Ejercicios literarios, crónicas, miradas a la ciudad, relatos, poesía (de vez en cuando) y todo lo que este aprendiz de escritor produce en el camino a encontrar su propia voz (Al final Borges la encontró a los 70 años)
viernes, junio 29, 2007
Noche de gatos
El aire tibio rompe la noche y mientras la espera toca su espalda una brisa de estornudos, se da la vuelta y encuentra el rostro de ella. Caminan, en absurda seriedad silente. El agarra sus cabellos le da un beso tibio, con manto de luna sin mordiscos como testigo. La estrella amarilla de siempre, en noche pincha silencios, hace guiños en su espalda arqueada al caminar.
El mira el reloj son las 9:00 de la noche, caminan y callan “chaú me voy" dice ella…”¿qué fue"? Replica él "hace frío", responde. El decide calmar los animos y entra a una tienda a comprar un vino, la señora no lo escucha, absorta mira en la tele la noticia de un accidente. Otra vez hierros retorcidos en primer plano, la prensa amarillista es una mierda, las carretera a Oruro una cagada, piensa él.
Suben al taxi, el chofer neurótico de camisa a cuadros juega a las carreras e insulta a la gente. Ella en calma le pide respeto y menos velocidad “que mala suerte con los chóferes tengo hoy dice”. Me hace frío el silencio piensa él. Llama a la tienda, y ordena por fín el vino y un paquete de cigarros como forma de romper el hielo.
Llegan al barrio que comparten, caminan por el caminito de piedras que separa ambas casas, sendero frágil une ventanas. Ella se adelanta bamboleante y serena, su espalda sonríe sus ojos no. El la abraza, el silencio pincha y le sube el limón en las venas. Busca su cuerpo se detiene y la abraza, mientras mira su rostro, está palida como la luna.
Llegan al lugar de siempre pasan el pasillo viejo del conventillo, las rajaduras de las paredes los saludan. Cruje el piso, entran. Ella camina a su esquina favorita, mira con nostalgia el lugar. El se aleja a la sala, a la ventana cómplice. Abre la cortina, prende la lámpara. Busca la silueta del Illimani, a la izquierda las laderas parpadeantes los saludan.
No funciona el truco de la media luz y las velas, piensa. Ella lanza un suspiro apaga fuegos, deja sus cartas sobre la mesa, ambiguas como su piel. Hay dos opciones sentencia: "me voy o me aguantas en silencio, hoy es un día de gato y creo que los próximos serán negros, con mucho silencio dice". La decisión está en sus manos, él acepta la pelota en su cancha y le pide que se quede. Con la advertencia de la distancia sellada en un abrazo le roba un beso de sus labios fríos.
La mira y calla en pensamientos que no exigen, en sentires que gritan comerle el alma a besos. Silencio de muro, él va a la cocina, ella a la cama. Espalda encorvada, ojos secos, él se adentra en la cocina, "hoy no habrá sexo mata tedios" piensa. Pone agua en la caldera, está seguro que algún día la quemará, toma coca cola, dos aspirinas y enciende un porro. Mira la ciudad, el Illimani ahora sí aparece, sus ojos se ponen rojos y sopla un beso de humo al cuarto.
Entra, la mira como tantas noches, clara oscura en la cama de madera vieja que cruje en cada respiro, sin necesidad de tacto. Ella entibia su piel con una frazada y con miel en los ojos perfora los labios de aquel que parado en la esquina de la puerta mira.
"¿Quieres coca o jugo?", le dice, el vino no es para ver tele piensa. Vino sentencia ella. Vuelve a la cocina, abre la botella, se rompe el corcho, mala señal piensa. y sirve las dos copas con tinto a la mitad. La boca esta seca, la noche le parte la cabeza. Vuelve y las rayas de la cama tiemblan como cuerdas de piano mal tesadas, busca las teclas, en el pecho cubierto de la mujer silente no las encuentra.
El humo verde afecta rápido piensa él. La cama lo llama, cómplice de entregas, de viajes a su humedad, de mordiscos en poros, piensa. Refugio de pieles, se recuesta en el lado izquierdo, busca y no encuentra los pies de ella. El se queda en la improductiva decisión de respetar su pedido de no me toques, de no invasión.
Peli francesa en la tele, comedia con chistes muy parissiene para la noche. Ella arrastra los pies al encuentro, los tobillos y empeines se ruborizan, los dedos se besan, se enredan, se muerden.
Ella apoya la cabeza en el pecho de aquel lánguido amante. Un beso de tachuela, frío y débil pincha la pared imaginaria que han construido en la noche. El tiembla, su pantalón se infla, su piel se eriza y vuelve un aire de petit morte. Sube la marea en las sabanas y la risa, las manos se buscan. El besa el muslo izquierdo de ella con los dedos que ahora tiene copa y media de vino en la sangre y lanza ronroneos tibios al aire. “Estoy ebria” ojala sea así del otro lado dice y deja caer su cabeza en el pecho del amante menguante.
El con la boca busca su cuello, sus caderas, las de la mujer silente, su lánguida piel, su agridulce mar. El humo verde se disipa y él besa el aire, con las manos busca los senos entre edredones, recuerda que ella tiene el sol del lado izquierdo y la luna del derecho.
Ella opta por el sueño, su cabeza recostada le roba el brazo como almohada. El con la mano izquierda, insomne, entrega tactos timidos. Se quedan quietos, piel con piel se contienen, buscan sincronía en cada respiro, ella sólo se queja, llora, ronronea dormida.
El con la yema del dedo índice, izquierdo, acaricia la cadera izquierda de ella, se corta el dedo con el filudo hueso y sangra versos en la sabana. El abdomen de ella lo llama, besa la palma de su mano en cada respiro y las heridas cierran, la sangre se esfuma, tibia.
El calor crece, él le besa los cabellos, los hombros y sólo hay ronroneos suaves. El celular suena como grillo, insistente una, dos, tres, veinte veces. Su repique agudo levanta el telón, prende las luces y la realidad llega a su piel aún erizada.
Ella se levanta, no habla. Baño, chamarra, cartera. El se queda, recurrente, velando el aroma de su imagen, abrazando la sombra de aquella amante de luna. Ella se acerca le da un beso corto, él grita no te vayas, ella no escucha. Se levanta, trata de alcanzarla, escucha un último ronroneo en la puerta de calle y el silencio de piedra otra vez.
Vuelve a la casa, prende la luz, encuentra gotas de sangre en el piso y ve que su mano izquierda sangra. Entra al cuarto y en el velador lo esperan: la botella de vino tapada con el corcho roto, una copa vacía y su celular. Mira el teléfono antes de dormir y lee: “ viajo hoy a las siete a Oruro no iré a tu casa, lo siento”.
jueves, junio 21, 2007
Fast...la no hija de la no lagrima (Peperina el Sábado es San Juan)
Estaba en llamas cuando me acosté
Pulsaciones rojas, burbujitas de efedrina saltando en la laringe, efervecientes en el pecho. La maleta celeste en la esquina de siempre, los libros, el tabaco y los discos. Acelerado el camino, otra vez la carretera, la ruta.
Este no es un acto confesional de redención autoimpuesta, sólo un brotar de palabras de espuma, en caos incosistente gritan y rebotan. Casandra Lounge y eso de fifteen 4 ever en el auricular sin cable.
El viejo piano con eso de las promesas sobre el bidet, me trae su rostro mostrando la paja de la cara ajena. Si flaco, era Cenicienta en su cuento. Te amo y te odio dame más grita y luego calla Peperina, cuando la irremediable imagen de orbitas huecas promete una nueva redención, mirando el techo en convulsiones cabalgadas.
Pedro Aznar trajo la nariz roja y contaminada de su concierto en Santiago y gritó el último gol de Boca ayer como bostezo, al mismo tiempo las paraguas de cabello oxigenado y ombligo sediento, luego de Bolivia 0 Paraguay O, comieron un choripan de cuclillas, de cara a un Pubis poco angelical para congraciarse con el dealer de la plaza por el empate.
Abrite un buen vino otra vez Peperina, deja que la espuma fluya. Relax, atómica, aglutinante, sangrada y en sal de mar. Los mariscos, esos curiosos bichos peruanos congelados en el boliche de Achumani inflan tus canales de yodo y fosforo. Saltan mis fetiches en ojos saltones por la sed y en un beso seco quedas, tibia.
El cielo de invierno en el año 5515. La cabala cristiana del año 2007 no tiene sentido, la causalidad cósmica, relativa, inerte es supercheria de feria ante la poca esperanza. Por eso:
Chau "la sal no sala Peperina", el bife se come con piel...FAX U y PUNTO.
Coda: El vaso equilibra la Fanta en su ombligo. La marea naranja reposa en las paredes azules del vaso, esas con colorcitos caprichosos, souvenir de Isla Negra. Veneno, muy fast, muy rapido, luego el color turquesa de su collar etno besa mi pecho en cada embestida. Las promesas sobre el bidet, alimentando de nuevo che. Que buen sabor tienes con mariscos.
PD: Derby Naranja de caballito de ojos rojos, vino y los siguientes discos alivian la lectura: Fifthteen forever (Casandra Lounge); Say no more, Hija de la lagrima, Piano Bar (Charly García); Peperina (Serú Girán).
lunes, junio 11, 2007
Santiago IV (Huidobro y Neruda)
Se pierde en un campo seco, entre girasoles muertos descansa, un viejo cuidador y un kiltro hacen guardia y son los guías. La entrada a la tumba es gratuita (de 9 a 14 de 15 a 17:00). Un letrero contundente dice “prohibido usar el lugar como parque para enamorados”.
El lugar no tiene tienda de souvenirs, ni bar para tomarse un ajenjo en el nombre del poeta renegado. Sólo un viejo perro, ladra cada noche a sus versos.
Olvidado en la montaña, pistas escondidas en el ascenso de tierra y en la colina una mezcla de colores sin gusto lo resguarda. Al lado izquierdo un grabado de su rostro en sus años de burgués mira al vacío en un letrero de madera. Imagen de sus días jóvenes en familia rica, es la memoria más o menos comercial que queda de su nombre.
Ha muerto en la pobreza, maldito y olvidado rechazado en la vergüenza patriotera, anarquista. En su auto exilio, vomito para todos aquellos que besaron sus poemas con flores.
Lo llamaban el más europeo de los chilenos, poeta ajeno al pueblo, con juegos ácidos, surrealistas, con aires de Breton y Eluard muy negro, muy contundente, muy ácido que un obrero no lo entiende que un cura no soporta.
Recibe la brisa del bosque seco en esta época del año y su compañero ladra en la noche a los espectros de su fama olvidada. Hoy deja la estela, la brisa a la montaña, olvidado e ignorado por la gente, en el destino que labró y le dió la gana tener en su irreverencia. Letreros de madera mal colgados de los árboles son la guía a su tumba.
Cerca al mar, en el lugar de nombre Isla Negra descansa. La entrada cuesta 3,000 pesos y existen cinco guías para la visita por grupos pequeños a la casa, una de las tres del poeta, llena de fetiches, recuerdos raros y detalles costosos. Hay que esperar para que te llamen por micrófono y te hagan entrar, mientras tanto te puedes distraer en la tienda de souvenirs que vende libros, camisetas con sus versos, postales con su foto, adornos para living, replicas de sus fetiches (mascaras de proa, barcos en botellas, caracolas, conchas de mar).
Cuando entras, respiras el aíre del poeta y el aroma a caldillo en la casa. El lugar, un homenaje a la palabra, un canto a la vida. Es su último refugio, el tercero en vida, última morada antes de su muerte. En el jardín duerme hueso con hueso, enredado en Matilde su tercera esposa. No hay referencias en la casa a Malba Marina, la niña que murió a los 8 años de hidrocefalia, única hija, olvidada.
Su osamenta y la de la última compañera, no tienen cruz que los resguarde. Sus besos ahora en textura de concha de mar, beben la caricia del pacífico en la proa de este barco imaginado, privilegiada última morada, digna del histrionismo y el ego desbordados en vida por el poeta.
Le decían el poeta del pueblo, burgues de mantel rojo. Declarado discípulo de Whitman, con foto de Rimbaud en la mesita. Escribía, entre copa y copa, regalo y regalo de los idolatras que chupaban gratis en sus fiestas. Pintaba poemas al color de las cebollas, la cola del caballo de la tienda de su infancia, las mascaras de barco, sus botellas, su ancla, su recurrencia obsesiva al pacífico. La casa tiene un inodoro floreado en una cabina angosta, las paredes recubiertas de fotos de desnudo de los años veinte, para el deleite de los amigos borrachos decía.
Las vigas de su bar tienen tallado con cuchillo el nombre de cada uno de sus amigos muertos. El poeta, panza de calamar, pasaba de lado por las puertitas de sus cuartos, crujía en el catre bajo y bebía el mar en cada esquina, en el deleite de la amistad y la vida, disfrutó su residencia en la tierra rodeado de besos y aplausos hasta el día de su muerte.
Tiene ancla de barco en el jardin y su cuerpo reposa entre flores. Al final del tour puedes conversar sobre el paseo en una cafetería, donde venden platos y tragos con su nombre, un homenaje comercialmente bien logrado. Es imposible no saber donde te encuentras aunque no puedes sacar fotos por respeto a los derechos de autor.
Quien primero o quien después en la cronología no interesa, cada quien decidió como vivir la poesía, como hacer de su vida obra o de la obra vida, dicen que el primero fue maestro, luego amigo y al final detractor del segundo.
Neruda canto de alegría, a las cosas simples a la gente simple, adoptado por el comunismo como bandera en su poesía, digerible para mineros y obreros. Huidobro empezó académico, aristocrático, muy europeo y terminó como escupitajo filudo para todos los que destestaba, ácidez negra en sus últimos días para aquellos que sentenciaron su imagen actual, aquella que se va desvaneciendo y secando en la montaña, aunque el mar se escuche bajo su tumba.
El otro con cada venta de souvenirs infla la panza y ríe, en la bodega del otro lado con buen trago caliente y seduce eternamente a sus amadas con poemas. Eso sí rebota en su limbo y da la espalda a la imagen de Malba Marina que lo mira sin rencor y besos desde otro lugar más puro.
El poeta decide la huella que querrá dejar en vida. Morir bien muerto, en tumba bebiendo del mar o negarse a morir y seguir vivo en una fiesta de risas y regalos, amistad, trago, pueblo y reverencias. Al final en un caldillo de congrio, las palabras de ambos en el litoral central se juntan, el Canto General, los Cantos de Altazor son uno al otro lado del mar.
Salud poetas, en su muerte cada quien espera. Eso sí algo hay que reconocer, al primero lo visitan los que se las juegan, los que quieren perderse en el camino de tierra, por último aquellos que al poeta le da la gana. Al otro, hordas de japoneses, gringos y cuanto turista llegue a este país. Hacen cola con ticket en mano y se van con bolsa de recuerditos, ¿qué huella vale más dejar en muerte?, ¿qué trascendencia pesa más en la palabra? ¿Quién hubiera bebido más la globalización?. No sé, dejo a ustedes que se respondan.
viernes, junio 08, 2007
Santiago III
Salí a la calle al final del día, con la mirada adormecida por la falsa bruma. Las ganas, honestamente, eran de leer algo y dormir, pero otro era el plan que tenía la ciudad para mi. Salimos de aquel complejo de cemento en el que se encuentra la oficina cayendo la noche. Me acompañaba la Pepa, una revolucionaria de los 70, con boina negra y sobretodo de lana. Años de burócrata tras un escritorio, más por necesidad que oficio, no mataron su rebeldía y ganas de respirar poesía. Ella, en silencio y en mi ausencia, había planeado, con aquel calido personaje de bigote blanco, la incursión nocturna. Subí al taxi sin mucha expectativa, imaginándome la velada en un Mall o un Restaurante de esos caros en un barrio de más cemento, en un sector tan globalizado y vacío de sentido.
Llegamos, el arribo fue curioso, era como estar en la calle España en Cochabamba, o la Presbitero Medina en La Paz, sólo que más grande. Respiré por primera vez algo más que Smog. Sentí identidad y la personalidad de un Santiago que se defiende, que se resiste a ser un una copia barata de cualquier ciudad global.
El barrio se llama Bellavista y colinda con el centro de Santiago, se ubica al norte de la ribera del Mapocho. Las ha vivido todas, desde ser en sus inicios zona católica y aristocrática, burdel encubierto para políticos del gobierno, punto de resistencia en la dictadura y hasta meca de la vida nocturna en los noventa.
Empezamos la caminata, esta vez el frío no interesa es más regala la atmósfera perfecta para disfrutar las fachadas de las casas. El moho que se cuela por las paredes te va contando las historias del barrio. Aquellas de chicas sonrientes hace más de cincuenta años que alegraban la siesta de diputados liberales y rechonchos, las otras de caricias furtivas en el motel amarillo, donde estudiantes confabulaban entre sabanas contra la derecha. La calle te habla de la lucha en el golpe, de la pelea contra el nuevo golpe, el del progreso y la despersonalización. La gente pasa, algunos te miran desde la ventana y perciben que tus ojos escanean la zona con aires ajenos, a unos les gusta a otros les es indiferente.
Llegamos a la Chascona, último refugio Santiaguino de Neruda, ella dibuja en el rostro, la sonrisa que acompañaba los debates universitarios. Me cuenta del caldillo que preparaba la madre de su amigo, esa que acabó viviendo en La Chascona después de Neruda y surge la inevitable pregunta ¿en que universidad estudiabas?, en el único territorio libre de América, la U de Chile me responde, entonces todo cuadra, cobran sentido, las preguntas sobre mi país, sobre Evo, la risa que contiene ante las colegas de la oficina, bronceadas y con el cabello teñido de rubio en este invierno. La boina parisiense y ese aire detrás de las arrugas de mujer de batalla, recobran presencia. Aunque hoy carga en la espalda el peso de la burocracia, vuelve esta noche, a ser aula de sociología contestaria.
Me cuenta sobre las luchas en dictadura, la locura de seducir a los milicos con la minifalda en plena resistencia y luego cargar la metralleta para ir a defender alguna fábrica, en el córdón industrial. Me habla del primo Cura que mandaron al destierro y acabó muriendo de pena y sorojche en Putre. Hablamos del Chile de hoy, de la vergüenza de los Santiaguinos con el otro país, ese del cual no hablan, el que no aparece en los afiches de ciudad competitiva, estable y moderna que sirven para atraer inversionistas.
Me llama la atención nuevamente la mezcla de casas simples de una planta y paredes de cemento, pintadas de forma caprichosa y deliberadamente kitsch. Juega el color de paredes ocre, azules, amarillas, cafés, con las luces de la noche y te regalan al caminar, murales cubistas, graffitis contestatarios, soles y lunas en portones de madera con candado. Las puertas te entregan: musica (punk, jazz, trova) risas y de rato en rato sale gente de algún bar para invitarte a pasar.
Llegamos a una galería construida en el patio interior de un manzano de casas. Me cuentan que fue una iniciativa vecinal para evitar la construcción de un edificio. El lugar es todo de madera y encuentras desde artesanía Rapa Nui, vino e incluso medicinas tradicionales Mapuches.
Es otro el color en los rostros, otro el aroma en la gente joven de este lado de la ciudad, grafitea, fuma. Pienso que aún cree, resiste y muta contra la corriente. Son el Santiago que también cuestiona, ese de los colegiales que arman barricadas en los colegios y se hacen llamar pinguinos y con quince años se declararan marxistas y les devuelven sin miedo las bombas de gas a los carabineros.
Luego de caminar por calles misteriosas, me sorprendo con una casona café escondida a las faldas de un cerro, con las ventanitas crujiendo y los ojos que miran y reciben. Me despiertan sueños locos, ganas de mudarme a su esquina con sauce seco y paredes de piedra y disfrutar la jubilación en este lugar. Ella ríe y me invita a comprarnos la casa, poner un bar con libros, aunque adelanta que probablemente muera antes que yo llegue a viejo.
Volvemos a las preguntas, a las heridas del 73 y me cuenta que jugaba en la casa de Allende a sus 6 años y que es la oveja negra de izquierda en familia de derecha, la cual poco a poco acabó por aceptar su coherencia. Vuelve a pintar sus palabras con el calor de su lucha, me habla del Pantera, brasilero que vino a armar la resistencia en la U, yo del Guillermo Bedregal García que organizó a los bolivianos de la U de Chile, ella de su amiga que murió en un cordón industrial. Me cuenta de cómo se refugiaban en el altillo de la casa de su amigo hijo diplomático, paradójicamente en Las Condes y con ametralladora en la ventana, veían como los milicos se limpiaban a los chicos de la U a tiros en el cerro.
Estábamos, sin darnos cuenta, hablando del mismo año, de la misma gente de una misma lucha, en un Santiago que ya no me resulta ajeno, que respira los mismos aires que respiró mi padre. Ella sintió el temor de la mano negra del milico en su juventud igual que yo en mi infancia.
Hoy trabaja en un organismo internacional, destino predecible de tanto izquierdista que se acabó aburguesando. Se refiere con respeto al proceso de cambio en mi país y le da bronca la gorda, como llama a Bachelet, por que no entiende lo que representa ser la primera mujer presidente en Chile, eso hace que la derecha esté creciendo dice.
Caminando por estas calles recuerda el día que murió Pinochet, parecía otro golpe, igualito habrían champaña y te insultaban Los fachos dice. La miro, recuerdo el departamento donde vivo, las historias que ahora escucho y decido quedarme con el Santiago, del otro lado del espejo, eso que no les gusta ver a muchos y siento la terquedad de un barrio que esquiva, lo más que puede, el consumismo aunque igual se quiera filtrar y llegue disfrazado de bohemia a sus paredes.
Más tarde llegamos al Mesón Nerudiano un restaurante muy al estilo de Don Pablo. Nos invitan al subsuelo, una cueva mágica con vino, seguimos la charla y llega él, profesor universitario de toda la vida, también con boina resistente, antiguo exiliado en el golpe. Me cuenta la historia vedada de Bellavista y luego habla con admiración del cambio en Bolivia y que tiene miedo que la derecha se aproveche de la ingenuidad de Evo, misma que vió en Allende y fue, según él, la causa de su derrota. Es que ser ingenuo es a veces tan necesario, aunque peligroso pienso. Luego hablamos de Bolivia, de Santa Cruz, de Coroico, de La Paz y me siento a gusto, latinoamericano nuevamente.
De pronto entra ella en escena, mulata de ropa negra, juega con el micrófono con ese, “camelo” como dirían los andaluces y regala unas notasde jazz al aire. Mira de reojo a la única mesa, la nuestra, y pone miel a su gruesa voz. Luego me entero, es Aidé Milanes, hija de Pablo acompañada de Héctor, otro cubano al piano. Encuentro en su mirada las saudades de mar y me eriza la forma que acarica el aire con las manos al sentir el bolero en su voz.
El show es increíble, su voz tiembla en el bolero, en canciones de Bola de Nieve, de Pablo, en sus propias composiciones, simplemente siento el lugar y el piano que salta con fuerza del jazz al son, del blues a la salsa. Me parece ver la silueta tuya, mientras ella canta, apoyada en el muro de piedra, bailando, sintiendo y me doy cuenta que te pienso y que es posible vivir y sentir en la simpleza de un piano, en una mujer que canta en la punta de un taburete y en el vino que besa recuerdos. Traigo a la memoria palabras, sentires tactos y los pinto a la distancia, en la voz de esta mujer que embriaga con su forma de saludar a la nossshccche como dicen en Cuba.
La salida a la hora exacta, para dejar el sabor a poco en el pecho y las ganas del retorno. Me besa el frío nuevamente y las paredes rojas de la casa que grita la música de un power trio calientan el aire. El lugar pinta sus paredes de colores más intensos, se globaliza sí; en la oferta de bares, restaurantes, pubs, aunque todos saben que es un truco para mantenerse en pie. Respiro nuevamente los versos del poeta y veo como La chascona estornuda poesía en la calzada, esa que tanto necesita la gente para no caer a la tentación del Mall y el Condominio de vidrios.
Más tarde en un semáforo y bajo un puente dos personas duermen en cajas de cartón. Desde el auto, rumbo a casa, veo al lado izquierdo séis chicos de “carrete” con el reagueton a todo volumen, viven otra anestesia. No importa, es bueno saber que Santiago en el patio trasero no cambió mucho y permanece. Volveré, pisaré nuevamente las calles de esta ciudad y cuando tome un vino en alguna de las esquinas de Bellavista, iré pensando en como decorar mi casa del cerro para cuando me jubile.
martes, junio 05, 2007
Santiago II
La verdad luego de caminar me pregunté, por que acá gastan una montonera de plata en campañas contra el pucho, si la gente no necesita comprarse cigarros, ya que tres respiradas con la boca bien abierta desde tu ventana en la mañana, son como fumarse un Camel sin filtro.
Al empezar mi caminata, tardé como 20 minutos en cruzar una rotonda, toreando autos y buses llegué a una avenida larga en un lugar llamado El Bosque, que me imaginaba sería un romántico paseo lleno de sauces en el que recordaría a mi musa paceña, pero nada, sólo me tope con un bosque de cemento y boliches. Luego conecté a la Avenida Providencia, una especie de Camacho sólo que 20 veces más grande. Ya metido en la noche, camine en el frío húmedo Santiaguino helándome aunque estaba hecho pomada decidí continuar, más por una cuestión de orgullo andino que de falta de dinero.
Al final, luego de casi una hora, llegue al lugar donde vivo, aunque no sin antes caminar en círculos las cuadras circundantes como cuatro veces, tratando de encontrar los puntos de referencia que había definido en mi partida matinal. Me di cuenta que eso de elegir el Mc Donalds de la esquina como punto de referencia no sirvió de nada, ya que tarde me percaté que cerca al departamento, había cinco 5 igualitos uno por cuadra. Pinches chilenos consumistas pensé, con lo feo que es ese cartón que le ponen a la hamburguesa en vez de carne y hay más Mc Donalds que sitios de empanadas de queso que acá son tan ricas. Con antojo terrible de anticucho y té con té para el frío, encontré luego de varias vueltas mi cuadra. Es que esto de caminar en línea recta y en plano para los paceños es complicado, ¿cómo orientarse sin arriba ni abajo, si todo buen paceño entiende que arriba esta la casa y abajo la oficina? o viceversa dependiendo de la posición dizque social que le toco vivir.
Eso sí, algunas cosas sin duda interesantes encontré en la caminata. Los autos no tocan la bocina de todo y de nada, puedes confiar a ciegas en los conductores y lanzarte por un paso cebra que frenaran en seco para dejarte pasar, los patrulleros son igualitos a los que dibuja Pepo en Condorito, ahí todo serios. Eso sí, no encontré ningún afiche de tome Pin y haga Pun a cambio conté como 100 de comida, perfumes, tiendas, ropa, discos, autos, mucho consumo para mi gusto.
Un tema que me llamó la atención fue el de los vendedores de discos piratas. Ellos tienen un método curioso de ofrecer la mercancía y hacer plata. Lo explico, usan una cartulina plastificada con las tapas de los discos ofertados fotocopiadas encima, la cual despliegan en la acera y esperan a los clientes ofreciendo a voz en cuello sus productos. Lo curioso es que el cliente llega, y mientras mira la oferta musical de moda, el cómplice que espera detrás de algún pilar bolsiquea al incauto cliente y le saca la plata. Si llega la policía “el gallo” ,como dicen acá, dobla ágilmente la cartulina y se hace pepa entre la multitud. Cuando pasa el peligro, a tres cuadras del punto inicial, despliegan la misma maniobra y engañan a otro gil, así van haciendo la noche en la que ganan unos buenos pesos y sólo venden dos discos mal copiados.
En fin, en esta caminata santiaguina, llegué a la conclusión de que el frío paceño es más agradable y el aire, aunque seco de la altura no tiene sabor a pucho. Me di cuenta que el comercio informal, igual se da modos en este espejismo con afanes primer mundistas, que los canillitas gritan más fuerte que minibusero en la noche y que en vez de El Extra tienen La Cuarta, que es igualita nomás. Los chilenos tienen su quiosco en las esquinas con su caserita vende dulces, sus micros latas de sardinas modernas, con gente colgada de la puerta igual que en La Paz y las marraquetas son fofas y sin sal, aunque las colisas están buenas..
En fin, el precio por la primera caminata invernal en esta ciudad, fue la congelada de cachetes y la irritación ocular, digna de Jamaiquino en fiesta reagee, ya hubiera querido yo que hubiese sido por culpa de un humito reilón y no del smog.
Conclusión, mañana tomo micro, que ya averigüé por que esquina pasa y me fumaré un puchito en mi cuarto, con tal me resultará más sano que respirar veinte cajetillas de Camel sin filtro directito del cielo, mientras camino de noche.
lunes, junio 04, 2007
Santiago I
Hoy al medio día, salgo a respirar y el cielo es azulado, con una capa de chocolate en la parte baja que no te deja ver nada y huele a llanta quemada, smog se llama y es insoportable, parece La Paz luego del 23 de Junio, sólo que acá eso es todos los días.
Anoche miraba la ciudad desde la ventana del piso 15 en el que vivo, luna llena en manchas de café, con un ambar curioso en sus lineas, ¿será la misma que miramos caminando La Paz, esa que nos sonreía el viernes, guiñándonos el ojo en la caminata cómplice?. La noche, pincha con un frío similar al del Altiplano, sólo que algo más humedo. En la mañana, la gente, como sardinas, en micros modernos, esos de acordeón en el medio se empujan y aplastan para llegar al trabajo, paraiso para los froteuristas dirían alguien, desventajas de un sistema de transporte moderno dirían otros. En las calles la masa de gente camina y cruza por los pasos cebras con rigidez europea por las calles de Providencia. Rompen el esquema de postal de primer mundo, los condominios con ropa colgada al viento a orillas del Mapocho, la señora de cachetes rojos que timidamente se pone a las puertas de un centro comercial y estira una manta para vender bufandas y raja corriendo cuando dos carabineros, con resabios pinochetistas, le empiezan a gritar. En frente un gordito risueño te invita a ser voluntario de bomberos y tres punks en patineta me empujan y pasan llevandose por delante a quien se cruze en el camino.
LLego a un Santiago vacío, espejismo de un Madrid o Nueva York, pero no encuentro la risa de un Machuca, la poesía contestaria de la ciudad que bebió utopias con Allende. Pesa más el aire de progreso consumista, la estabilidad financiera, la democracia pro gringa, esa que tanto le gusta imponernos al Busch y ahora La Presidente pregona, sin saber como hacer para esconder su nostalgía de las luchas de izquierda, en la cartera. Se debe preguntar en La Moneda, como hacer para callar al fantasma de su padre y que TLC y crecimiento ecónomico combinen con justicia social. No sabe como hacer para que el sur de Santiago sonria a Las Condes. Si al final todos saben que la gente, a ambos lados de la ciudad, come empanada y Barro Luco, ricos y pobres comen el mismo smog por la mañana.
Mañana, espero caminar un poco más y encontrar un poco del Santiago al que evoca y grita en poesía temblorosa Zurita. Por el momento me arden los ojos y mi nariz respira humo y tengo ganas de enterarme de las marchas en La Paz (que alivio acá no hay UNITEL).
viernes, junio 01, 2007
Preparando maletas
De momento, tengo una maleta roja encima la mesa, mis ojos esperando sus ojos y 30 canciones que dan vueltas celebrando memorias compartidas. Ya iré compartiendo la crónica de estos días.
Salud.. ya les cuento que ondas..
martes, mayo 22, 2007
Crónicas de a pie (La Jaén)
Estoy enfermo lo sé
Estoy consciente de que sus voces me están matando
Poco a poco,
Cada día en mi propio cuerpo
Con mis propios huesos,
En cada encuentro,
…Jah! Y aún así las espero… (Javier Arequipa, El Amanuense)
Me levanté dos horas antes de aquella pactada para el encuentro, mi atuendo no tenía el aire de un Saénz aparapita o de personaje poético de Kundera, vestía negro como es recurrente en la noche de sábado y nada más. Mi descenso inicial a la avenida fue pausado, con la memoria repitiendo el orden y la entonación que debía darle en la lectura a cada línea. Hice una parada frente al edificio de ladrillo a medio repintar y su ventana con rejas blancas me regaló el juego de luces de la pantalla de tele en que ella goza el tango, entonces respiré y su beso de luna sirvió de amuleto para el viaje.
El evento había sido fijado para las 20:45 en el Museo del Litoral. Tomé un transporte público, un Trufi de esos vacíos que recorre la Avenida del Poeta y empecé el ascenso. En el trayecto me atacó nuevamente, la reverberancia en los errores, en lo simbólico de esta noche, en la serie de poemas que había preparado a la ciudad. Pensaba si el orden elegido había sido el exacto, en el reflejo de sus pechos en la pared del cuarto, en las hormigas que no me dejaban en paz y ahora se volvían taquicardia.
Seguimos la ruta, hasta la Camacho, luego el ascenso, tres bocanadas de ciudad fría en los pulmones y las luces de la nueva avenida en mis manos. Me saludan, el reflejo del Obelisco pintado y las nalgas de bronce de aquel soldado desconocido volviendo a mostrar la derrota que tanto nos gusta. El ascenso fue liviano, tomando en cuenta la gorra de lana que llevaba y la trepada de calles, en el camino mis textos saltando ansiosos en mi bolsillo izquierdo, pinchaban con versos mi axila.
Llego, más que curioso el ingreso a la Jáen, los bares abiertos y vacíos me reciben, mientras una exposición de cuadros vivos respira bajo la cruz verde que saluda con destellos tibios. Aparece el amigo poeta de antaño, aquel de negras líneas en vino, me cuenta que es padre y me recibe con una pequeña cachetona de dos dientes en sus brazos. Da vueltas como rata amarrada entre la mamadera tibia de su niña y el reflejo del boliche vende ajenjo y me grita que se escapará pronto para poder libar unos poemitas que ya no aguanta más la abstinencia.
Más arriba en mitad de la calle me saludan tantas voces, tantos rostros de la ciudad. Los espectros, los olvidados, los incógnitos, las familias, los abuelos, todos poco a poco empiezan a pintar con sus pisadas las piedras de la calle.
El ingreso al lugar acordado es directo. Una consola grande de sonido con jueguitos de luces me invita al pasillo interno del museo. Dentro, debajo del balcón, un reflector se prende con cada persona que camina. Espero y veo como la luz ilumina de pronto la pañoleta rosa en la cadera de Miss Litoral que pasea por ahí, esquiva a dos góticos, no sin antes inflar los bolsillos traseros con su bamboleante taquirari de glúteos, tan ajeno a este lugar, el patriotero homenaje que lleva esta señorita del Beni.
Me siento y espero, junto a una puerta de la que cuidadosamente cuelga un letrero que dice “sala en terapia intensiva”. Husmeo por la cerradura y Genoveva Ríos, héroe del pacífico grita que la saquen. Está en enaguas, esperando la mano de pintura y pegamento. Ha perdido su bandera. Le han prendido la luz para que vea, le han dejado el hueco de la puerta sin chapa para que escuche los pasos de los visitantes nocturnos al museo.
La sala donde será el evento, tiene forma de vagón de tren y desde sus paredes me saludan mis poemas que han sido pegados en una fiesta de palabras desordenada. Sonrojados coquetean, a los versos crucificados de la niña aroma a vainilla que desde el vidrio cuenta su muerte en la alcoba. Luego veo como mandan besos al largo pergamino amarillo, con poesía intensa, de la mujer de lentes y atuendo negro.
El lugar parece un pequeño teatro, un circo barato con asientos donados por empresa de cerveza, Veinte filas de cuatro sillas amarillas vacías, esperan atentas el festín de palabras que pronto tendrá lugar en la mesa. Esa de cocinero, amanuense, escribano, notario de Tocopilla que han dispuesto para la lectura. A la izquierda un parlante, un banco de cuerina negra y acolchada es la improvisada grada para subir a escena. Dos velas a cada lado de la mesa esperan.
Antes del acto fumo un cigarro con el amigo de corbata gato café y textos ansiosos, damos vueltas al pasillo, descargando cortesías el uno hacía el otro, imágenes furiosas a La Paz, reflexiones sesudas en contra Hilarion Daza. La sala espera, mis manos hormiguean y otra vez la taquicardia me recuerda que el veneno no se ha ido de las venas. Entonces nos convocan y nos dan el lugar en la lectura, el azar me úbica en quinto lugar.
Primer acto, él, de gorrita negra y corbata gato, con voz líneal que de rato en rato lanza un aumento de volumen que acopla en tu garganta, una metralleta de imágenes. Explosión embriagante de prosa encandilante, pincha, en surrealista ejercicio de relato, las ventanas de la prudencia y el pudor pincha.
Segundo acto, el Amanuense se hace llamar, tiene un airecito de huayño soplando en su voz, desgarrando sus versos de poesía contundente de escribidor urbano. Sorprende, gratamente entiende soledades y toca la noche invitándonos a la forma paciente de sus bestias, sus historias.
Tercer acto, ella, cuidado peinado y maquillaje. Su poesía un soplo de colores rosa y pinchazos negros alternados, dulce paseo por su almohada, me da sed.
Cuarto acto, ella, con la gravedad en la voz, bebe versos con esas imágenes tan intensas, al píe, al cuerpo, al espectro hunde colchones que agobia, que habita y sopla un calambre en la huida.
Quinto acto mi turno. Le meto una selección de poemas a la ciudad (Cruz Verde, Marka, Animas, Noche), mientras leo se seca la voz, el vaso del pueblo ayuda y Gogo Blues me desconcentra en el balcón externo, quiero cantar, ellos acompañan mi poesía. Camino entre las imagenes a la hollada y su piel vuelve a teñir mi pluma. Retengo entre versos las distintas miradas de la gente, la parejita abrazada, la flaca de ojos de uva, riendo en las imágenes paceñas que en fervoroso silencio narro. Veo al hombre de apodo de ave sereno en la ultima fila, al larguirucho sacando fotos con el celular y escucho el aplauso seco de quince. Luego el sudor se evapora en mi frente, las ganas de beber, el silencio, el caos.
Sexto acto, caótico homenaje al Echazú del amigo de verde, habla de la poesía china y su voz se encoge detrás su gorra y el blues no lo deja vibrar, la calle está temblando en música y, él, con imágenes cómo gárgolas, explota en la cabeza e invita al desorden de sus versos sedientos.
Séptimo acto un sólo poema largo, en cuaderno armado con soga y papel cual pergamino. Un poema que es caricia, arañazo, patada, orgasmo intenso, grito de abandono que mata las palabras y adjetivos en su musicalidad y angustia. La mujer con M ha hablado.
Ultimo acto, esa piel tan pálida, ese cabello azabache, el negro meticuloso en su pluma, en su abrigo. Entonces lee y la musicalidad de la maestra posee su voz, la Blanca ha hablado, por otra boca, por otro verso. Ella nos lleva al juego de su noche, en su poesía tan de dardo y pieles.
Termina el encuentro, se acerca el poeta académico de café, con esa frente amplia y risa pincha textos, lanza comentarios a la poesía bebida en la noche y concluye que en La Paz hay mejor oído que en Cochabamba. Después el intercambio de direcciones, los intentos de ser más y esa frase del escribidor a mis poemas que rebota en la cabeza: "Sobre el umbral está tu poesía, mira a la ciudad de fuera y a la vez te convoca".
Caminar ahora es necesario por el enjambre de gente, por este encuentro tan agónico de letras, baile y música. Las paredes de los museos sonrien a los visitantes. Murillo ha cambiado las sabanas de su catre para cortejar señoritas y la fuente de su casa tiene agua cristalina esperando monedas nocturnas. La dama de la noche tiene traje blanco y se prepara para morder y saludar a caminantes bebe ajenjo.
El resto, descenso predecible al laberinto de la noche, en aquel lugar con Chiwiñas de fería de pueblo y nombre ingles. Soho, se llama y nos recibe con cajas de cerveza como asiento. Pasan las horas entre acullico, morenada, cumbia, discursos, flores a la ciudad. Miradas temblorosas a la de labios carne y la china morena, empujando al amigo Cocani cada rato. Más tarde, llega la mujer jirafa, de rostro europeizado made in la llajta, empuja la camisa del chango respira cebolla y me llega un hambre a lomito con chorellana que me mata. Luego entre los cócteles y las pieles nace este poema a dos manos a La Paz del Levedad y el Ganjar.
CIUDAD (2:30-20.05.07)
La serpiente líquida
Escamada de tierra,
Danza con muertes viejas,
Arremolina podredumbre y harapos ácidos
Desgarrando la piel ocre del valle enfermo.
Esa que escupe el silencio de tinieblas en arcilla nombradas
En la permanencia de latidos de muros desgarrados en mestizaje ocre
Aquel que grita el primer verso de aullidos de espuma
Me muerdes con tu espejo de calamina seca
Y me quedo en tu responso de laderas
En tu grito gélido de picos irreverentes y ancianos
En tu mueca asoleada de ladrillos festivos y adobes vetustos
En el siseo abúlico de tu garganta pétrea resplandeciente
Columpio en la hondura de tu vientre como una oruga elástica
Y me duermo fermentado en el caos de tu Marka mesiánica.
Más tarde la ultima parada, en la caverna etno. Tom Waits nos grita de madrugada, mientras la mujer de rostro cubista, desencajada reposa en la barbita rala del cuate de cráneo exprimido. Risa, grotescas ofensas a la noche y las ideas volando entre las piedras de la caverna nos detienen.
Repetirlo en Octubre una necesidad, la sentencia de poeteas y cuentistas entre singanis. Surge luego la idea de un texto a cuatro voces, un cuento paceño de balcón a balcón como homenaje. La idea sería que cada párrafo se lea de un balcón de la Jaén y se prenda un foco, explica con pupilas dilatadas el cuentista de barbas. Que en cada punto aparte se oscurezca el balcón y se iluminen las hojas en el otro y así consecutivamente hasta terminar el cuento desde el balcón central y reventar en ponche al ritmo de fuegos artificiales y en un ¡ Viva La Paz!.
Todos aplauden y luego vienen los susurros en las orejas sedientas de proposiciones, las propuestas y pedidos indebidos. Las ideas se adormecen, se ha estido la rima, llega la madrugada, la panza está retorcida, las hormigas ya no bailan en los brazos y la memoria retumba con sabor a singani, es hora del retorno.
Al día siguiente con suerte intacto el cuello y el cuerpo, reviso el recuento de los daños de la noche y cae del bolsillo un papelito hecho acordeón con estas palabras.
6:00 ETNO Cadáver Caótico (A continuación la transcripción de un ejercicio de asociación libre inspirado por las velas, el singani y la ciudad, no hubo ninguna regla previa para los participantes, sólo la de escribe lo que te de la gana en este papel. Eso sí la hoja fue doblada en varias partes para que nadie lea lo que puso el otro, en fin ya saben pues tratamos de hacer un cadaver exquisíto y punto)
Luego de tantas emociones, tantas en una noche, el cuerpo pide una cosa descanso, pero lo incorpóreo pide otra cosa
La suciedad se gangrena en mi elipsis de vestigios prolongados, esta sociedad grazna sucumbiendo en el vacío, esta levedad me hace participe del funesto algoritmo, de la presunta complicidad, con el touch que desanima el anima.
También tiene mujeres que agobian y contienen imágenes en rasgos completos, de esas que sabes que son vacío en un rasgo suelto, colgado de la nada. Ella mira, cubista experimento de piel ordenada, mira.
¡Dios que pedazo de cuerda me has dado hoy!
¿Para seguir cavando y atando nudos que no existen?
Estar y ser como uno es, delante de seres que no temen ser delante la realidad
Quiero morir y vivir la vida ¿qué es la vida?
Ya no hay verbo sólo me queda dedicarte un adjetivo: joya
jueves, mayo 17, 2007
Larga noche de museos
La Alcaldía Municipal está organizando una interesante iniciativa para reactivar las visitas a nuestros museos, denominada Largas Noches de Museos. La primera Noche de Museos se realizará este Sábado 19 en el Museo del Litoral. Entre las actividades programadas se encuentran conciertos de música y actividades literarias.
Este servidor ha sido invitado para participar leyendo, junto con otros escritores paceños unos poemitas a “La Paz Marka” este sábado, razón por la cual quiero invitarlos para que acompañen la lectura. Habrá traguito para los de garganta seca y fantita para los abstemios.
La lectura se iniciará a las 20:45 (con puntualidad alemana) en el Museo del Litoral (Sala Mar Azul). La entrada es por el mismo lugar del Museo Costumbrista Juan de Vargas que queda en el Parque Riosiño
Será un gusto tenerlos ahí….
Abrazos
lunes, mayo 14, 2007
Plaza
La mujer de muslos firmes en roble muerto ya no regala humedades al cemento, mira equilibrandose en troncos apilados. Muestra en su panza la lujuría de su glotonería como líquenes. A sus pies, ellos escapan del sol muerde cachetes y se recuestan. Entre jadeos de caminata matinal en el aire y las hormigas subiendo por sus medias besan el pasto. El, de lado, con el ojo izquierdo busca la flor que se pierde en su escote verde; ella, de frente, con las rodillas empuja al gusanito pincha calzón.
viernes, mayo 11, 2007
Ocho minutos
¿qué se puede narrar en sólo ocho minutos?
La muerte de una hormiga en tu pan con mermelada,
el suave aji de sus patas en tus papilas.
Cuatro mil basureros llenarán la ciudad
y el soldado corajudo, comiendose al enemigo a bayoneta limpia se ha ido.
Volvió el heroe desconocido a la Camacho, derrumbado y derrotista como nos gusta.
En ocho minutos se repasan las noticias y el Papa amenaza con la ex comunión a los pro aborto y el Presidente amenaza con no sabe que a los brasileros e italianos.
¿Es poesía acaso, dar pincelazos en la pantalla con lo que te viene a la cabeza en ocho minutos?
o un ejercicio de abandono de recuerdos e improntas.
Un dolor de cabellos,
una marca de labios en el cuello,
una tos adormecida,
Ropavejeros negándose a vender fideos,
Policias ladrando a policias,
Católicos en nuevas cruzadas contra infieles cristianos
Ocho minutos y nada ha sido dado, queda el tiempo mudo,
desintegrandose y mi té que ya está frio
miércoles, mayo 09, 2007
Coquetear al Poeta II
luego, si te lo pide, volver entonces con la cara lavada y el cabello besando tus pestañas.
Llorar en su pecho, a miserables veinte centímetros de su boca y en la mirada mojada gritarle un ahórcame o bésame.
Debes dejar que se mojen sus labios en el sabor de tus venas
y gritarle silenciosa que te deje.
Asegurarte, que tu mano izquierda juegue con su pierna en la huida,
darle un tibio te quiero en su boca partida y morderle sin asco los poros.
Dejar luego que te seduzca, permaneciendo sentada en posición de loto,
ocultando los lugares por los que grita su abstinencia.
Debes darle una caricia con la palma izquierda y esbozar una sonrisa tibia,
pararte de golpe,
besar su frente,
mirarle la camisa gastada
y gentilmente, cerrarle la bragueta.
Después, en silencio, debes darte la vuelta,
y dejar que te bese, abriendo tus labios y lanzando sólo tres jadeos.
Debes mirar la puerta y lanzar un gracias, con entonación de te deseo y semántica de no me toques e irte de su vida por tres o cuatro días.
A tu retorno el tendrá la soga lista y tú te sentarás a esperar que hable
y envuelva tu cintura con ese tejido de versos manipula piernas. Dirá esas palabras que suelen decirse, tocará con esa tibieza que suele tocarse,
mirara como suele mirarse y besará como debe besarse.
A la madrugada, morderá tu pie izquierdo y luego de besarte el labio inferior
y el de más abajo, pasará la soga por su cuello.
Entonces, comprenderás, que el bamboleo fino de caderas en la huida
deja siempre una tornasolada espina en su terquedad
Aceptarás que volverá por más
Que asfixiara independencias
Que será gota china en tu frente y
beso de taladro
Y se quedará en ti,
Y seducirá tu risa blanca
Y comerá tu fruto de mar
Y nuevamente soportarás
que no se largue.
lunes, mayo 07, 2007
Poema 10.07
juego de cristales quedos en la memoria,
pluma seca que araña la noche.
Escupitajo perverso,
Mano muerta,
Vacío reverberante en papel blanco.
Arañazo de olvido,
Resto caótico chorreando poros
fantasma que muerde pies fríos.
La suma de despojos negros
aroma fétido en tu llanto de cacuy
Soy la palabra dormida que explota
y punto.
viernes, mayo 04, 2007
Burkas
jueves, mayo 03, 2007
Nuditos
Hay un nudito de besos en mi garganta que llena de humedades mi estomago y devuelve los sabores tibios de su vientre. Me amarra a su textura mientras voy recogiendo sus lunares de las sábanas y no me deja tragar mis pastillas contra el dolor de oído.
miércoles, mayo 02, 2007
.....
debajo de la cama,
nos desnudamos tanto
que las moscas juraban que habíamos muerto.
Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo que se extravió mi orgasmo.
Nos desnudamos tanto que olíamos a quemado,
que cien veces la lava volvió para escondernos.
Me hiciste tanto daño con tu boca,
tus dedos, me hacías saltar tan alto
que yo era tu estandarte aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto
que pronuncie mi nombre y me dolió la lengua,
los años me dolieron.
Nos desnudamos tanto que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron las lavas a escondernos.
Te frotabas tan rápido los senos
que dos veces caí en sus remolinos,
movías el culo lento, en alto,
para arrearme a su negra emboscada,
su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia, gritaba su naufragio
Nos denudamos tanto que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron la lava a reinventarnos.
Te desmentí de cabo a rabo
devolviéndote a tus primeros actos,
te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia amarga de tu cuerpo,
pues sólo el amor sabe cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.
Esa noche la lava mudó su paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único que se murió de veras.
Fabio Morabito
miércoles, abril 25, 2007
Shuffle III

I
Tu amor cambio mi vida por que todo lo que te hace bien siempre te hace mal, me cambiaste como ese rayo, con todo lo que fué y será le dice y luego eso de "dame la muerte chiquita" dejan de cantar y se besan. La muerte no llegó por lo menos no la larga, apareció la liviana, la de carne y piel con piel. "Ces´t notre petit mort notre vie" le dice, con esas erres arrastradas tan a lo seudo franchute. De golpe, en las sabanas de lija, en su ombligo, aparece la sombra de aquel silencio negro de pieles temblorosas y la muerte chiquita llora, mojando sus pálidos vientres y se queja y los despierta. Luego ella morderá timidamente su hombro izquierdo y con un aullido arañará la noche oscura, "le petit morte" durará hasta que estornudes mi cuerpo le dice y luego la realidad secará mis palabras y mi vientre. El se queda, mirando la sombra de su espalda bailarina...un, deus, troix, fermer.... piensa, mientras juega a ser nuevamente alfombra, a beber el baile de su cuerpo en su abdomen gastado y volver a ser muerte, eternidad en dos segundos a su lado. Después ella se quedará en la dispersión de la pared blanca, curando rajaduras con sus pupilas temblorosas; él permanecerá estático, en ese vacío que se inunda de risa explosionada y se quedará, en los sentires con sabor a vino, entendiendo en la muerte la señal de este romance sin nombre. Ella morderá otra vez la almohada, para rescatar esas palabras que escaparon en el orgasmo y soplará al viento eso de yo creo y con eso basta.
II
La guitarra en acordes básicos y la bateria que entra con fuerza, mientras el viento rebota en la ventana..I´m a passenger and a ride and a ride...Iggy pop en el aíre y la imágen de la espalda de la cocaine fatal femme en el cuore, vuelve de nuevo a reventar su cabeza como Play Station. Recuerda la sabana lila besando sus mil vellosidades tornasol que temblaban en cada ronquido y vuelve a la ciudad, mientras la memoría le regala esa imagen canela con tatuaje de sierpe en el tobillo derecho, vuelve y explota en las calles de "Sohocachi" . No para, la velocidad acelera sus venas y el motor envuelto en coca rebota nuevamente en el pecho.
Entra al lugar de siempre y se vuelve a conectar con la mirada de colirio ardiente, con aquella de mar seco en los ojos. Luego sale y se pierde en la oscura línea roja, el taxi lo lleva al norte, al monumento circular rodeado de funerarias, donde espera la de 19 y medias negras, la que a cambio de 100 lucas hace limonada con tu cuerpo. Comen un choripan, entran a una de las tantas funerarias, velan a algún muerto desconocido y entre café y café despiertan al deseo. Luego, para hacer hora, caminan, se pierden rumbo a la gran plaza cuadrada. El viento los lleva al norte, a la casita equilibrista de ladrillos donde nuevamente velarán su propia muerte.
III
I´m singing, la, la, la dice el Iggi y entonces otra vez "take a walk on the wild side" y nuevamente los muslos transexuados abriendose paso entre los postes, She/Male abordando el viejo taxi. Olor a Pachuli y las cejas despintadas de tanto succionar lo saludan. El recuerda la impaciencia negra, cuando le pedía el viejo anhelo del camino trasero y ríe. El espejo refleja el tóxico y en sábanas almidonadas cae dormido. Luego despierta, pupilas de caverna y venas temblorosas pero con la serenidad de que la última caricia estará colgada en el ropero, en el cajón numero tres, hasta el día del reencuentro, hasta volver de la agonia abstinente. La ciudad de día le muerde la cabeza y tanto eco en los parlantes lo tortura. Toma una aspirina y grita, la voz eléctrica responde "habiamos bebido anoche sin parar, habiamos fumado y ya no hay nada que fumar, un tipo me seguía en una fiesta gay...". Entonces camina, con las rodillas torcidas a la ducha y el agua besa su sangre en la resaca. Mierda ella aún no toca el timbre.
IV
Sadé con eso de your love is king en la radio y el flaco de bigote cantando con los ojos cerrados me ves mejor, en la vieja peta negra el rollizo de pipa roja. La noche golpea como jab de izquierda y se acuerda del lugar que ya no existe, ese que tenía un gordo de estuco y saxo de cobre colgado de la pared y que te recibía con aires de Thelonius Monk. Recuerda a la chilena de cartera verde, hablando de sociología, con esos aíres de "Virginia Wolf" trasandina, pechos de nodriza holandesa, aplasta cañerías piensa. Entonces ríe, escribe un manifiesto, sobre los permisos y transgresiones del macho paceño en viernes, un cadaver agónico machista con los cinco tipos orejones que comparten el auto. Escribe y recuerda cómo riendo se engolosinaba de la cara rosada de la "femme noir" y quiere morderle otra vez la oreja, ensuciarle la pierna con mayonesa.
Ella lo miraba, lanzaba el guiño de pestaña de poliester afilada invitándolo a la trastienda del lugar, él sólo escuchaba el piano, mientras pedía que el viento evapore el trago azul con burbujitas de gas que tenía en frente. La gringa choca de la Krall con ese grito de "love me like a man", con sus uñas camufladas, partiendo las teclas negras en el aíre, ella parándose, yendo al baño, ofreciéndole el ritual de ordeñarse detrás de la puerta. El decía espera, pero sus manos temblaban, su cuerpo cedía, se levantaba. Recuerda que miró la puerta, entonces lloró, miró un viejo perro en la calle, sus pantalones se mojaron, ella hizo pis, el se fue del lugar.
lunes, abril 23, 2007
En la almohada
Luego de la lluvia en tus ojos y en los míos, en nuestras pieles arañadas, nuevamente he balanceado silencios y de tu mano escuchado: el aroma de los fracasos, de los insultos y críticas del pasado, de este presente sin nombre, de esa palabra tan grande que tanto te asusta y flota por el cuarto.
Así suavito, con tu cabeza en mi pecho, con la imagen de tu vientre enroscando soledades he vuelto a pensarte y en el vacío de esta noche he comprendido finalmente lo que somos.
miércoles, abril 18, 2007
INVENTARIO
martes, abril 17, 2007
Onirica III
Se sienta en la arena y el viento pincha sus pies y ya no ríe, sólo cae, en un ovillito de lana dulce. Se enreda y se hace oruga, muerde el silencio y ya no habla. La pared se derrumba, el sol seca su cabello que ahora es de agua, la sal cae en mis pies. Ella se encoge, se duerme. Yo me encojo, me duermo.
lunes, abril 16, 2007
jueves, abril 12, 2007
Dia del niño
Hoy desperté temprano con la llamada de mi hijita de 4 años que me pedía que la felicite y le desee suerte en su fiesta infantil. Es tu día princesa le dije y me respondió que era el día del niño, le dije que no, que es de ambos y respondió “si y de la niña también”. Creo que fue la primera charla de género que tuvimos, la primera vez que hablamos de su derecho a la igualdad de oportunidades y capacidades como niña, como futura mujer boliviana.
En este momento mi hija esta disfrutando del circo comercial de esta fecha, de toda la atención del mundo y de lo que más le gusta a una niña de 4 años, jugar, comer comida chatarra, ver a algún payaso. No sabe, desconoce que al mismo tiempo otra niña en Beni perdió todo pero igual salta, juega con una muñeca vieja rescatada del barro de la inundación. No ha escuchado que otra niña, igual de risueña que ella, en el Altiplano paceño no puede ir al colegio, por que es mujer y la menor, por que debe cuidar a la wawa más chica, mientras la hermana mayor saca las ovejas a pastar.
Anoche mi hija se durmió temprano y despertó con energía para ir a su fiesta infantil. Al otro lado de la noche, al mismo tiempo, otro niño cayo rendido en un cartón en el cemento de El Prado paceño, mientras su madre, accullicu en boca, se la pasó vendiendo dulces y puchos a la salida de un boliche. Se durmió en el piso, en el aguayo de su madre, mientras jugando con una tapa la acompañó obediente toda la noche mientras ella atendía el quiosco.
Mi hija a los tres años tuvo que sacar Carnet de Identidad para viajar en avión y ahora lo lleva feliz en su carterita cuando llega a su ciudad. Me contó que aprendió su nombre y dice que sabe dibujar la T de su apellido. La otra vez fuimos al parque y se encontró con un niño de su edad tocando charango. Le llamó la atención como tímidamente le disputaba el columpio. Le preguntó su nombre y no respondió, no aprendió en la calle el español, no está registrado aún por que su madre tampoco tiene certificado de nacimiento y migró de Potosí por la sequía de este otro niño que a unos moja y a otros los deja sin siembra.
MI niña irá a ver hoy al dinosaurio púrpura aquel y comerá pollo con papas fritas, seguro por correr tanto se rasmillará la rodilla como siempre y llorará un rato, ajena al l maltrato, la violencia física y psicológica constante que 1 de cada 2 niños en el país sufre. Nació del otro lado de la línea, con diferentes oportunidades, ella no escogió, simplemente le toco, en un país donde al 70% también le toca nacer debajo de la línea de la pobreza aquellos otros niños, niñas y adolescentes bolivianos tampoco escogen ser maltratados física y psicológicamente, ser violados, pasar hambre, no terminar la escuela, sobrevivir en la calle, escondiendo el rostro mientras te lustran el zapato, mientras clefean bajo el puente.
Me quedo pensando en una frase de mi hija “ese niño no tiene comida, sus papis no le dan, ¿por que? Y en que hacer como boliviano, como ciudadano, este y los otros días del año por aquellos niños, niñas y adolescentes que les tocó la calle y tienen sus derechos vulnerados. Será qué nos queda enseñarles como padres a escoger por el respeto, la no discriminación, la igualdad, la solidaridad, no sé si con eso basta.
Van a disculpar amig@s adultos, quería compartirles estas ideas que me van dando vueltas en la cabeza en este día
Saludos
martes, abril 10, 2007
Al Roberto
Ábreme la puerta
De tu desamparo
( soy yo quien te llama
ahora )
cúbreme con tus lanas
viejas
revísame parte por parte
padre por hijo
en esta cuesta
interminable
que es la muerte
Pasar a la noche sin rituales, volverse uno con el otro lado, de sopetón, dando un escupitajo al destino, es así como el elegido debe dejar su estela de palabras en el barro y fundir su carne con el primer verso. El poeta se ha ido, pronto empezarán a caer las flores en su nicho y los homenajes fariseos inundarán las radios, las paredes, las páginas literarias.
Pronto también empezará a correr el vino en abundancia, en el patio trasero de la casa vieja donde sus restos duermen el último sueño. El se hará el sordo como siempre y escupirá palabras rígidas al vidrio bonito que pusieron para reflejar sus fosas infladas de algodón. Personalmente me tocó, hace once años asistir al entierro de un loco, a un estepario que mordía la noche y hoy por hoy es polvo en una cajita de metal y uno que otro familiar adormilado repite sus palabras con la resaca de su nombre en las venas.
Por tanto no creo en los homenajes póstumos, prefiero pensar que la carne añejada en cajón de manzana, devolverá tarde o temprano sus palabras al mundo. El poeta se ha marchado, como el día que piso esta tierra, hoy es sólo cuerpo sin palabras. El primer llanto que al nacer dieron sus pulmones vírgenes de humo, hoy ha sido reemplazado por el de viejas beatas reza rosarios. El poeta en su viaje de murciélago no entiende, no soporta los chistes mal contados de velorio, los pedos contenidos en la silla incomoda por el café obligado en la vigilia. Los mocos chorreando en pañuelos grises, por que desde la noche, en su presente, hoy baila con la dama negra y toma vino y muerde orejas de algún santo.
El poeta ha callado y a pocos le importa, en los titulares de la prensa no aparece en grandes letras, aunque todos sabemos que más temprano que tarde las alimañas roba versos prepararán discursos, grandes ponencias y uno que otro ofrecerá su imprenta para sus obras completas.
La noche, como diría el poeta relojero, hoy ha penetrado en su nombre, por tanto no tiene espejo, por que la nada es hoy el papel en el que escribe, dando brincos y furiosas estocadas de niebla a sus antiguas musas. Ya no interesan las de carne blanca, nalgas rojizas, pechos cocholate, labios fresa, no interesan las warmis valientes, las ñustas cobardes que se dejan amar y mastican tus versos como chicle viejo, ya no interesan en su noche, por que ahora está más allá de sus mentiras por que estorban en la cuesta interminable de la muerte.
El poeta ha muerto y que carajo, mañana leerán sus versos en tertulias y se rasgarán las vestiduras entre vinos y comparsas los escribas baratos y eso ya no importa. Ha muerto y en mis manos tiemblan las letras, mientras el veneno de Los Yungas, ese tan rico con juguito de naranja, en silenciosa ceremonia moja sus versos anotados en mi vieja libreta. Salud compañero, aunque sin vino, guarda campo en la mesa para más tarde.
lunes, abril 02, 2007
Animas
En el turbio golpeteo de palabras de plomo
y gritos como clavos perforando silencios
levanto la mirada y el destello de calaminas muertas
refleja su pálido estaño en la memoria.
El ascenso se hace inevitable,
como el retorno al viento cómplice de la montaña.
Llego y la armonía en sus figuras ha sido alterada,
templo ocre en cruz diamante ha profanado su vigilia
Abajo en un manto de nubes bebe llantos
la montaña guarda blancas memorias,
y en la grandeza de su aroma muestra
que el camino aún no ha sido andado.
II
El temblor de su lengua en verso negro
acompaña el mutismo de este viaje
En cápsula verde, la memoria camina gritando a la montaña
Como besan las nubes su pechos de arcilla,
su figura doliente de ánima maldita
acompañando la sombra de mis dedos huecos
En la cebada se esconde el llanto amargo,
Aquel que no conoce el destierro de esta pampa,
Y permanezco en la certeza baña pulmones,
En la inmensidad olvidada de osamentas.
Me reciben sonrientes, lápidas de estuco en la colina
Y una niña de pasto en las entrañas recolecta
Caña hueca en la laguna
III
Las beatas del templo desconocen la pus en mis vísceras
El ácido fluido de tu piel rosácea,
El encargo y el precio de comer tu mirada amarillenta.
Buscar el refugio es un mandato,
arropar mis palabras en el anillo de montaña un presagio
Envolviendo el verso en su brisa, inicio esta huida
Pronto, el atardecer de sombra habrá hablado.
Y sus grietas, desangra lluvias, silbaran el canto oscuro de ciudad.
Ese que recibe viento de la montaña,
Que esconde su verdad tantas veces negada.
Un viejo quiltro permanece y vela rimas llorosas,
La sal en mis entrañas
Yo los miro, en el vacío que produce este lienzo desteñido
Los miro, en la resolana quemando el pulso
Y dos mujeres de piel seca elevan su plegaria al Mururata.
IV
La tarde se devela en su cantar de sombras,
He visto tantas veces el hueco negro en sus pupilas
Hoy no es momento para cantos, para elegías a su vientre
Los versos de espera han callado,
sólo el blanco en su cuello de cordillera me sostiene
es necesario una vez más el peso de su angustia.
Contiene el ansia que se agolpa en las sienes,
el golpetear tímido de sus pasos de abarcas
Con la tarde volverá la espera silente,
Y en la memoria de piedra, brotando en arcilla,
Volveré a tus pupilas, desangrado.
V
En el frío pulpito de roca celebraré entonces la luna,
iluminada en manto azul.
Inevitable será, no dibujar tu contorno en rocas altas,
En la pétrea geografía de su cuerpo de arcilla.
En esta lejanía, escucharé tus temblores en la espalda,
Los arañazos secos de piedra en la memoria.
Y contendré tu respiración en la garganta,
Inevitable será entonces no vaciar tus contornos en la brisa.
El silencio nuevamente guardará tu nombre,
Peregrina en los pulmones de hollín que me despiertan,
En el aire de montaña, tu cuerpo será nuevamente barro,
Canto de espuma entre mis yemas.
VI
Habrá que dejar entonces que la brisa te contenga,
Temblando en el tornasol silencio de montañas
Habrá que beber estas figuras, contiene gritos
Para que muera la intermitencia en la certeza que te llama.
No quiero verte adormecida, ni darte el último canto,
La primera angustia de domingo negro.
No quiero, el velo hueco escondiendo tu risa en la memoria
Sólo la certeza del viento calando tus mejillas,
Será el mantra que recuerde la ironía de este andar.
Será el Illimani quien contenga tu bruma
y sus picos escupirán el silencio de mil cantos.
No quiero,
Sin embargo tu memoria es canto en la montaña.
lunes, marzo 12, 2007
Blanco

Blancas serán las medias de la enfermera que gritará desde el pasillo del hospital de moho. Que no responderá al tembloroso golpeteo en el aparatito lleva gritos de sus uñas secas. Pálido el sueño que besará sus cejas tatuadas de gris, mientras vuelva a sus amantes, a las sábanas teñidas en vino, al golpetear de sus caderas en tanta púpila roja.
Blanco el papelito limpia bocas, en el que anticipo sus estertores de piel de lija, pidiendome que no rasgue sus poros floreados con mis reflejos negros. Aquel que mientras escribo, pide que lo deje en su rutina toca besos, en su naturaleza respira café. Pide que no arañe con tinta su textura, que no ponga el nombre de muerte en su piel guarda besos.
El papel se rompe, entonces mis ojos espantan al espectro y mi memoria le cuenta que blanca también es la mirada por la que laten mis palabras. El toque de almas, el telón ritual que nos protege ahuyenta a la sierpe canela, no conoce de texturas por que su pureza trasciende sus colores.
Al otro lado de esta historia permanece ella. Gris por dentro, inundando sus fosas nasales en cristales blancos, no anticipa, no conoce aún la marcha de chulupis por el techo, el reflejo blanco de jabón patría de la cama 23 que le espera. No escucha los estertores al final del pabellón por que está seca, cómo el vapor turbulento en sus venas. Envuelta en la arrogancia canela de sus huesos está hueca.
