lunes, abril 20, 2009

La Mirada Violenta



El 31 de marzo, la revista Otro Arte, rompiendo el maleficio de la muerte después del “numero uno”, presentó su segunda edición dedicada a la violencia en el arte; desde las miradas del cine, la fotografía, la literatura y particularmente la obra de los pintores Diego Morales, de Bolivia, y Dino Valls, de España.

Fue este último contrapunteo, estas dos formas de aproximación a la violencia, lo que removió las tripas de algunos y nos regaló dos perspectivas diferentes de la violencia en la pintura.

Morales con la denuncia a la violencia de aquel otro: dictador, obispo, Tío Sam que se regodeó en tiempos de dictadura en el poder absoluto, deleitándose en el dolor de los perseguidos. Valls, con un aparente realismo, en una relación espacio y tiempo ficcionada como forma de hacer evidente su propia oscuridad.

En particular en esta nota me detendré en la mirada perturbadora de la obra de Dino Valls, para luego hacer una lectura del arte y la violencia desde aquello que no se nombra, desde la noción de sublimación.

El primer encuentro con la pintura de Valls lleva a concluir que es de un realismo extremo, a enfrentarte con una forma de retratar —con una exactitud que a veces asusta— momentos únicos e instantáneos de un mundo exterior. Sin embargo, como dice Catherine Coleman, Valls no es un retratista, en su obra recoge el mundo exterior y lo contrasta con su propio mundo interior.

Es que, una vez más, la realidad sirve de pretexto para construir una obra que sublime —desde su técnica y propuesta conceptual— los lados más oscuros del artista, lo que desde la conciencia es lo más desconocido y a la vez vivo de su propia humanidad.

Valls juega con el tiempo, con aquel real histórico, como con el ficticio. Recoge elementos concretos al mostrar su atracción por miradas esotéricas, aires góticos, medievales y renacentistas. Al mismo tiempo, es capaz de ser perturbadoramente exacto en las miradas de un cuerpo, recurrentemente femenino, púber.

Somete en su pintura a aquella mujer que no posa en la realidad, que lo mira desde su memoria, desde aquel lugar que habla en sus trazos, pinta la imagen de aquella dueña de su deseo. Es aquel cuerpo que habla de algo más desde la sumisión de victima, al cargar los elementos de tortura y agresión física que gritan en su mirada llorosa.

El tiempo real, aquel que aporta la estética, sirve de escena para aquel otro tiempo, menos cronológico, ficcionado y que surge con un orden propio, acaso aquel del inconsciente que habla desde su propio lenguaje, desde sus propios arquetipos y elementos recurrentes. Ahí encontramos cuerpos arañados, con toda clase de instrumentos médicos, cuerpos que desde su postura de víctima sumisa reciben la perversión transformada en arte por el pincel.

Valls define su obra como imágenes proyectadas del inconsciente, “de un trasfondo psíquico común a todos”, como dice. Nos habla del sistema límbico, del cerebro reptil como aquella herencia más primaria que, desde su perspectiva, lo lleva a construir miradas recurrentes de adolescentes perturbadas, torturadas y víctimas.

Está claro, algo hay más allá en lo que se repite en su obra, en la recurrencia de aquellas miradas vidriosas de mujeres púberes, de adolescentes agredidas. Ese algo sin duda no es provocado, como Valls afirma, por “la mente de un mamífero que se antepone a una psiquis reflexiva”.

Me detengo en la imagen del cuadro Quinto dolor —que acompaña esta nota—, que muestra en los ojos vidriosos una resignada angustia que conmueve, aquella por la que habla la mirada de la victima, que recuerda la indefensión de quien ha sido sometida a un ultraje. Algo de esa mirada, sin duda, debió estar en los ojos de Justine en Sade, antes o después de los juegos y los embates del Marqués.

A la izquierda, colgadas, se ven agujas curvas de diferentes tamaños, de ésas que usan los costureros, o los cirujanos. Están numeradas del 1 al 7 y falta la número cinco, ¿la usada para arañar la pared?, ¿para hacer cinco finas heridas en el esternón de la mujer?

La cara sucia amoratada del retrato mira con unos ojos verdes y vidriosos que esperan, junto con la boca cerrada, a su agresor con una mezcla de resignación y dignidad. Es la víctima y a la vez parece esperar la próxima herida, con la aguja escondida en la mano para defenderse, para ser parte del juego inventado por su amo.

El perverso seduce, envuelve y desde esa postura es capaz de ser amo y lograr que el otro sea esclavo. El acto del perverso, ese real que sorprende diría el psicoanálisis, aparece en Valls en los retratos de niñas que muestran una sumisión que acongoja a quien la mira. Valls deja hablar algo más que instintos arcaicos en su pintura, habla en última instancia de eso que, desde imágenes antes y después de la tortura, se repite y se descarga psíquicamente en sus cuadros.

Valls no muestra explícitamente el acto perverso, pareciera que jugara con el espacio y el tiempo, el medieval y gótico, el de su inconsciente para dejar sobre el lienzo la mirada luego del corte, luego del arañazo, de la violencia. El pintor se guarda para él mismo el momento del acto como aquello que sabe que socialmente no es sublimable, que en su explicitud reduciría su arte a grotescas imágenes sin la poesía que produce la mirada llorosa de la víctima.

Valls tal vez quiere que la pintura dispare, en quien la mira, su propia historia con la violencia; que el acto voyeur complete la historia con su mirada silente, imaginada. Repulsión, morbo, placer, asco, lo que despierte Valls es producto de lo que el que mira quiere que haga en él.

Bendita y maldita la sublimación de lo perverso por parte del artista, habría que decir, en cuanto mecanismo que permite canalizar de forma socialmente aceptada y aplaudida aquello que en el plano de la realidad concreta resultaría despreciable, merecería la cárcel y sin embargo puede ser llamado arte.

El mismo pintor refiere con relación a su obra que la perversión surge del orden y no del caos. Los cuadros de Valls no son simples arañazos o mordiscos de un lobo en el lienzo, son el resultado de un otro que habla desde el pincel, otro que organiza su lenguaje con una palabra, una lógica propia. Es ahí entonces que radica el orden de su obra, orden que no se entiende desde la lógica del yo social del artista, sino más bien desde otro plano, desde aquel que habla cuando pinta y calla cuando vende sus cuadros.

Hay sin duda un vínculo afectivo entre el pintor y su obra. Vínculo que en la realidad se daría a partir de necesitar de un otro que sostenga su perversión, el cual desde su dolor permite otorgar paz “al amo” que castiga, que corta, que viola. Que somete.

En ese sentido, los vínculos del perverso se dan a partir de pactos pasionales sustentados por la seducción y captura. El perverso sabe hacerse de la víctima, porque es irresistible, es miel que seduce y abre poros, para luego cerrarlos con sangre, a palazos y mordiscos. El perverso necesita del dolor del otro para existir, es a partir de él que se sostiene. La ruptura del vínculo con la víctima implicaría su muerte subjetiva.

Trasladando esa noción a la obra de Valls, se podría decir que desde la sublimación –entendida como la posibilidad de hacer visible y la relación perversa con su obra— ha creado un orden propio en el cual el lienzo es la piel y el pincel el bisturí con el que somete. Es que en el arte todo vale y al artista todo se le está permitido, de ahí que su deseo reprimido, dotado de una estética propia, reciba el elogio antes que la censura.
La sublimación como planteaba Freud es y parte de la imposibilidad de satisfacción real de todas las pulsiones del deseo. En esa medida si por ceder a las pulsiones de muerte el ser humano sería incapaz de mecanismos de represión, la trasgresión de las leyes sociales llevaría a la anarquía y al caos.

En esa medida la represión es necesaria para construir una civilización y la sublimación por el arte es capaz de crear cultura. La sublimación de lo reprimido está en todos, ya sea en la pintura de Valls, de un Goya negro dónde el padre se come la cabeza del hijo, en los cuentos de Poe.

Es que más allá de la obra de Valls, la sublimación es necesaria para dotar a lo perverso de un aura socialmente valida e incluso aplaudida. Por que al final de cuentas el pintor o el escritor encuentran un camino por el cual vaciar la pulsión de muerte y de paso recibir aplausos.

El riesgo siempre está sin embargo en que lo que el artista sublima no es capaz de tener control de lo que provoca en quien mira, en quien lee, la obra al ponerse sobre el lienzo, la pintura o la palabra al hacerlas públicas son de quien las mira y se apropia de ellas. Lo sublimado salvará de la censura social al que sublima, sin embargo el artista será ajeno al efecto que produzca su obra en aquel que no conoce culpa, que no reprime, en pocas que hará acto de la obra del artista en la piel real de la víctima, aquel que al leer este texto, al mirar la pintura, planificará el próximo crimen o sentirá que la sangre se dispare en su sangre y decida actuar con violencia en la piel de la vecina o el cuello del amigo.

domingo, abril 12, 2009

La Terraza San Miguel 11 am

Has el experimento, tomate tres expresos en el Café La Terraza un domingo por la mañana y mirá las caras, olé los perfumes, aguanta los ojos y el tufo añejo de los mismos intolerantes de siempre que hoy se refugian en este lugar. Soporta las risas y críticas de los hijos de aquellos que hicieron fraude con el MNR en los 60, que mataron a Unzaga (no soy falangista ojo) y que hoy se desgarran las vestiduras por el supuesto fraude que se vendría con el padrón electoral actual.

Has la prueba, vas a oler perfumes dulces, vas a ver cincuentonas con jopos ochenteros, vas a encontrarte con el Cayetano y su intolerancia actual que se olvidó de como fue perseguido por la dictadura. Si pruebas verás también a un abogado de narcos tomando desayuno en familia y dando palo al país en un inglés mediocre con un gringo viejo amigo de su mujer actual.

Trata de concentrarte en el café, en tu libro, en el valor de la tolerancia, en el sentido de La Pascua, en este refugio de racismo e intolerancia...

lunes, abril 06, 2009

Esas Locuras (II)



La muerte retratada

Costumbre muy extendida en la Inglaterra victoriana y replicada en la sociedad paceña de fines del siglo XIX y principios del XX fue la de retratar el cuerpo del difunto en sus mejores galas antes de dejarlo partir. Cobraba especial interés y cuidado capturar “el ajayu” —sobre todo— de los niños.

Socialmente válida, como el bautismo, el ritual de velatorio u otros ritos católicos, era aquella costumbre de vestir a los niños muertos con sus mejores galas antes de dejarlos en un ataúd igualmente blanco, como el polvo en el rostro, el vestido de seda de la niña y el pantaloncito corto del niño.

La fotografía se la tomaba en el dormitorio, con el niño mostrando la placidez de un sueño eterno en una cómoda cama. También en la sala donde el cuerpo, bien sentado, con ayuda de artefactos de madera o una efectiva mano que no se ve, mostraba el cuello erguido, simulando una rígida siesta sin retorno.

Me contaba un amigo pintor que el nieto de los Cordero guarda, en el estudio fotográfico de su abuelo, una colección de fotografías de niños muertos y que encontrarse con aquellas fotografías conmueve y deja escuchar las voces de un pasado, la profanación de duelos ajenos que se ofenden. Ayer fue una costumbre cariñosa de preservar la última imagen de los que se fueron antes de tiempo; hoy para algunos sería una patológica forma de duelo no resuelto y de preservación de la muerte.

Formas de preservar al ser querido, psicóticas y depresivas, existieron y existirán siempre, como maneras de no cerrar el duelo, rituales familiares, personales. No importa; tenemos derecho a querer preservar la muerte de los nuestros en la foto de la niña con vestido largo, en el cuarto intacto del hijo accidentado, en las comilonas de dulces con las que en Todos Santos recibimos a nuestras almitas. Al final, ¿acaso no hay locura más necesaria que velar la muerte?

La muerte justa

La sociedad más civilizada y la más tribal ejercen rituales de justicia colectiva. En Achacachi y en Texas se cursan invitaciones para ejecuciones públicas. En el primer caso el acto se da de forma violenta y a palazos, en una plaza llena de tierra y con gritos agónicos del condenado.

El acto es validado por la legitimidad de la comunidad y auspiciado por cantidades nada despreciables de alcohol. En el segundo, bajo el amparo de las leyes, el ritual se da en un lugar estéril y moderno y los palazos se reemplazan por una inyección letal. Quien va a morir no sufre mucho, pero todos pueden verlo por un ventanal en una pequeña salita con butacas de cine, la cual incluso tiene parlantes para escuchar lo que el condenado quiere decir.

El público a veces se muere de ganas de llevar unas pipocas o una Coca-Cola para ver la función, pero se contiene porque podrían creerlos locos; las más de las veces se quedan en silencio analizando cada detalle del ritual y esperando ansiosos si por los parlantitos de la pared se escuchará la voz del sentenciado pidiendo perdón o dictando tal vez la frase que quedará en su epitafio.

En Texas el juez dicta la ejecución, el condenado duerme y luego muere plácidamente. En Achacachi el pueblo entero apalea al condenado sin juicio previo y mientras grita clemencia, los comunarios, todos, comen pasankallas. En ambos lugares, luego del ritual, los invitados abandonan el lugar en silencio. No han escrito mucho los poetas, no han hablado mucho los cineastas sobre estas formas de locura, aunque es probable que en Texas, en la celda del que ya no está, el guardia de turno encuentre una colección de brillantes poemas que permitieron al asesino purgar demonios antes de la muerte. En Achacachi tal vez verán a la viuda y los hijos llorando al ladrón del pueblo y dejando en su tumba una foto de familia.

La muerte enamorada

Él salió del psiquiátrico hace unos meses, y hace tres días que está muerto. Hacía música rock, pintaba furibundos autorretratos y escribía cuentos que quedaron colgados de internet. Más de una vez fingió su muerte cibernética en un blog para ver cuántos comentarios de condolencia recibía.

Anoche decidió dormir por última vez con su novia y entregar el corazón a químicos cristales; él también solía jugar con pantalón corto, también tuvo un bisabuelo que vio la foto del pequeño niño del vecino muerto antes de enterrarlo, así con la cara blanquita, con la ropa blanquita.

Él no tuvo tiempo de planear una buena foto; tenía que irse. La bondad del psiquiatra lo llenó de Clonazepam y Prozac, pero las mordazas químicas le planchaban las ganas de crear. Él quería que lo dejaran escribir un largo soneto en las aceras del Puente de las Américas; quería protestar con poesía por llamarlo transgresor, por no ser policía como el padre, por estar enamorado del primo de su novia.

Llevó a su novia a un cuarto de motel, contempló su blancura en silencio, brillante y pura como el polvo que acariciaba los rostros de los niños muertos. La miró, la tocó y aspiró la locura de sus besos; respiró la amargura en su garganta. Decían que era buena, socialmente buena para operar ojos y muelas. Freud se enamoró de una igual que lo ayudó a quitarse el cansancio y poder escribir la interpretación de los sueños. La locura lo dejó tieso con el corazón detenido en esta muerte blanca.

¿Qué locura es mayor: escribir un soneto en el Puente de las Américas o encerrarse en un motel con 10 "bretes" de coca y jalar hasta la muerte?

lunes, marzo 30, 2009

Esas locuras I


La locura no existe fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan, dice Michel Foucault en Locura y civilización. Contundente mirada que cuestionó —hace casi 50 años— la noción de la locura en la sociedad y que sirve de inicio a la primera parte de este texto, preámbulo, a su vez, de las tres historias de la segunda parte.

Cuando la palabra decide reposar en el lado de la locura, de lo socialmente insano que la mira, que le saca la lengua, vuelven en la memoria las lecturas universitarias de Foucault y aquel planteamiento de que no existe la locura en estado salvaje. El loco, desde esta mirada, “es” en una sociedad que lo alberga, en la palabra de otro que lo define como tal y desde la suma de convenciones sociales, que lo etiquetan, que lo nombran como anormal. Es loco estadísticamente, por tanto, el que se aleja del centro, para la izquierda o la derecha, para bien o mal social.

Estas palabras que se esconden bajo el pretexto de la locura pretenden hablar más allá de la psiquiatría y de aquel imaginario social que activa el pensamiento individual y colectivo —las más de las veces supersticioso— sobre la razón y la locura. En esa medida uno puede aproximarse a la locura como una manera de recoger las formas de la sensibilidad, “las santas y las profanas”, capaces de generar obra en el arte y las letras.

También desde aquella locura aislada en monasterios y hospitales que es también capaz, desde su propio lenguaje, de mover algo, de crear un más allá. Esta segunda es un homenaje a las formas de la repulsión, como diría Foucault, que la excluyen socialmente y que la capturan en instituciones.

Es así, el hecho de lo loco estuvo presente en la sociedad de varias formas, desde las dimensiones mágicas, malignas, estéticas, clínicas y cotidianas. El loco que crea, que lee mentes, que te embriaga con hechizos, el loco que caza dragones, que persigue molinos, en la certeza del beso de una Dulcinea que no llega. Esa locura revelación, manifestación romántica que nos regaló Cervantes con el Quijote y Shakespeare con el acto suicida de un Romeo, nos dejó tanto, abrió tantas puertas.

También está aquella otra locura irreverente que divertía con su hebefrenia a la corte de algún rey y que fue inspiración de otras obras. Ésa que perdió su aura mágica, primero por aquellos santos tribunales de la Edad Media y que luego, a partir del siglo XVII, fue formalmente excluida con la etiqueta de enfermedad, de falencia y que llevó a construir la noción de internamiento.

Probablemente fue en ese momento que la locura dejó de hablar e interpelar públicamente desde las artes, ya que fue callada por métodos, igual de locos, diseñados para arrancarla del cuerpo y del alma. Ahí surgieron el torno, las inmersiones en agua y tortuosas ruedas giratorias para que los demonios de la locura se escapen volando por los aires, mueran ahogados en aguas limpias y griten con las muelas perforadas. Luego las camisas de fuerza físicas y químicas se encargaron de anular y “planchar químicamente” al loco.

La locura entonces decidió vivir un silencio y nació el momento de esconderla, como aquello que socialmente debía ser excluido, pero el silencio impuesto no impidió que siguiera hablando, desde el privilegio que le otorgó siempre la certeza de su delirio, aquella que la llevó a incomodar y seguir incomodando a la verdad social más cuerda.

Aquella locura asociada a brujas y demonios, aquella locura irreverente contra lo socialmente establecido que definía lo normal y lo anormal, se planteaba transgresora. “Y sin embargo se mueve”, diría Galileo antes de ser condenado. Sin embargo, la locura habló y dejó una estela de arte y ciencia a su paso y lo sigue haciendo. Bien refería como ejemplo Foucault al decir que Lady Macbeth comenzó a decir la verdad cuando devino loca, irrisoria, falaz.

En el siglo XIX la locura fue reducida a un fenómeno natural, desde un modelo médico, fuertemente anclado en la ilusoria noción positivista de “la verdad del mundo”, “la verdad de los sentidos”, la que paradójicamente tiene la loca certeza de que el diagnóstico no se equivoca.

El siglo XX, con su devenir de ciencia y camisas de fuerza químicas, no impidió que surgiera, como Foucault llamaba, la gran protesta lírica ante la filantropía despreciadora de la psiquiatría frente al loco. Protesta que se expresó, por ejemplo, en la obra de los poetas dadaístas y surrealistas como Artaud o, más cerca nuestro, en la obra de Arturo Borda.

Es que el internamiento, el hospital, las etiquetas no serán capaces de aniquilar del todo la profundidad y el poder de revelación de la voz de aquel llamado loco. En esa medida, desde Foucault, el lenguaje último de toda locura es la razón, aunque envuelto en la imagen, en la apariencia y en el síntoma que la define. La razón forma, desde esta dimensión, con la apariencia una organización propia.

“…Fuera de la totalidad de las imágenes y de la universalidad del discurso, una organización singular, abusiva, cuya particularidad obstinada constituye la locura. A decir verdad, ésta no se encuentra por completo en la imagen, que por sí misma no es verdadera ni falsa, ni razonable ni loca, tampoco está en el razonamiento que es forma simple, no revelando más que las figuras indudables de la lógica. Y sin embargo, la locura está en la una y en la otra. En una figura particular de su relación” (Michel Foucault).

Ésta es la mirada que funda la ética individual planteada por Foucault, ética que se sostiene más allá de la etiqueta social, la norma estadística, la razón psiquiátrica. En esa medida, cada uno debe ser capaz de llevar su vida y el otro debe ser capaz de respetarla y admirarla.

jueves, marzo 26, 2009

Chaskañawis..

A las chaskañawis de trenzas ausentes, que esconden la pollera fucsia en la forma de un jean a la cadera.

A esas descoloridas en algodón prelavado de la Uyustus, que hacen que tu mirada bambolee y se babee en el hueco de un ombligo con piedrita de fantasía, con joyita made in China.

A aquellas que esconden en "ese palpitar" tan a lo Sandro, de poros canela, furiosas agujas que punzan las miradas las lascivas y babeadas.

Hablo de esas warmis, con valentía embriagada en huesos seductores. De aquellas que te llevan sin rubor a sacarte de un tajo las fibras de la vida y ofrecerselas en un plato de plástico, en un agónico ají de fideos con sentires.

Suelen ser indolentes en la certeza de la miel que inyecta los parpados de una locura cándida y frenética. Suelen ser adictas al "si pero no" "me asusta pero me gusta".

Warmis cobardes, ñustas parodiadas en Yanbal, como hacen temblar el corazón de espuma del que escribe, el agónico paso de la malta en sus venas, cada vez que dicen ""yaaaa", cada vez que muerden un tal vez o con sonrisas de bicarbonato y escupen, cual antidoto blanquea piropos, un..."no maaanches".

lunes, marzo 09, 2009

Persecuciones (be bop)




Persiguiendo a Julio Cortázar, esta crónica refleja los momentos de angustia y emotividad propios de la etapa creativa, o de intento de creación

Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía. Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado (Julio Cortázar).

Las palabras saltan libremente en una alfombra llena de manchas, en una sala que acoge a mis libros y discos y, de tiempo en tiempo, a mis amigos poetas. Hoy Charly Parker y Julio Cortázar se mezclan frenéticamente al releer la biografía ficcionada de Bird en El perseguidor. La relectura de la vida de Johnny (Charly Parker) atormentado por sus fantasmas y adicciones lleva a cuestionarse sobre el afán de perseguir y andar jugando a ser lobo, tratando de cazar al arte que emana de uno mismo y de los otros.

Todo perseguidor es cazador y víctima de la violencia y el vacío que él mismo persigue. En esa medida, en el campo de la palabra, la persecución podría verse como una sentencia, una sublimación en la que el teclado reemplaza al cuchillo del carnicero y construye la imagen de un cuerpo seco al cual acaba descuartizando a “palabrazos” o aniquilando con contundentes ráfagas de poemas.

La persecución puede ser caótica y desesperada. Se da, creo yo, como pulsión y forma de nombrar con el arte al vacío al que todo perseguidor se acerca. De ahí que surjan palabras disgregadas y catárticas, en libretas y servilletas de bares como pobres intentos de atrapar lo perseguido.

También aparecerán melodías brillantes, como destellos nocturnos que luego se esfumarán. Al respecto habría que recordar la cantidad de brillantes y opiáceos solos de saxo de Bird que nunca fueron grabados y que se quedaron en eso, en aletazos desesperados en la persecución y nada más.

¿Será acaso el tema del deseo lo que nos mueve, como decía Cortázar en El perseguidor?, deseo que se antepone al placer y la disciplina y acaba necesariamente frustrando, porque exige avanzar, buscar, perseguir. El párrafo redundante y mal labrado, la digresión, el desafine, la falta de armonía, la sincopada suma de palabras o notas que fácil se olvidan, son el riesgo de sólo perseguir por el deseo.

Perseguir, ser perseguido o girar en espiral, qué más da. Lo único que está claro es que somos tanto presas como cazadores, y que en la música como en la literatura ambas posturas hablan. De ahí a que dejen obra es otra historia y va más allá del frenesí de la carrera. Porque perseguir, sólo por el deseo, llevará a publicar antes de tiempo la obra, a fallar en el momento exacto, a cometer el error preciso en el cuento, a poner la nota equivocada en el solo de saxo.

Está claro, la persecución, desde la perspectiva del perseguidor, era una manera de perseguir a un “sí mismo” que había dado pasos adelantados en la búsqueda. Era una forma de hacer uso de un talento irreverente, displicente y poco organizado.

Sin duda, desde esa postura, perseguir no es oficio, es simplemente un castigo a ser purgado por el arte, por la trompeta, por la pluma rasgando de forma sincopada el corazón. Esto permite a la melodía y/o la palabra presionar nuevamente el corazón, lo que da inicio, nuevamente, al llanto de la trompeta, del papel y se vuelve una carrera en círculos, una persecución tautológica que nace ya de por sí de una derrota.

Para ser honesto, a medida que transcurre la escritura y mi relectura de El perseguidor, mi lucidez y entendimiento se agotan; es como si las notas o las palabras crecieran en un cerebro mudo de ritmos y golpearan con dolor punzante los versos o el saxo imaginario que habita en mi memoria y que no sé tocar.

“…un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado como tanto músico, tanto ajedrecista y tanto poeta del don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia (a lo sumo un orgullo de boxeador que se sabe fuerte) de las dimensiones de su obra”…

Tal vez algo de eso debe haber en lanzar y lanzar palabras como ajos, como cebollas a la sartén, esperando que el azar produzca obra. Algo de eso debe haber en creer que los pensamientos tan caóticos, por puro arte de asociación libre, pueden dar al lector un sentido que ni el autor esperaba crear.

Sin duda algo de eso, tercamente mediocre, nos pasa a algunos perseguidores paceños, que con “la persecuta” a cuestas empezamos a creer que es posible construir obra lanzando palabras, como si fueran serpentinas, al aire. Sí, los perseguidores criollos, esos pobres diablos, andamos parafraseando a Cortázar… corriendo como liebres tras un tigre que duerme…

Aún no entiendo por qué perseguir sin método, embriagado de sustancias, obnubilado de ansiedades, en vez de evocar en la paz del escritorio, con la calma y el bisturí preciso en la palabra.

Habrá que haber perseguido compulsivamente para entender que cuando pasa el frenesí y la agresión de melodías y palabras al mundo, volverán en la cabeza cosas menos caóticas, que traerán el cansancio del alma por la persecución. Es ahí cuando se entiende que no se sumará nada persiguiendo la estela del vacío, sin dormir hasta las tres de la tarde. Que no agrega nada a la persecución insistir en la vigilia, releyendo Rayuela con libromancia o jugando tuncuña con la tapa de una botella sobre un caos de versos, que uno de los perseguidores bautizara como cadáver exquisito.

¿Cuál entonces la manera de encontrar y aceptar formas menos agónicas de perseguir? ¿Será que hay que pasar más de una noche en la irreverencia de perseguir la sombra que suele llevar al barranco antes de parar de ser errático y sentarse a construir obra, anclado, sin correr?

Pareciera que no, ya que cuando cesa el caos, surge otra persecución, tal vez más perversa, la de querer encontrar la nota perfecta, la de buscar la melodía que “abroche” el deseo con la esperanza, la angustia con el arte. La persecución del soneto perfecto, del giro verbal en el cuento, sorprendiendo con maniobras literarias nunca vistas.

Esta forma de perseguir puede llevar a algunos a encerrarse compulsivamente, a llenar las paredes de versos, para un poema inconcluso que nunca acaba, o a llenar la cama, el techo y hasta la espalda de la mujer amada de fichas literarias y complejos mapas mentales sobre personajes, aquellos, que en la vigilia, desordenarán las sábanas y obligarán al autor a levantarse para escribir un nuevo párrafo de la novela inconclusa o, peor aún, a dar un giro total a la obra y empezar de cero cuatro veces en un año el mismo capítulo.

¿Es acaso esa persecución la que retrató Cortázar al hablar de la obra inconclusa de Johnny de Amorous?

…”la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan. Pero en cambio, a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz”

Sí, algo de eso pasa cuando la persecución improvisada cansa y el talento quiere toparse con esa mala palabra llamada obra perfecta. Perseguir, esa pulsión que lleva a buscar sin reflexionar en busca de quién sabe qué, escapando de quién sabe quién…

Sí, este texto era un pretexto para decir que hace tres días vi a Forrest Whitaker interpretando magistralmente a Charlie Parker en la película Bird y simplemente me dieron ganas de leer nuevamente El Perseguidor, casualmente a los 25 años de la muerte de Cortázar y en mitad de la lectura recordé a mi hija preguntándome: “¿Papi, por qué la luna nos persigue?”.

viernes, marzo 06, 2009

Años de Mordaza



Hace tiempo que no me escuece el ojo derecho debido a una extrema dósis de juventud femenina desbordada en sonrisas muerde pupila.

Hace tiempo que esta piel no quiere escaparse a abrigar los poros de la última vertebra lumbar de una mujer que brota vida.

Hace tiempo que no sentia este tipo de saudades y añoranzas tan extrañas, esas que produce el flirtreo de ojos y manos dibujando estelas de angustia, desesperados besos que nacen muertos. Hay nostalgias, sin duda, esas de lo no vivido como diría Monsieur Madrid (Sabina).

Esta bien, ya entendí flaca volviste reencarnada en una piel tan canela, volviste y me remueves otra vez esas palabras secas, esas cursilerías dulzonas, esos tonos de voz juguetones, esos mensajes de texto timidos y anónimos, patetico dirás, empecinado avejentamiento que te mira, con catalejo desde una esquina 15 años más allá, diré.

Hay estos rubores, hay estos viejos temblores, serenos, todavía vivos, entre tanta mirada con saberes y ayes...

Hay estas cadencias y coqueteos, está cancioncita y tu risa de eco explotando en el teléfono a las 9 de la noche...

Con diez años de menos
(Silvio Rodríguez)

Si fuera diez años más joven, qué feliz
y qué descamisado el tono de decir:
cada palabra desatando un temporal
y enloqueciendo la etiqueta ocasional.

Los años son, pues, mi mordaza, oh mujer;
sé demasiado, me convierto en mi saber.
Quisiera haberte conocido años atrás
para sacar chispas del agua que me das,
para empuñar la alevosía y el candor
y saber olvidar mejor.

Esta mujer propone que salte y me estrelle
contra un muro de piedras que alza en el cielo.
Y como combustible me llena de anhelos,
de besos sin promesa y sentencias sin leyes.

Esta mujer propone un pacto que selle
la tierra con el viento, la luz con la sombra.
Invoca los misterios del tiempo y me nombra.
Esta mujer propone que salte y me estrelle.

Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.

Con diez años de menos, no habría esperado
por sus proposiciones y hubiera corrido
como una fiera al lecho en que nos conocimos,
impúdico y sangriento, divino y alado.

Con diez años de menos, habría blasfemado
con savia de su cuerpo quemaría los templos
para que los cobardes tomaran ejemplo.
Con diez años de menos, hubiera matado.

Sólo para verle,
sólo para amarle,
sólo para serle,
sólo y no olvidarle.


(1978)

martes, marzo 03, 2009

Del Choqueyapu al Sena II

Atardecer gris con burbujas ácidas en la panza

Mujer de viento..


Acá me tienes nuevamente, por lo visto fallé en mis cálculos tu carta llegó antes, que arrogancia la mía en pretender predecir todo y asumir el control del tiempo ajeno. Que poder tengo yo al fin de cuentas sobre las ganas de llevar el paquete del cartero, la paciencia con que el amigo de la post en Paris clasificó las cartas de países para él tan remotos como Ruanda, Bolivia, Guatemala. Sea como sea, algo habrá influido en la reducción de los días, que hoy el país suena más en el mapa, más aún cuando nuestro presidente estuvo hace poco en Paris probando esos curiosos autitos a pilas que funcionarán con pilas de litio que los franceses fabricarán a partir del 2010 y que Evo insiste que se deben hacerse en La Ceja del Alto para reemplazar a los Transformes por orgullosos “Deserticons” Galos.

Perdón me vino una nostalgia de mi adolescencia y recordé esos dibujos animados tan divertidos de autos todopoderosos que se convertían en terribles monstruos. La verdad por estos días me están dando unas ganas de convertirme en algo así como un monstruo de esos que se comen a la mierda que va chorreando de mis orejas y mis pies mientras camino. En fin, son rollos míos no les hagas mucho caso.

Mi carta tardó menos, al igual que tu respuesta y en sólo 16 días estoy disfrutando de retorno tus palabras. Me gusta el papel en el que escribes, me recuerda a esas hojas añejas con aroma a borra de vino que solía guardar en una botella de Pinot Noir, cuando creía en esos juegos del destino y en que el vidrio esmeralda de una botella tenia cierta clase de poder mágico para que las palabras deseadas se conviertan en lo esperado. Ya ves con los años uno deja de lado las miradas tan naif y acepta la realidad con sus luces y sombras, sus demonios y querubines y aprende a pasar por la vida aceptando la relatividad de un mundo gris, al final así es más fácil, duele menos creo yo.

Me causó tanta gracia leer tu respuesta ante mi lapsus con la Molly y la Penélope, no sé algo de mi estaría pensando en mujeres griegas o en esa necesidad de añorar a quien te espera inmóvil “al lado de algún camino” en alguna estación para que luego te diga ¿quién eres tú? En todo caso se que entendiste el mensaje, ya ambos no creemos en la dispersión romántica de las mujeres que lanzan piedritas al río pidiendo regalos o de los hombres que van corriendo persiguiendo flechas trepando al mirador de Montmatre en busca de una adolescente de 30 años como Amelie.

Al leerte reconozco la grandeza de una mujer que se resiste a lanzar sentires a una ciudad que no la ha olvidado, una ciudad que está reencontrándola. Si, leerte es caminar por las palabras de una mujer grande como tu dirías, no me refiero a lo cronológico, sino a la grandeza que da la vivencia y las marcas que con gusto uno lleva en la piel y en el alma.

Sin duda es increíble como los hijos nos cambian, en ambos los recuerdos de nuestra vida adulta necesariamente tienen el color de la risa de los hijos y es inevitable no asociar lugares maravillosos con los hijos, con las wawas, con su risa, su sorpresa, primero por el tacto, luego por la mirada y probablemente la más hermosa cuando ponen su palabra a lo que les asombra, a lo que no entienden.

Avísame si en tu camino por esas estaciones del Metro encuentras algún Clochard boliviano tocando charango, sin duda te moverá algún sentimiento de patria diferente el escuchar ciertos ritmos fuera del país. Cuéntame después más de tu calle de tu boulangerie ¿las vecinas francesas gritan igual de balcón a balcón sus penas e histerias como las españolas? Háblame también de Xana ese nombre me suena a bálsamo, no podría explicarte por que.

Hoy luego de leerme seguro caminarás, volverás a descubrir riendo ese Paris al que dejaste, con la diferencia que tus gestos ahora se cubrirán de palabras.

No des tanta vuelta, no deberías en todo caso girar tanto en las razones de nuestros trajines, de nuestras caminatas por calles que nos pertenecen o que nos robaron lo que fuimos, simplemente estas caminando, acá con el Illimani, allá con el falo aquel de fierros, estamos y los iconos se están, quedarán más allá de nuestra ausencia, pero eso sin embargo es otra cosa.

Sabía que te negarías a escupir al Senna si al final respiraste de sus aguas tanto tiempo que sería descortés devolverles una saliva apaceñizada, primero bebe de él un tiempo, respira la ciudad un poco más y tal vez podrás regalarle un beso. Lo que sí, debo agradecerte por las piedras a la memoria de la Maga, espero que no hayas jugado a ver cuantos saltitos daban como hacía Amelie.

Cuéntame también como encontraste la tumba de Cortazar, me dan ganas de decir Julio pero sonaría irreverente para alguien que sólo conoce sus letras y más de una vez jugó a copiarlas y de paso mal. Espero que el poemita permanezca un rato en su lapida, ahí escoltado por esos árboles (¿cipreses tal vez?) tan grandes.

Amiga del alma, como ves esta respuesta tiene más de replica que de confesión, que de revelación de mis días, por ahora poco contaré de este presente en el que estoy aprendiendo a desenredar madejas del pasado, volví al psicoanálisis, el diván ayuda aunque pincha también los sueños. Pero que absurdo yo hablándote de psicoanálisis y tu dejando a tu inconsciente fluir en las calles por las que Lacán gozó (psicoanalíticamente hablando claro), que privilegio el de tus días.

Tu retorno, mi estadía, tu devenir, mi estar, son al final miradas diferentes, aproximaciones distintas a este instante tan absurdo de estar vivo. ¿Te pusiste a pensar en si Sartre tendría dolor de cabeza o gastritis el momento que en una banca de Paris se le ocurrió eso de la náusea, de que somos arrojados a la existencia sin pedirlo? No sé, tarea para otras cartas para otras caminatas.

Al final como dices hay que ser agradecido con la vida que hemos transcurrido con tanta dicha y tanta pena que nos jodieron pero también nos hicieron felices. Fiel a mi obsesión debo confesarte que ya viví más de 13,000 días y puedo rescatar a estas alturas por lo menos 50 felices, creo que es bastante premio en todo caso ¿no lo crees? Como siempre dije con 15 años más estoy tranquilo, el resto para serte honesto ya será yapa.

Seguro a estas alturas se te enfrío el café o lo más seguro tuviste tres distracciones placenteras con algún franchute caminando por la calle. Sabrás disculpar mi existencialismo y fatalismo, pero hoy por hoy al igual que tu tengo más ganas de reencontrarme a mi mismo y de disfrutar la risa de mi hija que de pensar en creer nuevamente que puedo pasar días enteros en las mismas sábanas con la misma mujer, de forma deliberadamente sucia, con cerveza deliberadamente fría como diría Cortazar.

Por favor aprovecha para escribir para darle vida a esa obra que hace tanto grita en tu interior. El invierno de Paris creo que te será propicio.

De momento recibe besos con tinta de versos

Me despido mirando las montañas paceñas y esperando tu respuesta por "la poste"

Yo

PD: Mándame el primer párrafo de aquel texto inexistente.

lunes, marzo 02, 2009

Del Sena al Choqueyapu I


Paris sin tiempo

Amigo del alma,

Nada más bueno que recibir una carta tuya por la Poste. Debo ante todo disculparme y decirte lo apenada que me siento por haberte dado café de sobre con fecha vencida (qué desprolija!) y recordarte que no es la Penélope, sino la Molly. En todo caso la espera no me aniquila, porque el encuentro es siempre o casi siempre más apasionado, que doloroso y el si es siempre si, aun diciendo no.

La primera vez que llegué a esta ciudad quise ver la Torre y así fue. Después de un cansador y largo viaje cargada de mis wawitas, nos dormimos todo el día y fuimos a verla en la noche. En el camino nuestro recibimiento fue un grupo de música boliviana que tocaba en el metro, creo que en Chatelet, una de las estaciones más grandes, más extrañas y por lo mismo más luminosa. Después, ver la Torre iluminada fue para mí aprender a llorar por dentro, no sé explicarte por qué un montón de fierros despertaron en mí una sensación que nunca antes había vivido. Era noviembre, el mes más feo del año en París.

Ahora, no busqué la Torre, he buscado mi calle, mi boulangerie, a mis queridas vecinas del departamento del frente, a mis vecinos árabes de la esquina, a mis amigos y Xana, la tienda de las liquidaciones eternas en Foubourg du Temple. Esta semana estaré con el primer francés que conocí cuando llegué, con el que nos comunicábamos con gestos, porque yo apenas sabía decir dos palabras en francés. Él, como tú sabes, se convirtió en otro amigo del alma, que en el momento preciso me devolvía la carcajada con charlas, vinos, quesos y con un eterno: “tout se passera bien”, para eso yo ya conocía algo más de su idioma.

No puedo decirte muy claramente lo que significa estar otra vez trajinando estas calles, pero sin duda estoy repasando una parte dura y a la vez intensamente maravillosa de mi vida. Ya pasé por el Canal Saint Martin y por la Senne, no creo poder escupir a ninguna de esas aguas amigo, pero prometo que al pasar otra vez, lanzaré varias piedras en tu nombre a la Memoria de la Maga y por supuesto que le dejaré a Cortázar lo que me pides. No sé de dónde sacas eso de que cómo osas una ofrenda al escritor, que no te conoció, acaso eso importa? Tú si lo conociste y eso basta, creo. Además no dices el Julio, dices Cortázar…

Ya visité la Halte Garderie, la Maternelle y l’École de mis hijos, ya habrá tiempo para contarte todo lo que reencontré en esos lugares, por ahora solo puedo decirte que volví a ver a mis wawas correteando por esos pequeños patios de escuelas de gran ciudad.

Este retorno sólo me enseña que la vida es una eterna despedida, todo el tiempo nos estamos despidiendo y en esa medida, seguramente, nos renovamos, pasamos a otra cosa y cargamos cada vez la mochila más pesada con todo lo que vamos recogiendo en el camino.
Creo que una parte de mi se ha quedado hace tiempo en esta ciudad a la que tanto amé y a la que vuelvo a amar de otra manera, (como todo amor, conflictivo, difícil, dudoso, impredecible, pero honesto, hace tiempo que no creemos o más bien no aspiramos a los mentirosos amores rosa) eso sentí en Montmartre y no sé si tengo la habilidad que dices, que es un arte y que yo la sé hacer, pero supongo que esa conjugación de pupilas con cabellos me permiten mirar al viento el tiempo como la hermosa Sacre Coeur mira pasar y recibe a cada trajinante de esta ciudad, que desde arriba se ve, lo que sólo se puede ver desde la altura como La Paz. Una ciudad que se repite todo el tiempo: el ojo de agua, san Pedro, la alemana, el roba pulsera, es como que nada cambia, a pesar de que todo pasa.

¿A alguien habrá que agradecerle tanta dicha y tanta pena? Por ahora te agradezco a vos que me permitas desempolvar esta historia. Sólo me queda decirte por ahora como dice mi pana: “palante como el elefante” y mucho éxito en el reordenamiento de tus discos, que me conmueven más que tus paredes partidas y que sus carísimos cuadros, que mal que mal no están tan mal, según mi humilde gusto por la pintura y los colores.

Besos y abrazos,

Moi>

P.D. Mis textos todavía no existen.

martes, febrero 17, 2009

Del Choqueyapu al Senna I

Del Choqueyapu al Senna I

La Paz sol de verano post derrumbes.

Añorada Warmi:

Te escribo en la certeza de que tu memoria vuelve a La Paz en cada sueño y que en la vigilia, en este tu autoexilio, estas purgando lo que debe ser purgado para un nuevo retorno, más clara, más contundente.

Espero que te esté yendo bien con tus textos, por mi parte te cuento que poco ha cambiado por estos lares desde que te fuiste hace ya diecisiete días. Una cosa es cierta, el tiempo de tu ausencia fue también tiempo de abstinencia, mi cuerpo dejó el alcohol desde aquella tu despedida en la que de forma tan adolescente bebimos tequila de la panza de aquella rana de plástico que estaba en el jardín de tu dueño de casa. Todavía me río al ver las fotos.

Si querida amiga recuerdo todavía tu cara de espanto la vez que la Alemana que vivía con Mateo, ese roba pulsera, te invito a realizar un bizarro tour por el Penal de San Pedro. Ella no había entendido nunca los argumentos de Mateo sobre la falta de respeto de los europeos a la vida privada de los presos de San Pedro e insistía que él como nieto de Alemanes debería respetar los pedidos de su pareja, la cual aunque detestaba a Hitler, por alguna razón creía que Méngüele era un primo lejano de su padre.

Si poco ha cambiado en la noche o a la mañana paceña, sería absurdo pensar que algo podría dar un giro repentino en esta ciudad, en nuestros días en menos de un mes. Sin embargo algo sin duda es cierto que el aroma de esta ventana se ha secado sin esas tus palabras, tus juegos coté-coté.

Te cuento que el anterior fin de semana, en una incursión un poco nostálgica, fui a probar la contundencia de esa decisión de estar limpio. Como espectador fui al Ojo de Agua y me divertí al ver como una turista israelí tenia la lengua llena de aptas por que creía que acullicar coca es meterse toda la cantidad de hojas con lejía a la boca y aguantar lo más que pueda. Orgullosa mostraba su lengua de gato hebreo que no había aguantado la mezcla y había empezado a florecer como Puya Raymondi.

Así es, se me metió en la cabeza esta idea absurda del proceso de cura ¿Curarse de que? al final debería ser la pregunta, en todo caso mientras voy encontrando la respuesta me quedaré volcando en palabras todo aquel terremoto que los últimos años fue removiendo estructuras físicas, las de mi casa, y mentales, las de las memorias.

Te escribo esta carta de la forma tradicional para que te llegue “par la post” como dirías, en papel y de puño y letra. Eso sí la misma trae un pedido adicional que el día que me respondas leas la pos data y cumplas el encargo. Si mis cálculos van bien, estarás leyendo esta carta dentro de 10 días y 5 horas. Conociéndote lo harás en tu ventana, mirando la Rue Saint Maur, esa que por tantos años fue testigo de tus trajines franceses y a la que por alguna razón decidiste volver, luego de aceptar la invitación de aquel amigo que persistentemente fue allanando el camino para que te re encuentres con tus memorias, bailes con tus fantasmas. Si me parece que te estuviera viendo, con la misma serenidad, con la misma media risa con la que leías mi obra en borrador sobre la mesa de tu sala, acompasando tus ojos al ritmo del crujir de la leña en tu chimenea. Por ahora sólo me queda la imagen de que me leerás en tu terraza del segundo piso a la noche, mientras tus jazmines nicotínicos escuchan tus palabras y botas el humo a la noche amarillenta de la ciudad.

Eso sí te puedo adelantar que no será necesaria una lágrima como respuesta a mis palabras. Por acá aunque no creas las cosas están mejorando, mis paredes dejaron de rajarse y mis pies caminan la ciudad con menos angustia que antes, eso sí, me es inevitable la saudade al recordar tu risa reflejando en tu ventana y la forma en que me miraste la última vez que tomamos café en tu casa. Si lo sé no era un buen destilado, era un simple café de bolsita con fecha de vencimiento caducada, pero un café cómplice al fin. Todavía recuerdo ese extraño movimiento que producía en mis tripas el baile de tus pupilas por mi rostro, mientras te ponías las botas y me confesabas que Juan el cineasta, aquel que acompañó tus días hasta tu partida, se había tomado un frasco de aspirinas en tu nombre y luego con una gastritis de los mil demonios te había prometido hacer dieta y dejar la bebida. Y tú ahí todo maternal llenándolo de panitela y mate de manzanilla, mientras sólo querías que te deje en paz.

Si amiga, aunque no te lo dije, siempre tuviste la extraña habilidad de conjugar pupilas con cabellos, eso no es fácil, es algo que no se aprende, un arte que se domina y tu lo sabes hacer bien, sobre todo cuando disfrutas con el humo buscando sentido en alguna de esas trenzas que te sueles hacer para leer y la amarras sobre todo con punta bola roja, bisturí decía yo cuando pulías mis versos ¿lo recuerdas?

Todavía tengo tos pero eso es natural en mi, igual que dormir nueve horas al día. Hoy estuve pensando que si llego a los setenta necesitaré dormir sólo cuatro horas. Será divertido a la vejez tendré días cinco horas más largos, cosa que ahora añoro, no sabes cuanto necesito dormir menos y tener más tiempo para escribir. Al respecto el domingo en Fondo Negro salieron unas cartas inéditas que Cortazar intercambió con una amiga boliviana y encontré esta frase que te copio por que creo que define exactamente como me siento en relación a mis lecturas pendientes y al tiempo que me sobra: …” En realidad habría que inventar pedazos de tiempo libre que uno pudiera comprar al mismo tiempo que un libro, el vendedor te entregaría el libro y el tiempo necesario para leerlo..”

Así es con tanta carga que pone en mi espalda la burocracia me resulta difícil poder dedicarle el tiempo que merece la literatura, a este paso creo que tardaré más de lo planificado para concluir el libro pendiente. Es que para que negar soy también hombre de hábitos burgueses, de ocio, de pasar interminables horas mirando el techo o jugando con el control remoto viendo basura en la tele y eso sin duda luego cobra la factura en agónicas madrugadas de lectura para ponerme al día.

Para ser honesto te confieso que a veces me desespera tener tan poco disciplina, pero bueno queda el consuelo que de acá a 25 años tendré tiempo de sobra. Eso sí espero a la vejez seguir teniendo los dedos ágiles y la vista funcionando para leer y escribir sin descanso. Al final ¿que más podríamos pedir en el ocaso que no sea una mente ágil, un cúmulo de recuerdos para ficcionar y buen vino?

Bueno es hora de dejarte, ya ves yo siempre tan disperso, me olvidaba el motivo de esta carta que era iniciar esta complicidad epistolar a la distancia. Quiero también pedirte si es posible que esta semana puedas pasar por la tumba de Cortazar y dejarle unos Gauloises y este poemita que te adjunto. Conociéndote se que dirás que es un exceso de confianza que él no tiene por que recibir nada mío si nunca me conoció y peor aún que mi homenaje a sus 25 años te resulta tan trillado, tan cliché que te provoca risa. Se también que dirás que al final de cuentas respetas mi forma de ser, por que así no más soy y no voy a cambiar y acabarás accediendo a mi capricho.

Por cierto avísame como te va con tus textos, espero con ansias algún primer avance de tus relatos sobre las historias del Baúl y las fotos esas que están ahí esperando volverse palabra al viento. Cuando vuelvas espero poder contarte en que acabó la historia esa del tour a San Pedro. Dicen los mitos de los gringos que en las celdas más caras te reciben con cocaína rosada “escama do fish” ja ja y que los ingleses se pelean sacando sus Visas y American Express para dibujar en el espejo el mapa de su ciudad antes de inhalarla. Imaginate, tanta irreverencia junta en un sólo lugar, tanta locura, tanta burla.

Ahora te dejo que tengo un desorden de discos por el piso que no tienes idea y además no puedo concentrarme en un texto sobre El Perseguidor, yo y mis homenajes tardíos a Cortazar ya lo ves.

En fin Warmi Parissiene regala tu ñeque y tu charme a Montmatre y si puedes lanza un escupitajo al Senna a la memoria de la Maga. Ya sabes tú y yo siempre preferimos a Penélope del Ulises de Joyce.

Besos como abrazos

Paul

lunes, febrero 16, 2009

Camba y Ekheko


Durante la fiesta del dios de la abundancia vuelve con contundencia a la memoria el recuerdo de aquel paseante “urbandino” (como diría el Willy Camacho) por las calles paceñas y me permito usar este espacio dominguero para compartir una crónica a la Feria de Alasita. <

Alasita, alarila, Alasita rebaja casera (Manuel Monroy)

Soy cruceño, un amigo gaucho me bautizó como “Croto”, que significa mendigo pero con más estilo. Llegué a La Paz hace años y soy un camba-colla bien puesto y, como todos los años, voy a buscarme a mí mismo el 24 en Alasita.

A las 12.00 se abre el portal dicen, ése que comunica la realidad terrena con la fortuna de los Andes. En la noche todo gira, vueltas y vueltas, en calesitas tímidas, en puestos de churros sangrando aceite guardado. La vida, mil deseos, acá en estas calles. La Paz regala en Alasita sus historias a cada centímetro, sólo basta con salir a buscarlas, saber mirar, saber escuchar a los basureros, a la gente, al río.

Si pones atención, escucharás a la basura besuqueando las piedras en el Choqueyapu, jugando con el agua pura que va perdiendo la virginidad en una orgía de cajas, latas y pañales. Ésa que luego acabará regando una lechuga en Río Abajo. La misma que te alimentará mientras comes una Burguer King.

Esta ciudad en las “Alasas” o en cualquier día tiene un aire caótico como el orden de sus calles, así tiene que ser. Todavía me acuerdo cómo era cuando estaba al otro lado, cuando vivía el orden de libros y de horarios, con el terno bien planchado y el auto lleno de gasolina. Vivía el ruido, los balances, las reuniones importantes. Ingeniero de Yacimientos, rajándome 12 horas diarias. Hoy, la gente me mira de reojo y con desprecio en esta esquina, y un tipo desde la ventana de su auto grita que no moleste cuando le digo:

—Soy un titiritero, camba de las laderas, ¿te lo hago un poemita para tu chica?; si quieres también te lo canto un taquirari. Por cinco lucas, te adivino lo que sentís debajo de la corbata y del calzoncillo.

Te veo y me mato de risa al ver cómo te molesta que te diga regálame para un trago. Sí, lo sé, te da arcadas mi presencia, cuando te muestro mis barbas ralas y blancas guiñándote mi ojo amarillo y cuando mi bilis te dice somos lo mismo. Te revienta mi cara sucia y mi hablar pausado, porque no te suena a político, te suena a ti mismo, a tu espejo.

Dale, viví tu fiesta privada con “la secre”. Al final, sabes que en casa está ella, la real, la que te aguanta, la que luego, mientras ronques como perro, pensará en el valor que tuvo la esposa del coronel de Policía que se cansó de los puñetazos y le metió tres tiros mientras dormía. Me encanta el café con leche de pis y basura que baja rodeando y perfumando Alasita. Me arrulla y el olor a anticucho me mueve las tripas.

Me siento a respirar la fortuna, para ver si llega algo de suerte en los gritos de júbilo de los niños que ganan peinetas y llaveros. Esos rifles de pueblo con el caño en espiral son el peor engaño a la esperanza —pienso—, mientras miro dos caderas bamboleantes tratando de acertar a una argolla. Los rifles de espiral, el gordo de la tómbola, las paredes con graffiti urbanos. “Goni Asesino vas a volver”, “Nacionalicen Miss Bolivia”. Tanta esperanza rifada en esta tómbola y basura. ¿Cómo cuernos se come esto del cambio?

De pronto me encuentro con la dama de porcelana que viene en cada a comprar en el puesto de flores. La miro, se para, compra una rifa y dos plantas de hoja de Eva. Camina, cabello seco, rubor de seda y anemia rota a golpes, vestido liso. Se para y grita a la lluvia que venga, que moje su vida. Para qué, si seca igual no se mueve, pienso.

Marchitada pero siempre acá en la Alasita, orando a la abundancia. Anoche también me acordé del Juan, aquel amigo de mis épocas de Yacimientos. Hoy tiene la panza hinchada de tanto bicho que se mete al cuerpo por hurgar en la basura. El tipo era contador en el pasado y cómo son las cosas, era bajito, pequeño y regordete, igualito al Ekheko, por eso cada enero lo cargaban con eso de Dios de la Fortuna.

El Juan vivía con sus cuatro hijos y andaba acogotado de deudas. Era pobre de caricias. Durante la semana esperaba la primera chela fría del viernes, el cacho con los amigos de contabilidad. Luego, la misma rutina en la oficina, se lamentaba de lunes a jueves no tener ni una luca ahorrada para sus wawas y los viernes de no poder dejar la cerveza. Cómo amaba el vaso el loco éste, más que a sus hijos, lo amaba como a su propia muerte, por eso al final se divorció y se casó con la botella.

El Juan se fue hundiendo, regalándose al tibio veneno, empeñando pega e hijos, para de un trancazo acabar viviendo bajo la luna, buscando algo de fortuna en la basura, peleando con los perros un pan duro. No se quitó nunca el bigote, eso sí, cada 24 de enero se lo iguala con una lata afilada y se fabrica una panza de papel. Le encanta regalar billetitos de periódico gritando ¡que viva la fortuna! Subo, ya falta poco para las velas, cuando de golpe, pensando en él, lo encuentro:

—¡Gordo! —le grito y me mira con su pinta de Ekheko desahuciado, mientras regala fortuna a la gente como en aquellos viernes de soltero. Entrega billetitos, hechos con papel del Loro de Oro, a la gente. Qué aguante viejo, plantarse horas al sol y con el pulso sin trago durante tres semanas, recolectando periódicos y haciendo cientos de billetitos.

Agarro uno, es una serpentina de presagios: “La Mansión, 2 x 150 bolivianos”, “Todo lo que quieras por 100 bolivianos, foto real”, “Ángela Travesti Educada”, “Se necesita electricista”, “Yong Fung Acupuntura china”, “Yolanda Yung Terapeuta de Familia”. Todo mezclado en su bolsa de yute, labio con labio, teta contra teta, fibra con fibra.

La vida juega en su bolsa a la fortuna. ¡Buena Fortuna, Jallalla a los achachis! Me mira agotado, después de su baile a la fortuna, y lo abrazo. —Dale Juanito, estás cansado, comeremos un anticucho con unas chelitas frías, una vieja me regaló diez lucas, dale gordo.

Juanito me mira y dice: “Ves, camba opa, bien sonso eres, no me quieres creer. El Ekheko no falla, ya te dije, la fortuna siempre llega”. “Sí, Juanito, tenés razón, vamos a comer que la panza suena”.

—Oye camba, ¿vas a venir mañana otra vez? ¿Te animas a gritar fortuna para todos?

—Seguro que sí, mañana volvemos.

—Ya vas a ver cómo El Ekheko nos regala algo, apurá que es 24 y todavía nos falta conseguir unas pichochas, pero primero buscaremos un trago que esto de gritar cansa.

lunes, febrero 02, 2009

Poesía Militante



…Caen sorprendentes Cristo en poses extrañas sobre las cruces del mar. Sorprendentes carnadas llueven del cielo: llueve un último rezo, una última pasión, un último día bajo las hosannas del cielo. Infinitos cielos caen en raras poses sobre el mar.
Infinitos cielos caen, infinitos cielos de piernas rotas, de brazos contra el cuello, de cabezas torcidas contra las espaldas. Lloran para abajo cielos cayendo en poses rotas, en nubes de espaldas y cielos rotos. Caen, cantan.
He allí tu madre, he alli tu hijo

Raúl Zurita

Soy las consignas ya no gritan en los medios como hace unos días, aunque todavía hacen eco en la cabeza de la gente y mientras tanto estas palabras nacen con aire postelectoral de victoria/derrota en últimas de cambio.

Es en estos tiempos en que la política jode con lo de tomar partido y las voces ajenas y no tan ajenas presionan para seguir escribiendo por consigna que surge en la memoria el encuentro que tuve con Raúl Zurita en la Feria del Libro de La Paz en 2006.

Recuerdo su barba de la cual se descolgaban sobre la mesa sus versos militantes, aquellos que con contundencia celebraban un homenaje a las piedras de la ciudad, a la arcilla de Llojeta. Mientras leía su poesía conjuraba los temblores del Parkinson en su mandíbula, los besos involuntarios de oreja al hombro, los pellizcos de clavícula al cuello.

Su cuerpo irreverente, involuntario, con baba al empezar a leer, nos entregaba una palabra firme, contundente y precisa, como forma de exorcizar el mal neuronal, como forma de evocar en carne propia la firmeza que tuvo ante la tortura, misma que nos regaló aquel día su palabra quebrada que se negaba a callar.

El poeta de la memoria, como lo llamaban en Chile, esa noche lanzaba con contundencia sus palabras a La Paz evocando, en un auditorio plagado de aullidos de gaviotas de altura, los temblores que le produjo la tortura en un barco de la Armada Chilena.

Es que a partir de su vivencia Zurita ha entendido, ha concebido la literatura como la forma de hablar, de crear desde el dolor, desde la tortura, desde ese espacio donde la palabra aparentemente no es posible, donde el verso es sólo grito sangrado en la pared del encierro.

Zurita aquel día también habló de cuerpos, de temblores, de rocas transandinas. Desde su poesía, ascendiendo por los muros de una sala improvisada, habló de su permanencia en silenciosa vigilia, del homenaje a la escenografía de la muerte, aquella violenta muerte de los cuerpos arrojados al mar, la que dejó el eco reclamando la presencia simbólica de la persona amada.

Habló también de la otra muerte, de esa que necesitaba tanto poder despedirse del cuerpo para irse, y de aquella que se fue sin dejarnos lugar al tacto, la de los desaparecidos en dictadura.

En estos tiempos en que unos y otros piden que la palabra tome partido por la hormona, por la visceral consigna, prefiero refugiarme en la palabra llena de memoria de Zurita, aquella que convoca a que la poesía milite en la memoria desde otro lugar, desde una mirada descarnada y de furia al pasado colectivo que nos forma.

Zurita plantea que el escritor, el poeta tiene una deuda con la memoria histórica. Ante la realidad, el poeta, el narrador debería ser un testigo socialmente comprometido con la historia y proponer algo más que hacer pública su angustia, sus romances, sus demonios personales.

Desde esa perspectiva, para Zurita, la palabra debe poner sufrimiento en la furia e ir más allá de la suma de desahogos. Aquella rabia debe hablar y ser bandera, tomar partido.

En esa medida es que vuelvo a las páginas de su libro INRI, poema largo, en tres partes, sobre la epopeya involuntaria de los miles de cuerpos arrojados al mar, a la cordillera, al desierto en la dictadura de Pinochet. Cuerpos que dejaron la estela violenta de la muerte no esperada, de amores destrozados sin posibilidad de aviso previo, sin mirada de despedida de la amada.

Ante la lectura de este libro, contundente memorial a los cuerpos violentamente asesinados, una disociación delirante surge como la tentación más deseable para desplegar un velo de ficción y proteger mi palabra del efecto de los tiempos presentes del país, esos que nuevamente piden que mi poesía tome partido.

Mi individualidad burguesa evita seguir a Zurita; sin embargo, la realidad que me habla de forma polarizada del cielo en el que unos creen, del infierno que unos atizan con fuego de intolerancia se filtra por la “burka literaria” que me impongo y me reclama militancia en la escritura.

En ese instante decido pensar en la palabra de Zurita, en el cuerpo que nace en la palabra que resucita al cuerpo, en la crucifixión del texto. Esto me lleva al Zurita que en plena dictadura realizaba poemas de acto con intentos de quemarse el rostro, de cegarse para expresar su impotencia frente a la realidad y la necesidad de decir sin palabras, de gritar ante la intolerancia, la desaparición y la tortura.

INRI recoge la metáfora de la pasión de Cristo y es capaz de hacer del mar, la cordillera y el desierto un inmenso memorial a los desaparecidos. Zurita ha tenido en este libro la capacidad de escribir más allá de la angustia intimista del poeta y militar con su palabra, como forma de duelo y reconciliación con la memoria de los cientos de cuerpos que fueron arrojados al mar.

Zurita plantea la posibilidad de una poesía militante como respuesta a lo que él mismo llama los poetas autistas, esos que escriben en la borrosa huella de la ficción de sus lecturas y se sumergen de manera fetichista en sus demonios, en las caricias que producen sus poemarios, en el onanismo del encierro muerde ego.

Para Zurita, es en la militancia que el poeta asume un papel social que va más allá de la consigna del escritor “del partido”. En esa medida es que el escritor será capaz de plantear no una denuncia de panfleto, sino más bien la posibilidad de escribir poesía como un ejercicio despiadado, una búsqueda de autenticidad, pero no desmarcada del mundo.

La poesía desde esta perspectiva es más que un ejercicio de sangrar las nostalgias y vivencias agónicas de un devenir cargado de congoja. Desde la lectura de Zurita, es un ejercicio despiadado, un llamado constante a la búsqueda de la autenticidad.

El poeta, así como debe ser capaz de la introspección más descarnada, debe ser capaz de mirar la oscuridad en el maquillaje que le muestra el entorno donde mora, donde come, donde habita. Porque en esencia es habitante, ciudadano, purga acongojada de palabras en un cotidiano a veces perverso, a veces pragmático.

Zurita afirma que sin una reserva de criminalidad no hay arte. Cuando el artista es tentado por demonios, no puede vencerlos dice, como el santo, ni deshacerlos, como el iluminado. El poeta entonces debe dar su palabra a sus demonios, dar cuenta de ellos al mundo que es en última esencia de donde nacen y a donde pertenecen.

¿Cuáles son entonces esos demonios, los más íntimos y los ajenos, aquellos que hablan desde el mar, desde la roca besando los cuerpos destrozados de los amantes en INRI? Tal vez son aquellos que provienen de lo que el uno causa al otro, y son furia y sufrimiento en el poeta. O tal vez esos que provienen de la agonía existencial de morder la propia náusea o reverberar con contundencia en la denuncia. En uno u otro caso, el poeta sucumbe a la tentación de ser espejo de la criminalidad de los demonios que desgarran su piel.

La palabra de Zurita convoca a labrar la piedra y también a cagarse de risa de los demonios que incapacitan, como aquel del Parkinson que le hace babear sus versos, pero no le quita la contundencia de hacer público su purgatorio e invitarnos a una poesía militante.

Zurita, por último, en su poesía, es la furia, la forma de hacer memorial de la injusticia, lo cual se ve reflejado en una obra como INRI. Algo habrá que aprender de su forma de militar con la historia, de escupir la palabra en el verso hecho escupitajo en las caras de los hijos de aquellos a los que no les tembló la mano para botar vidas al mar.

¿Serán acaso estos tiempos por venir, tiempos de poetas menos catatónicos, menos hebefrénicos y saltarines conjugadores de versos llenos de pedos intimistas? Habrá que ver, habrá que esperar que no caigan más cuerpos al mar o sobre la nieve que cubre la roca, sobre las flores blancas que crecen en los abismos de la cordillera, para que los autistas de oreja de elefante pongamos un poco más de furia a la palabra, a la poesía y exorcicemos a los demonios de fusil y poder político, sean cuales sean, habiten donde habiten.

lunes, enero 19, 2009


El poema del cuerpo
Por:Paul Tellería *

Lo pudoroso y lo impúdico, lo más mundano y humano —la carne, el organismo del hombre— son a la vez el mejor camino para develar lo incorpóreo

Qué hace tu cuerpo, y quién ha de ser el que se lo coma sino tú mismo? (Jaime Saenz)

Dos miradas, dos evocaciones al cuerpo nacen al alba. La palabra caminando geografías, las de la musa, las de la calavera, las barnizadas de rosa, las que chorrean podredumbre que reverbera en el cuerpo.

La primera mirada tiene que ver con la celebración surrealista, desde un cadáver exquisito, a una mujer. La segunda es una mirada inspirada en la réplica de la destinataria, a la poesía de Sharon Olds, poeta del cuerpo.

I

La celebración nace, como tantas, en una madrugada en la que los cabellos se mezclan con venas turquesa y uñas hueso. El lugar tiene una dura mezcla de aromas, sensaciones, sabores y temblores. Paganini es lo único que se escucha y, más allá de los gritos del violín, la poesía irrumpe irreverente desde el cuerpo de una mujer de cabellos largos, Warmi Valiente para quienes la conocen.

Desde las manchas de su camisa caen, como leche teñida de vino, las gotas de tinta que tomarán cuerpo en el cadáver exquisito que dos poetas, un músico y un actor dejarán destripado sobre la mesa. Cadáver que tomará cuerpo en un blues, que luego vestirá el cuerpo del que lo canta y antes del almuerzo será reposo en la espalda de la Warmi.

Esa asociación colectiva, con aires de un Breton resfriado en Sopocachi, produce destellazos inconexos para alabar los atributos físicos de la mujer que, con caderas contundentes, se come el tocuyo rojo del almohadón del actor y respira luego una a una las letras temblorosas y taquicárdicas que han sido producidas a su nombre.

Ella celebra el coqueteo, la alabanza al cuerpo sin fallas que construye la palabra. Agradece, haciendo burbujitas en su copa de vino, las referencias a su piel con olores a flores, con tersuras de durazno. Respetuosa escucha la lectura del poeta con camisa de Sandro y el poema hecho blues del actor. Sin embargo, no piensa por ahora en ninguno de los que le escriben, no acepta que el cuerpo sea sólo esa construcción idealizada de la mujer sin manchas ni olores.

Ella no lo cree y es consciente de otras formas de evocar y retratar al cuerpo, como aquellas que leyó alguna vez en la poesía de Sharon Olds, poetisa gringa, quien escribió 54 poemas velando la agonía de la muerte de su padre.

La mujer valiente, en la contundencia con que asume la vida, confiesa que la poesía colectiva de cuatro borrachines es eso, una forma más elaborada de piropeo a la mujer que acompaña su borrachera. Artistas o banqueros a la madrugada se dejan llevar por las mismas pulsiones, dice, y son al final las ganas de comerse al cuerpo las que hacen hablarle al cuerpo.

El cuerpo huele, se pudre, se seca, nos dice. Hay otra forma de referirse al hecho del cuerpo, de rescatar con palabras la inminente realidad de nuestra piel que se arruga, de nuestras formas que se chorrean, de nuestro pubis que se blanquea. Mirar al cuerpo dejando al cuerpo, en el asombro del olor que inunda, del color que pincha, es sin duda la forma de aceptación más grande que tenemos del destino, de la muerte.

La escuchamos y alzamos los vasos con un salud reverente, igual al que se otorga a la coherencia que da lucidez a la borrachera, entonces su palabra destripa seducciones y nos lee un verso de Sharon Olds:

Recuerdo el vaso con asombro:

todo el fin de semana lleno de moco y pus sobre la mesa,

frente a mi padre.

II

Sharon Olds (1945) fue conocida como la poeta del cuerpo, luego de escribir su libro El Padre en el hospital, cuando velaba la agonía de su padre, de su “cuerpo comiéndose al cuerpo”. Fue hija de un alcohólico que nunca se hizo cargo de ella y más tuvo que cuidarlo en sus últimos días a él. Lo cuidó como a una wawa, aunque lo había odiado toda la vida y se propuso escribir sobre cada detalle de su enfermedad; sin borrar nada y con asombrosa frialdad, capturó su muerte en 54 poemas.

Aquel hombre al que años de su vida rechazó por la forma agresiva con que la trataba, en el lecho de muerte sigue siendo el padre. Tiene un encuentro con él para simplemente describir la muerte de su cuerpo.

El padre, que no fue un ejemplo de virtudes, en sus últimos días resultó ser un personaje entrañablemente extraño para la autora. Le evocó imágenes vacías y de ausencia y a su vez de perdón, purga y redención.

Sharon Olds fue admirada y criticada por su modo directo, dolorosamente honesto e incluso crudo de representar aspectos de la vida familiar y las relaciones personales. Ella logró, de una forma audaz e íntima, más que generar el shock repulsivo del morbo, confrontar con la inminencia de la piel que se vuelve k’isa, con la dureza de la vida física, no sólo como la suma de imágenes vividas, sino como una admirable forma de reconciliación y aceptación.

La autora miró el cuerpo con la capacidad de poner en vívidas imágenes poéticas los detalles más biológicos del organismo enfermo. La baba, la tos, lo fétido, la pus son la crudeza de sus versos. Olds no sólo se queda en la descripción, en su obra es capaz de construir una epistemología sobre el hecho de tocar, en todas sus formas, de la prevalencia de los sentidos al momento de construir poesía.

Abierta está la palabra, la mirada a esta forma de aproximarse al otro y hacer poesía del cuerpo, no del idealizado, ése que lleva a lanzarle flores en la madrugada a la mujer que te acompaña. La poeta del cuerpo corta, en contundencia real, con el imaginario narcisista del cuerpo bien contorneado de catálogo VIP.

El cuerpo vibra, suena, se agita, huele, bota espuma en la agonía. Es ése también el cuerpo que nos habita y que, parafraseando a Saenz, se come al cuerpo cada día.

Los poemas del libro hablan de manera cruda de lo frágil de la materia y confrontan con la pregunta de la trascendencia más allá de la vida. Son también, por qué no, versos sobre el perdón y el poder del amor.

Olds nos habla también sobre la relación padre e hija que pese a la ausencia está presente de por vida. Del padre, simbólico del discurso, aquel que quedará luego de muerto, en cada acto en cada palabra. Aquel que con su presencia o ausencia de una u otra forma determina, define. En la contundencia de la palabra de Olds, celebro el encuentro con el cuerpo de aquella mujer que en la madrugada dio la tinta para hablar de este otro cuerpo, el del asco, el real.

III

A continuación, extracto de un poema del libro The Father, de Sharon Olds. La traducción es libre y fue hecha por el escritor argentino Gustavo Nielsen.

El último día

El último día de la vida de mi padre

lo bañaron por la mañana, doblaron la sábana a su cintura,

yo me senté con ellas y lo lavaron,

clavículas, hombros, costillas, pecho, la piel ocre, irregular.

Doblaron la sábana hasta su cadera,

su muslo no era más que el fémur,

la piel como papel de carnicero envolviendo un hueso para un perro.

Lo secaron y el pelo de su pecho se erizó,

salieron de la habitación por un momento y quedé sola con él,

su pezón como un puñadito de guijarros,

trajeron una manta de algodón, tibia,

y giraron su cabeza hacia la ventana.

Luego la enfermera levantó sus párpados,

y en lo blanco, bajo cada iris, había aparecido una línea oscura.

La enfermera le alzó la bata,

vi su abdomen relajado y gris,

cubierto de pelo como una promesa de

bondad animal,

apoyó el estetoscopio contra su corazón

y esperó, luego bajó la bata

y dio un paso atrás, me miró, y asintió,

y entonces miré a mi padre,

su cabeza demacrada, su espalda arqueada

como para lanzarlo fuera de este mundo.

Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya

y respiré, pero él no respiraba, respiré y respiré, pero él se oscurecía,

mi padre.

Apoyé mi mano en su pecho

y lo miré, miré sus pestañas,

los poros de su piel, las grietas en sus labios,

los pelos de su nariz.

Entonces acomodé su cabeza sobre la

almohada,

se movía tan fácilmente, y su oreja,

aplastada durante la última hora

se desdobló en el aire

abriéndose como una flor.

* Cronista y escritor

viernes, enero 09, 2009

Confesion de enero

Este espacio nació hace tres años y medio y fue madurando en la escritura conmigo. En este tiempo la palabra sangrada y mal labrada, esa que tanto gusta a los voyeurs y a los visitantes del bar, fue dando paso poco a poco con el tiempo a una palabra más meditada, más elaborada, tal vez por eso este lugar ya no se alimenta tan seguido como antes, lo cual no significa que no tenga ganas de hablar, de compartir el día a día de gritar lo que va pasando en mi cabeza.

Sin duda la palabra que ahora se cuelga de este cuaderno virtual es menos intimista, menos desnuda y ahora muestra de forma más elaborada mis juegos con la palabra. En todo caso es importante mencionar que por estos días tengo unas ganas de gritar lo que anda pasando y contar algunos proyectos y bloqueos literarios.

Estoy empezando un poema largo a La Paz por los 200 años, gracias a una invitación de mi amigo poeta Jorge Campero quien tuvo una idea genial para el bicentenario de la cual luego se enterarán.

Tengo un texto dándome vueltas en la cabeza que esta semana no pude empezar, se trata de una mirada al hecho de la perversión, como la entiende el psicoanálisis lacaniano, como la entendió Sade, trasladada al mundillo literario paceño en el que conviven amos y esclavos, gurus y aprendices. La idea será parte de un texto que les compartiré por prensa.

Arte y violencia, un texto que será parte del segundo numero de una nueva revista de arte. Voy pensando las formas de abordaje, desde la palabra, desde la prosa y la narrativa al tema de la violencia

El principal bloqueo es el de la sección dos del libro de poesía que estoy trabajando, de momento titulado “la cura”. Una resistencia entre volver a lo intimista de la poesía o construir miradas ficcionadas de la ciudad y su entorno como personaje principal en el que “el cuerpo del personaje, va purgando al cuerpo” es el dilema

Como ven, hoy por hoy ando rumiando con poca energía, con hipoglicemia, producto de una dieta voluntaria para bajar 8 kilos de sobre peso, con desintoxicación forzada de los canales sanguineos, del filtro hepático, del anticucho del pecho. Si Charly García se limpio los mortales podemos al menos imitar su ejemplo.

Rumiando con debilidad (traten de concentrarse en un buen parrafo con la panza vacía y sin tabaco) voy hilando en la cabeza dos o tres esquemas de textos. Sería falso no confesar también que el primero de enero traté de agarrar la mayor cantidad de impulso de este nuevo año del “año nueve” el que, si mis supersticiosas estadísticas van bien, será mejor que el que se fue.

Algunas premisas quedan para los meses que vienen. Más lectura, más silencio, menos farándula literaria, más palabra meditada, más rigurosidad y oficio, se deben imponen en este nuevo año.

¡Buena estrella para tod@s!

“El verbo atado al verso, la palabra manchada en la palabra, la paz que sólo se encuentra en la manía compulsiva de prosar el día”

lunes, enero 05, 2009

Palabras de alfombra


Se mira las manos, tienen hollín y ese liquido pegajoso sabor jarabe para la tos, que toman los gauchos con coca cola.
Tiene una palabra hecha alfombra bajo los pies de aquella de piel de leche y botas de Herman Monster
Los aromas están licuados en tabaco y el agridulce cristal en la traquea. Las texturas están borrosas y recuerda de re ojo cuando sus recurrencias convertían amaneceres de alcohol en lastimeros poemas
Hoy trata, con las manos secas y las pupilas de sardina acogotada, trata pero no puede, no sabe como escribir sin ser alfombra.

viernes, diciembre 19, 2008

Madrugada roja y blanca

En el sillón rojo de venesta cansada nacen unas palabras. Donde la geografía se hunde, mirando el biombo en el que la abuela se esconde.

La paceña/berlinesa de venas turquesa en dilataciones lanza guiños al poeta de camisa de seda roja, ese que adora los jeans descoloridos. En el reflejo de sus risas mi mano temblorosa y taquicardica escribe un poemita que luego se convierte en la pata de una calaverita exquisita.

Palabritas a la flaca a la Warmi valiente que vuelan a sus ojos inyectados de "escama de fish" y con el violín de Paganini en las venas.

Después se volvió blues lastimero, luego rock and roll y risa.


La mujer juega en el borde del reflejo,
con la flauta en las piernas,
con el viento en sus manchas.

Veré otra vez el seco de miradas cayendo en sus ojos
Y esa risa que duele
Y la que traes
Con la quinta
Con la sexta
Con la primera.
mierda.......
con la única

lunes, diciembre 08, 2008

Tres Realidades


Que la historia copie a la literatura es inconcebible

(Jorge Luis Borges)

Tres historias que me fueron contadas con una dosis de ficción y otra de realidad.

I

Un poeta decide publicar su primer libro: 30 poemas intimistas sobre encuentros y desencuentros. Luego de publicarlo afirma que anhela volver a enamorarse para poder escribir su segundo libro. Él, lector compulsivo de poesía, está convencido de que su capacidad de producción está fuertemente anclada en la realidad de sus desamores previos, es de ahí, como dice, que saca la tinta para sus versos. Sostiene sin rubores que escribe mejor si la realidad le ha dejado varios moretones de desprecio en el alma.

Ha escrito su libro luego de que una publicista, después de meses de alabar sus artes culinarias, lo dejara para volver con su ex marido. Cada uno de los 30 poemas sin título retrata 30 momentos vividos con la publicista. Cuando el poeta terminó el libro se secó de versos y se quedó, según él, frente a una realidad muy concreta y vacía. La melancolía que le produjo vaciar su historia en versos lo llevó a encerrarse, los siguientes 30 días, en la cocina para preparar exóticos platos tailandeses, los que luego comió hasta que sus poros exudaron jugo de curry a borbotones y pudo terminar su fase de duelo.

Para el poeta, la poesía es capturar en imágenes literarias los momentos duros que la realidad de una existencia previa le dejan. Desde esa perspectiva no hay posibilidad de pensar que su poesía pueda basarse en la realidad y construir imágenes que coqueteen a la ficción. Para él, la catarsis es la única vía posible para crear, por tanto, la ficción no tiene cabida en su obra. Por eso hoy, mientras se consuela del abandono en algún bar, espera con suspiros en la boca volver a ser dejado para volver a escribir.

II

Un cuentista sostiene que es posible llegar a confundir la realidad con la ficción y meterse tanto en una historia como para acabar creyendo que los personajes construidos de verdad existen. La otra noche, el narrador, en compañía de otro reconocido cuentista paceño de barbas plateadas, decidió comprobar lo anterior. Luego de ser iluminados por varias jarras de yungueño, ambos se adentraron en la noche paceña con el objetivo de vengarse de una mujer infiel.

Dos horas antes de iniciar su periplo empezaron un cuento a cuatro manos, en el que ambos eran víctimas del engaño de Nancy, una morena beniana de caderas afiladas. En la historia, ellos habían llegado a la ciudad de La Paz de un poblado del Beni a buscar a la infiel que fugó del pueblo con el corazón y el dinero de ambos. Nancy, en la ficción, era la ex mujer del primero y la amante del segundo.

Los cuentistas pasaron del placentero divague literario a una acalorada discusión sobre la infidelidad que incluso los llevó a los golpes. Completamente poseídos por sus personajes, salieron a buscar por la ciudad a la traicionera mujer para cobrar venganza. Decidieron entonces alimentar su ficción con la realidad de las noches paceñas, al extremo que se creyeron que estaban de verdad en la historia.

La ficción, en la iluminación alcohólica, reemplazó por completo a la realidad y los fabuladores de la noche, convencidos de que la traicionera trabajaba de dama de compañía, fueron a buscarla a cuanto antro de mala muerte pudieron encontrar en su caminata nocturna.

La consecuencia obvia fue que, no sólo no encontraron a la mujer, sino que acabaron durmiendo en una celda de “la Pando” luego de haber ocasionado destrozos en el Night Club Las Sirenas, convencidos de que un alcahuete escondía en un privado a la pérfida mujer.

Los cuentistas no recuerdan en qué momento la ficción se mezcló con la realidad y empezaron a creer, con absoluta certeza, que estaban dentro del cuento. Eso sí, lo que fue absolutamente real fue el dolor de cabeza y los golpes del Jilakata de la celda cuando le gritaron que les confesara dónde tenía escondida a Nancy.

III

Un cronista es contactado por un editor que lo invitó a participar en una antología de cronistas bolivianos. El editor le comunica con frialdad que su crónica fue aprobada. Más tarde, vía telefónica, le confiesa que han “podado” de las páginas de su texto cualquier juego de palabras que aparentaban ficción.

El cronista escribió un texto sobre la vida de un personaje que conoció en la infancia y hoy está en la cárcel. A fin de proteger al verdadero protagonista, se le ocurrió que era buena idea que éste muriera. El introducir ese giro ficcional al final de la crónica era, desde el punto de vista del cronista, un buen final y una forma de mantener en el anonimato al verdadero personaje.

El editor insiste en su posición teórica y le recuerda que aprendió en la universidad que una crónica debe ser un reflejo exacto de la realidad (¿de cuál?, se pregunta el cronista), donde la ficción no tiene cabida.

En este momento, el cronista se encuentra en la disyuntiva de mantener al personaje bien muerto o resucitarlo complacientemente para poder ser publicado.

Yapas:

* La escritura poética surge como una catarsis que sustituye los mocos en la almohada por dulzones y lastimeros versos reprochones al abandono. El duro desafío, en este caso, parece ser pasar de la escritura evasiva a la producción. Lo segundo no siempre gusta ya que requiere más disciplina que lágrimas.

* Creer que una buena historia puede nacer sólo a la luz del alcohol es sin duda un hecho peligroso, más aún si el delicioso etanol produce lo que los psiquiatras conocen como des-realización. Por más difícil que parezca, hay que encontrar el equilibrio entre jugar a personajes de cuento en las calles de la ciudad y luego, en la lucidez, ficcionar la realidad de forma rigurosa y técnica.

* La ciudad da los elementos para una posterior ficción y otorga una buena dosis de verosimilitud a la historia. Perderse jugando a ser Felipe Delgado a la madrugada paceña es, probablemente, más garantía de una buena paliza que de una buena historia.

* La crónica parece que tiene su riqueza en la mirada de quien la construye, en la capacidad de jugar con la realidad concreta, matizarla de ficción, sin perder la esencia de la historia pero dándole un sentido literario.

* El que escribe vive, por tanto no es inmune y ajeno a una realidad que lo atraviesa y contamina. Creer que existe una “realidad” externa inmune a toda influencia de quien la recoge parece ser una gran ficción.

* La cosa se complica, porque la palabra del que escribe está sesgada por su experiencia individual y por tanto nace incompleta.

* Gran desafío parece ser entonces el de ficcionar la realidad como producto de un riguroso trabajo de producción. Es altamente recomendable entonces volver a leer las Ficciones de Borges.

miércoles, noviembre 26, 2008

Dos Tumbas

He aquí el mar abierto el mar abierto de par en par de sus ojos a mis ojos hay la distancia de la muerte.

(Vicente Huidobro, Monumento al mar)

En el litoral central de Chile, en una colina olvidada de la pequeña ciudad de Cartagena, está enterrado Vicente Huidobro. Cuando preguntas por su tumba, algunos te responden ¿quién es ese señor? Otros te dicen ahí nomás está.

Altazor ha caído, el alerce ha prestado su espalda para escribir el letrero que te guía a la tumba del poeta. Encima de una montaña, rodeada de alambrados, arbustos y girasoles secos, descansa Huidobro. Mausoleo bicolor, mostaza y bordó, con un letrero de madera donde se puede leer un verso del poeta. La entrada a la tumba es gratuita, un letrero dice: “Prohibido usar el lugar como parque para enamorados”.

Poeta, antipoeta, culto, anticulto, Vicente Huidobro murió en Cartagena en una casa olvidada, postrado en cama, víctima de un ataque cerebral. Cuentan que decidió, en los últimos días de su vida, regalar a Chile la imagen de un paria, de un clochard atrevido y sucio, escondiendo su cabeza detrás de un sombrero. Huidobro murió peleado con los poetas, los jerarcas de la Iglesia, los fascistas, los comunistas y la aristocracia burguesa. Fue secando su poesía a voluntad, haciéndola indomable a cualquier lectura de pueblo, ajeno a aplausos, vaciando sus versos de chilenos.

En su último refugio no es posible encontrar una tienda donde comprar souvenirs con su nombre, tampoco un bar para tomarte un trago bautizado con el nombre de uno de sus poemas. Sólo un viejo cuidador y un flaco quiltro ladran cada noche a sus versos y los espectros de su fama olvidada.

Huidobro murió en la pobreza, maldito, olvidado y rechazado. En su autoexilio, vomitó para todos aquellos que besaron sus poemas con flores. Lo llamaban el más europeo de los chilenos, poeta ajeno al pueblo. Jugador surrealista con aires de Breton. Muy contundente, muy ácido y lejano a los obreros y los curas que no lo soportaban.

El poeta dejó su estela, su palabra a la montaña, olvidado e ignorado en el destino que labró con su irreverencia.

II

Estalla el agua en la piedra y se abren por primera vez sus infinitos ojos. Pero se cierran otra vez, no para morir, sino para seguir naciendo. (El Mar, Pablo Neruda)

Cerca del mar en su casa de Isla Negra, junto a Matilde, descansa Pablo Neruda. La entrada a la casa, hoy museo, cuesta el equivalente a 50 bolivianos. Existen cinco guías que organizan visitas en grupos pequeños de máximo cinco. Uno debe esperar a que por micrófono lo hagan entrar, mientras tanto es posible distraerse en la tienda y comprar algún libro, camisetas con versos del poeta, postales, adornos, réplicas de los fetiches de Neruda (mascarones de proa, barcos en botellas, caracolas, conchas de mar).

Cuando entras, respiras el aire salino que respiraba el poeta, saludas a ese mar que no puede estarse quieto, que se sale de sí mismo a cada rato. Queda en la casa el aroma a caldillo de congrio, dando sabor al homenaje de la palabra a las cosas, aquellas que el poeta amaba locamente.

El lugar, último refugio de Neruda, descanso de mar en su muerte, tumba rodeada de piedras y flores. Hueso con hueso, enredado con Matilde, su tercera esposa. No hay referencias en la casa a Malba Marina, su hija que murió a los ocho años de hidrocefalia. Su osamenta y la de la última compañera no tienen cruz que los resguarde, sus besos, ahora en textura de concha de mar, beben la caricia del Pacífico en la proa de este barco imaginado, privilegiada última morada, digna del histrionismo y el ego desbordados en vida por el poeta.

A Neruda le decían poeta del pueblo, burgués de mantel rojo. Escribía, entre copa y copa, regalo y regalo de los idólatras que bebían gratis en sus fiestas. Pintaba poemas al color de las cebollas, a la cola del caballo de madera de su infancia, a las copas que servían su vino.

El poeta, panza de calamar, pasaba de lado por las puertitas de sus cuartos. El catre de su cama crujía, torturado por su espalda y flatulencias festivas. Neruda bebía el mar en cada esquina y en el deleite de la amistad y la vida disfrutó su residencia en la tierra rodeado de besos y aplausos.

Al final del tour puedes conversar sobre tus impresiones del paseo con otros turistas en una cafetería, donde venden platos y tragos con el nombre de sus odas, un homenaje comercialmente bien logrado. Es imposible no saber dónde te encuentras, aunque no puedes sacar fotos por respeto a los derechos de autor.

III

Vicente Huidobro al sur y Pablo Neruda al norte unen con sus versos las costas del litoral central. La biografía de Huidobro, escrita por Volodia Teintenbaum, cuenta que el ojo grande de diseño picassiano que pusieron en el monolito de su tumba es hoy una mirada destellante vigilando que Huidobro y Neruda no sigan peleando.

Los que no cabían en este planeta diminuto y se enseñaron tantas veces los dientes ahora descansan con sus nombres enredados entre Cartagena e Isla Negra.

Ellos se dan la mano entre las olas, según aquellos que creen que la muerte hermana a las almas y olvida los desencuentros y “maleficios” mutuos vertidos en vida. Huidobro y Neruda, cada uno decidió cómo vivir la poesía, cómo hacer de su vida obra o de la obra vida; dicen que el primero fue maestro, luego amigo y al final detractor del segundo.

Neruda, hijo de padre ferroviario y maestra de escuela, aprendió viajando por el mundo a cantar a América, con esa voz de pavo constipado. Escribió a las cosas simples, a la gente simple. Fue adoptado por el comunismo como bandera, con su poesía digerible para mineros y obreros.

Huidobro empezó académico, aristocrático, muy europeo y terminó como escupitajo filudo para todo lo que lo formó. Acidez negra en sus últimos días, para aquellos que sentenciaron su imagen final, aquella que se fue desvaneciendo y secando en la montaña, no en su tumba, la que guarda el mar y que todavía lo escucha.

Neruda, con cada venta de souvenirs, infla la panza, ríe, en la bodega del Infierno del Dante, con buen trago, seduciendo eternamente a sus amadas con poemas. Eso sí, rebota frente al limbo donde flota Malba Marina, da la espalda a su imagen, que lo mira sin rencor y besos desde otro lugar más puro.

Ambos poetas decidieron en vida la huella de su palabra en muerte. Morir, bien muerto en tumba bebiendo del mar o morir decorado de fetiches, en la negativa a dejar la fiesta eterna y las reverencias. Al final, en un caldillo de congrio, las palabras de ambos en el litoral central todavía se juntan. El Canto General, los Cantos de Altazor, norte y sur de la misma costa. ¿Qué huella vale más dejar en muerte?, ¿qué trascendencia pesa más en la palabra?

Murio El Chino

Para los que aún leen este blog, les comento que El Chino en sus tres partes fue borrado, ya que será publicado proximamente con otro nombre, así que para mantener el compromiso de primicia de la Editorial, volverá aparecer en su versión final y corregida después de ser publicado.

Gracias

sábado, noviembre 08, 2008

Asi nomás 2

Así nomás 2

-Si quieres aprender a escribir lee 10 veces el Ulises de Joyce, el resto no vale la pena- Dijo el cuentista apodado “Asterix”, aquel mentor de otro cuentista que camina por los bares paceños emulando, en los rulos de su cabeza, a quien las malas lenguas llaman “Saibaba” y quien, hace una semana, fue El Preste oficial del presterio literario que se llevó a cabo en el “Red Camel".

Así nomás es, anoche le di palo a algunos personajes de la farándula literaria paceña con el amigo que se quejaba de que su cuento sobre la vida “del Pancataya” no podrá salir a la luz, por que la gente pensará que es un plagio de un cuento que el “Asterix” incluyó en su nuevo libro.

Más tarde, como una especie de broma literaria, me encontré en el Equinoccio con el poeta de barbas de Avaroa, aquel que puso su percusión a los poemas de Bedregal en 2005. Bebimos lanzando reverencias poéticas a la sonrisa de “Saibaba”quien con sus pocos dotes de orador, reverenciaba las caderas de una actriz cochabambina.

En el mismo lugar nos abrazamos al ritmo de “Morenada para mi entierro” con la flaca de ojos de almendra, el calvo artesano de las rockolas y el mal cantante de música jamaiquina. Si ayer me envolvieron las miradas, los arrullos del humo musical y las miradas de aquellas que iban a y venían del baño. Te llamé tres veces, te maldeci ocho y prometí no verte más las siguientes dos.

Tambaleando dejé el boliche, en el momento que las voces y las miradas hacían más ruido que la guitarra en los parlantes de un Germán ahora ruloso. Me fui caminando, te devolví la llamada, esquive tres travestis hambrientos que trataron de morderme el cuello, un asaltante que me gritó ¡hijo de puta! y dos perros copulando. Me subí a un taxi, le dije al maestrito que no tenía tarjeta y sí la tenía era lo mismo por que estaba tan borracho que no me acordaría mi PIN.

Desperté en la puerta de mi casa, escalé las gradas, me arrastré gateando a la cama, desenchufé el televisor y dormí hasta que me despertó tu llamada, tu voz ronca, esa mueve hormonas, piel de gallina en mis labios. Cinco minutos después,en la ducha, recordé como mi lengua se convertía en jabón por tu piel y tus labios se convertían en succionador de penas debajo mi ombligo.

Si, así nomás, anoche me acordé de Henry Miller al traer pasajes de “Periférica Bulevard” a la conversación con el amigo sin disciplina que se queja que otros plajean sus cuentos, aquellos que por flojera no hace públicos. Tomé varias cervezas con el marido de la hermana de un amigo de infancia, con aquel que es policía y que me dijo que por unas cuantas cervezas más me contaría los secretos de la DEA en el país.

Hoy, con el auspicio de singani Rujero, volví a la migraña del antiguo ciclo y tuve una fugaz autosatisfacción sobre la almohada recordando tus caderas. Luego prendí un pucho, lo puse en tu mandíbula y disfruté mirando como la nicotina acariciaba tu pómulo izquierdo partido, aquel que guarda aún las huellas del único puñetazo que recibió tu rostro hace cinco años. ¡Feliz día de las ñatitas!