en una relación espacio y tiempo ficcionada como forma de hacer evidente su propia oscuridad.

En particular en esta nota me detendré en la mirada perturbadora de la obra de Dino Valls, para luego hacer una lectura del arte y la violencia desde aquello que no se nombra, desde la noción de sublimación.

El primer encuentro con la pintura de Valls lleva a concluir que es de un realismo extremo, a enfrentarte con una forma de retratar —con una exactitud que a veces asusta— momentos únicos e instantáneos de un mundo exterior. Sin embargo, como dice Catherine Coleman, Valls no es un retratista, en su obra recoge el mundo exterior y lo contrasta con su propio mundo interior.

Es que, una vez más, la realidad sirve de pretexto para construir una obra que sublime —desde su técnica y propuesta conceptual— los lados más oscuros del artista, lo que desde la conciencia es lo más desconocido y a la vez vivo de su propia humanidad.

Valls juega con el tiempo, con aquel real histórico, como con el ficticio. Recoge elementos concretos al mostrar su atracción por miradas esotéricas, aires góticos, medievales y renacentistas. Al mismo tiempo, es capaz de ser perturbadoramente exacto en las miradas de un cuerpo, recurrentemente femenino, púber.

Somete en su pintura a aquella mujer que no posa en la realidad, que lo mira desde su memoria, desde aquel lugar que habla en sus trazos, pinta la imagen de aquella dueña de su deseo. Es aquel cuerpo que habla de algo más desde la sumisión de victima, al cargar los elementos de tortura y agresión física que gritan en su mirada llorosa.

El tiempo real, aquel que aporta la estética, sirve de escena para aquel otro tiempo, menos cronológico, ficcionado y que surge con un orden propio, acaso aquel del inconsciente que habla desde su propio lenguaje, desde sus propios arquetipos y elementos recurrentes. Ahí encontramos cuerpos arañados, con toda clase de instrumentos médicos, cuerpos que desde su postura de víctima sumisa reciben la perversión transformada en arte por el pincel.

Valls define su obra como imágenes proyectadas del inconsciente, “de un trasfondo psíquico común a todos”, como dice. Nos habla del sistema límbico, del cerebro reptil como aquella herencia más primaria que, desde su perspectiva, lo lleva a construir miradas recurrentes de adolescentes perturbadas, torturadas y víctimas.

Está claro, algo hay más allá en lo que se repite en su obra, en la recurrencia de aquellas miradas vidriosas de mujeres púberes, de adolescentes agredidas. Ese algo sin duda no es provocado, como Valls afirma, por “la mente de un mamífero que se antepone a una psiquis reflexiva”.

Me detengo en la imagen del cuadro Quinto dolor —que acompaña esta nota—, que muestra en los ojos vidriosos una resignada angustia que conmueve, aquella por la que habla la mirada de la victima, que recuerda la indefensión de quien ha sido sometida a un ultraje. Algo de esa mirada, sin duda, debió estar en los ojos de Justine en Sade, antes o después de los juegos y los embates del Marqués.

A la izquierda, colgadas, se ven agujas curvas de diferentes tamaños, de ésas que usan los costureros, o los cirujanos. Están numeradas del 1 al 7 y falta la número cinco, ¿la usada para arañar la pared?, ¿para hacer cinco finas heridas en el esternón de la mujer?

La cara sucia amoratada del retrato mira con unos ojos verdes y vidriosos que esperan, junto con la boca cerrada, a su agresor con una mezcla de resignación y dignidad. Es la víctima y a la vez parece esperar la próxima herida, con la aguja escondida en la mano para defenderse, para ser parte del juego inventado por su amo.

El perverso seduce, envuelve y desde esa postura es capaz de ser amo y lograr que el otro sea esclavo. El acto del perverso, ese real que sorprende diría el psicoanálisis, aparece en Valls en los retratos de niñas que muestran una sumisión que acongoja a quien la mira. Valls deja hablar algo más que instintos arcaicos en su pintura, habla en última instancia de eso que, desde imágenes antes y después de la tortura, se repite y se descarga psíquicamente en sus cuadros.

Valls no muestra explícitamente el acto perverso, pareciera que jugara con el espacio y el tiempo, el medieval y gótico, el de su inconsciente para dejar sobre el lienzo la mirada luego del corte, luego del arañazo, de la violencia. El pintor se guarda para él mismo el momento del acto como aquello que sabe que socialmente no es sublimable, que en su explicitud reduciría su arte a grotescas imágenes sin la poesía que produce la mirada llorosa de la víctima.

Valls tal vez quiere que la pintura dispare, en quien la mira, su propia historia con la violencia; que el acto voyeur complete la historia con su mirada silente, imaginada. Repulsión, morbo, placer, asco, lo que despierte Valls es producto de lo que el que mira quiere que haga en él.

Bendita y maldita la sublimación de lo perverso por parte del artista, habría que decir, en cuanto mecanismo que permite canalizar de forma socialmente aceptada y aplaudida aquello que en el plano de la realidad concreta resultaría despreciable, merecería la cárcel y sin embargo puede ser llamado arte.

El mismo pintor refiere con relación a su obra que la perversión surge del orden y no del caos. Los cuadros de Valls no son simples arañazos o mordiscos de un lobo en el lienzo, son el resultado de un otro que habla desde el pincel, otro que organiza su lenguaje con una palabra, una lógica propia. Es ahí entonces que radica el orden de su obra, orden que no se entiende desde la lógica del yo social del artista, sino más bien desde otro plano, desde aquel que habla cuando pinta y calla cuando vende sus cuadros.

Hay sin duda un vínculo afectivo entre el pintor y su obra. Vínculo que en la realidad se daría a partir de necesitar de un otro que sostenga su perversión, el cual desde su dolor permite otorgar paz “al amo” que castiga, que corta, que viola. Que somete.

En ese sentido, los vínculos del perverso se dan a partir de pactos pasionales sustentados por la seducción y captura. El perverso sabe hacerse de la víctima, porque es irresistible, es miel que seduce y abre poros, para luego cerrarlos con sangre, a palazos y mordiscos. El perverso necesita del dolor del otro para existir, es a partir de él que se sostiene. La ruptura del vínculo con la víctima implicaría su muerte subjetiva.

Trasladando esa noción a la obra de Valls, se podría decir que desde la sublimación –entendida como la posibilidad de hacer visible y la relación perversa con su obra— ha creado un orden propio en el cual el lienzo es la piel y el pincel el bisturí con el que somete. Es que en el arte todo vale y al artista todo se le está permitido, de ahí que su deseo reprimido, dotado de una estética propia, reciba el elogio antes que la censura.
La sublimación como planteaba Freud es y parte de la imposibilidad de satisfacción real de todas las pulsiones del deseo. En esa medida si por ceder a las pulsiones de muerte el ser humano sería incapaz de mecanismos de represión, la trasgresión de las leyes sociales llevaría a la anarquía y al caos.

En esa medida la represión es necesaria para construir una civilización y la sublimación por el arte es capaz de crear cultura. La sublimación de lo reprimido está en todos, ya sea en la pintura de Valls, de un Goya negro dónde el padre se come la cabeza del hijo, en los cuentos de Poe.

Es que más allá de la obra de Valls, la sublimación es necesaria para dotar a lo perverso de un aura socialmente valida e incluso aplaudida. Por que al final de cuentas el pintor o el escritor encuentran un camino por el cual vaciar la pulsión de muerte y de paso recibir aplausos.

El riesgo siempre está sin embargo en que lo que el artista sublima no es capaz de tener control de lo que provoca en quien mira, en quien lee, la obra al ponerse sobre el lienzo, la pintura o la palabra al hacerlas públicas son de quien las mira y se apropia de ellas. Lo sublimado salvará de la censura social al que sublima, sin embargo el artista será ajeno al efecto que produzca su obra en aquel que no conoce culpa, que no reprime, en pocas que hará acto de la obra del artista en la piel real de la víctima, aquel que al leer este texto, al mirar la pintura, planificará el próximo crimen o sentirá que la sangre se dispare en su sangre y decida actuar con violencia en la piel de la vecina o el cuello del amigo.

domingo, abril 12, 2009

La Terraza San Miguel 11 am

Has el experimento, tomate tres expresos en el Café La Terraza un domingo por la mañana y mirá las caras, olé los perfumes, aguanta los ojos y el tufo añejo de los mismos intolerantes de siempre que hoy se refugian en este lugar. Soporta las risas y críticas de los hijos de aquellos que hicieron fraude con el MNR en los 60, que mataron a Unzaga (no soy falangista ojo) y que hoy se desgarran las vestiduras por el supuesto fraude que se vendría con el padrón electoral actual.

Has la prueba, vas a oler perfumes dulces, vas a ver cincuentonas con jopos ochenteros, vas a encontrarte con el Cayetano y su intolerancia actual que se olvidó de como fue perseguido por la dictadura. Si pruebas verás también a un abogado de narcos tomando desayuno en familia y dando palo al país en un inglés mediocre con un gringo viejo amigo de su mujer actual.

Trata de concentrarte en el café, en tu libro, en el valor de la tolerancia, en el sentido de La Pascua, en este refugio de racismo e intolerancia...

lunes, abril 06, 2009

Esas Locuras (II)



La muerte retratada

Costumbre muy extendida en la Inglaterra victoriana y replicada en la sociedad paceña de fines del siglo XIX y principios del XX fue la de retratar el cuerpo del difunto en sus mejores galas antes de dejarlo partir. Cobraba especial interés y cuidado capturar “el ajayu” —sobre todo— de los niños.

Socialmente válida, como el bautismo, el ritual de velatorio u otros ritos católicos, era aquella costumbre de vestir a los niños muertos con sus mejores galas antes de dejarlos en un ataúd igualmente blanco, como el polvo en el rostro, el vestido de seda de la niña y el pantaloncito corto del niño.

La fotografía se la tomaba en el dormitorio, con el niño mostrando la placidez de un sueño eterno en una cómoda cama. También en la sala donde el cuerpo, bien sentado, con ayuda de artefactos de madera o una efectiva mano que no se ve, mostraba el cuello erguido, simulando una rígida siesta sin retorno.

Me contaba un amigo pintor que el nieto de los Cordero guarda, en el estudio fotográfico de su abuelo, una colección de fotografías de niños muertos y que encontrarse con aquellas fotografías conmueve y deja escuchar las voces de un pasado, la profanación de duelos ajenos que se ofenden. Ayer fue una costumbre cariñosa de preservar la última imagen de los que se fueron antes de tiempo; hoy para algunos sería una patológica forma de duelo no resuelto y de preservación de la muerte.

Formas de preservar al ser querido, psicóticas y depresivas, existieron y existirán siempre, como maneras de no cerrar el duelo, rituales familiares, personales. No importa; tenemos derecho a querer preservar la muerte de los nuestros en la foto de la niña con vestido largo, en el cuarto intacto del hijo accidentado, en las comilonas de dulces con las que en Todos Santos recibimos a nuestras almitas. Al final, ¿acaso no hay locura más necesaria que velar la muerte?

La muerte justa

La sociedad más civilizada y la más tribal ejercen rituales de justicia colectiva. En Achacachi y en Texas se cursan invitaciones para ejecuciones públicas. En el primer caso el acto se da de forma violenta y a palazos, en una plaza llena de tierra y con gritos agónicos del condenado.

El acto es validado por la legitimidad de la comunidad y auspiciado por cantidades nada despreciables de alcohol. En el segundo, bajo el amparo de las leyes, el ritual se da en un lugar estéril y moderno y los palazos se reemplazan por una inyección letal. Quien va a morir no sufre mucho, pero todos pueden verlo por un ventanal en una pequeña salita con butacas de cine, la cual incluso tiene parlantes para escuchar lo que el condenado quiere decir.

El público a veces se muere de ganas de llevar unas pipocas o una Coca-Cola para ver la función, pero se contiene porque podrían creerlos locos; las más de las veces se quedan en silencio analizando cada detalle del ritual y esperando ansiosos si por los parlantitos de la pared se escuchará la voz del sentenciado pidiendo perdón o dictando tal vez la frase que quedará en su epitafio.

En Texas el juez dicta la ejecución, el condenado duerme y luego muere plácidamente. En Achacachi el pueblo entero apalea al condenado sin juicio previo y mientras grita clemencia, los comunarios, todos, comen pasankallas. En ambos lugares, luego del ritual, los invitados abandonan el lugar en silencio. No han escrito mucho los poetas, no han hablado mucho los cineastas sobre estas formas de locura, aunque es probable que en Texas, en la celda del que ya no está, el guardia de turno encuentre una colección de brillantes poemas que permitieron al asesino purgar demonios antes de la muerte. En Achacachi tal vez verán a la viuda y los hijos llorando al ladrón del pueblo y dejando en su tumba una foto de familia.

La muerte enamorada

Él salió del psiquiátrico hace unos meses, y hace tres días que está muerto. Hacía música rock, pintaba furibundos autorretratos y escribía cuentos que quedaron colgados de internet. Más de una vez fingió su muerte cibernética en un blog para ver cuántos comentarios de condolencia recibía.

Anoche decidió dormir por última vez con su novia y entregar el corazón a químicos cristales; él también solía jugar con pantalón corto, también tuvo un bisabuelo que vio la foto del pequeño niño del vecino muerto antes de enterrarlo, así con la cara blanquita, con la ropa blanquita.

Él no tuvo tiempo de planear una buena foto; tenía que irse. La bondad del psiquiatra lo llenó de Clonazepam y Prozac, pero las mordazas químicas le planchaban las ganas de crear. Él quería que lo dejaran escribir un largo soneto en las aceras del Puente de las Américas; quería protestar con poesía por llamarlo transgresor, por no ser policía como el padre, por estar enamorado del primo de su novia.

Llevó a su novia a un cuarto de motel, contempló su blancura en silencio, brillante y pura como el polvo que acariciaba los rostros de los niños muertos. La miró, la tocó y aspiró la locura de sus besos; respiró la amargura en su garganta. Decían que era buena, socialmente buena para operar ojos y muelas. Freud se enamoró de una igual que lo ayudó a quitarse el cansancio y poder escribir la interpretación de los sueños. La locura lo dejó tieso con el corazón detenido en esta muerte blanca.

¿Qué locura es mayor: escribir un soneto en el Puente de las Américas o encerrarse en un motel con 10 "bretes" de coca y jalar hasta la muerte?

lunes, marzo 30, 2009

Esas locuras I


La locura no existe fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan, dice Michel Foucault en Locura y civilización. Contundente mirada que cuestionó —hace casi 50 años— la noción de la locura en la sociedad y que sirve de inicio a la primera parte de este texto, preámbulo, a su vez, de las tres historias de la segunda parte.

Cuando la palabra decide reposar en el lado de la locura, de lo socialmente insano que la mira, que le saca la lengua, vuelven en la memoria las lecturas universitarias de Foucault y aquel planteamiento de que no existe la locura en estado salvaje. El loco, desde esta mirada, “es” en una sociedad que lo alberga, en la palabra de otro que lo define como tal y desde la suma de convenciones sociales, que lo etiquetan, que lo nombran como anormal. Es loco estadísticamente, por tanto, el que se aleja del centro, para la izquierda o la derecha, para bien o mal social.

Estas palabras que se esconden bajo el pretexto de la locura pretenden hablar más allá de la psiquiatría y de aquel imaginario social que activa el pensamiento individual y colectivo —las más de las veces supersticioso— sobre la razón y la locura. En esa medida uno puede aproximarse a la locura como una manera de recoger las formas de la sensibilidad, “las santas y las profanas”, capaces de generar obra en el arte y las letras.

También desde aquella locura aislada en monasterios y hospitales que es también capaz, desde su propio lenguaje, de mover algo, de crear un más allá. Esta segunda es un homenaje a las formas de la repulsión, como diría Foucault, que la excluyen socialmente y que la capturan en instituciones.

Es así, el hecho de lo loco estuvo presente en la sociedad de varias formas, desde las dimensiones mágicas, malignas, estéticas, clínicas y cotidianas. El loco que crea, que lee mentes, que te embriaga con hechizos, el loco que caza dragones, que persigue molinos, en la certeza del beso de una Dulcinea que no llega. Esa locura revelación, manifestación romántica que nos regaló Cervantes con el Quijote y Shakespeare con el acto suicida de un Romeo, nos dejó tanto, abrió tantas puertas.

También está aquella otra locura irreverente que divertía con su hebefrenia a la corte de algún rey y que fue inspiración de otras obras. Ésa que perdió su aura mágica, primero por aquellos santos tribunales de la Edad Media y que luego, a partir del siglo XVII, fue formalmente excluida con la etiqueta de enfermedad, de falencia y que llevó a construir la noción de internamiento.

Probablemente fue en ese momento que la locura dejó de hablar e interpelar públicamente desde las artes, ya que fue callada por métodos, igual de locos, diseñados para arrancarla del cuerpo y del alma. Ahí surgieron el torno, las inmersiones en agua y tortuosas ruedas giratorias para que los demonios de la locura se escapen volando por los aires, mueran ahogados en aguas limpias y griten con las muelas perforadas. Luego las camisas de fuerza físicas y químicas se encargaron de anular y “planchar químicamente” al loco.

La locura entonces decidió vivir un silencio y nació el momento de esconderla, como aquello que socialmente debía ser excluido, pero el silencio impuesto no impidió que siguiera hablando, desde el privilegio que le otorgó siempre la certeza de su delirio, aquella que la llevó a incomodar y seguir incomodando a la verdad social más cuerda.

Aquella locura asociada a brujas y demonios, aquella locura irreverente contra lo socialmente establecido que definía lo normal y lo anormal, se planteaba transgresora. “Y sin embargo se mueve”, diría Galileo antes de ser condenado. Sin embargo, la locura habló y dejó una estela de arte y ciencia a su paso y lo sigue haciendo. Bien refería como ejemplo Foucault al decir que Lady Macbeth comenzó a decir la verdad cuando devino loca, irrisoria, falaz.

En el siglo XIX la locura fue reducida a un fenómeno natural, desde un modelo médico, fuertemente anclado en la ilusoria noción positivista de “la verdad del mundo”, “la verdad de los sentidos”, la que paradójicamente tiene la loca certeza de que el diagnóstico no se equivoca.

El siglo XX, con su devenir de ciencia y camisas de fuerza químicas, no impidió que surgiera, como Foucault llamaba, la gran protesta lírica ante la filantropía despreciadora de la psiquiatría frente al loco. Protesta que se expresó, por ejemplo, en la obra de los poetas dadaístas y surrealistas como Artaud o, más cerca nuestro, en la obra de Arturo Borda.

Es que el internamiento, el hospital, las etiquetas no serán capaces de aniquilar del todo la profundidad y el poder de revelación de la voz de aquel llamado loco. En esa medida, desde Foucault, el lenguaje último de toda locura es la razón, aunque envuelto en la imagen, en la apariencia y en el síntoma que la define. La razón forma, desde esta dimensión, con la apariencia una organización propia.

“…Fuera de la totalidad de las imágenes y de la universalidad del discurso, una organización singular, abusiva, cuya particularidad obstinada constituye la locura. A decir verdad, ésta no se encuentra por completo en la imagen, que por sí misma no es verdadera ni falsa, ni razonable ni loca, tampoco está en el razonamiento que es forma simple, no revelando más que las figuras indudables de la lógica. Y sin embargo, la locura está en la una y en la otra. En una figura particular de su relación” (Michel Foucault).

Ésta es la mirada que funda la ética individual planteada por Foucault, ética que se sostiene más allá de la etiqueta social, la norma estadística, la razón psiquiátrica. En esa medida, cada uno debe ser capaz de llevar su vida y el otro debe ser capaz de respetarla y admirarla.

jueves, marzo 26, 2009

Chaskañawis..

A las chaskañawis de trenzas ausentes, que esconden la pollera fucsia en la forma de un jean a la cadera.

A esas descoloridas en algodón prelavado de la Uyustus, que hacen que tu mirada bambolee y se babee en el hueco de un ombligo con piedrita de fantasía, con joyita made in China.

A aquellas que esconden en "ese palpitar" tan a lo Sandro, de poros canela, furiosas agujas que punzan las miradas las lascivas y babeadas.

Hablo de esas warmis, con valentía embriagada en huesos seductores. De aquellas que te llevan sin rubor a sacarte de un tajo las fibras de la vida y ofrecerselas en un plato de plástico, en un agónico ají de fideos con sentires.

Suelen ser indolentes en la certeza de la miel que inyecta los parpados de una locura cándida y frenética. Suelen ser adictas al "si pero no" "me asusta pero me gusta".

Warmis cobardes, ñustas parodiadas en Yanbal, como hacen temblar el corazón de espuma del que escribe, el agónico paso de la malta en sus venas, cada vez que dicen ""yaaaa", cada vez que muerden un tal vez o con sonrisas de bicarbonato y escupen, cual antidoto blanquea piropos, un..."no maaanches".

lunes, marzo 09, 2009

Persecuciones (be bop)




Persiguiendo a Julio Cortázar, esta crónica refleja los momentos de angustia y emotividad propios de la etapa creativa, o de intento de creación

Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía. Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado (Julio Cortázar).

Las palabras saltan libremente en una alfombra llena de manchas, en una sala que acoge a mis libros y discos y, de tiempo en tiempo, a mis amigos poetas. Hoy Charly Parker y Julio Cortázar se mezclan frenéticamente al releer la biografía ficcionada de Bird en El perseguidor. La relectura de la vida de Johnny (Charly Parker) atormentado por sus fantasmas y adicciones lleva a cuestionarse sobre el afán de perseguir y andar jugando a ser lobo, tratando de cazar al arte que emana de uno mismo y de los otros.

Todo perseguidor es cazador y víctima de la violencia y el vacío que él mismo persigue. En esa medida, en el campo de la palabra, la persecución podría verse como una sentencia, una sublimación en la que el teclado reemplaza al cuchillo del carnicero y construye la imagen de un cuerpo seco al cual acaba descuartizando a “palabrazos” o aniquilando con contundentes ráfagas de poemas.

La persecución puede ser caótica y desesperada. Se da, creo yo, como pulsión y forma de nombrar con el arte al vacío al que todo perseguidor se acerca. De ahí que surjan palabras disgregadas y catárticas, en libretas y servilletas de bares como pobres intentos de atrapar lo perseguido.

También aparecerán melodías brillantes, como destellos nocturnos que luego se esfumarán. Al respecto habría que recordar la cantidad de brillantes y opiáceos solos de saxo de Bird que nunca fueron grabados y que se quedaron en eso, en aletazos desesperados en la persecución y nada más.

¿Será acaso el tema del deseo lo que nos mueve, como decía Cortázar en El perseguidor?, deseo que se antepone al placer y la disciplina y acaba necesariamente frustrando, porque exige avanzar, buscar, perseguir. El párrafo redundante y mal labrado, la digresión, el desafine, la falta de armonía, la sincopada suma de palabras o notas que fácil se olvidan, son el riesgo de sólo perseguir por el deseo.

Perseguir, ser perseguido o girar en espiral, qué más da. Lo único que está claro es que somos tanto presas como cazadores, y que en la música como en la literatura ambas posturas hablan. De ahí a que dejen obra es otra historia y va más allá del frenesí de la carrera. Porque perseguir, sólo por el deseo, llevará a publicar antes de tiempo la obra, a fallar en el momento exacto, a cometer el error preciso en el cuento, a poner la nota equivocada en el solo de saxo.

Está claro, la persecución, desde la perspectiva del perseguidor, era una manera de perseguir a un “sí mismo” que había dado pasos adelantados en la búsqueda. Era una forma de hacer uso de un talento irreverente, displicente y poco organizado.

Sin duda, desde esa postura, perseguir no es oficio, es simplemente un castigo a ser purgado por el arte, por la trompeta, por la pluma rasgando de forma sincopada el corazón. Esto permite a la melodía y/o la palabra presionar nuevamente el corazón, lo que da inicio, nuevamente, al llanto de la trompeta, del papel y se vuelve una carrera en círculos, una persecución tautológica que nace ya de por sí de una derrota.

Para ser honesto, a medida que transcurre la escritura y mi relectura de El perseguidor, mi lucidez y entendimiento se agotan; es como si las notas o las palabras crecieran en un cerebro mudo de ritmos y golpearan con dolor punzante los versos o el saxo imaginario que habita en mi memoria y que no sé tocar.

“…un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto músico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra”…

Tal vez algo de eso debe haber en lanzar y lanzar palabras como ajos, como cebollas a la sartén, esperando que el azar produzca obra. Algo de eso debe haber en creer que los pensamientos tan caóticos, por puro arte de asociación libre, pueden dar al lector un sentido que ni el autor esperaba crear.

Sin duda algo de eso, tercamente mediocre, nos pasa a algunos perseguidores paceños, que con “la persecuta” a cuestas empezamos a creer que es posible construir obra lanzando palabras, como si fueran serpentinas, al aire. Sí, los perseguidores criollos, esos pobres diablos, andamos parafraseando a Cortázar… corriendo como liebres tras un tigre que duerme…

Aún no entiendo por qué perseguir sin método, embriagado de sustancias, obnubilado de ansiedades, en vez de evocar en la paz del escritorio, con la calma y el bisturí preciso en la palabra.

Habrá que haber perseguido compulsivamente para entender que cuando pasa el frenesí y la agresión de melodías y palabras al mundo, volverán en la cabeza cosas menos caóticas, que traerán el cansancio del alma por la persecución. Es ahí cuando se entiende que no se sumará nada persiguiendo la estela del vacío, sin dormir hasta las tres de la tarde. Que no agrega nada a la persecución insistir en la vigilia, releyendo Rayuela con libromancia o jugando tuncuña con la tapa de una botella sobre un caos de versos, que uno de los perseguidores bautizara como cadáver exquisito.

¿Cuál entonces la manera de encontrar y aceptar formas menos agónicas de perseguir? ¿Será que hay que pasar más de una noche en la irreverencia de perseguir la sombra que suele llevar al barranco antes de parar de ser errático y sentarse a construir obra, anclado, sin correr?

Pareciera que no, ya que cuando cesa el caos, surge otra persecución, tal vez más perversa, la de querer encontrar la nota perfecta, la de buscar la melodía que “abroche” el deseo con la esperanza, la angustia con el arte. La persecución del soneto perfecto, del giro verbal en el cuento, sorprendiendo con maniobras literarias nunca vistas.

Esta forma de perseguir puede llevar a algunos a encerrarse compulsivamente, a llenar las paredes de versos, para un poema inconcluso que nunca acaba, o a llenar la cama, el techo y hasta la espalda de la mujer amada de fichas literarias y complejos mapas mentales sobre personajes, aquellos, que en la vigilia, desordenarán las sábanas y obligarán al autor a levantarse para escribir un nuevo párrafo de la novela inconclusa o, peor aún, a dar un giro total a la obra y empezar de cero cuatro veces en un año el mismo capítulo.

¿Es acaso esa persecución la que retrató Cortázar al hablar de la obra inconclusa de Johnny de Amorous?

…”la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan. Pero en cambio, a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz”

Sí, algo de eso pasa cuando la persecución improvisada cansa y el talento quiere toparse con esa mala palabra llamada obra perfecta. Perseguir, esa pulsión que lleva a buscar sin reflexionar en busca de quién sabe qué, escapando de quién sabe quién…

Sí, este texto era un pretexto para decir que hace tres días vi a Forrest Whitaker interpretando magistralmente a Charlie Parker en la película Bird y simplemente me dieron ganas de leer nuevamente El Perseguidor, casualmente a los 25 años de la muerte de Cortázar y en mitad de la lectura recordé a mi hija preguntándome: “¿Papi, por qué la luna nos persigue?”.

viernes, marzo 06, 2009

Años de Mordaza



Hace tiempo que no me escuece el ojo derecho debido a una extrema dósis de juventud femenina desbordada en sonrisas muerde pupila.

Hace tiempo que esta piel no quiere escaparse a abrigar los poros de la última vertebra lumbar de una mujer que brota vida.

Hace tiempo que no sentia este tipo de saudades y añoranzas tan extrañas, esas que produce el flirtreo de ojos y manos dibujando estelas de angustia, desesperados besos que nacen muertos. Hay nostalgias, sin duda, esas de lo no vivido como diría Monsieur Madrid (Sabina).

Esta bien, ya entendí flaca volviste reencarnada en una piel tan canela, volviste y me remueves otra vez esas palabras secas, esas cursilerías dulzonas, esos tonos de voz juguetones, esos mensajes de texto timidos y anónimos, patetico dirás, empecinado avejentamiento que te mira, con catalejo desde una esquina 15 años más allá, diré.

Hay estos rubores, hay estos viejos temblores, serenos, todavía vivos, entre tanta mirada con saberes y ayes...

Hay estas cadencias y coqueteos, está cancioncita y tu risa de eco explotando en el teléfono a las 9 de la noche...

Con diez años de menos
(Silvio Rodríguez)

Si fuera diez años más joven, qué feliz
y qué descamisado el tono de decir:
cada palabra desatando un temporal
y enloqueciendo la etiqueta ocasional.

Los años son, pues, mi mordaza, oh mujer;
sé demasiado, me convierto en mi saber.
Quisiera haberte conocido años atrás
para sacar chispas del agua que me das,
para empuñar la alevosía y el candor
y saber olvidar mejor.

Esta mujer propone que salte y me estrelle
contra un muro de piedras que alza en el cielo.
Y como combustible me llena de anhelos,
de besos sin promesa y sentencias sin leyes.

Esta mujer propone un pacto que selle
la tierra con el viento, la luz con la sombra.
Invoca los misterios del tiempo y me nombra.
Esta mujer propone que salte y me estrelle.

Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.

Con diez años de menos, no habría esperado
por sus proposiciones y hubiera corrido
como una fiera al lecho en que nos conocimos,
impúdico y sangriento, divino y alado.

Con diez años de menos, habría blasfemado
con savia de su cuerpo quemaría los templos
para que los cobardes tomaran ejemplo.
Con diez años de menos, hubiera matado.

Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.


(1978)

martes, marzo 03, 2009

Del Choqueyapu al Sena II

Atardecer gris con burbujas ácidas en la panza

Mujer de viento..


Acá me tienes nuevamente, por lo visto fallé en mis cálculos tu carta llegó antes, que arrogancia la mía en pretender predecir todo y asumir el control del tiempo ajeno. Que poder tengo yo al fin de cuentas sobre las ganas de llevar el paquete del cartero, la paciencia con que el amigo de la post en Paris clasificó las cartas de países para él tan remotos como Ruanda, Bolivia, Guatemala. Sea como sea, algo habrá influido en la reducción de los días, que hoy el país suena más en el mapa, más aún cuando nuestro presidente estuvo hace poco en Paris probando esos curiosos autitos a pilas que funcionarán con pilas de litio que los franceses fabricarán a partir del 2010 y que Evo insiste que se deben hacerse en La Ceja del Alto para reemplazar a los Transformes por orgullosos “Deserticons” Galos.

Perdón me vino una nostalgia de mi adolescencia y recordé esos dibujos animados tan divertidos de autos todopoderosos que se convertían en terribles monstruos. La verdad por estos días me están dando unas ganas de convertirme en algo así como un monstruo de esos que se comen a la mierda que va chorreando de mis orejas y mis pies mientras camino. En fin, son rollos míos no les hagas mucho caso.

Mi carta tardó menos, al igual que tu respuesta y en sólo 16 días estoy disfrutando de retorno tus palabras. Me gusta el papel en el que escribes, me recuerda a esas hojas añejas con aroma a borra de vino que solía guardar en una botella de Pinot Noir, cuando creía en esos juegos del destino y en que el vidrio esmeralda de una botella tenia cierta clase de poder mágico para que las palabras deseadas se conviertan en lo esperado. Ya ves con los años uno deja de lado las miradas tan naif y acepta la realidad con sus luces y sombras, sus demonios y querubines y aprende a pasar por la vida aceptando la relatividad de un mundo gris, al final así es más fácil, duele menos creo yo.

Me causó tanta gracia leer tu respuesta ante mi lapsus con la Molly y la Penélope, no sé algo de mi estaría pensando en mujeres griegas o en esa necesidad de añorar a quien te espera inmóvil “al lado de algún camino” en alguna estación para que luego te diga ¿quién eres tú? En todo caso se que entendiste el mensaje, ya ambos no creemos en la dispersión romántica de las mujeres que lanzan piedritas al río pidiendo regalos o de los hombres que van corriendo persiguiendo flechas trepando al mirador de Montmatre en busca de una adolescente de 30 años como Amelie.

Al leerte reconozco la grandeza de una mujer que se resiste a lanzar sentires a una ciudad que no la ha olvidado, una ciudad que está reencontrándola. Si, leerte es caminar por las palabras de una mujer grande como tu dirías, no me refiero a lo cronológico, sino a la grandeza que da la vivencia y las marcas que con gusto uno lleva en la piel y en el alma.

Sin duda es increíble como los hijos nos cambian, en ambos los recuerdos de nuestra vida adulta necesariamente tienen el color de la risa de los hijos y es inevitable no asociar lugares maravillosos con los hijos, con las wawas, con su risa, su sorpresa, primero por el tacto, luego por la mirada y probablemente la más hermosa cuando ponen su palabra a lo que les asombra, a lo que no entienden.

Avísame si en tu camino por esas estaciones del Metro encuentras algún Clochard boliviano tocando charango, sin duda te moverá algún sentimiento de patria diferente el escuchar ciertos ritmos fuera del país. Cuéntame después más de tu calle de tu boulangerie ¿las vecinas francesas gritan igual de balcón a balcón sus penas e histerias como las españolas? Háblame también de Xana ese nombre me suena a bálsamo, no podría explicarte por que.

Hoy luego de leerme seguro caminarás, volverás a descubrir riendo ese Paris al que dejaste, con la diferencia que tus gestos ahora se cubrirán de palabras.

No des tanta vuelta, no deberías en todo caso girar tanto en las razones de nuestros trajines, de nuestras caminatas por calles que nos pertenecen o que nos robaron lo que fuimos, simplemente estas caminando, acá con el Illimani, allá con el falo aquel de fierros, estamos y los iconos se están, quedarán más allá de nuestra ausencia, pero eso sin embargo es otra cosa.

Sabía que te negarías a escupir al Senna si al final respiraste de sus aguas tanto tiempo que sería descortés devolverles una saliva apaceñizada, primero bebe de él un tiempo, respira la ciudad un poco más y tal vez podrás regalarle un beso. Lo que sí, debo agradecerte por las piedras a la memoria de la Maga, espero que no hayas jugado a ver cuantos saltitos daban como hacía Amelie.

Cuéntame también como encontraste la tumba de Cortazar, me dan ganas de decir Julio pero sonaría irreverente para alguien que sólo conoce sus letras y más de una vez jugó a copiarlas y de paso mal. Espero que el poemita permanezca un rato en su lapida, ahí escoltado por esos árboles (¿cipreses tal vez?) tan grandes.

Amiga del alma, como ves esta respuesta tiene más de replica que de confesión, que de revelación de mis días, por ahora poco contaré de este presente en el que estoy aprendiendo a desenredar madejas del pasado, volví al psicoanálisis, el diván ayuda aunque pincha también los sueños. Pero que absurdo yo hablándote de psicoanálisis y tu dejando a tu inconsciente fluir en las calles por las que Lacán gozó (psicoanalíticamente hablando claro), que privilegio el de tus días.

Tu retorno, mi estadía, tu devenir, mi estar, son al final miradas diferentes, aproximaciones distintas a este instante tan absurdo de estar vivo. ¿Te pusiste a pensar en si Sartre tendría dolor de cabeza o gastritis el momento que en una banca de Paris se le ocurrió eso de la náusea, de que somos arrojados a la existencia sin pedirlo? No sé, tarea para otras cartas para otras caminatas.

Al final como dices hay que ser agradecido con la vida que hemos transcurrido con tanta dicha y tanta pena que nos jodieron pero también nos hicieron felices. Fiel a mi obsesión debo confesarte que ya viví más de 13,000 días y puedo rescatar a estas alturas por lo menos 50 felices, creo que es bastante premio en todo caso ¿no lo crees? Como siempre dije con 15 años más estoy tranquilo, el resto para serte honesto ya será yapa.

Seguro a estas alturas se te enfrío el café o lo más seguro tuviste tres distracciones placenteras con algún franchute caminando por la calle. Sabrás disculpar mi existencialismo y fatalismo, pero hoy por hoy al igual que tu tengo más ganas de reencontrarme a mi mismo y de disfrutar la risa de mi hija que de pensar en creer nuevamente que puedo pasar días enteros en las mismas sábanas con la misma mujer, de forma deliberadamente sucia, con cerveza deliberadamente fría como diría Cortazar.

Por favor aprovecha para escribir para darle vida a esa obra que hace tanto grita en tu interior. El invierno de Paris creo que te será propicio.

De momento recibe besos con tinta de versos

Me despido mirando las montañas paceñas y esperando tu respuesta por "la poste"

Yo

PD: Mándame el primer párrafo de aquel texto inexistente.

lunes, marzo 02, 2009

Del Sena al Choqueyapu I


Paris sin tiempo

Amigo del alma,

Nada más bueno que recibir una carta tuya por la Poste. Debo ante todo disculparme y decirte lo apenada que me siento por haberte dado café de sobre con fecha vencida (qué desprolija!) y recordarte que no es la Penélope, sino la Molly. En todo caso la espera no me aniquila, porque el encuentro es siempre o casi siempre más apasionado, que doloroso y el si es siempre si, aun diciendo no.

La primera vez que llegué a esta ciudad quise ver la Torre y así fue. Después de un cansador y largo viaje cargada de mis wawitas, nos dormimos todo el día y fuimos a verla en la noche. En el camino nuestro recibimiento fue un grupo de música boliviana que tocaba en el metro, creo que en Chatelet, una de las estaciones más grandes, más extrañas y por lo mismo más luminosa. Después, ver la Torre iluminada fue para mí aprender a llorar por dentro, no sé explicarte por qué un montón de fierros despertaron en mí una sensación que nunca antes había vivido. Era noviembre, el mes más feo del año en París.

Ahora, no busqué la Torre, he buscado mi calle, mi boulangerie, a mis queridas vecinas del departamento del frente, a mis vecinos árabes de la esquina, a mis amigos y Xana, la tienda de las liquidaciones eternas en Foubourg du Temple. Esta semana estaré con el primer francés que conocí cuando llegué, con el que nos comunicábamos con gestos, porque yo apenas sabía decir dos palabras en francés. Él, como tú sabes, se convirtió en otro amigo del alma, que en el momento preciso me devolvía la carcajada con charlas, vinos, quesos y con un eterno: “tout se passera bien”, para eso yo ya conocía algo más de su idioma.

No puedo decirte muy claramente lo que significa estar otra vez trajinando estas calles, pero sin duda estoy repasando una parte dura y a la vez intensamente maravillosa de mi vida. Ya pasé por el Canal Saint Martin y por la Senne, no creo poder escupir a ninguna de esas aguas amigo, pero prometo que al pasar otra vez, lanzaré varias piedras en tu nombre a la Memoria de la Maga y por supuesto que le dejaré a Cortázar lo que me pides. No sé de dónde sacas eso de que cómo osas una ofrenda al escritor, que no te conoció, acaso eso importa? Tú si lo conociste y eso basta, creo. Además no dices el Julio, dices Cortázar…

Ya visité la Halte Garderie, la Maternelle y l’École de mis hijos, ya habrá tiempo para contarte todo lo que reencontré en esos lugares, por ahora solo puedo decirte que volví a ver a mis wawas correteando por esos pequeños patios de escuelas de gran ciudad.

Este retorno sólo me enseña que la vida es una eterna despedida, todo el tiempo nos estamos despidiendo y en esa medida, seguramente, nos renovamos, pasamos a otra cosa y cargamos cada vez la mochila más pesada con todo lo que vamos recogiendo en el camino.
Creo que una parte de mi se ha quedado hace tiempo en esta ciudad a la que tanto amé y a la que vuelvo a amar de otra manera, (como todo amor, conflictivo, difícil, dudoso, impredecible, pero honesto, hace tiempo que no creemos o más bien no aspiramos a los mentirosos amores rosa) eso sentí en Montmartre y no sé si tengo la habilidad que dices, que es un arte y que yo la sé hacer, pero supongo que esa conjugación de pupilas con cabellos me permiten mirar al viento el tiempo como la hermosa Sacre Coeur mira pasar y recibe a cada trajinante de esta ciudad, que desde arriba se ve, lo que sólo se puede ver desde la altura como La Paz. Una ciudad que se repite todo el tiempo: el ojo de agua, san Pedro, la alemana, el roba pulsera, es como que nada cambia, a pesar de que todo pasa.

¿A alguien habrá que agradecerle tanta dicha y tanta pena? Por ahora te agradezco a vos que me permitas desempolvar esta historia. Sólo me queda decirte por ahora como dice mi pana: “palante como el elefante” y mucho éxito en el reordenamiento de tus discos, que me conmueven más que tus paredes partidas y que sus carísimos cuadros, que mal que mal no están tan mal, según mi humilde gusto por la pintura y los colores.

Besos y abrazos,

Moi>

P.D. Mis textos todavía no existen.

martes, febrero 17, 2009

Del Choqueyapu al Senna I

Del Choqueyapu al Senna I

La Paz sol de verano post derrumbes.

Añorada Warmi:

Te escribo en la certeza de que tu memoria vuelve a La Paz en cada sueño y que en la vigilia, en este tu autoexilio, estas purgando lo que debe ser purgado para un nuevo retorno, más clara, más contundente.

Espero que te esté yendo bien con tus textos, por mi parte te cuento que poco ha cambiado por estos lares desde que te fuiste hace ya diecisiete días. Una cosa es cierta, el tiempo de tu ausencia fue también tiempo de abstinencia, mi cuerpo dejó el alcohol desde aquella tu despedida en la que de forma tan adolescente bebimos tequila de la panza de aquella rana de plástico que estaba en el jardín de tu dueño de casa. Todavía me río al ver las fotos.

Si querida amiga recuerdo todavía tu cara de espanto la vez que la Alemana que vivía con Mateo, ese roba pulsera, te invito a realizar un bizarro tour por el Penal de San Pedro. Ella no había entendido nunca los argumentos de Mateo sobre la falta de respeto de los europeos a la vida privada de los presos de San Pedro e insistía que él como nieto de Alemanes debería respetar los pedidos de su pareja, la cual aunque detestaba a Hitler, por alguna razón creía que Méngüele era un primo lejano de su padre.

Si poco ha cambiado en la noche o a la mañana paceña, sería absurdo pensar que algo podría dar un giro repentino en esta ciudad, en nuestros días en menos de un mes. Sin embargo algo sin duda es cierto que el aroma de esta ventana se ha secado sin esas tus palabras, tus juegos coté-coté.

Te cuento que el anterior fin de semana, en una incursión un poco nostálgica, fui a probar la contundencia de esa decisión de estar limpio. Como espectador fui al Ojo de Agua y me divertí al ver como una turista israelí tenia la lengua llena de aptas por que creía que acullicar coca es meterse toda la cantidad de hojas con lejía a la boca y aguantar lo más que pueda. Orgullosa mostraba su lengua de gato hebreo que no había aguantado la mezcla y había empezado a florecer como Puya Raymondi.

Así es, se me metió en la cabeza esta idea absurda del proceso de cura ¿Curarse de que? al final debería ser la pregunta, en todo caso mientras voy encontrando la respuesta me quedaré volcando en palabras todo aquel terremoto que los últimos años fue removiendo estructuras físicas, las de mi casa, y mentales, las de las memorias.

Te escribo esta carta de la forma tradicional para que te llegue “par la post” como dirías, en papel y de puño y letra. Eso sí la misma trae un pedido adicional que el día que me respondas leas la pos data y cumplas el encargo. Si mis cálculos van bien, estarás leyendo esta carta dentro de 10 días y 5 horas. Conociéndote lo harás en tu ventana, mirando la Rue Saint Maur, esa que por tantos años fue testigo de tus trajines franceses y a la que por alguna razón decidiste volver, luego de aceptar la invitación de aquel amigo que persistentemente fue allanando el camino para que te re encuentres con tus memorias, bailes con tus fantasmas. Si me parece que te estuviera viendo, con la misma serenidad, con la misma media risa con la que leías mi obra en borrador sobre la mesa de tu sala, acompasando tus ojos al ritmo del crujir de la leña en tu chimenea. Por ahora sólo me queda la imagen de que me leerás en tu terraza del segundo piso a la noche, mientras tus jazmines nicotínicos escuchan tus palabras y botas el humo a la noche amarillenta de la ciudad.

Eso sí te puedo adelantar que no será necesaria una lágrima como respuesta a mis palabras. Por acá aunque no creas las cosas están mejorando, mis paredes dejaron de rajarse y mis pies caminan la ciudad con menos angustia que antes, eso sí, me es inevitable la saudade al recordar tu risa reflejando en tu ventana y la forma en que me miraste la última vez que tomamos café en tu casa. Si lo sé no era un buen destilado, era un simple café de bolsita con fecha de vencimiento caducada, pero un café cómplice al fin. Todavía recuerdo ese extraño movimiento que producía en mis tripas el baile de tus pupilas por mi rostro, mientras te ponías las botas y me confesabas que Juan el cineasta, aquel que acompañó tus días hasta tu partida, se había tomado un frasco de aspirinas en tu nombre y luego con una gastritis de los mil demonios te había prometido hacer dieta y dejar la bebida. Y tú ahí todo maternal llenándolo de panitela y mate de manzanilla, mientras sólo querías que te deje en paz.

Si amiga, aunque no te lo dije, siempre tuviste la extraña habilidad de conjugar pupilas con cabellos, eso no es fácil, es algo que no se aprende, un arte que se domina y tu lo sabes hacer bien, sobre todo cuando disfrutas con el humo buscando sentido en alguna de esas trenzas que te sueles hacer para leer y la amarras sobre todo con punta bola roja, bisturí decía yo cuando pulías mis versos ¿lo recuerdas?

Todavía tengo tos pero eso es natural en mi, igual que dormir nueve horas al día. Hoy estuve pensando que si llego a los setenta necesitaré dormir sólo cuatro horas. Será divertido a la vejez tendré días cinco horas más largos, cosa que ahora añoro, no sabes cuanto necesito dormir menos y tener más tiempo para escribir. Al respecto el domingo en Fondo Negro salieron unas cartas inéditas que Cortazar intercambió con una amiga boliviana y encontré esta frase que te copio por que creo que define exactamente como me siento en relación a mis lecturas pendientes y al tiempo que me sobra: …” En realidad habría que inventar pedazos de tiempo libre que uno pudiera comprar al mismo tiempo que un libro, el vendedor te entregaría el libro y el tiempo necesario para leerlo..”

Así es con tanta carga que pone en mi espalda la burocracia me resulta difícil poder dedicarle el tiempo que merece la literatura, a este paso creo que tardaré más de lo planificado para concluir el libro pendiente. Es que para que negar soy también hombre de hábitos burgueses, de ocio, de pasar interminables horas mirando el techo o jugando con el control remoto viendo basura en la tele y eso sin duda luego cobra la factura en agónicas madrugadas de lectura para ponerme al día.

Para ser honesto te confieso que a veces me desespera tener tan poco disciplina, pero bueno queda el consuelo que de acá a 25 años tendré tiempo de sobra. Eso sí espero a la vejez seguir teniendo los dedos ágiles y la vista funcionando para leer y escribir sin descanso. Al final ¿que más podríamos pedir en el ocaso que no sea una mente ágil, un cúmulo de recuerdos para ficcionar y buen vino?

Bueno es hora de dejarte, ya ves yo siempre tan disperso, me olvidaba el motivo de esta carta que era iniciar esta complicidad epistolar a la distancia. Quiero también pedirte si es posible que esta semana puedas pasar por la tumba de Cortazar y dejarle unos Gauloises y este poemita que te adjunto. Conociéndote se que dirás que es un exceso de confianza que él no tiene por que recibir nada mío si nunca me conoció y peor aún que mi homenaje a sus 25 años te resulta tan trillado, tan cliché que te provoca risa. Se también que dirás que al final de cuentas respetas mi forma de ser, por que así no más soy y no voy a cambiar y acabarás accediendo a mi capricho.

Por cierto avísame como te va con tus textos, espero con ansias algún primer avance de tus relatos sobre las historias del Baúl y las fotos esas que están ahí esperando volverse palabra al viento. Cuando vuelvas espero poder contarte en que acabó la historia esa del tour a San Pedro. Dicen los mitos de los gringos que en las celdas más caras te reciben con cocaína rosada “escama do fish” ja ja y que los ingleses se pelean sacando sus Visas y American Express para dibujar en el espejo el mapa de su ciudad antes de inhalarla. Imaginate, tanta irreverencia junta en un sólo lugar, tanta locura, tanta burla.

Ahora te dejo que tengo un desorden de discos por el piso que no tienes idea y además no puedo concentrarme en un texto sobre El Perseguidor, yo y mis homenajes tardíos a Cortazar ya lo ves.

En fin Warmi Parissiene regala tu ñeque y tu charme a Montmatre y si puedes lanza un escupitajo al Senna a la memoria de la Maga. Ya sabes tú y yo siempre preferimos a Penélope del Ulises de Joyce.

Besos como abrazos

Paul